span.fullpost {display:none;} span.fullpost {display:inline;} DE VIAJES, TESOROS Y AVENTURAS

domingo 4 de octubre de 2009

La Mezquita Azul - Un regalo para Alá


Sedefhar Mehmet Aga debió sentir una mezcla de orgullo, satisfacción y temor al recibir del Sultán la orden de levantar la primera mezquita imperial en los últimos cuarenta años, un edificio que rivalizara con Santa Sofía, hasta la fecha la mezquita más venerada de Estambul (había sido consagrada a la fe islámica a mediados del siglo XV, cuando los turcos otomanos tomaron Constantinopla). Tenía permiso para gastar el dinero que fuera necesario pero los resultados debían satisfacer plenamente las expectativas, no sólo del Sultán, sino de Alá. Y es que los antecedentes del proyecto eran algo preocupantes.

En primer lugar, se trataba de un edificio cuyo propósito era complacer a Alá, quien parecía haber torcido la suerte de los turcos en sus luchas contra los persas. El Sultán Ahmet I decidió recobrar el favor de la divinidad con este templo, pagado con cargo al Tesoro imperial, algo a lo que se opusieron las autoridades islámicas, ya que hasta el momento este tipo de obras se habían financiado gracias a los botines de guerra.

En segundo lugar, Mehmet Aga tuvo sobre sí la presión de realizar un trabajo a la altura de su maestro, el gran Sinan, entre cuyo extensísimo legado arquitectónico se contaba la Mezquita de Suleimán, sobre el Cuerno de Oro, un espectacular edificio religioso. El emplazamiento del nuevo templo iba a ser inmejorable: en los terrenos ocupados por el antiguo Gran Palacio y el hipódromo, símbolos de la cultura bizantina que había dominado la ciudad durante un millar de años, y justo enfrente de Santa Sofía. Dicho emplazamiento no era casual. Se trataba de un símbolo, una afirmación de que el Imperio Otomano era tan fuerte y capaz a la hora de abordar grandes obras civiles como lo había sido el cristiano al que había aplastado. El templo debía reunir, además, los elementos imprescindibles según el canon imperante entonces: cúpulas, minaretes, un patio interior que diera acceso a la gran sala de oración y una decoración acorde con la magnificencia exterior.

El resultado final fue satisfactorio para todos aun cuando Ahmed I murió sin ver el final de las obras, que se prolongaron durante siete años, de 1609 a 1616. Desde luego, dado que el edificio lleva en pie casi cuatro siglos, podemos atrevernos a suponer que a Alá también le agradó la magnífica ofrenda, aun cuando el Imperio Otomano dejó de existir hace ya un centenar de años.

Mehmet Aga integró elementos arquitectónicos bizantinos en la tradición islámica para crear el que se considera como el último ejemplo de arquitectura clásica otomana. Exteriormente, una de las cosas que primero llaman la atención son las grandes dimensiones del edificio en el que destacan los seis esbeltos minaretes, un hecho que en su día causó amargas críticas por interpretar tal osadía como una rivalidad con la Mezquita de la Ka´aba en La Meca. El Sultán zanjó la cuestión de una forma tan tajante como antigua: con dinero. Financió la construcción de un séptimo minarete en la mezquita de la Ciudad Santa.

Los minaretes con forma de lápiz rodean una estructura armoniosa de cúpulas y semicúpulas que guían al ojo hacia arriba hasta culminar en la gran cúpula central, de 23 metros de diámetro y 43 metros de altura. Un amplio y algo anodino patio nos conduce a la grandiosa sala de oración. La cola de turistas aspirantes a entrar en el magnífico edificio daba la vuelta al mismo y no quedaba más remedio que agregarse a la horda y armarse de paciencia. Los turistas se desplazaban pesadamente tras sus guías. El aire se llenaba del sonido de obturadores electrónicos, toses y cuchicheos y una variada selección de polos de diseño, pantalones de algodón e incongruentes chalecos de safari ocupaban el espacio destinado a visitantes.

Por desgracia, la multitud de turistas de una docena de países distintos, sudorosos y con pies de talla superlativa exhalando vapores tóxicos, no hizo de la visita una experiencia contemplativa y agradable. Además, y aun cuando las dimensiones del edificio son amplias, sólo una parte de la sala de oración ha sido habilitada para el disfrute del visitante y una aglomeración de ellos se apiña en un reducido espacio por el que uno se tiene que mover a base de empujones y codazos. Y es que, a diferencia de Santa Sofía, hoy "simplemente" un museo, la Mezquita Azul continúa siendo un edificio abierto al culto, con un amplio espacio interior permanentemente acotado y reservado a los fieles.

Así que tras un vistazo rápido, decidí volver por la tarde, en el momento de la última llamada a la oración del día, cuando los autobuses de turistas hace rato que han terminado su recorrido y los extranjeros abarrotan los restaurantes de Sultanahmet. En ese momento la mezquita parecía haberse convertido en un lugar totalmente distinto. Tan sólo una docena de personas, todos ellos estambulitas, rezaban silenciosamente siguiendo su ritual de genuflexiones y jaculatorias. Fue entonces cuando pude realmente disfrutar de la magnífica decoración interior del templo, en la que destacan sus más de 20.000 azulejos añil luminoso, verde, turquesa, blanco y rojo hechos en Izmir (la antigua Esmirna) representando cincuenta diseños florales diferentes, desde lo austeramente tradicional a lo más barroco.



Y lo que podemos contemplar hoy no es sino un reflejo algo desvaído de su pasado esplendor aun cuando su estado de conservación y restauración es sobresaliente comparado con muchos templos cristianos de la misma época. Auque el sultán había prometido crédito infinito a Mehmet Aga, lo cierto es que a la hora de abrir el cofre del tesoro las cosas se complicaban y los administradores de la obra sólo pagaban una cantidad fija por azulejo a los artesanos. Como quiera que los precios en el mercado fueron encareciéndose con el paso del tiempo pero no así la tasa oficial, los artesanos comenzaron a servir piezas de peor calidad cuyo color se ha ido desvaneciendo con el tiempo, convirtiéndose el rojo en marrón, el verde en azul y perdiendo parte de su brillo.

A pesar de las dimensiones de la sala (64 por 72 metros y 43 metros de alto en la cúpula), la estancia goza de una luminosidad excepcional. Ello es debido, en primer lugar, a la ausencia de compartimentaciones estructurales que proyecten sombras o formen rincones en los que se pierda la luz: las cúpulas las soportan cuatro colosales pilares de cinco metros de diámetro, patas de elefante compuestas de apretados nervios de mármol que se separan en su parte superior como una flor que se abre ante la presencia de los rayos de luz. Ésta inunda el interior gracias a la abertura de 260 ventanas, posándose en las bóvedas delicadamente pintadas y la superficie de los azulejos que cubren las paredes. En esas primeras horas de la noche, sin embargo, eran las grandes lámparas que colgaban suspendidas del techo como si fueran arañas, las que proporcionaban la luz. Fijándonos con atención, vemos colocados en ellas huevos de avestruz, cuya función no es meramente decorativa: al parecer, repelen a los arácnidos y evitan la formación de telarañas. Las joyas y el oro que una vez adornaron las lámparas han sido retirados y trasladados a museos.

Las bombillas emitían una suave luz que difuminaba las figuras que iban llegando poco a poco, situándose de cara al mihrab y comenzando a rezar a la espera de la llegada del imam, quien dirigiría una de las cinco oraciones comunitarias del día. El sonido de las pisadas de los pies descalzos desaparecía absorbido por limpias y mullidas alfombras que cubrían hasta el último rincón de la amplia mezquita. Son donaciones de piadosos fieles y ninguna aparece raída o desgastada: en el momento en que comienzan a mostrar un uso excesivo, son reemplazadas.

La oración comienza y el ritual se desarrolla con un estricto orden y respeto. El diseño interior permite que, incluso cuando el templo se halla totalmente abarrotado de musulmanes durante las oraciones, todo el mundo sea capaz de escuchar claramente el sermón del imam. Sermón que, por cierto, hasta 1928, era pronunciado en árabe, por lo que pocos fieles entendían una palabra. En ese año, el presidente Kemal Atatürk ordenó que los sermones debían darse en turco.


La atmósfera religiosa del interior contrasta con el ruidoso ambiente festivo del exterior, mantenido a raya gracias a los gruesos muros, las galerías y el patio interior. Locales y extranjeros se congregan todos los días en los bancos del parque que se abre entre la Mezquita Azul y Santa Sofía para disfrutar de un refresco o unos frutos secos recién tostados, mientras se pone el sol y los focos se van encendiendo para iluminar el calculado juego de cúpulas que ya ha pasado a formar parte del perfil de la ciudad.




Las cosas no le podrían haber salido mejor a Sedefhar Mehmet Aga. Era arquitecto, compositor musical, artesano, matemático, geómetra... la síntesis de sus conocimientos y habilidades en campos tanto de las artes como de las ciencias dieron como resultado un edificio que cumplió todas las expectativas. El sultán quedó satisfecho, Alá complacido y las generaciones de fieles y visitantes que traspasan sus puertas, turcos y extranjeros, musulmanes o no, siguen rindiendo homenaje al genio del discípulo que se convirtió en maestro.
Leer Mas...

jueves 24 de septiembre de 2009

Polonnaruwa: el Buda superviviente


Los desayunos en lugares lejanos son siempre un asunto sugestivo. Aquella mañana en el pequeño hotel con vistas a la jungla en el interior de Sri Lanka, los serviciales camareros nos alegraron la mañana con un “hopper”, una especie de tortita elaborada con harina de arroz y servida con un huevo recién frito encima y un poco de chili. Para acompañar, algo de pan de chapata con coco gratinado, un poco de fruta y te. Sirvió para recuperar el ánimo tras una agitada noche en la que nuestra compañera escocesa Emma había sufrido el robo de su cartera. En un lugar apartado como aquél, las labores policiales las llevaba a cabo un oficial del ejército acompañado de dos soldados que se presentaron conduciendo un camión militar cargado de cajas de munición. El farragoso proceso de denuncia -donde nosotros hablábamos en inglés y un intérprete lo traducía al cingalés y viceversa y en la que todo se hacía a base de bolígrafo y papel de calco- se prolongó hasta bien entrada la madrugada.

Frescos y recuperados de tales tribulaciones gracias al desayuno y al limpio aire de la mañana, conducimos hasta la antigua ciudad de Polonnaruwa.

“Como las ruinas de Angkor, en Camboya, los restos de Polonnaruwa son de ese tipo de monumentos que emocionan, conmocionan y empequeñecen al hombre común que se enfrenta con la genial creatividad de sus antepasados”, escribe el arqueólogo Arthur Evans. Y es cierto. De hecho, en Polonnaruwa domina la desmesura, tanto en las obras del hombre como en las de la Naturaleza. Si las estatuas y los templos budistas son suntuosos y de dimensiones colosales, la jungla, omnipresente e invasora, no deja nunca de amenazar con sus atractivos y sus peligros el esplendor de la antigua capital.

La historia de Polonnaruwa es la historia de los antiguos reinos de Sri Lanka y de su difícil relación con su gran vecino del norte, la India. La antigua capital del reino de Sri Lanka había sido Anuradhapura pero en el siglo X d.C. tras la invasión de los hindúes Chola, de raza tamil y provenientes del sur de la India, los cingaleses hubieron de abandonarla y huir al sur, fijando su nueva sede en Polonnaruwa, una antigua fortaleza situada en el vado del río Mahaveli, el mejor lugar para controlar posibles invasiones de los ejércitos. Sus murallas tenían un perímetro de seis kilómetros ya antes de ascender a la categoría de capital y pronto se convirtió en el centro de mando de los rebeldes. Cincuenta años después de su exitosa campaña, los tamiles Chola se vieron asediados por todo tipo de problemas tanto en Sri Lanka como en sus reinos de la India y en 1070 acabaron retirándose ante el empuje de la guerrilla cingalesa, encabezada por Vijayabahu, un joven pariente del antiguo rey en el exilio. Siguiendo la tradición, Vijayabahu se coronó en la ya ruinosa Anuradhapura, pero decidió trasladar la corte a Polonnaruwa. Su reinado fue largo y fructífero, consiguiendo que el país viviera en paz durante cuarenta años.

Vijayabahu adornó su nueva capital con palacios, templos budistas, enormes represas, canales y jardines. Con todo lo espectaculares que fueron estos trabajos, los cronistas reservan sus mejores elogios para Parakramabahu I. Y es que la vena espiritual de este monarca del siglo XII le llevó a favorecer de manera especial al clero budista. Pero también fue el artífice de aún más colosales obras públicas, como la del lago artificial destinado a irrigación más grande construido hasta entonces que con sus 2.100 hectáreas era un auténtico mar interior. También proyectó sus delirios de grandeza a la política exterior: formó un ejército –incluyendo una fuerza naval- capitaneado por un general malabar para lanzar una ofensiva sobre la India e incluso llegó a invadir Birmania.

Pero la prodigalidad y dispendio de Parakramabahu y las de sus sucesores agotaron el tesoro. Cuando el último monarca murió sin heredero, se desencadenó la lucha por el trono. Como ya había sucedido antes en la historia del reino, los problemas internos constituyeron una oportunidad de oro para las tropas tamiles de hacerse con la apetitosa Sri Lanka y un ejército proveniente de la India se asentó en la ciudad, instaurando una nueva dinastía y cometiendo, según los cronistas cingaleses, todo tipo de atrocidades.

Aquél fue el comienzo de la decadencia de Polonnaruwa. Cuando la situación de anarquía se enderezó ya era demasiado tarde. La ciudad y su complejo sistema de irrigación se desatendieron y la jungla se cerró sobre ellos. Como consecuencia de esa negligencia, la malaria se cobró numerosas vidas y, finalmente, la ciudad fue abandonada. Aunque la vida de Polonnaruwa duró menos de doscientos años -comparados con los ochocientos de Anuradhapura, igualó a su predecesora en magnificencia. Pero su recuerdo tampoco superó la prueba del tiempo y los nativos acabaron olvidando aquellas ruinas dispersas entre palmeras y banianos. Fue a finales del siglo XIX cuando un oficial colonial redescubrió para el mundo la grandeza de la que debió ser, a juzgar por lo que ha quedado, un lugar extraordinario y una de las más importantes ciudades de Asia.

A juzgar por los renegridos restos esparcidos por la enorme superficie tomada por la selva, Polonnaruwa debió ser una ciudad espléndida. Los monumentos están dispuestos en un área ajardinada de ocho kilómetros razonablemente compacta y, a pesar del calor, explorarla resulta gratificante. Caminamos a través del corazón sagrado de la capital: el Complejo del Cuadrilátero, un conjunto de doce templos levantados sobre una plataforma cuadrangular que refleja las religiones, la fusión de creencias, de las dinastías guerreras tamiles y cingalesas. Templos hindúes comparten espacio con santuarios budistas y, en el Hatadage o relicario, cuatro imágenes de Buda se sientan en el interior de una estructura cuyas puertas están decoradas con divinidades hindúes. Es aquí donde se guardaba en el siglo XII el mayor tesoro budista de Sri Lanka, un diente de Buda.

Cerca está una de las estructuras más curiosas de la ciudad, la Satmahal Prasada, construida en el siglo XII o XIII, una especie de pirámide escalonada que recuerda edificios similares de Centroamérica, Egipto o Camboya. Es la única de este tipo en el país y nadie tiene la menor idea acerca de la función que desempeñaba. ¿Fue quizá el resultado de algún tipo de conexión religiosa o cultural entre tierras y gentes muy alejadas entre sí?

Entre el mar de templos, estructuras y estatuas, uno de los restos que más nos roba el corazón fue un antiguo templo circular, el de Thuparama, todavía con los muros y el techo originales intactos, cuyo oscuro sanctasantórum contenía, alineados contra las paredes, diversos budas esculpidos en diferentes materiales pétreos. Cuando los rayos del sol, a una hora determinada de la mañana, penetraban por una abertura del muro y alcanzaban una gema que el Buda central tenía en el pecho, aquéllos se reflejaban hacia el resto de las estatuas. Las incrustaciones de piedras preciosas y semipreciosas de éstas hacían que todo el santuario reverberara y parpadeara. Un lugar digno de los mejores relatos de aventuras, un sitio mágico que podría haber constituido el telón de fondo para una peripecia de Allan Quatermain o Indiana Jones.


Muchos de los edificios y estatuas mostraban señales inequívocas de destrucción deliberada y fuego. Las invasiones tamiles dejaron una huella profunda e indeleble y demostraron que no importa lo magníficas, avanzadas e inmortales que puedan lucir las civilizaciones. Todas tienen un final, ya sea a manos de otros pueblos más avanzados que imponen, por la fuerza o pacíficamente, sus costumbres; o bien bajo las armas de hordas más primitivas pero más poderosas y dispuestas a luchar. Los mutilados y renegridos rostros de reyes, leones y budas que asoman desde los frisos y fachadas pueden dar fe de ello.


Sería tedioso profundizar en cada uno de los jardines, templos, palacios y restos diversos que visitamos aquella mañana. Grandes estanques de cinco niveles en forma de loto, derelictos de monasterios que llegaron a contar con quinientos edificios, templos que aún conservan sus delicadas decoraciones, dagobas (estupas) de grandes dimensiones, la cámara del consejo y su fino trono del león, las tristes ruinas del palacio de siete pisos del rey Parakramabahu... El magnífico museo anexo al yacimiento muestra, además de algunas extraordinarias figuras, reconstrucciones de los edificios y templos más significativos. Los restos de por sí ya eran asombrosos, pero aquellas maquetas causaban todavía más asombro al poder recuperar visualmente la grandeza y la habilidad constructiva de los antiguos cingaleses.


Nuestra última parada es Gal Vihara, la Cueva de los Espíritus del Conocimiento, un grupo escultórico perteneciente al monasterio de Parakramabahu, al norte del complejo. Se trata de tres colosales estatuas del siglo XII excavadas en una pared de granito que ejemplifican lo más sublime del arte budista cingalés. El Buda erecto de siete metros de altura y brazos cruzados sobre el pecho -una postura bastante inusual- reflexiona sobre su búsqueda de la iluminación, el Nirvana; mientras que la figura de catorce metros reclinada a su lado representa al Maestro en paranirvana, el momento de paz trascendental en el que las pasiones humanas son aniquiladas. A la izquierda hay un Buda más convencional, sentado, más pequeño y con menos finura en su acabado que las otras dos imágenes.

El tamaño sí importa en el arte Budista. Las grandes imágenes representan grandeza de corazón, fervor o poder sagrado. Parakramabahu quiso construir una estupa gigante para mostrar la escala de su devoción y el esfuerzo y sacrificio que había hecho por su religión. Y aquí tenemos una enorme estatua de Buda, extrañamente materialista para una fe tan poco mundana. En realidad, imágenes de semejante tamaño son relativamente recientes dentro de la fe budista, remontándose "sólo" 1.700 años atrás. Anteriormente, Buda (que murió hace 2.500 años) era representado a través de formas más abstractas: una rueda, unos pies, una columna... Éstas parecen ser formas más adecuadas para una fe cuyo principal protagonista no es un dios, sino un hombre que a través de la meditación, alcanzó la comprensión universal.


Mientras contemplo estas enigmáticas figuras, algo sucede que me hace tomar conciencia de que su poder está aún muy vivo. No estoy ante una atracción turística o un motivo de estudio para historiadores, sino de un símbolo para los creyentes. De repente, nos rodean docenas de devotos y la sonrisa beatífica del Buda reclinado cobra entonces todo su sentido. Está dando ánimo, amor y comprensión a quienes vienen en busca de ayuda. Nos retiramos, dejando al Buda, súbitamente vivo, a sus seguidores.
Leer Mas...

sábado 19 de septiembre de 2009

Gravensteen - Una fortaleza diferente


El castillo de Gravensteen, se encuentra hoy en el centro de la villa histórica de Gante, en Bélgica, pero en 1180, cuando fue levantado para servir como fortaleza de los condes de Flandes, estaba en las afueras. El lugar no ofrecía ventajas topográficas naturales y el castillo estaba protegido por un ancho foso que, no obstante, resultó insuficiente a la hora de soportar dos asedios en el siglo XIV.

A pesar de ser una construcción militar imponente, con su poterna y su foso, el conjunto tiene algo de cuento, como casi todo en esta ciudad. Su aspecto actual, sin embargo, es obra de largos trabajos de restauración que, en buena medida, pueden hacer olvidar su dilatada y agitada historia. Efectivamente, el pueblo de Gante ha manifestado siempre su firme deseo de independencia. Su rebelión contra las autoridades españolas en 1539 trajo como consecuencia la dura respuesta del emperador Carlos V, quien a pesar de haber nacido en la ciudad, ejecutó sin dudarlo a los líderes y atrincheró a sus tropas a lo largo y ancho del lugar.
Por aquellas fechas, sin embargo, los condes de Flandes se habían trasladado y la fortaleza fue ocupada por los duques de Borgoña. De ahí en adelante, la historia de estos muros se vuelve menos violenta. Fue centro administrativo y sede de la corte de justicia, con lo que adquirió un cierto aspecto palaciego. En el siglo XIX se construyó a su alrededor un barrio obrero y parte del castillo se utilizó como fábrica. Tras varios desmantelamientos y reconstrucciones, en 1994 se terminó la última restauración que a decir de unos le ha devuelto su traza original.y según otros lo ha convertido en un castillo de fantasía.

Sea como fuere, la fortaleza es ahora uno de los principales monumentos que se pueden visitar en la ciudad. Protegido en uno de los flancos por las aguas del Leie, se edificó de acuerdo con el modelo de los que construyeron los cruzados en Siria y Tierra Santa, que Felipe de Alsacia conoció en la cruzada en que intervino. Tiene una apariencia inusual, mayormente debido a los torreones colgantes a lo largo de la muralla, proporcionando resguardo del fuego a los muros, lo cual puede haber derivado de la experiencia de las Cruzadas. Hay otras señales de cercanía con la práctica bizantina, pero no existe prototipo arquitectónico conocido.

El recorrido por su interior incluye la sala de los festines –con una colosal chimenea de piedra y una espada del tamaño de un hombre- y un curioso y completo museo de la tortura, pasando por las letrinas, que permiten conocer de qué manera tan primitiva se las tenían que apañar nuestros antepasados no hace tantos siglos atrás.





Los calabozos, la réplica de una guillotina o los instrumentos de tortura siempre excitan la morbosa curiosidad de la gente. Y es que hay quien dice que este es uno de los edificios más tenebrosos de Europa. Después del siglo XIV, los condes de Flandes no se sintieron cómodos en tan siniestro entorno, y la construcción se convirtió en una cárcel, el patio interior en lugar de ejecuciones y la cripta en cámara de tortura. El material expuesto en estas salas es el más visitado del castillo.

Fuera de sus muros también se practicaba la tortura y se realizaban ejecuciones. Gante podía alardear en la Edad Media de tener muchas instituciones autorizadas para “interrogar con dolor” y ejecutar a sospechosos. El puente que se encuentra al pie de Gravensteen recuerda el pasado sanguinario de Gante con su nombre: Ondhoffdingbrug (puente del Decapitado).

Lo único que ha quedado del edificio original está en la base de la torre principal. Por lo demás, el castillo luce hoy en día como un castillo del siglo XIII excepcionalmente bien conservado entre cuyos silenciosos muros aún se pueden sentir respirar los espíritus de otros tiempos.




Leer Mas...

sábado 12 de septiembre de 2009

San Pablo: El corazón espiritual de Londres


Londres es una de las grandes capitales del mundo, una vibrante ciudad que concentra un rico patrimonio histórico y un estilo de vida que atrae a millones de turistas cada año. Uno de sus grandes atractivos son sus iglesias, algunas de las cuales se cuentan entre las más ilustres del continente. Existen unos 40 templos en la ciudad a través de los cuales se puede trazar la historia de la arquitectura británica de los últimos siglos. Sin embargo, la mayor parte de ellas palidecen a la sombra de la colosal catedral de Saint Paul.

A los ojos del visitante, St.Paul recuerda al Panteón de París. La misma arquitectura, más pesada que imponente, más maciza que majestuosa, la misma cúpula de doble tambor, la misma utilización de sus espacios puesto que además de lugar de culto, sirve de cementerio de personajes ilustres.

El barrio de St.Paul tiene tras de sí un largo pasado religioso. Algunos afirman que en el lugar que ahora ocupa la actual catedral se levantaba en época romana un templo dedicado a Diana, teoría que nunca ha sido confirmada pero que no tiene nada de peculiar. Los mismos terrenos que fueron considerados sagrados en la antigüedad a menudo han conservado tal significación pasando de una religión a otra. Se cree que se edificó aquí una temprana capilla cristiana, en los primeros años del siglo VII; es seguro, por el contrario, que en este lugar se edificó una iglesia románica en 1087 sustituyendo a un santuario destruido por un incendio. Iglesia a su vez reemplazada en el s.XIII por un enorme edificio gótico de 200 metros de longitud que se consideraba la mayor iglesia de Inglaterra.

El actual edificio, sin embargo, es hijo de un desastre que marcó profundamente la historia de la ciudad. El 2 de septiembre de 1666, hacia la una de la madrugada, se declaró un fuego en una panadería de Pudding Lane. El fuego creció velozmente hasta convertirse en un infierno que devoró buena parte de la ciudad. Entre las construcciones engullidas por el incendio y las derribadas en los intentos por detenerlo, más de tres cuartas partes del viejo Londres desaparecieron. La destrucción de 13.200 viviendas dejó a más de 100.000 personas sin hogar, y la de las sedes de 44 gremios y empresas dificultó seriamente la actividad económica y comercial. El fuego consumió el Royal Exchange, la Custom House, el propio ayuntamiento... y la catedral normanda de Saint Paul. Milagrosamente, las vidas perdidas como consecuencia de la catástrofe no llegaron a la decena.

El incendio trajo dos beneficios inesperados. Por una parte, la purificación por el fuego acabó para siempre con la peste. Por el otro, al rey Carlos II se le abrió la posibilidad de reconstruir la capital para que fuera más habitable y segura. La ciudad cambió de aspecto y no volvió a sufrir incendios de gran magnitud. Desaparecieron las casas de madera y la caótica distribución en callejas y callejuelas abigarradas de viviendas, orientadas según el capricho de cada cual. Las nuevas calles seguían un trazado más racional, que presentaba los edificios ordenados en hilera y erigidos con ladrillos y mampostería. De esa época provienen las manzanas de casas iguales, con los tejados de pizarra y las típicas chimeneas londinenses.

Fue una tarea extraordinariamente difícil para la que se presentaron proyectos inspirados en el urbanismo barroco según el cual se edificaba entonces en el continente. Los grandes edificios emblemáticos fueron también reconstruidos (aunque los actuales obedecen a reformas posteriores), entre ellos 51 templos de los 87 destruidos.

Un año antes del pavoroso incendio, Christopher Wren, joven profesor de astronomía y geometría en Oxford, había permanecido varios meses en el París de Luis XIV. Allí estudió las nuevas obras urbanísticas y las reformas del antiguo pabellón de Caza de Versalles, colaborando con Bernini en el diseño de la nueva fachada oriental del Louvre. Regresó con la idea de concentrarse exclusivamente en la arquitectura, totalmente huérfana en Inglaterra desde la muerte de Iñigo Jones en 1652. Carlos II, que estimaba y admiraba a Wren, lo llamó para que colaborara en la reconstrucción, y en 1669 lo nombró arquitecto real, cargo que conservó bajo sucesivos monarcas durante casi medio siglo. Se conservan aún 24 iglesias proyectadas por él y entre sus edificios civiles se cuentan el palacio de Kensington y sus amplísimos jardines, el Hospital Real de Chelsea y la reforma de las alas este y sur del antiguo palacio de Hampton Court. Pero sin duda fue Saint Paul la gran obra de su vida.

Sin embargo, la participación de Wren en el proyecto del magnífico templo fue algo anterior al incendio. Ya en 1663, tres años antes de la catástrofe, la antigua catedral mostraba preocupantes signos de inestabilidad y deterioro. Wren había propuesto derruir la torre, reconstruir el crucero en una planta más grande y cubrirlo con una cúpula rematada por una gigantesca linterna; la propuesta fue aceptada. Todo arquitecto deseaba construir una gran cúpula, aunque las posibilidades de hacerlo eran limitadas. Brunelleschi construyó la cúpula de la catedral de Florencia en 1420. A ésta le siguió la de la basílica de San Pedro, de Miguel Ángel, a finales del siglo XVI. Probablemente durante su estancia en París, Wren tuvo la oportunidad de contemplar la de la iglesia de Val-de-Grâce de François Mansart y la de la Sorbona de Jacques Lemercier, ambas comenzadas en 1665.

Después del incendio, ya no sirvieron las propuestas anteriores y Wren tuvo que empezar desde cero. El gótico era despreciado y la idea de Wren para Saint Paul era la de un edificio clásico abovedado, sobre el plano de una cruz griega. Las autoridades eclesiásticas no encontraron el diseño adecuado para celebrar las misas ni con el espacio que deseaban para las procesiones, por lo que exigieron un diseño cruciforme tradicional con una larga nave. Dos proyectos fueron rechazados, antes de que se lograra un acuerdo, y aunque éste fue más tarde alterado por Wren, al abrigo de una cláusula que le permitía realizar "cambios ornamentales" y con la complicidad del rey Carlos II, el diseño fue básicamente una cruz latina.

Los trabajos comenzaron en 1675. Wren era arquitecto, no constructor, y formó un equipo muy especializado para construir la catedral. Durante los 35 años que se tardó en levantar San Pablo, se empleó a 14 contratistas encargados de supervisar cada paso del proceso, desde la cantera de mármol de Portland hasta los últimos detalles de la obra. Los trabajos finalizaron en 1708, el día del 76 cumpleaños de Wren, si bien el templo ya había comenzado a utilizarse para ceremonias religiosas en 1697. Como suele suceder en este tipo de ambiciosas empresas arquitectónicas, hubo todo tipo de reacciones: desde las entusiastas hasta las que rechazaban de plano la obra por ver influencias "papistas" en ella e interpretar que rompía con la tradición británica. Una vez que la curiosidad quedó satisfecha tras la inauguración y el asunto dejó de ser una novedad, nadie se preocupó demasiado por todos esos temas. Había pasado a ser parte integrante de la ciudad y estaba allí para quedarse.

Actualmente, aunque el estilo de Wren es descrito a menudo como Barroco Inglés, es muy diferente en espíritu al trabajo de, digamos, Mansart o Bernini. Porque el estilo de Wren es esencialmente académico, moderado, incluso formal y frío. Curiosamente, sus torres, que han acabado siendo elementos sobresalientes en el perfil de la ciudad, no formaban parte del plan original y fueron añadidas en 1707, cuando Wren ya contaba 75 años de edad. La torre noroeste alberga 13 campanas, mientras que la sudeste tiene 4, incluyendo la conocida como Gran Tom, que sólo se tañe cuando muere un miembro de la familia real, el obispo de Londres o el alcalde de la ciudad.


Maciza vista desde el exterior, St.Paul, cuya planta se inspira en la basílica de San Pedro de Roma, es más majestuoso en su interior. Como dijimos, la planta es en forma de cruz; si el visitante camina a lo largo de la nave central hasta llegar donde ésta se encuentra con los transeptos, y mira hacia arriba se sentirá anonadado por la amplitud del espacio y por el vacío central creado por la gran cúpula de 108 metros de altura y 37 de diámetro, la segunda mayor del mundo tras la de San Pedro en Roma.

La cúpula está recorrida por tres galerías circulares, la más famosa de las cuales es la Galería de los Susurros, a la que se accede tras subir una escalera de 259 peldaños y cuyo nombre deriva de su peculiar acústica: el sonido se desliza alrededor de las paredes de la cúpula, de tal forma que cualquier susurro que se emita de cara a la pared será escuchado por otra persona que se encuentre en cualquier otro punto de la galería. Y este fenómeno se produce únicamente con los susurros, no con la voz normal. Esta galería, impuesta a Wren en contra de su voluntad, no es sólo una obra maestra de elegancia, sino también de ingeniería estructural, donde reside el verdadero genio de Wren.

Desde la galería se disfruta de una panorámica de las pinturas que adornan la cúpula así como de la vertiginosa caída hasta el suelo. Aunque el visitante no puede saberlo, la cúpula que él ve desde aquí no es la que se puede contemplar desde el exterior. Efectivamente, la cúpula es en realidad un "truco" arquitectónico compuesto de tres estructuras superpuestas. La interior, recubierta de mosaicos y visible desde las galerías es la vertiente artística; la exterior, la más conocida por ser visible en cualquier panorámica de la ciudad, no juega en realidad ningún papel estructural por muy impresionante que sea; entre las dos se encajona un cono de ladrillos con una doble función: soporta la cúpula exterior y sostiene la elevada linterna que remata la silueta del edificio. Se trata de otra de esas filigranas arquitectónicas cuyo armonioso resultado es lo único que se ofrece a la vista del espectador, ignorante de los minuciosos cálculos, la precisa ingeniería y la habilidosa pericia constructora que han sido necesarios para levantar ese preciso detalle.


Si el Parlamento es el núcleo político de la ciudad y el Museo Británico el centro cultural, San Pablo, catedral anglicana y sede del obispo de Londres, es el corazón espiritual de Inglaterra. Desde su primer servicio religioso, en 1697, sus muros han servido de marco para la celebración de diferentes acontecimientos de relevancia, desde funerales de Estado hasta jubileos y cumpleaños monárquicos pasando por homenajes y ceremonias de acción de gracias en momentos señalados, como el fin de las dos Guerras Mundiales o los ataques del 11 de septiembre de 2001 sobre el World Trade Center. Uno de los eventos más seguidos del siglo, la boda del príncipe Carlos y Diana Spencer tuvo lugar aquí.

Los miembros de la familia real reciben bautizo, matrimonio y sepultura en la Abadía de Westminster, pero muchas otras figuras de importancia histórica fueron enterradas aquí. La cripta contiene más de 200 memoriales que son la única curiosidad que se puede encontrar en el interior, puesto que el tesoro fue desapareciendo con el paso de los años desde el mismo momento de la construcción del templo hasta que en 1810 un gran robo acabó con las piezas que quedaban.


Durante la visita, recorremos toda una serie de plazas, estatuas, monumentos y tumbas dedicados a hombres que por la grandeza de sus ideas, la osadía de sus actos o su mero ingenio, se ganaron un lugar en la cripta al tiempo que en el espíritu de la nación: Lord Kitchener, el duque de Wellington, Horacio Nelson, Florence Nightingale, Winston Churchill, Henry Moore, T.E.Lawrence, Alexander Fleming o Joshua Reynolds son sólo algunos de los nombres que destacan junto a las largas listas de soldados muertos en combate durante las muchas guerras en las que su país ha participado


Fue durante una de esas guerras cuando el edificio corrió serio peligro de ser destruido. Entre octubre de 1940 y abril de 1941, su estructura fue alcanzada por varias bombas alemanas en el transcurso de los intensos ataques aéreos que sufrió Londres. El 12 de septiembre de 1940 una bomba con retardo que había caído en el templo fue desactivada por los artificieros británicos. Más tarde, fue detonada en lugar seguro dejando un cráter de 30 metros. Si hubiera explotado en el interior de San Pablo, habría pulverizado la catedral. El 29 de diciembre de aquel mismo año, un proyectil incendiario cayó en la cúpula, pero consiguió extraerse antes de que el fuego alcanzara la estructura de madera. A aquellos momentos corresponde una de las más famosas fotos del Londres de los bombardeos, con un San Pablo envuelto en espeso humo, simbolizando los horrores y la destrucción de la guerra.

Desde entonces, San Pablo ha disfrutado de un largo periodo de paz, cumpliendo su papel de santuario urbano, símbolo nacional y sobrio marco de ceremonias religiosas y de Estado. El monumental edificio de Wren puede que no inspire el recogimiento de su congregación ni súbitas conversiones, pero su intención era muy otra. Quería levantar un templo que perdurara como evidencia de su genio a través de los siglos. Wren trabajó hasta la ancianidad y murió a los 91 años. El epitafio de su tumba –él fue uno de los primeros en ser enterrados en el interior de la catedral- no deja lugar a dudas de la opinión que el arquitecto tenía de sí mismo: “Lector, si buscas su monumento, mira a tu alrededor”.
Leer Mas...