
El Nido del Águila fue el apodo que las fuerzas de ocupación norteamericanas dieron en 1945 al chalet que Hitler había construido en la cima del monte Kehlstein, a 1.834 metros de altura en los Alpes bávaros próximos a Austria. En puridad, hay que decir que no fue Hitler quien lo construyó, sino que se trató de un regalo por su quincuagésimo cumpleaños, en 1939, por parte de Martin Bormann y otros de sus más allegados, como símbolo de la altura y fortaleza del Tercer Reich. Y aunque se presentó oficialmente a Hitler en 1939, el complejo ya había sido finalizado para entonces y, de hecho, la mayor parte de las visitas que el Führer realizó a estas dependencias tuvieron lugar a finales de 1938.
Llegar a este antiguo refugio de Hitler es ya todo un viaje en sí mismo. Sólo hay un camino

Bormann, además de ser el cerebro tras la idea del refugio de Kehlstein, también fue el responsable de la construcción de esta asombrosa obra de ingeniería civil. Independientemente de su filiación política, hay que reconocer que habida cuenta de los plazos de construcción, el gasto y el trabajo necesarios, fueron no solamente su influencia, sino su energía lo que hicieron completarse con éxito un proyecto de esa envergadura. Porque, como suele suceder en estos casos, los trabajos se encontraron con dificultades inesperadas nada desdeñables, como por ejemplo el hallazgo, a mitad de camino, de que el tipo de roca no garantizaba la seguridad, lo que obligó a excavar un túnel de 150 metros. Las condiciones no eran fáciles y varios operarios murieron sepultados por avalanchas o despeñados por los barrancos.

Y a pesar de que hay gente en el autobús a la que la estrechez de la carretera y la cercanía del barranco obliga a cerrar los ojos, las estadísticas deberían tranquilizarles. La seguridad continúa siendo excelente. La carretera se cierra en invierno y antes de reabrirse en primavera, se examina y limpia cuidadosamente. Desde que se abrió a las visitas en 1952, no se ha registrado ni un solo accidente.
Desde el aparcamiento que se abre al final de la alucinante carretera, se continúa a pie por un

Aunque la Kehlsteinhaus no es grande, construir esta residencia de descanso, ya lo hemos visto, supuso un gran desafío para los ochocientos hombres que la erigieron. Hubo que subir los materiales utilizando un teleférico –que tuvieron que construir previamente-, enfrentarse a las duras condiciones meteorológicas de alta montaña, atender las exigencias y las presiones de Bormann y pasar un largo periodo alejados de sus familias.
Una vez en la cima hubo que retirar varios metros de roca para asentar los cimientos. Ingenieros, técnicos de los teleféricos, albañiles, carpinteros… trabajaban día y noche para levantar la estructura de madera y cemento, con fachada de granito extraído cerca del Danubio y muros de un metro de espesor. El resultado, una fortaleza inexpugnable sin aspecto de serlo. Las salas de conferencia, los dormitorios y habitaciones de servicio y las terrazas no son en sí algo especial, pero la imaginación y el increíble paisaje que se abre a los pies del edificio son una recompensa sobrada.
El apodo del lugar está bien elegido. Sólo las águilas parecen capaces de alcanzar libremente estas


Y el caso es que esta reliquia nazi no jugó realmente un papel importante. Ni siquiera puede ser considerada como uno de los cuarteles generales de Hitler. Porque, a pesar de su espectacular localización, el lujo con el que fue amueblada y las modernas instalaciones, este regalo de



Al final el lugar se tomó a pie por parte de tropas de infantería. En una época y de un conflicto del que se tiene tantísima documentación, resulta curioso que no haya acuerdo acerca de qué unidad e incluso de qué país fue la que tomó –sin resistencia- el Nido del Águila. Diversas unidades se adjudican la acción (entre ellas una unidad acorazada francesa compuesta de voluntarios españoles), pero lo más probable es que fuera la compañía Easy de la 101 División Aerotransportada norteamericana (el “asalto” se cuenta ejemplarmente bien en un episodio de la serie televisiva “Hermanos de Sangre).
En los años inmediatamente posteriores a la guerra, el hecho de que Hitler nunca lo hubiera considerado uno de sus lugares favoritos salvó a la Kehlsteinhaus de la destrucción que sufrieron otros “santuarios” nazis, si bien las tropas aliadas saquearon buena parte de su contenido para llevárselo como souvenirs, desde los pomos de las puertas hasta piezas de vajilla o muebles, muchos de los cuales pasaron a colecciones privadas o simplemente desaparecieron sin dejar rastro.
Los militares aliados se aprovecharon del lujo del lugar (aunque solo los oficiales tenían autorizado el uso del ascensor; la tropa debía subir a pie). El gobierno bávaro no paró hasta conseguir que se le devolviera el complejo (ahora está administrado por la Asociación Turística local, que a su vez subarrienda el restaurante). La casa fue restaurada y modernizada, pero ello no ha ocultado ni modificado sustancialmente el aspecto que tuvo en los años cuarenta, así que los visitantes que se acercan hasta aquí entre mayo y octubre tienen la oportunidad de asomarse a un rinconcito del temido Tercer Reich.
Desde esta atalaya privilegiada, desde la que se divisa un magnífico paisaje de montañas y lagos,

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