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jueves 4 de febrero de 2010

Castillo de Chillón: triunfo romántico


El castillo de Chillon lo tiene todo para ser un triunfador: una localización espectacular, una arquitectura evocadora y una larga historia que contar. Todo ello lo ha convertido en el monumento histórico más visitado de Suiza.

El conjunto de torres y tejados inclinados se ve desde la distancia, asentado en una isla rocosa junto a la costa del Lago Lemán, cerca de la localidad de Montreaux. El fondo del decorado lo constituyen las majestuosas laderas de los Alpes suizos. No sorprende pues que ya en la edad del Bronce los habitantes de la zona decidieran establecer aquí un asentamiento que aprovechaba la protección natural que ofrecían las aguas del lago.

Los primeros elementos defensivos se remontan probablemente al siglo X. Los duques de Saboya lo ocuparon en el siglo XII, utilizándolo como apoyo para una serie de conquistas a lo largo del siglo siguiente, las cuales les harían dueños de la mayor parte de los señoríos que conformaban lo que hoy es la Suiza francófona. Ello incluía el control del paso de San Bernardo, una de las principales rutas comerciales que conectaban Italia con el resto de Europa continental. El castillo ofrecía protección y se ocupaba de mantener los caminos en buenas condiciones, servicios por los que cobraba un impuesto. Así, a su valor puramente estratégico, se sumaba su importancia como fuente de ingresos, que en 1214 favorecerían la creación de la ciudad de Villeneuve, a dos kilómetros de Chillon.

Los Saboya llevaron a cabo diversas ampliaciones y reformas aun cuando no solían visitar el castillo, ya que sus extensos dominios les obligaban a llevar una vida cortesana nómada, trasladándose a menudo de un lugar a otro con el fin de atender los asuntos de los territorios bajo su gobierno. Llevaban con ellos un séquito de ayudantes y soldados y todos sus muebles y objetos personales, por lo que el castillo se quedaba vacío cuando ellos se marchaban. Vacío, a excepción del castellano, un miembro de la aristocracia cuya misión era custodiar la fortaleza, resolver disputas y recaudar los impuestos. Chillon fue uno de los principales baluartes de la importante familia hasta finales del siglo XIV, momento en el cual se llevó a cabo una reorganización administrativa que centralizó todos los asuntos en Chambery.

Chillon dejó así de tener la importancia de otros tiempos y los trabajos de mejora y mantenimiento se abandonaron hasta que en el siglo XVI los berneses conquistaron el País de Vaud haciéndose con el castillo, que estaba algo descuidado pero cuya estructura fundamental era lo suficientemente sólida como para perdurar aún mucho tiempo. Se adaptó y modernizó el sistema defensivo para el uso de armas de fuego, pero la política y la evolución de la técnica y tácticas militares transformaron radicalmente las necesidades estratégicas y, con ellas, el papel de la fortaleza. El alguacil que vivía aquí se trasladó a Vevey en 1733, cambiando el húmedo ambiente de las habitaciones del castillo por un palacio más confortable.

Con la formación del Cantón de Vaud en 1803, el edificio pasó a ser administrado por el gobierno cantonal, que no se preocupó demasiado por restaurarlo. Los robustos muros de la fortaleza pasaron a servir de almacén, arsenal o prisión de acuerdo con las necesidades de cada momento. El personal asignado a la vigilancia del edificio se componía tan solo de un guardián y dos policías.

Fue la sensibilidad del movimiento Romántico del siglo XIX la que vio a Chillon bajo una nueva luz. Su imagen de castillo de relato de aventuras y aspecto señorial, semioculto por las brumas matutinas que brotan del lago y rodeado por las cumbres nevadas de los Alpes fue muy apreciada por pintores, poetas y novelistas. De Jean-Jacques Rousseau hasta Dumas, pasando por Victor Hugo o Henry James plasmaron en sus obras la pintoresca silueta de las antiguas murallas. Lord Byron, en particular, visitó el castillo en el verano de 1816 durante su estancia con Percy y Mary Shelley a orillas del Lago Leman. Tras la experiencia escribió una historia, El Prisionero de Chillón, inspirada en la historia de François Bonivard, prior de Saint-Victor, en Ginebra, que se opuso a los Saboya y fue encarcelado en una celda abovedada del castillo tallada parcialmente en la roca bajo la Gran Sala. Fue liberado al cabo de seis años por los berneses cuando tomaron la fortaleza. Byron convirtió al personaje, magnificando sus sufrimientos de acuerdo al gusto romántico, en un símbolo casi místico de libertad.

Pero el gobierno del Cantón de Vaud no se mostró demasiado impresionado por todos estos poetas y pintores algo chiflados. Es más, modificó el edificio para adecuarlo mejor a su papel de arsenal y prisión. Los visitantes que llegaban hasta aquí inflamados de pasión romántica mientras realizaban el Grand Tour por Europa propio de los miembros de las mejores familias inglesas, eran conducidos a través de las habitaciones del castillo por los dos guardias, que no quitaban ojo de encima a aquellos estrafalarios personajes. No tardaron aquéllos en aprender los trucos propios de los guías turísticos, narrando a los asombrados oyentes sus propias y adornadas versiones de las leyendas y los episodios que tuvieron al castillo como escenario. Varios de los nombres que hoy tienen las habitaciones de la fortaleza provienen de aquellas historias.

El castillo de Chillon, tal y como lo vemos hoy, es, por tanto, el resultado de siglos de construcción, renovación, adaptación y restauraciones. Pero una cosa es cierta: desde la Edad del Bronce hasta la Edad de Internet, no ha dejado de despertar el interés, el asombro y los sueños de cuantos lo han visto. Completamente renovado, hoy se ha reinventado como atracción turística de primer orden y entorno ideal para organizar eventos. Tras los horarios de visita, se puede alquilar el castillo para banquetes o recepciones por un módico precio base mínimo de 3.000 euros en el que se incluyen el uso de las cocinas, velas y candelabros, la limpieza posterior, el guardarropa y el uso de las cocinas. Uno de los patios se utiliza frecuentemente para los conciertos del Festival de Jazz de Montreux ¡Que dirían ahora aquellos dos solitarios guardias que durante decenios abrían a viajeros ocasionales las vacías estancias!

A diferencia de tantos otros castillos, éste no se localizaba en un punto elevado, fácil de defender desde el punto de vista táctico y al que es necesario llegar tras una empinada subida. Chillon está en el agua y se accede a él cruzando el puente de madera que salva el foso natural formado por el propio lago. Si se llega aquí con el barco de línea que cruza el lago Leman, el castillo tiene la apariencia no tanto de una fortaleza medieval como de una elegante mansión señorial, con las aguas lamiendo sus cimientos de roca. Esta parte del castillo, que requería menos protección, estaba dedicada a las estancias principescas de los duques de Saboya, con magníficas vistas sobre el lago.

Además del agua circundante, el castillo está protegido en la parte continental por una doble muralla con torres, paseo de ronda y rampas dobles. Tras el puente, se atraviesa la torre de vigilancia hasta el patio exterior. Una segunda entrada da acceso al patio interior, el cual está virtualmente dividido en dos por un gran torreón. En el lado externo hay dos grandes salas, con majestuosas bóvedas del siglo XIII y, al norte, los aposentos ducales y la Torre de los Duques, incluyendo la Camera Domini o Cámara de los Lores, la habitación más interesante del castillo, con columnas de roble y techo artesonado. Las habitaciones han sido amuebladas y decoradas con armas antiguas, blasones, armaduras, tapices, chimeneas de piedra…

No es un castillo tan grande como otros, pero sus murallas guardan más encantos de los que uno podría pensar: mazmorras que estimulan la imaginación, subterráneos con decoraciones góticas, una capilla encantadora, balconadas de madera, grandes salones, pasajes secretos y la Torre del Homenaje, desde lo alto de la cual se disfrutan insuperables vistas sobre el lago Leman y los Alpes.

Visitar el castillo de Chillon es como volver atrás en el tiempo o como sumergirse en un relato de aventuras medievales salido de la imaginación de Walter Scott. El silencioso espíritu del Romanticismo aún perdura entre sus muros.
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lunes 25 de enero de 2010

Matmata: sobrevivir en el desierto


Teniendo en cuenta su tamaño, Túnez es un país insólitamente rico desde el punto de vista arquitectónico. Como muchos otros lugares, su situación geográfica constituyó tanto fuente de fortuna como causa de desgracia. Por aquí pasaron imperios y culturas que fueron dejando su arte, espíritu y forma de entender el mundo en las estructuras que levantaban. El norte y la costa conservan restos cartagineses y romanos; las invasiones árabes trajeron consigo mezquitas y un nuevo modo de entender la estructura urbana que en buena medida ha perdurado hasta la actualidad; su etapa como colonia francesa le aportó ideas europeas, como las anchas avenidas arboladas o los edificios con fachada frontal (en el mundo islámico las viviendas y sus patios se escondían tras un muro).

Pero los habitantes más antiguos de Túnez no fueron ninguno de esos pueblos, sino los bereberes, presentes en buena parte de la costa norte del continente africano. Su nombre, que proviene del griego barbaroi (término que con el que se hacía referencia a todo aquel que no hablara griego), hacía referencia a un conjunto de tribus nómadas que llegaron aquí con sus rebaños cuatro mil años antes de nuestra era. No es de extrañar por tanto que se consideraran en justicia los pobladores más antiguos de estas tierras y que se resistieran con fiereza a la colonización de otras culturas. Aunque durante los siglos IV y V abrazaran el cristianismo y luego se dejaran conquistar por el Islam (al fin y al cabo, si bien libraron una sangrienta guerra contra los árabes, compartían dos pilares básicos de su modo de vida: un sistema tribal y una cultura nómada), conservaron, aunque arabizada, una identidad étnica y lingüística diferenciada. El rodillo uniformizador del mundo moderno, no obstante, está socavando esa identidad, seduciendo a sus miembros ( que constituyen tan solo un indefenso 1% de la población total de Túnez) con los cantos de sirena de la globalización.

Los bereberes han vivido tradicionalmente en un medio hostil: el desierto. Aunque nómadas en esencia, aquellos que decidían establecerse en un lugar determinado se vieron obligados a hallar la forma de hacerlo en las mejores condiciones para resistir la principal amenaza de estas tierras: el calor. La original solución que hallaron puede contemplarse a 70 km al sur de la ciudad costera de Gabés, una de las principales ciudades de Túnez, en el pueblo de Matmata, llamado así por la tribu bereber que lo habita. Está localizado en una hoz rodeada de montes ocres de 700 m de altitud y formas suaves. La vida discurre a un ritmo lento en este terreno de cauces secos y suelos arrugados de tonos rosados interrumpidos por parches verdes, donde los agricultores locales tratan de cultivar higueras, olivos y palmeras datileras aprovechando las infrecuentes lluvias. Pero en el suelo hay algo más: invisibles desde la distancia, se abren una serie de cráteres o pozos circulares de 6 metros de profundidad y 15 m de anchura: son las viviendas trogloditas.

La entrada a cada vivienda es un túnel excavado en un lateral de las ondulaciones del terreno. Éste se abre al patio central de 12 m de diámetro y 6-8 metros de altura. Otros pasadizos llevan a veces a un patio secundario que hace las veces de cuadra. Al patio principal se asoman diversas estancias de diferente tamaño: dormitorios, almacenes, cocina… Los graneros están situados en un “primer piso” a los que se accede con rudimentarias escaleras, bien de madera, bien talladas en la propia pared. El grano se introducía directamente desde el exterior utilizando una especie de rudimentaria cañería. Cada casa subterránea estaba habitada por una familia y el número de habitaciones se adaptaba al tamaño y prosperidad de ésta.

Una vez en el interior de una de estas casas, la principal ventaja no tarda en hacerse evidente: resguardadas del sol y enterradas bajo tierra, las habitaciones gozan de unas condiciones térmicas perfectas al aislar del calor y del frío, manteniendo una temperatura estable durante todo el año de 17ºC. Pero no solo conseguían conjurar la amenaza del calor. En una tierra a menudo barrida por ejércitos conquistadores y grupos de merodeadores y asaltantes, la ausencia de estructuras que sobresalieran del terreno convertía a estas gentes en invisibles. La única forma de detectar su presencia era llegar hasta el borde mismo del pozo. En caso de ser descubiertos, podían bloquear los túneles de acceso, retirar las escaleras y refugiarse en el interior de las estancias. Tan efectiva fue esta manera de pasar desapercibidos, que el resto del mundo no supo de la existencia de las viviendas trogloditas de Matmata hasta 1967.

Una de las mujeres nos invita a visitar su casa. Siguiendo la antigua costumbre, lleva el rostro y las manos pintados con dibujos de henna al modo de tatuajes para protegerse de los malos espíritus. Son las mujeres los principales custodios de las tradiciones bereberes. Su indumentaria, muy diferente de la que se ve en las ciudades, se compone principalmente de una pieza de tela sujeta con cinturón y hebillas en los hombros, y frecuentemente un chal. Los colores más típicos de sus vestidos –tejidos por ellas mismas en sus casas- son el rojo oscuro, el morado y el añil y los diseños consisten casi siempre en dibujos con rayas de colores.

La entrada a las estancias está encalada y en algunos dinteles se ve dibujada la “mano de Fátima”, un símbolo protector de los malos espíritus que probablemente tiene su origen en tiempos anteriores al Islam. El interior está cuidadosamente ordenado y limpio. La decoración se funde con el utilitarismo: cazos, perolas y utensilios diversos de uso cotidiano están dispuestos con una sensibilidad estética que no ha sofocado la dura vida en el desierto. La cerámica bereber ocupa también un lugar relevante en el hogar, exhibiendo sus característicos diseños abstractos que recuerdan a los tatuajes. Los colores más populares son el beige, el ocre rojizo y el negro.

Esta tradición constructora se remonta cientos de años atrás, pero hoy sus pobladores le están volviendo la espalda. Las condiciones de vida no son fáciles y los hombres tradicionalmente hubieron de marchar al norte para trabajar en la industria olivarera –básica en la economía tunecina- y conseguir dinero (o aceite en otros tiempos, ya que se les pagaba en especie) para sustentar a sus familias. En 1967 tuvieron lugar unas intensas lluvias que durante 22 días cambiaron la fisonomía de la zona. Las casas, perfectamente adaptadas para el desierto, no estaban preparadas para soportar semejantes volúmenes de agua y muchas de ellas se vinieron abajo. Fue entonces cuando el gobierno edificó en las cercanías el pueblo de Matmata con el fin de recolocar a aquellos que se hubieran quedado sin hogar.

Las familias que decidieron permanecer en Matmata, lo hicieron probablemente por costumbre, pero quizá supieron valorar ya en aquel momento que las casas de ladrillo y cemento no estarían tan bien preparadas como las suyas para hacer frente a los abrasadores veranos. En la actualidad, los bereberes que aún viven “bajo tierra” obtienen la mayor parte de sus ingresos del turismo, enseñando sus casas.

También del turismo vive la que quizá es la estructura más famosa de todas: el Hotel Sidi Driss. El principal responsable de su popularidad –y de toda la zona en realidad- fue George Lucas, el cineasta norteamericano que en 1977, fascinado por este paraje –y definitivamente convencido por lo barato que resultaba rodar aquí- trasladó a Matmata el equipo de filmación de lo que todo el mundo pensaba iba a ser una película estúpida que no iba a interesar a nadie: La Guerra de las Galaxias.

Matmata se convirtió por obra de la magia del cine en el planeta desértico Tatooine y el Hotel Sidi Driss hizo las veces de “hogar” de Luke Skywalker. Su diminuto bar se transformó en la pintoresca cantina del espaciopuerto de Mos Eisley, en la que se encuentran por primera vez Luke, Obi Wan Kenobi, Han Solo y Chewbacca. Exprimiendo todavía la gallina de los huevos de oro, los responsables del hotel dejaron algunas piezas del atrezzo incorporadas a las paredes de los patios para deleite de los aficionados que llegan hasta aquí.

El hotel consiste en una serie de habitaciones subterráneas, auténticas cuevas, en su mayoría dispuestas como dormitorios compartidos. Los precios no son caros pero nadie debería llamarse a engaño y pensar que se trata de un establecimiento similar a los que se pueden hallar en Capadocia, hoteles trogloditas dotados de todas las comodidades. Aquí las puertas no tienen cerrojo ni baño los dormitorios y para satisfacer la llamada de la Naturaleza es necesario cruzar un par de patios hasta llegar a unos cubículos claustrofóbicos y no reseñables por su limpieza. Con todo, siempre podrás decir que has dormido en la casa de Luke Skywalker.

Aunque Matmata no es el único pueblo troglodita (existen otras comunidades similares en Beni Aissa, Chembali, Techine y Hedege, quizá más genuinas por haber sido menos tocadas por el turismo) sí es la más accesible y conocida, un ejemplo perfecto de cómo el ser humano ha conseguido utilizar los recursos disponibles y utilizarlos para crear una arquitectura que le permitió sobrevivir en un medio donde la naturaleza y el propio hombre eran hostiles.
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domingo 17 de enero de 2010

Bujara: Islam y comercio en la Ruta de la Seda (y 3)


Lyab-i Hauz'' (del persa لب حوض , que significa "junto al estanque"), es el nombre que recibe la extensa plaza que rodea a uno de los pocos "Hauz" o estanques que dieron fama a Bujara en la Edad Media. Como ya mencionamos, hasta la era soviética existían muchos de esos estanques públicos, que constituían la principal fuente de abastecimiento de agua para la población. El Lyab-i Hauz sobrevivió gracias a que era la pieza central de un magnífico conjunto monumental levantado entre los siglos XVI y XVII y que ha perdurado hasta nuestros días sin apenas cambios. Éste consta de la medersa '''Kukeldash''' (1568-1569), la mayor de la ciudad, y dos edificios religiosos, el Khanaka Nadir Divan Begi o albergue para sufis itinerantes, y una medersa que hace un ángulo recto con el albergue.

Labi Hauz era el lugar más emblemático de la ciudad antigua, una plaza que, además de la vieja y sucia alberca construida en 1620, conservaba antiguas moreras a cuya sombra sigue reuniéndose hoy un público heterogéneo para jugar al ajedrez, solazarse y matar el tiempo. Todo tenía un aire antiguo y provinciano. La escena que se contemplaba allí, si no fuera por las espantosas sillas y mesas de plástico rojo instaladas junto al agua, podía corresponder perfectamente a cualquier tarde apacible del siglo pasado antes de que se inventara la prisa. Alrededor de la plaza, varias medersas imponían el carácter y la sobriedad de su arquitectura. La plaza goza de bullicio a todas horas, tan sólo alternándose las caras de los paseantes: ancianos durante las horas de sol, familias al atardecer, parejas y turistas por la noche y alegres chiquillos a todas horas correteando entre las vetustas moreras, algunas de las cuales acumulan cinco siglos en sus troncos y se preservan como un auténtico como patrimonio histórico.

La historia de este bello lugar está estrechamente conectada a Nadir Divan-Begi, un importante visir y tío del emir de Bujara. Se dice que cuando este visir construyó el Khanaka que lleva su nombre, cerca del emplazamiento del edificio había una amplia finca propiedad de una anciana viuda judía. Nadir Divan había decidido que ese lugar sería perfecto para un estanque e hizo una oferta a la anciana. Pero ésta se negó a vender. Nadir la llevó hasta el emir, su sobrino, en la esperanza de que presionaría a la mujer a aceptar el dinero. El emir debía ser un buen político porque escurrió el bulto y nombró una comisión de expertos muftís para que estudiaran el problema. Para sorpresa de unos y otros, la conclusión de estos especialistas en ley islámica fue que no había forma legal de expropiar la finca u obligar a la viuda a comprar, puesto que ésta, en su condición de judía que pagaba el impuesto Jizyah (que sólo se aplicaba a los infieles) tenía los mismos derechos que cualquier musulmán.

Así que el visir Nadir recurrió a tretas más arteras. Construyó un depósito cerca de la vivienda de la testaruda judía y, aunque resultó desproporcionadamente caro, cavó una acequia de riego que desembocaba en su estanque, de tal manera que el agua discurría muy cerca de la casa de la mujer, cuyos cimientos no tardaron en tambalearse. Cuando la indignada viuda acudió a Nadir reclamando justicia, éste reiteró su oferta por la casa. La viuda rechazó otra vez el dinero, pero en esta ocasión exigió sus propias condiciones. Prometió abandonar su propiedad si los gobernantes de Bujara le daban otra tierra y un permiso para edificar una sinagoga. Así se hizo. Nadir le regaló una finca en un área residencial que más tarde se conocería como el "Barrio Judío". Sin más tardar, se construyó la sinagoga y el estanque. La gente comenzó a llamarlo "Lyab-i Hauz", que significa "junto al estanque". Pero la memoria de los locales todavía guarda otro nombre: Haus-i Bazur, "construido a la fuerza"

Curiosamente, los judíos utilizaban para sus plegarias, antes de disponer gracias a la viuda de su propia sinagoga, la mezquita de la plaza. Según algunas crónicas, musulmanes y judíos rezaban unos junto a otros en el mismo lugar y al mismo tiempo. Otras fuentes dicen que los judíos ocupaban el templo una vez los musulmanes habían terminado. Esto quizá explica la costumbre de los judíos de Bujara de saludar con la fórmula "Shalom Aleyhim" (la paz contigo) tras la oración de la mañana, una tradición inexistente entre los judíos europeos.

Pero lo que más atrae la atención de la bella plaza es el frontón de la mezquita, en el que lucen unas espléndidas aves, aparentemente fénix o aves del paraíso. Es la primera representación figurativa que hemos visto en varios días de visitas a mezquitas y medersas y no podemos sino sorprendernos. El Corán no había dictado ninguna prohibición formal en relación con la representación figurativa, salvo en lo referente al culto de los ídolos, estatuillas de arcilla o de piedra. Fueron los hadiz, las interpretaciones posteriores del sagrado libro, los que condenaron todas las representaciones, bien fuera en el arte, las telas o las alfombras, aun cuando el propio Profeta adornara con ellas su residencia en Medina. Es más, el mismo Corán, describe con profusión de imágenes el Paraíso.

La razón subyacente en el rigor de los hadiz es que Alá es el único creador. Cualquier intento del hombre de imitar su perfección es un aberrante pecado de orgullo. Incluso los patios columnados de las mezquitas se dejan con alguna imperfección (una columna de tallado desigual, por ejemplo, para que no sean perfectamente simétricos). Esta visión de las cosas hizo que los tejedores hubieran de encontrar maneras diferentes de plasmar su arte con el fin de no disgustar a sus nuevos invasores y clientes musulmanes. Así, las representaciones se hicieron más abstractas, integrando animales y personas entre plantas y flores. O bien, abandonando totalmente la representación figurativa y adoptando formas geométricas. El Islam, por tanto, rechazó artes tan queridas y practicadas en Occidente como la pintura o la escultura, para centrarse en las artes decorativas: el tejido, la iluminación, la cerámica y trabajo de cristal o la marquetería.

El Char Minar es uno de los edificios más característicos de Bujara, situado en mitad de una rejilla de calles de casas bajas algo apartada del conjunto monumental principal. Quizá por ser domingo apenas se ve a gente por la calle con la excepción de algunos muchachos jugando y montando en bicicleta.

No hay más que un solitario visitante occidental en el fotogénico Char Minar. Se trata de un edificio que sirvió de entrada a una mezquita hace ya mucho tiempo desaparecida. Fue construido en 1807 y su estilo arquitectónico tiene más que ver con la India que con cualquier otra cosa de Bujara. Su nombre significa “Cuatro Minaretes” en lengua tayika aunque las cuatro torres que custodian el robusto cuerpo central no son más que eso, torres decorativas sin otra función definida. La construcción se alza dominando una agradable plaza arbolada que parece cuidada por los propios vecinos. El edificio ha sido pulcramente restaurado pero es el orgullo cívico de la población lo que preserva de pintadas y manchas sus ahora limpios muros.

Aunque a primera vista el conjunto parece simétrico, existen sutiles diferencias que deliberadamente lo alejan de la perfección arquitectónica basada en la simetría, algo que, como ya dijimos, sólo puede alcanzar Alá. Así, los remates de los minaretes son todos diferentes en su decoración e incluso forma. El bello edificio, sin embargo, es poco más que una cáscara vacía. El interior no alberga más que una tienda para turistas y un proyecto de museo tradicional en la planta superior en el que aperos de labranza se desparraman sin orden ni concierto por el suelo y sobre polvorientos aparadores. La barata entrada que cobra la dependienta solo merece la pena por la posibilidad de acceder al tejado y contemplar de cerca las abombadas cúpulas de color turquesa.

El sol comienza a descender el tercer día cuando, impacientes, nos dirigimos al centro de la parte antigua para realizar la visita que habíamos ido aplazando: subir al imponente minarete Kalon. Los tickets se compraban en la gran mezquita adyacente, desde donde se accede al tejado plano de la misma. De aquí arranca una pequeña pasarela que une la mezquita con la sólida torre, custodiada por un chavalín de aspecto solemne. La escalera de caracol que llevaba a la parte superior era todo menos segura. No había apenas luz, los escalones eran irregulares, estaban desgastados y estropeados por huecos y rebabas. Desde luego no había barandilla y era mejor no intentar apoyarse en la pared teniendo en cuenta la maraña de cables de aspecto amenazador que, como una telaraña, se agarraban a los oscuros muros.

Pero la vista desde la galería de la cima compensaba la azarosa subida: una panorámica espectacular de la ciudad vieja, con las dos medersas de la plaza en primer plano, sus torres rematadas por cúpulas turquesa y sus fachadas de rica decoración refulgiendo con los últimos rayos del día. Los grandes edificios de tiempos pasados, con los colores brotando de sus muros, se alzaban sobre un terreno cubierto por casas de muros arcillosos y pequeñas dimensiones. Más allá se distinguían otras cúpulas, indicando la presencia de medersas, mezquitas, mercados y bazares, estrechos callejones y fachadas austeras que escondían grandes patios. La ciudad vieja se extiende alrededor de estas cúpulas, uno de los conjuntos históricos más impresionantes de Asia.

Construido de ladrillo y terminado en 1127, este mirador, el Kalon se eleva nada menos que 47 metros de altura y fue uno de los primeros de la generación de minaretes gigantes que aparecieron en Asia, desde Ghazni y Jam en Afganistán hasta Nueva Delhi, en India. El Kalon, cuando se completó, era una de las más altas estructuras de Asia, una de las maravillas del continente. Los minaretes son construcciones peculiares: se usaban como atalayas desde las que llamar a los fieles a la oración; eran también un símbolo: el de la escalera que ascendía al cielo señalando la presencia de un lugar sagrado, la mezquita, el eje alrededor del cual giraba el mundo.

Las cenefas y decoraciones geométricas que cubren su estructura muestran aún las heridas dejadas por los bombardeos de los soviéticos cuando tomaron la ciudad. El minarete, gracias a sus cimientos de diez metros de profundidad, ha conseguido no sólo sobrevivir a todos los invasores sino despertar su admiración y respeto. Algo que, desgraciadamente, no lograron las gentes que hubieron de vivir aquellos tiempos difíciles. Hoy nos resulta difícil, por no decir imposible, imaginar lo que hubo de ser enfrentarse a destructores de civilizaciones como los soviéticos, Tamerlán o, quizá el más terrorífico de todos, Gengis Khan.





A comienzos del siglo XIII los turcos selyúcidas habían completado su conquista de Asia Central, desde la actual Turquía hasta la India y China. Promotores del comercio, construyeron carreteras y caminos, edificaron caravasares y favorecieron el comercio, eso sí, impidiendo el acceso al mismo de los mercaderes cristianos, ya fuera por mar a través del océano Índico o por tierra siguiendo la conocida hoy como Ruta de la Seda. El monopolio del comercio y los impuestos derivados del mismo permitieron la construcción de ciudades embellecidas por magníficos monumentos, como Bujara.

Pero de invasores, los turcos pasaron a ser invadidos cuando un pariente étnico, Gengis Khan, quien, tras unificar las tribus mongolas, inició una campaña de conquista hacia sus enemigos tradicionales, los chinos. Tomó Pekín en 1215 antes de dirigir sus ambiciones hacia las riquezas del mundo musulmán. Sus imparables hordas galoparon hacia el oeste, conquistando Samarcanda y Bujara en 1220. Desde el mismo punto en que nos encontrábamos disfrutando de la vista, Gengis Kan se dirigió a una aterrorizada multitud con una afirmación demoledora: “Soy el enviado de Dios para castigar vuestros pecados”. La imagen que conjura una crónica de la época citando el decreto mongol, nos sigue pareciendo terrorífica:

“Todos los habitantes, acompañados de sus mujeres y sus hijos, deberán salir hacia el campo, dejar en sus casas todos sus bienes y no llevar con ellos más que lo puesto. [Se trataba, se decía, de un censo de la población. Por la mañana, los ciudadanos cumplieron las órdenes]. En número eran dos o tres veces más numerosos que los efectivos enemigos. Los mongoles, acompañados por los intérpretes, pasaron primeramente entre la muchedumbre informándose de si entre ellos había algún artesano y preguntando el oficio que ejercían. Después, agruparon a éstos aparte… finalmente, los mongoles buscaron a las mujeres hermosas, las jovencitas y los niños, y los aislaron… Las mujeres fueron violadas ante los ojos de sus padres, y el resto de los habitantes –salvo los hombres jóvenes que podían servir de esclavos y los artesanos- fueron asesinados en el lugar. Cuando los mongoles volvieron hacia las calles desiertas y abandonadas, cuando se dispersaron entre las casas y hubieron cargado sobre sus caballos los objetos saqueados, la ciudad comenzó a arder a la vez por todos los costados”.

El mismo tratamiento recibió Samarcanda. La Ruta de la Seda, los mercaderes, sus caravanas, los caravasares... todo se volatilizó bajo los cascos de los caballos mongoles. Cuando Gengis murió en 1227, su imperio pasó a manos de sus cuatro hijos, que saquearon Rusia y Europa oriental. No sería hasta 1260 que los mongoles serían frenados por los mamelucos egipcios, pero para entonces, los devastadores jinetes de las estepas habían conseguido cambiar la historia. La desintegración del califato abasí tendría enormes consecuencias: el imperio musulmán quedó fragmentado en kanatos y estados independientes y enfrentados, una situación de la que solo se repondrían parcialmente con la ascensión al poder de los otomanos. Sin embargo, Asia Central, aislada del resto del mundo musulmán por desiertos y montañas, retendría durante buena parte de los siguientes siglos su complicado mapa de ciudades-estado con el intervalo de la dinastía chabánida fundada por los turcos uzbecos.

El minarete Kalón perdería su función religiosa y de afirmación política para convertirse en cadalso: desde su cima se arrojaba a los convictos en uno de esos alardes de crueldad pública con finalidad ejemplarizante tan queridos por los kanes asiáticos. Nos olvidamos de esas historias de poder, violencia y sangre en cuanto bajamos de nuevo a la plaza, donde los últimos rayos de sol se reflejan sobre las fachadas de la medersa Mir-i-Arab. Era una hora mágica. Los bazares y mercados habían cerrado sus puertas y la ciudad aparecía vacía, como si a nadie le importara el espectáculo, no por cotidiano menos bello, de la luz poniente sobre los minaretes y las cúpulas esmeraldas.


La despedida de la ciudad tendrá lugar al día siguiente, junto a una construcción muy anterior a los mercados y bazares y, probablemente, la que sea la estructura intacta más antigua de Asia Central, una de las maravillas olvidadas de Asia, un superviviente solitario de la primera edad dorada de Bujara. Se trata del Mausoleo de Ismail Salami, hoy sito en el parque del mismo nombre cerca de la fortaleza del Arca.

Fue construido en el siglo X y, como muchos mausoleos musulmanes, tiene una parte baja de forma cúbica coronada por una cúpula hemisférica. Pero son los detalles los que llaman la atención. Aquí encontramos motivos y formas que luego aparecerían en Europa como parte de los estilos románico y gótico: formas en "v", espirales, arcos simples apuntados... edificios pequeños como este mausoleo tuvieron mucha más relevancia de lo que podríamos imaginar: situados a lo largo de las principales rutas comerciales, influyeron enormemente en viajeros y mercaderes venidos de Occidente. Contemplarían estas formas, las admirarían y las recordarían una vez en casa para, a su vez, influir en los constructores y arquitectos de sus naciones. Las magníficas catedrales europeas quizá tuvieron su diminuta semilla en este monumento de líneas elegantes hecho con ladrillos de terracota intercalados para que las distintas luces del día -y de la noche- le den un aspecto diferente según la hora. Sin duda, estamos ante uno de los caminos por los que la geometría sagrada y los símbolos hallaron su camino de unas culturas a otras durante la Edad Media y el Renacimiento, utilizados por Oriente y Occidente, musulmanes y cristianos.
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sábado 9 de enero de 2010

Bujara: Islam y comercio en la Ruta de la Seda (2)


El gobierno y una parte de la población todavía miran a la religión con desconfianza y el ambiente urbano y moderno de la capital, Tashkent, poco tiene que ver con el más tradicional de Bujara. Cuando los rusos acabaron con los imames e instauraron un régimen laico, aun cuando se hizo utilizando métodos crueles y sangrientos, supuso una liberación para mucha gente, especialmente las mujeres. Éstas pasaban a escalar puestos en el cuadro social y mejorar su educación, pero no sin que el proceso se cobrara sus víctimas. Fueron muchos los maridos que asesinaron a sus mujeres e hijas antes que permitir que éstas tuvieran siquiera el atisbo de libertad que otorgaba el nuevo orden. El injusto, despiadado y arbitrario sistema judicial de los kanes fue abolido y la educación se hizo obligatoria para niños y niñas.

Casi un siglo de dominación rusa acabó por apagar la llama religiosa. No del todo, claro. Como sucede en cualquier lugar del mundo, los más desfavorecidos buscan apoyo, material y espiritual, en cualquier mano amiga que se les tienda. La sociedad laica, aspirante a consumista y carente del peso ideológico que, mal que bien, daba el comunismo, no es capaz de dar respuesta a muchos de esos desheredados -o, simplemente, personas con una inquietud espiritual insatisfecha-. La religión, poco a poco, va ganando adeptos, estrechamente vigilada por el gobierno del pseudodictador Karímov.

Pero todos esos nubarrones que oscurecen el futuro más próximo parecían despejarse a la vista de la animación que reinaba en la plaza. Nos sentamos en la escalera de la medersa para disfrutar del espectáculo. Paisanos –la mayoría vestidos a la usanza tradicional- ,se sentaban tranquilamente en taburetes, a la sombra, jugando al ajedrez en un escenario arquitectónico espectacular, pero de proporciones humanas. Un grupo de mujeres de Samarcanda, vestidas con esas túnicas de colores explosivos y pañuelos en la cabeza y cargadas de bolsas de plástico repletas de compras, nos piden que posemos con ellas para una foto de recuerdo de su visita a la ciudad santa, petición a la que accedemos encantados de convertirnos, de repente, en el elemento exótico.

Bujara vivió su época de esplendor gracias al comercio y los múltiples bazares especializados que albergaba: el bazar de los cambistas, el de los sombrereros, el de los joyeros... El de los cambistas está en el extremo del barrio fortificado y se levanta sostenido por cuatro arcos apuntados. Éstos, a su vez, se asientan sobre cuatro plataformas, por lo que, en planta, la cúpula se asienta sobre una base octagonal presidiendo un cruce de calles ocupadas por tiendas y con una cubierta abovedada proporcionando una siempre bienvenida sombra.

En su día, estos espacios abovedados eran mucho más que un lugar de intercambio mercantil. Junto a los edificios públicos adyacentes, formaban una auténtica comunidad, con una pequeña mezquita y una casa de baños en la que relajarse y charlar con tranquilidad. Hoy, estos mercados y sus tiendas siguen gozando de bastante animación aun cuando los cambistas hace tiempo que desaparecieron. Hoy sus puestos están ocupados por alfombras, sombreros típicos uzbecos, artesanías diversas y CD´s.

El comercio está en el aire y en la sangre de los habitantes de Bujara. Todos parecen tener algo que vender. Al volver a la plaza de Hoja Nurabad se nos acercan unas jovencitas, muchas ni siquiera en edad adolescente. Sonríen y tratan de llamar nuestra atención intentando comunicarse en media docena de lenguas con desparpajo, preguntándonos nuestros nombres y memorizándolos para, horas o incluso días después, cuando nos vuelven a ver, dirigirse a nosotros adecuadamente. Todas parecen ser propietarias de tiendas, puestecillos o simples mantas extendidas en el suelo y sobre las que han dispuesto los artículos que ofrecen. Nos resistimos, pero su condición de resuelto vendedor infantil y agradable desenvoltura acaban arrastrándonos a una de las tiendas. Venden piezas de tela, viejas y nuevas, algodón y seda y todo tipo de sombreros, muchos peludos al estilo turkmeno. Estas niñas son vendedoras increíblemente buenas. Y les gusta hacerlo, les gusta regatear. "Esto no es un supermercado. Tienes que regatear", me dicen.

No lejos de la plaza se levanta la imponente fortaleza del Arca, con sus altos muros de formas orgánicas y torres bulbosas que surgen del suelo. Se trata de un complejo de edificios palaciegos y militares de aire siniestro desde el que ejercieron su tiranía los emires de la dinastía shaybanida hasta su caída en el siglo XVII. La edad de oro de la ciudad se desvanecía con rapidez. Las rutas caravaneras terrestres que unían Oriente con Occidente cayeron en desuso tanto a causa del aislamiento en que se sumió China como por los avances en la navegación y los descubrimientos geográficos que permitieron a los europeos establecer rutas marítimas con la India y China. Asia Central se convirtió entonces en un lugar aislado del resto del mundo, hostil a los extranjeros y fragmentado en ciudades-estado dirigidas por emires déspotas rodeados de un lujo decadente. Pocos fueron los occidentales que llegaron hasta aquí desde el siglo XVIII y no hallaron nada bueno que contar. Y la siguiente historia fue la que contribuyó a consolidar definitivamente la mala fama de la ciudad.

En 1753, Bujara ya se hallaba fuera de los circuitos comerciales del mundo. El gobernador local del reino persa se declaró a sí mismo emir y fundó la dinastía Mangit, que mandaría sobre vidas y haciendas hasta la llegada de los bolcheviques. Lo que siguió fue una sucesión de gobernantes depravados, el peor de los cuales fue Nasrullah Khan (también llamado “el Carnicero”) que ascendió al trono en 1826 tras asesinar a sus hermanos y a otros 28 parientes.

Fue bajo su despótico mandato que llegó a la ciudad el lugarteniente británico Charles Stoddart en misión de paz en 1839. Enviado por las autoridades inglesas de la India para asegurar al emir de que no habría invasión británica de Afganistán, no había sido adiestrado en diplomacia y carecía de conocimientos orientales. La desgracia no tardó en abatirse sobre él. Nada más llegar ofendió al emir al no desmontar de su caballo cuando lo encontró frente a la fortaleza. Esto le valió la reprimenda de uno de los asistentes de Nasrullah que le conminó a arrodillarse en señal de disculpa. Stoddart, viendo en ello una humillación, se negó, haciendo enfurecer al emir. Para colmo, las autoridades inglesas, subestimando la vanidad del tirano, no habían provisto a Stoddart de regalos y la carta que portaba no era de la reina Victoria (a la que Nasrullah Khan consideraba su igual) sino del gobernador general de la India). El previsible resultado de tal cadena de torpezas no se hizo esperar: el emir lo envió inmediatamente a las mazmorras.

La prisión subterránea que hoy los visitantes pueden visitar no es sino una versión limpia e higiénica del infierno que hubo de sufrir el inglés, cuando varios prisioneros se amontonaban en un nimio espacio rodeados de toda clase de insectos y alimañas regularmente alimentadas por los carceleros para que continuaran atormentando a los presos. Stoddart pasó tres años entre arrestos domiciliarios y estancias en aquel tenebroso calabozo. El inglés, de hecho, ni siquiera tuvo la suerte de languidecer en una de esas terribles celdas, sino en un pozo infecto y húmedo de 7 metros de profundidad, lleno de repugnante fauna local, de donde sólo se salía para morir ejecutado. De las paredes de una habitación adyacente habilitada como pequeño museo, cuelgan fotografías de desgraciados que sufrieron crueles castigos por faltas ridículas: latigazos por no observar estrictamente el ramadán; o encarcelamiento en las mortales celdas de la fortaleza por hablar mal de un personaje adinerado. Lo más escalofriante es que esto no sucedía en los crueles siglos de la Edad Media. Tales medidas se tomaban a finales del siglo XIX, poco antes de que los rusos conquistaran la región. Las caras de los reos plasmadas en las fotografías de las paredes reflejaban la miseria e indefensión que sufrían ante un sistema despiadado y arbitrario.

Finalmente, en 1841, apareció el capitán Arthur Conolly, enviado por el gobierno inglés para rescatar a un Stoddart demacrado y consumido por las enfermedades. Al principio sus relaciones con el emir discurrieron cordialmente hasta que los británicos fueron derrotados en Afganistán. Nasrullah, seguro entonces de que no podría recibir represalias de los británicos, mandó a Conolly a hacer compañía a Stoddart en el pozo. Transcurrieron seis largos meses en aquel lugar de pesadilla hasta que fueron sacados del agujero, obligados a desfilar delante de una enfurecida multitud congregada frente al Arca, forzados a cavar sus propias tumbas y finalmente decapitados.

La reacción en Inglaterra al llegar la noticia fue furibunda, pero el gobierno decidió olvidar el asunto. Amigos y parientes de ambos militares recaudaron suficiente dinero como para enviar a su propio emisario, un extraño clérigo llamado Joseph Wolff, con la misión de verificar las muertes de sus predecesores. El propio Wolff sólo escapó de la muerte gracias a que el emir lo encontró divertido vestido en sus ropajes litúrgicos. Pocos se dirigieron a Bujara tras toda esta colección de trágicos episodios. No sería hasta la conquista rusa cuando volverían a llegar los viajeros extranjeros para visitar aquella ciudad de ensueño.

Recorremos la fortaleza, hoy en proceso de rehabilitación integral, caminando por sus rampas y calles, visitando el patio que albergaba el palio bajo el cual se sentaba el emir a despachar los asuntos públicos y que servía también de lugar de coronación, el harén, la mezquita y las diferentes dependencias para la corte y el séquito del khan y que hoy han sido destinadas a albergar museos de poco interés.
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