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lunes, 21 de enero de 2013

Angkor Wat : Belleza Eterna







La expansión de la cultura india por el Sudeste Asiático dio como resultado la construcción de alucinantes monumentos religiosos. Borobudur, en la isla de Java, fue uno. El otro, sin duda más impactante, fue Angkor Wat. A menudo considerado como la estructura religiosa más grande del mundo, este coloso de piedra es sencillamente único, una sorprendente mezcla de espiritualidad y simetría, la fusión de los principios materiales y espirituales de la cultura jemer y un ejemplo duradero de la devoción del hombre por sus dioses. Es el templo mejor conservado de toda la ciudad de Angkor, porque nunca fue abandonado a su suerte.

La adopción del hinduismo por parte de la realeza jemer de la ciudad de Angkor Thom llevó consigo la identificación de cada soberano jemer con un dios al que consideraba su protector. Estos reyes ordenaban alzar un templo en honor de esa deidad con la que se deseaba reunir después de su muerte. El templo constituye por tanto una expresión arquitectónica de tamaño gigantesco de esta tradición hinduista.


En este sentido, Angkor Wat fue probablemente construido como templo funerario para Suryavarman II (1112-1152) en honor a Visnú, el "Controlador del Mundo", la divinidad hindú con quien se identificaba a sí mismo. Más tarde, sin embargo, con el cambio de religión oficial, pasó a ser un wat o monasterio budista.

Además de sus dimensiones, hay mucho en Angkor Wat que lo hace único entre los templos que le rodean. Aunque el estilo jemer proviene de la India, está lejos de ser una mera copia del hindú y la inventiva y la imaginación de los constructores jemer, sin mencionar sus habilidades técnicas, lo convierten en un arte propio y bien diferenciado. La forma curva de las torres, de las cuales sobreviven sólo cinco de las nueve originales, puede derivarse en última instancia de Bhubaneswar, en la India, pero es bastante diferente, como también lo es su efecto total como brotes de un tallo común.

Igualmente significativo es el hecho de que el edificio esté orientado hacia el oeste, simbólicamente la dirección de la muerte, lo que en su día llevó a un gran número de eruditos a concluir que Angkor Wat debió haber sido concebido como una tumba. La idea se sustentaba por el hecho de que los magníficos bajorrelieves del templo se diseñaron para ser vistos en el sentido contrario a las agujas del reloj, una práctica que tiene sus precedentes en antiguos ritos funerarios hindúes. Visnú, sin embargo, a menudo también se asocia con el oeste, y en la actualidad se acepta que Angkor Wat sirvió principalmente como templo y mausoleo para Suryavarman II.

Los hombres religiosos de la época de Angkor se debían haber deleitado en sus múltiples capas llenas
de significado, de la misma forma que un experto en iconografía artística y arquitectónica europea podría deleitarse con las más ricas catedrales medievales. Las dimensiones espaciales de Angkor Wat son paralelas a las longitudes de las cuatro épocas del pensamiento clásico hindú. El visitante de Angkor Wat que atraviesa el paso elevado hasta la entrada principal y a través del patio hasta la torre central, que en su día contuvo una estatua de Visnú, está viajando metafóricamente de vuelta a la primera época de la creación del universo. Por todos sitios hay pistas, señales que hablan al peregrino. Yo sólo soy capaz de descifrar algunas de ellas.

Como los otros templos-montaña de Angkor, Angkor Wat también es una réplica en miniatura del universo. Primero, el visitante o peregrino atraviesa un foso de 190 m de ancho, que forma un rectángulo gigantesco de 1,5 km por 1,3 km, que hace que los fosos que rodean a los castillos europeos parezcan un juego de niños. Ese foso simboliza los océanos, y se salva por el oeste mediante un paso elevado de arenisca. Angkor Wat se construyó con bloques de arenisca transportados por vía fluvial a bordo de balsas que debían recorrer más de 50 km. La logística de tal operación es impresionante: se necesitó el trabajo de miles de personas en una época en la que no existían ni grúas ni camiones.

Atravesado el foso, llegamos a la pared rectangular exterior, que mide ¡1.025 m por 800 m!. Hay una
puerta en cada lado, pero la entrada principal, un porche de 235 m de ancho muy bien decorado con tallas y esculturas, está en el lado oeste. Hay una estatua de Visnú, de 3.25 m de altura, esculpida en un único bloque de arenisca, situada en la torre derecha. Los ocho brazos de Visnú sostienen un laberinto, una lanza, un disco, una caracola y otros objetos. Da igual que Visnú sea una deidad hindú y que su presencia aquí date de la época en la que Camboya seguía esa religión. La religiosidad natural del pueblo la ha incorporado al budismo con total naturalidad como lo demuestran los mechones de cabello que se ven a su alrededor: se trata de donaciones de gente joven próxima a contraer matrimonio y de peregrinos que dan las gracias por su buena fortuna.

Una avenida elevada de piedra, de 475 m de largo y 9,5 m de ancho y bordeada con barandillas con nagas, lleva desde la entrada principal hasta el templo central. La naga de siete cabezas, la serpiente universal, se convierte así en un simbólico puente en forma de arco iris para que el hombre alcance la morada de los dioses. Sus cabezas -una imagen recurrente en el hinduismo- representan los colores del arco iris (originalmente debió de haber estado pintada de brillantes colores). Resultan sorprendentes las similitudes entre los conceptos y los símbolos de diferentes religiones. La imaginería religiosa de las pinturas rupestres del Parque Nacional de Kakadu, en Australia, ya mostraban al arco iris asociado a la serpiente como puente entre la tierra y el cielo, una manifestación de lo sagrado; lo mismo ocurre en la teología de los incas.

El recorrido del peregrino nos conduce hasta la gran entrada cruciforme al complejo del templo propiamente dicho, que mide cerca de 200 m de largo. Todo aquí, desde el gran foso hasta las serpientes de piedra que vigilan mi camino, está diseñado para hacerle a uno sentir diminuto ante la majestad de Visnu.

El patio está dividido en cuatro por galerías maravillosamente decoradas. La planta es cuadrada, una forma inspirada por el mandala o carta divina usada como base del diseño de muchos templos hindúes. Las paredes de la galería inferior del templo están cubiertas con bajorrelieves. Los personajes de las escenas narran en una sucesión de alucinantes imágenes la cosmología hinduista, escenas del poema épico Mahabharata, episodios bélicos de la historia jemer y admoniciones sobre las torturas del infierno. A pesar de los más de ocho siglos de saqueos y erosión, las tallas, que ocupan una longitud superior a 800 metros y una superficie de 2.000 m2, han conservado su abrumadora belleza.

Empinados peldaños conducen al segundo nivel, delimitado por galerías, con torres en cada esquina. Otra empinada pendiente conduce al patio central, otra vez dividido en cuatro, con torres en las esquinas y, en el centro donde las galerías se cruzan, la torre central. El complejo del templo central está formado por tres plantas, cada una de ellas hecha de laterita, que encierran una plaza rodeada por galerías intrincadamente unidas entre sí. Dentro del plano espiritual del universo, estos patios representan los continentes rodeando la torre central.

Las esquinas de la segunda y tercera planta están jalonadas por torres, cada una rematada con simbólicos capullos de loto. A 31 m por encima del tercer nivel y 55 m por encima de la tierra está la torre central, el Monte Meru, que proporciona a todo el conjunto su sublime unidad. Las escaleras que llevan al nivel superior son muy empinadas, porque alcanzar el reino de los dioses no era una tarea fácil.

Se completa el peregrinaje al llegar a la torre central. Hemos llegado al centro de esta enorme representación del universo jemer, reflejo de una íntima relación entre la naturaleza, la arquitectura y el espíritu de tal intensidad que las construcciones contemporáneas parecen desprovistas de alma.

Los visitantes de Angkor Wat se ven sorprendidos por su impresionante grandeza y, de cerca, por el
minucioso detalle de sus fascinantes ornamentos decorativos y abundantes bajorrelieves, especialmente sus cautivadoras apsaras, las ninfas celestiales encargadas de transmitir la alegría del Paraíso a los dioses. Eran las consortes de los dioses, los héroes y los reyes y fueron creadas durante la guerra entre los dioses y los demonios -el bien y el mal, otra constante humana-. Las atractivas mujeres celestiales usaron sus encantos femeninos para distraer a los demonios, facilitando así la victoria de los dioses. Jóvenes ataviadas y enjoyadas como las apsaras eran seleccionadas por los sacerdotes para ejecutar los bailes que se llevaban a cabo como parte del complejo ritual hindú.

Las bailarinas de piedra muestran la parte superior del cuerpo desnuda y únicamente visten una larga
falda. Asimismo, lucen peinados llenos de imaginación. Solamente en Angkor Wat se han contado más de 1.500 de tales representaciones. Cada figura es una obra maestra por sí sola. Ningún relieve es igual a otro.

A mediodía y de forma excepcional, Angkor Wat se alza silencioso. El húmedo calor y la hora del almuerzo han vaciado de turistas el recinto. La ausencia de densas masas de visitantes permite disfrutar de la calma, el silencio y la espiritualidad que a menudo se les hurta a los edificios religiosos. La austeridad de las piedras ennegrecidas y las sólidas torres laterales contrastan con las femeninas curvas y las cálidas sonrisas de las apsaras que dirigen sus miradas hacia nosotros desde todos los ángulos. El último paso del peregrinaje, sin embargo, el ascenso a la torre central para llegar al sancta sanctorum, resulta imposible de realizar ya que por motivos de restauración el acceso ha sido restringido.

Todavía hay campesinos en Camboya convencidos de que Angkor fue construido por dioses. Y lo parece. Aunque hoy sólo queden ruinas –aunque grandiosas-, la idea de querer emular a la divinidad sigue siendo el rasgo más sobrecogedor de Angkor Wat. Su magnificencia es la expresión en piedra del deseo de inmortalidad del hombre, de su voluntad de trascendencia, de dominar el tiempo y el espacio.

Si Angkor no consiguió ser una ciudad eterna, porque hace siglos que ya nadie vive allí, sí logró que los rasgos de sus estatuas, la finura de sus bajorrelieves y la armonía de sus monumentos fuesen de una belleza eterna.

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martes, 20 de noviembre de 2012

Bayón: Budismo y egolatría real


En el centro de Angkor Thom, la ciudad devorada por la selva y antaño llena de vida, sobrevive lo que siempre fue el edificio más importante de la urbe, el Bayon, un espectacular templo funerario rodeado por un foso. Ahora se sabe que fue construido por Jayavarman VII, aunque durante mucho tiempo sus orígenes permanecieron en la sombra. Envuelto en la densa jungla, a los investigadores también les costó bastante tiempo darse cuenta de que se encuentra en el centro exacto de la ciudad de Angkor. Todavía hay muchos misterios asociados con el Bayon –como su función exacta o su simbolismo-, algo que parece de lo más apropiado para un monumento cuya imagen es la de un enigmático rostro sonriente.

El Bayon fue único incluso entre sus pétreos contemporáneos, porque se trataba de un monumento no sólo a un hombre, sino a una nación y su religión. Hacia 1181, cuando comenzó la construcción de la ciudad de Angkor Thom, el imperio jemer había sustituido el hinduismo por el budismo como fe oficial, por lo que las imágenes e iconografía de ambas religiones se solaparon y fusionaron en su arte. Esto nos da una clave para comprender la presencia de las cabezas que vimos en las murallas de la entrada a la ciudad. Jayavarman VII se veía a sí mismo como un buda compasivo, por lo que aquellas grandes cabezas podían interpretarse bien como las de Buda bien como las del egocéntrico monarca. De ahí se infería que el rey era un bodisatva, un ser iluminado comprometido a ayudar a los demás.

Es un lugar de pasillos estrechos, empinados tramos de escaleras y, lo mejor de todo, una colección
de 54 torres góticas decoradas con 216 enormes rostros de Avalokiteshvara, que se parecen mucho al propio rey y que ofrecen una fría sonrisa. Estas enormes cabezas observan desde todos los ángulos, emanando poder y control mezclados con pequeñas dosis de humanidad, precisamente la combinación necesaria para dominar tan enorme imperio, asegurando que la dispar y remota población cediera sumisa a su magnánima voluntad. Al caminar por aquí, una docena o más de cabezas se hacen visibles de una sola vez, a cara completa o de perfil.

A diferencia de Angkor Wat, que impresiona desde todos sus ángulos, el Bayon, en la distancia, no parece más que un cúmulo de glorificados escombros. Únicamente cuando se entra al templo y se accede al tercer nivel, la magia se hace aparente. La estructura básica del Bayon la constituyen tres sencillos niveles, que se corresponden más o menos con las tres fases de construcción. Debido a la avanzada edad del rey Jayavarman VII al inicio de las obras, éste nunca confió en que pudiera ser acabada antes de su muerte. Solo cuando se completaba una fase, se pasaba a la siguiente. Los dos primeros niveles tienen forma cuadrangular y están decorados con bajorrelieves. Desde aquí se asciende a un tercer nivel, este circular, en el que se encuentran las torres y sus rostros.

Pero puede que el Bayon, además de su poder y simbolismo espiritual, hubiera sido el custodio de un mensaje político, aunque hoy no sea posible verlo de forma clara. Porque en su origen, una estatua de Jayavarman, desaparecida hace tiempo, se alzaba sobre el resto de las cabezas coronando toda la estructura. El aspecto triunfal y mundano del Bayon se refuerza por el kilómetro de bajorrelieves con más de 11.000 figuras que decoran sus muros. En ellos se recoge con detalle la victoria de los ejércitos jemeres liderados por el propio Jayavarman sobre los invasores cham.

Las tallas, no obstante, deben su fama no sólo a la representación de batallas, sino a la información
que nos han legado sobre la vida cotidiana en la Camboya del siglo XII. Efectivamente, son los únicos que no muestran temas mitológicos sino acontecimientos cotidianos del siglo XII: desfiles militares, hindúes adorando un lingam, gente despiojándose, mujeres dando a luz, personas jugando al ajedrez, peleas de gallos, mujeres vendiendo pescado en el mercado, animales persiguiendo personas, un circo jemer con equilibristas y enanos, gente comiendo en sus casas, trabajando el campo... Es curioso comprobar cómo muchos aspectos de la vida cotidiana de los antiguos jemeres son similares a los de hoy. Las casas, los mercados, los carros tirados por bueyes, los rickshaws, los instrumentos musicales actuales... son casi idénticos a los que unos anónimos escultores tallaron en granito hace ocho siglos.

Es, sin duda, un lugar con un poder extraordinario. Antes de marcharnos me detengo junto al foso y vuelvo a mirar al Bayon, sus cabezas del dios/rey se reflejan en las tranquilas aguas del foso que lo circunda. Parece como si aquellas caras hubieran sido talladas y colocadas en el lugar exacto que proclamara que el edificio estaba vivo, que era una estructura sagrada cuyas mismísimas piedras vibraban con energía.

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jueves, 11 de octubre de 2012

Ta Prohm - La ruina perfecta




Existen lugares en el mundo, cada vez más escasos, en los que, si se tiene suerte, todavía se puede sentir el eco del romántico espíritu de las hazañas de exploración de antaño. Uno de ellos es la ciudad "perdida" de Angkor, epítome de la transitoriedad de la gloria, de la fragilidad de la civilización y el inmenso y despiadado poder de la Naturaleza.

Una de las imágenes más evocadoras e icónicas de la figura del explorador es la del occidental blanco abriéndose paso a machetazos por la densa jungla para encontrarse, inesperadamente, con los grandiosos restos de una ciudad largo tiempo olvidada dominada por una arquitectura misteriosa e intimidante. Y eso fue precisamente lo que a mediados del siglo XIX le sucedió a Charles-Emile Bouillevaux, un misionero francés que se topó con unas colosales ruinas de paredes ricamente talladas engullidas por la selva.

Unos años más tarde, otro explorador francés, el naturalista Henri Mouhot, también quedó maravillado ante ese conjunto de más de cien templos budistas e hinduistas repletos de relieves y estatuas de extravagante belleza que ofrecían a sus ojos un extenso catálogo no sólo de las creencias y mitos de sus extintos habitantes, sino de su vida cotidiana: bailarinas, reyes, elefantes, guerreros, artesanos... Pero, ¿quiénes habían sido sus constructores? ¿cuál había sido la causa de su caída? ¿Cómo era posible que los antepasados de aquellos camboyanos sumidos en la miseria hubieran sido capaces de semejante hazaña? Era un enigma, porque los documentos históricos que se habían conservado acerca de la historia de Camboya no retrocedían más allá del siglo XV.

Los arqueólogos se pusieron a trabajar de inmediato y cuanto más averiguaban más asombrados quedaban. Angkor fue una enorme ciudad que llegó a contabilizar un millón de habitantes en sus años de apogeo, una cifra veinte veces superior a la de la mayor urbe europea de aquellos tiempos. Sus restos son colosales, pero no constituyen más que el esqueleto pétreo de un cuerpo urbano mayormente edificado de madera y paja. Sólo el ladrillo o la piedra, materiales reservados a los dioses, han sobrevivido a los siglos y la selva.

La enseñanza y divulgación histórica a las que debemos nuestros conocimientos son claramente
etnocentristas. Los logros de las civilizaciones geográficamente alejadas de la nuestra son dejados de lado sin tener en cuenta que sus éxitos merecen el mismo grado de consideración. Pero, aún así, hay otros factores que contribuyen a la marginación de las culturas asiáticas. Por ejemplo, a diferencia de griegos, romanos o árabes, no existe un abundante cuerpo de documentos escritos que hayan pasado de una cultura a otra a través del tiempo y ello fue debido a la costumbre tradicional de utilizar como soporte de escritura cortezas, hojas de palmera o pieles, todas ellas fácilmente degradables. Y, no menos importante, las claves religiosas y la visión antropocéntrica de estas civilizaciones son en muchos casos tan diferentes de la occidental que el desciframiento de sus claves -a menudo llevado a cabo por eruditos occidentales- requiere un esfuerzo adicional.

El imperio jemer, responsable de la edificación de Angkor, se extendió desde el año 802 d.C. hasta 1432 d.C. y nació a partir de grupos que salieron de los reinos meridionales de China para asentarse a lo largo del curso del río Mekong. En ese periodo, el imperio con base en Angkor se constituyó en una de las grandes potencias del Sudeste Asiático. En el curso de esos seis siglos, naturalmente, hubo de todo: auges y declives, prosperidad y confusión, guerras de invasión y revoluciones religiosas, conquista de imperios vecinos y rivalidades por la sucesión, destrucción y reconstrucción... Comenzó siendo una civilización de religión y cultura hinduistas para adoptar luego el budismo y su correspondiente legado espiritual e intelectual. Su prosperidad material se basó en la construcción de un sofisticado sistema de infraestructuras hidráulicas que aseguraba el alimento incluso en la época seca.

Los sucesivos reyes construyeron sus propios templos-montaña rodeados de lagos (una alegoría del
sagrado Monte Meru del hinduismo) que, a su vez, pasaban a formar parte del sistema hídrico de la ciudad. El declive llegó precisamente por causa del agua. Se cree que el sistema hidráulico de embalses y canales que sostenía la agricultura de Angkor se estiró demasiado. Lentamente empezó a encenagarse debido a la superpoblación y la deforestación. Como sucede actualmente en muchos puntos del planeta, la supervivencia acabó directamente ligada a la relación entre población y medioambiente. El deterioro del segundo tuvo su reflejo en la primera. Por otra parte, la incesante edificación de templos llevó a continuas tensiones económicas y sociales que desembocaron en la invasión de un pueblo de Vietnam del sur, los chams, que incendiaron la ciudad y saquearon sus tesoros en 1177. Los jemeres, liderados por Jayavarman VII, tardaron cuatro años en reaccionar y expulsar a los chams fuera de Angkor y Camboya. Jayavarman se convirtió en el rey más importante de la historia jemer. Una de sus maravillosas construcciones fue el Ta Prohm.

Conviene llegar a Ta Prohm a primera hora de la mañana, antes de que las multitudes de turistas inunden el lugar arruinando su silencioso encanto. Estas pintorescas ruinas son lo más parecido que podemos encontrar en Angkor a la visión que disfrutaron aquellos primeros exploradores. Porque, al contrario que otros templos de mayor tamaño, éste no ha sufrido un proceso de conservación que incluyera la limpieza de la cubierta vegetal. Ya se deba ello a la imposibilidad material de arrancar los árboles sin dañar los edificios -tal es el grado de simbiosis a que han llegado- ya sea por una motivación puramente estética, la visita a Ta Prohm constituye una experiencia única que ningún visitante de Angkor debe dejar pasar. Es cierto también que el recinto está lejos de ser salvaje y que los conservadores se ocupan en contener un avance descontrolado de la jungla que no sólo haría impracticable su apertura al turismo sino que acabaría por engullir a la propia construcción.

Un paseo por Ta Prohm es como caminar por el interior de un esqueleto sagrado tapizado de musgo, rodeado de una capa de vegetación y protegido del sol por una cubierta de frondosos árboles de edad indefinida. Sus raíces, como si tuvieran vida propia, emergen del suelo y abrazan con fuerza los frontones, galerías y muros, como si trataran de romper y tragar los bloques de piedra. Es como presenciar la escena congelada de un enorme drama en el que la Naturaleza se enfrenta con su fecundidad y paciencia a la obra del hombre vengándose por haber sido sometida durante siglos.

Esta misteriosa fusión de elementos orgánicos y minerales debió tener un aspecto muy diferente nada
más terminar su construcción por orden de Jayavarman VII. Tan importante o más que su faceta militar y política, la religión de este rey cambió la historia de su imperio y de la actual Camboya. Durante siglos la fuente de divinidad real reposó en la deidad hindú Siva -y a veces, en Visnú-. Jayavarman VII adoptó el budismo mahayana y dedicó sus oraciones a Avalokiteshvara, el bodhisattva de la compasión, para que lo iluminara durante su reinado. El budismo -en este caso el Mahayana- cree que la manera de escapar del ciclo de reencarnaciones era hacer méritos. En cambio, el budismo Theravada, que llegó más tarde y es el predominante hoy en día, consideraba que la salvación se conseguía mediante rituales y ceremonias personales.

Es posible que, siguiendo los pasos que en Occidente dio Constantino al abrazar el cristianismo, Jayavarman decidiera convertirse a una religión que ya gozaba de un amplio apoyo popular entre sus súbditos. Los expertos barajan también la posibilidad de que hubiera sido la destrucción de la ciudad de Angkor por los invasores cham la pieza que terminara de socavar la fe en el carácter divino de la realeza jemer. Era necesaria una nueva religión que ayudara a recuperar la confianza en algo más grande que el hombre.

Y la religión budista, claro está, tuvo su reflejo en la arquitectura. Jayavarman VII se embarcó en una mareante lista de proyectos para la construcción no sólo de templos, sino de toda una nueva ciudad, Angkor Thom, rodeada de murallas y un foso que formaba parte del complejo sistema de irrigación de Angkor.

Entre los templos construidos durante su reinado esta el Ta Prohm, levantado a partir de 1186 y
conocido entonces como Rajavihara (Monasterio del Rey). Originalmente dedicado a la madre del rey, es uno de los pocos de la región de Angkor donde las inscripciones en las paredes, datadas en el siglo XII, nos dan detalles sobre los trabajadores y sacerdotes que moraban en el interior de esta ciudad religiosa. Y es que Ta Prohm era mucho más que un templo. Su población era de nada menos que 12.640 habitantes, incluyendo 13 altos sacerdotes, 2.740 funcionarios, 615 bailarinas, artesanos y granjeros que trabajaban produciendo arroz para el sustento de los sacerdotes y funcionarios. ¡Qué espectáculo debió resultar la contemplación de la pompa y el lujo de la corte jemer, con todos sus colores y formas destacando contra el tapiz verde de la jungla!.

Pero como sucede con muchas cosas hermosas, este centro de culto religioso resultó ser más frágil de lo que sus rocas y pilares harían pensar. Hace ya siglos que desaparecieron las tiendas, los palacios, las bibliotecas y los hogares de sacerdotes, burócratas y artistas. Todo ha sido reclamado por una jungla imbatible. La obra del hombre, una vez más, no superó el enfrentamiento con la Naturaleza. Todo está envuelto en una sofocante cortina de vegetación que convierte a Ta Prohm en el lugar favorito de Angkor para mucha gente.

Grandes escarabajos y lagartos han excavado sus hogares en este laberinto de torres, patios cerrados y pasillos estrechos. Por muchos de los corredores ya no es posible pasar al hallarse obstruidos por grandes bloques de piedra delicadamente tallados, desplazados por las raíces de los árboles. Los bajorrelieves de las paredes están cubiertos de una pátina de liquen, musgo y plantas trepadoras, y los arbustos brotan desde los techos de las monumentales terrazas.

Grandes bloques de hasta una tonelada yacen en el suelo vencidos por la fuerza de la gravedad; otros aún la desafían, mostrando sus intimidades arquitectónicas. Ceibas centenarias, algunas apoyadas sobre arbotantes, dominan el ambiente mientras sus hojas filtran la luz del sol y proyectan una capa grisácea sobre toda la escena. De las muchas formaciones de raíces, la más conocida es la que está en el interior del gopura (pabellón de entrada) situado más al este del recinto central, apodado “árbol cocodrilo”. Antes se podía escalar hasta las galerías más dañadas, pero ahora está prohibido para proteger el templo -y a los visitantes-.

Es difícil imaginar un lugar tan ruinoso y desordenado que a la vez posea tanta plasticidad, tantos
recovecos imposibles de disposición tan perfecta. Así es como las ruinas deberían ser: salvajes, auténticas, la fusión perfecta de brillantez artística, devoción religiosa y esa caprichosa armonía propia del mundo natural. A ello se une el sentimiento morboso que da la certeza de que lo que se ve, esta arquitectura orgánica involuntariamente casada con la humana, no va a perdurar. Como todos los seres vivientes, Ta Prohm está muriendo. La vegetación lo devora. ¡Pero qué muerte más magnífica!

Aunque, pensándolo dos veces, quizá no dejen morir a la gallina de huevos de oro. Talarán los árboles, arrancarán las raíces que estrangulan las ruinas y volverán a poner las piedras una encima de la otra. Pero tampoco en este caso Ta Prohm seguirá siendo el mismo. Desaparecerá completamente esa ilusión que ahora nos invade, imaginando que somos el Indiana Jones galo que descubrió el lugar en un estado muy similar al que ahora vemos.

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viernes, 31 de agosto de 2012

Lago Tonle Sap - el corazón líquido de Camboya




Los 1.900 km de aguas navegables de Camboya siguen constituyendo un elemento clave en el sistema de transporte del país, especialmente si se tiene en cuenta el estado en el que se encuentran la mayor parte de las carreteras y vías férreas. Nuestra intención es llegar a Siem Riap desde Battambang y de las dos opciones posibles (interminables horas en un traqueteante y caluroso autobús o un recorrido fluvial), elegimos sin dudar la acuática.

A las siete de la mañana abordamos la embarcación que efectúa el recorrido expreso en tan sólo cinco horas. Su capacidad teórica suele ser de unas treinta personas y aunque normalmente se rebasan con creces, aquel día tengo suerte y mis únicos compañeros de viaje aparte de los dos miembros de la tripulación resultan ser un oficial del ejército, una señora de mediana edad cargada hasta lo imposible de sacos y bolsas de lo más heterogéneo, tres turistas franceses y cuatro camboyanos.


El patrón y su ayudante colocan la impedimenta en el techo de la motora, encienden con un leve petardeo el motor, desatracan la embarcación y nos ponemos en marcha. Inmediatamente trepo hasta el techo para disfrutar del panorama que brinda uno de los recorridos en barco más espectaculares del continente asiático.

La embarcación comienza recorriendo estrechas vías fluviales, roza los árboles de las orillas y nos permite echar un vistazo cercano a la vida cotidiana de los camboyanos más humildes. La gente se lava en las achocolatadas aguas o hace la colada, repara las redes de pesca o atiende los fuegos siempre encendidos sobre los que se cuece el arroz. Los niños chapotean entre el barro, las mujeres venden plátanos y hortalizas, los pescadores remiendan las redes o colocan sus capturas en cestos de mimbre. Casi todas las viviendas son chamizos paupérrimos hechos con madera y paja de cuyas ventanas asoman las cabezas de niños que nos gritan excitados agitando sus manos en gesto de saludo. Merodeando entre la espesura, pastando entre la jugosa hierba, se mueven escuálidas vacas blancas: aquí no se utilizan como fuente de leche sino como animales de trabajo en los cultivos. Allí asoma el esbelto minarete blanco de una mezquita; algo más allá, las estilizadas formas de madera policromada que anuncian la presencia de un templo budista.

Si exceptuamos los motores fueraborda de unos cuantos sampans el paisaje podría ser muy similar al de hace siglos, con multitud de sencillas canoas de madera con gastados motores diesel, con bordas tan bajas que a menudo sus usuarios han de achicar agua con botellas de plástico cortadas por la mitad o viejos cazos. Para ahorrar combustible, utilizan los motores tan solo para desplazamientos largos, siendo lo normal que se impulsen y maniobren sirviéndose de rudimentarios remos.

A bordo de las primitivas embarcaciones, niños desnudos solos, mujeres con sus cabezas protegidas por amplios tocados, madres que cuidan a sus
retoños de corta edad mientras tienden sus redes haciéndolas flotar con boyas improvisadas hechas a partir de botellas de pvc vacías, forman un laberinto por el que nuestro barco ha de abrirse paso causando no poco trastorno y obligando a los pescadores a sujetarse a sus botes para no caer al agua al ser zarandeados por nuestra estela. Desde nuestra privilegiada atalaya observamos y somos observados por los habitantes de estas tierras aparentemente paradisíacas y generosas, pero cuyos caprichos meteorológicos pueden ser igualmente crueles y destructores.

El rio va ensanchándose hasta desembocar en el lago Tonle Sap, el órgano vital del país junto con el río del mismo nombre y el Mekong. Se trata del mayor lago de agua dulce del Sudeste Asiático, un maravilloso fenómeno natural que proporciona pescado y agua de riego a la mitad de la población de Camboya.

El lago está conectado al sistema hídrico presidido por el Mekong, que discurre de norte a sur del país, entrando por el norte desde Laos y atravesando una amplia llanura aluvial antes de abandonar Camboya por la frontera suroccidental con Vietnam. Es la vía fluvial más larga del sudeste asiático y uno de los ríos de mayor recorrido del mundo. Varios de sus tributarios son, a su vez, ríos importantes.

Los geólogos creen que el lago Tonle Sap se formó debido al impacto de un gran meteorito hace
770.000 años, creando un gran cráter de 100 km de diámetro. En este gran agujero se vertían varios ríos cuyo nacimiento se localizaba en las colinas circundantes. Al llenarse de agua, el cráter se convirtió en un lago, el corazón de Camboya.

El lago se une al río Mekong en Phnom Penh mediante un canal de 100 km de longitud conocido también como Tonle Sap ("tonle" significa “río”). De mediados de mayo a principios de octubre (la estación húmeda), el nivel del Mekong sube rápidamente debido a las lluvias del monzón y la fundición de hielo en los Himalayas, haciendo que el río Tonlé Sap retroceda y fluya hacia el noroeste, entrando así en el lago Tonlé Sap. Durante esta época, el lago aumenta su superficie de 2.500 km2 a 10.000 km2 o más, y su profundidad máxima pasa de unos 2,2 metros a más de 10 metros. A principios de octubre, cuando el nivel de agua del Mekong empieza a descender, el curso del río Tonlé Sap cambia de sentido, vaciando el lago y devolviendo las aguas al Mekong.

Este extraordinario proceso no sólo fertiliza enormes superficies agrícolas, sino que lo convierte en una de las fuentes de pescado de agua dulce más ricas del mundo, ya que los bosques inundados constituyen unos fértiles lugares de desove. Los expertos creen que las migraciones de peces desde el lago ayudan a repoblar las pesquerías en lugares tan septentrionales como China. De la industria pesquera vive un millón de personas en Camboya y la captura de un solo pescador en el lago es de una media de entre 100 kg y 200 kg al día en la estación seca. De aquí proviene nada menos que el 60% de la pesca del país, una cifra aún más espectacular si tenemos en cuenta que Camboya cuenta con una generosa salida al mar y varios puertos pesqueros. De acuerdo con el tonelaje de capturas por kilómetro cuadrado, es el lago más rico del mundo en cuanto a pesca

Este ecosistema único ha contribuido a que se otorgara al Tonle Sap la categoría de biosfera
protegida, pero quizá eso no baste para protegerlo de las presas que se construyen río arriba y de la deforestación desenfrenada, amenazas que siempre van de la mano. Las presas, incluido el embalse de Sambor, cerca de Kratie, y el de Si Phan Done, en el sur de Laos, deparan consecuencias inciertas para las pautas que seguirá la corriente del Mekong, así como para los hábitos migratorios de los peces. La tala ilegal desprende la capa superior del suelo en las tierras altas de Camboya y el cieno es arrastrado por los ríos del país hasta el lago. Las zonas de agua menos profunda podrían a su vez comenzar a encenagarse, lo que acarrearía consecuencias desastrosas, no sólo para Camboya, sino también para el vecino Vietnam. Es de esperar que se tomen medidas para proteger de daños posteriores a esta maravilla natural única, pero si la población camboyana sigue creciendo a un ritmo de 300.000 habitantes al año, no habrá protección que valga.

Las tranquilas aguas del lago se convierten en un espejo perfecto en el que cielo y tierra se confunden en un espejismo ondulante. Los nenúfares y la espesa alfombra de vegetación flotante -en realidad una plaga que obstaculiza la penetración de los rayos de sol y succiona el oxígeno del agua en detrimento de los peces- se combinan con el verde de las copas de los árboles que sobresalen de entre las grisáceas aguas como si fueran icebergs. A algunas de ellas se amarran embarcaciones, auténticas casas flotantes que albergan a familias enteras que han hecho del lago su modo de vida. La pesca no solo les proporciona alimento, sino que les ofrece un artículo con el que comerciar y conseguir otros productos.

A primera vista, el lago y sus barcas-vivienda parece una postal extraída de tiempos ancestrales. Un examen más detallado capta la antena parabólica que asoma del tejadillo de mimbre. Ni siquiera este alejado lugar, donde el mundo parece detenerse, deja de estar tocado por los tentáculos globalizadores que están cambiando el planeta.

La espesa alfombra de vegetación flotante llega en algunos tramos a convertirse en un inmóvil tapiz que se diría adherido a una superficie sólida. El barco ha de cortar con la quilla este
césped acuático o bien seguir canales abiertos por otras embarcaciones y que quizá al día siguiente hayan desaparecido engullidos por la móvil capa de vegetación. Uno de los tripulantes de pie sobre la proa vigila e indica a su compañero del timón la dirección a seguir. Cada cierto tiempo, nos encontrábamos con otros navegantes que venían de frente y debíamos maniobrar con cuidado dentro del estrecho canal como si de una angosta carretera se tratara.

Nuestro recorrido nos llevó también hasta una de las aldeas levantadas sobre plataformas flotantes -mantenidas en la superficie a base de barriles de gasoil vacíos- en mitad del lago. Según su proximidad a la orilla, las casas pueden estar levantadas sobre pilotes, pero cuentan con paneles que se desplazan hacia arriba o hacia abajo dependiendo de la estación del año: en la estación húmeda sólo se utiliza la parte superior de la vivienda y en la estación seca la inferior.

Sus habitantes son criaturas acuáticas cuya vida cotidiana parece asemejarse poco a la nuestra. No
hay calles y para salir de casa es necesario una barca. Los vendedores se desplazan en canoa, entregando sus mercancías con ayuda de una cesta atada a una cuerda. Los niños de corta edad reman hasta la escuela y su único lazo físico con el exterior lo constituye el ferry que todos los días llega hasta aquí con provisiones y artículos del mundo exterior que se halla al otro lado de las aguas. Una chica se acercó en su barca para recoger su correo: una revista de moda juvenil que parecía fuera de lugar en un sitio semejante, pero que la muchacha recibió con una sonrisa de manos del tripulante, remando tan satisfecha con la publicación en su regazo de vuelta a su casa.

Cada vez es más difícil encontrar comunidades real y efectivamente aisladas del resto del mundo. Ni siquiera aquí, por mucho que nos pueda parecer otro planeta, estas gentes son ajenas a lo que ocurre a su alrededor. Antenas parabólicas, teléfonos móviles, aparatos de radio, ... pero sí es cierto que viven de forma mucho más independiente, autosuficiente y todavía en contacto con una naturaleza que se ha convertido en algo desconocido y ajeno para miles de millones de urbanitas de todo el planeta. Los habitantes de este lugar se han adaptado a su medio en un proceso que ha durado muchísimas generaciones, hasta llegar a un equilibrio entre el medio ambiente y sus necesidades. Lo que menos necesitan son nuevas carreteras y presas de costes millonarios, los objetivos favoritos de muchos donantes internacionales por los beneficios que obtienen las empresas que se hacen cargo de tales proyectos. Esos costes deberían emplearse en sanidad y educación, y en limpiar las zonas que permanecen plagadas de minas anti-persona como consecuencia de sus guerras y que aún son un grave problema para el país.

Pero no nos engañemos. Las condiciones de vida son difíciles: hay poco espacio y la humedad es elevada -con todo, consiguen criar cerdos y aves-. Lo que para nosotros es un lugar exótico digno de ser fotografiado, para sus habitantes es una molestia. Estar bien adaptado no significa que se renuncie a mejorar. La periódica subida y bajada de las aguas supone un trastorno por mucho que sepan cómo hacerle frente. Así que el gobierno camboyano está actualmente recolocando a estas gentes en poblados en tierra firme desde donde puedan seguir dedicándose a su actividad pesquera.

El horizonte ha dejado de ser una línea definida, y el cielo se va cubriendo con amenazadoras nubes que anuncian tormenta. Conseguimos escapar del chaparrón. En otra de las extensas aldeas que toca el ferry, desembarca la mujer de las mil bolsas; se trata seguramente de la dueña de alguna tienda/palafito. A cambio, embarcamos un cubo de agua con un montón de serpientes metidas en una red, destinadas probablemente a convertirse en licor local. Un poco más allá, el motor temblequea, tose y luego enmudece. El embrague, consistente en unas endebles cadenas amarradas con correas, se ha soltado y dejado el bote a la deriva. Flotamos un rato sin rumbo, a trescientos metros de la aldea, mientras el ayudante del conductor se encoge bajo cubierta bregando con el motor. Tras varios intentos y salidas en falso, el barco resucita a regañadientes y continuamos camino hasta el ya cercano Siem Reap, donde nos espera el tráfago turístico propio de una ciudad en rápido crecimiento situada junto a una atracción de primer orden: Angkor.


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