span.fullpost {display:none;} span.fullpost {display:inline;} DE VIAJES, TESOROS Y AVENTURAS: abril 2009

martes, 28 de abril de 2009

Sidney: La bahía perfecta (1ª parte)


A pesar de que Sydney presume de tener un clima agradable y soleado, aquellas primeras horas del día, lluviosas y destempladas, no parecían presagiar la mejor de las jornadas. Afortunadamente, la bruma plomiza fue aclarando, dejando al descubierto la parte superior de los rascacielos de cristal del centro de la ciudad. En pocos minutos comenzaron a abrirse grandes claros y contra todo pronóstico el resto del día lució un sol magnífico acompañado de una temperatura ideal: las mejores condiciones para visitar Circular Quay, uno de los más bellos entornos urbanos contemporáneos.



A mi izquierda se encontraban los muelles, muy tranquilos a esa temprana hora de domingo. En el agua centelleante se amontonaban los ferrys, anticuados y regordetes, luciéndose ante los pocos transeúntes como si los hubieran sacado de las páginas de un viejo libro infantil. Ahora no había ajetreo, pero en los días laborables de su interior salen ejércitos de oficinistas de aspecto saludable y con trajes ligeros de camino a las torres de vidrio y cemento que se alzan detrás. A la derecha se extendía un paseo jalonado de palmeras, farolas de diseño y bancos en los que sentarse y disfrutar del panorama. Toda la zona es peatonal y los chaparrones que acababan de caer habían revestido todo de un brillo fresco, limpio, que aportaba un encanto adicional al panorama.

El barrio histórico de The Rocks y sus restaurados edificios quedaba casi oculto por un colosal transatlántico del tamaño de un palacio de congresos, anclado en el Ocean Terminal. Junto a él comenzaba la contundente silueta metálica del Harbour Bridge, salvando la distancia entre The Rocks y North Sydney. Hasta el edificio de la Ópera empequeñecía a su lado. Algo más a la derecha, en la orilla del agua, resplandeciente y vacía a esas horas, está Luna Park, un parque de atracciones al estilo del neoyorquino Coney Island, con una cabeza que sonríe a modo de puerta. A la derecha, al final de Bennelong Point, brillando intensamente bajo el sol, se alza el famoso Opera House, con sus atrevidas y angulosas conchas -o velas, según la sensibilidad de quien lo mire- de aire liviano. Al otro lado de la Ópera, hacia el este, la bahía se perdía entre ensenadas, salientes, promontorios y playas. Nada menos que 70 playas tiene Sydney, playas para todos los gustos: familiares, juveniles, tranquilas, ajetreadas.....

Naturalmente, es el Opera House lo que más atrae la atención, y es fácil entender por qué. Resulta asombrosamente familiar. Es algo más que una obra maestra del diseño arquitectónico, es un icono, un símbolo del país, una marca en la línea de la historia. Con su construcción, el gobierno quiso demostrar que la dependencia de la Gran Bretaña, primero, y de Estados Unidos en los años de Vietnam podía romperse. Australia podía crear una cultura propia. El mismo año de la inauguración de la Ópera, el escritor Patrick White ganó el Nobel de Literatura. Era el inicio de una nueva era.

Los blancos azulejos que cubren sus formas relucían, todavía húmedos, al sol. Aún no había abierto sus puertas a los visitantes, así que deambulé un rato alrededor del fantástico edificio sacando fotografías desde diversos ángulos. El vestíbulo, oscuro y elegante, era amplio y moderno. En aquellos momentos se celebraban diariamente en el complejo cultural tres espectáculos diferentes, inaugurándose aquella misma noche la temporada de ópera. Me hubiera gustado poder asistir a alguno de ellos, pero mi ya larga estancia en Australia había estirado demasiado el presupuesto. En cuanto a la visita guiada, que permite echar un vistazo al interior del edificio, existían dos opciones. La más cara -y lo era bastante- incluía una exhaustiva visita guiada de tres horas, visitando hasta el último rincón del complejo, asi como la entrada a una de las representaciones y una entrevista con los artistas. Aquello quedaba fuera de mis posibilidades, así que hube de conformarme con la visita ordinaria.

A la hora prevista, nos reunimos un grupo de 20 personas, para iniciar un fascinante itinerario por escaleras, salones, terrazas de banquetes y patios de butacas, acompañados por Elizabeth, nuestra guía, que nos llevó a uno de los niveles inferiores para comenzar, como era preceptivo, por darnos algunos datos:
- La Ópera de Sydney, donde nos encontramos ahora, es mucho más que una simple ópera. En contra de lo que su nombre pueda hacer pensar, es en realidad un complejo cultural preparado para albergar diversos tipos de representaciones, sede de Opera Australia, el Ballet de Australia, la Compañía Teatral de Sydney y la Orquesta Sinfónica de Sydney. Pero, además, es una obra maestra de la arquitectura, uno de los edificios más emblemáticos del siglo XX y un símbolo de Sydney y de Australia, una imagen reconocible en todo el mundo. La Opera House ha recibido el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad hace tan sólo unos pocos meses, el 28 de junio de 2007, lo cual supone un gran orgullo para nosotros, puesto que, aunque Australia cuenta con muchos lugares incluidos en esa lista, se trata de parajes o maravillas naturales. Al carecer de una trayectoria histórica tan larga como la de otros países, no tenemos muchos monumentos o edificios que puedan alcanzar tal distinción.

Elizabeth nos contó brevemente la historia de la construcción, relato al que a lo largo de la visita fue añadiendo detalles. Que exista este edificio es ya un pequeño milagro. Viendo la moderna urbe de ambiente tan tecnificado como relajado, en primera línea de las vanguardias sociales, tecnológicas o artísticas, resulta difícil por no decir imposible concebir lo atrasada que estaba Sydney en los años cincuenta del siglo pasado. Alejada de todo y de todos, ajena a lo que ocurría en los países más desarrollados y relegada al papel de puritana hermana pequeña de Melbourne, apenas existía vida cultural e incluso los bares cerraban hasta las seis de la tarde.

La idea de construir un teatro de ópera en Sydney comenzó a concretarse en los últimos años de la década de los 40 cuando Eugene Goossens, director del Conservatorio de Música de Sydney defendió la necesidad de la ciudad de contar con un lugar conveniente para las grandes producciones de teatro. En esa época las representaciones teatrales se llevaban a cabo en el edificio del Ayuntamiento de Sydney, a todas luces inadecuado e insuficiente. Entonces Melbourne fue nominada para celebrar los Juegos Olímpicos de verano de 1956 y las autoridades de Sydney, impulsadas por la tradicional rivalidad con aquélla, decidieron apoyar el proyecto de Goossens. Éste insistió de manera especial en que el edificio se construyera en la península de Bennelong Point, sobre la Bahía de Sydney, en contra de la opinión del primer ministro Cahill, que opinaba que era mejor instalarlo en las cercanías de la estación de ferrocarril de Wynyard, en el noroeste de la ciudad, mejorando de esa forma sus accesos. Bennelong es una pequeña península cuyo nombre lo toma de del de un aborigen que hizo de intermediario entre su pueblo y el Comandante de la Flota y primer Gobernador de Nueva Gales, Arthur Philip. El emplazamiento costero demostró ser un inmenso acierto.

El 13 de septiembre de 1955 se convocó un concurso de diseño y se reunió a una serie de respetables ciudadanos para seleccionar al ganador de entre los 233 proyectos aspirantes. No hubo consenso y los jueces pidieron entonces opinión a Eero Saarinen, un arquitecto americano de origen finlandés, que echó un vistazo a la oferta e, inesperadamente, eligió un diseño de entre los inicialmente rechazados por el jurado. Era de Jorn Utzon, un arquitecto danés de treinta y siete años, casi desconocido. Había ganado siete de los dieciocho concursos a los que se había presentado, pero no había tenido la fortuna de ver sus edificios construidos. Posiblemente con gran alivio del jurado, y hay que reconocerles el mérito, aceptaron la opinión de Saarinen y se mandó un cable a Utzon con la noticia. Así que el danés llegó a Sydney en 1957 para ayudar a supervisar el proyecto y la construcción del edificio. No sabía dónde se metía.
La primera fase de las obras comenzó el 5 de diciembre de 1958. Las autoridades querían acelerar los trabajos ante la posibilidad de que el inmenso gasto que iban a suponer acabara generando un movimiento de oposición en la opinión pública. Pero las prisas, como de costumbre, resultaron ser malas consejeras. A comienzos de 1961 ya se llevaba un retraso de 47 semanas respecto a la planificación original, retraso causado por toda una serie de circunstancias que iban desde las inclemencias meteorológicas y el cambio en los documentos originales del contrato hasta el inicio de los trabajos antes de que Utzon realizara los diseños y cálculos técnicos apropiados, especialmente los de las características "velas", que en el proyecto original eran parabólicas.

- Esta obra–continuó nuestra guía- abrió el camino para la construcción de edificios de formas geométricas de gran complejidad dentro de la arquitectura moderna. Fue uno de los primeros ejemplos en el uso de análisis computacional en el diseño de formas complejas. El ser un pionero tiene sus inconvenientes. Elizabeth había resumido en un par de frases lo que para mucha gente no fue sino una pesadilla.Y es que el famoso techo se convirtió en un quebradero de cabeza. Era osado, único, bien pensado, vanguardista… el problema era que nada tan atrevidamente inclinado y pesado se había construido hasta entonces y nadie estaba seguro de lo que podía pasar. Visto en perspectiva, las prisas con que se empezó el proyecto fueron probablemente su salvación. Uno de los ingenieros jefes escribió después que si alguien hubiera advertido al principio que aquello era prácticamente imposible de construir, nunca se le habría dado el visto bueno. Se tardaron cinco años sólo para descubrir los principios fundamentales necesarios para construir el techo –para todo el proyecto se habían previsto no más de seis- y al final la construcción se alargó durante más de una década y media. El coste final ascendió a 102 millones de dólares, catorce veces más que el cálculo original.


Casi desde el principio del proceso de diseño del edificio, las bóvedas fueron proyectadas como una serie de parábolas apoyadas por una estructura prefabricada de "costillas". Este planteamiento tuvo la oposición de la firma inglesa encargada de los trabajos de construcción, cuyos ingenieros no podían encontrar una solución aceptable, tanto estructural como económica, para construirlas. Desde 1957 hasta 1963 el equipo de diseño barajó por lo menos doce diferentes interacciones en la forma de las bóvedas (incluyendo parábolas, costillas circulares y elipsoides) antes de dar con una solución realizable. A mediados del año 1961 el equipo de diseño encontró una solución al problema: todas las bóvedas serían creadas como secciones de una esfera.Esta técnica evitó la necesidad de construir un costoso encofrado, recurriendo al uso de unidades prefabricadas en las que los moldes se podían utilizar varias veces. Así, las 2.400 "costillas" de la estructura y las 4.000 placas que recubren las bóvedas fueron prefabricados en láminas a pie de obra. Las diferentes secciones se ensamblaron por partes y luego fueron colocadas en sus respectivos lugares con la ayuda de grúas.

El resultado fue algo diferente, un conjunto de conchas -el emplazamiento original en tiempos de los aborígenes era conocido por las muchas conchas marinas que allí se hallaban- o velas -símbolizando los veleros que inundan la bahía de Sydney. El propio Utzon nunca se pronunció al respecto. Para él, aquellas complicadas estructuras eran la "quinta fachada" del edificio, una especie de forma orgánica que tendría un aspecto diferente desde cada ángulo desde la que se contemplara, de lejos o de cerca, desde lo alto o a nivel del suelo, vistas contra el cielo, el mar o el sol. Curiosamente, Utzon declaró que su principal inspiración en cuanto a la estructura general del edificio habían sido los templos mayas que visitó en México durante un viaje en 1949. Y, efectivamente, los planos nos muestran que las llamativas conchas se apoyan una plataforma a la que se accede gracias a tramos de escaleras.


Pero, mientras tanto, la obra seguía acumulando grandes retrasos. En 1965 hubo un cambio de gobierno en el estado de Nueva Gales del Sur. El nuevo gabinete cambió los equipos a cargo del proyecto, transfiriéndolo al Ministerio de Obras Públicas. Esto condujo en última instancia a la dimisión de Utzon aquel mismo año. El arquitecto ni siquiera acudió a la inauguración de su obra. Tampoco es que lo invitaran ni, aún más lamentable, mencionaran su nombre en la ceremonia de apertura. La obra elegida, Guerra y Paz, de Prokófiev, era muy apropiada para la ocasión. Eso es lo que fueron los años de construcción de la Ópera, una larga guerra hasta que llegó la paz.

El arquitecto abandonó Sydney por la puerta de atrás, descorazonado y con nombre falso para despistar a los periodistas. Se retiró a un lugar tranquilo en Mallorca y no volvió a Australia. Terminó harto de las intrigas, interferencias, zancadillas e incomprensiones que rodearon su trabajo.Utzon no volvió a diseñar nada ni remotamente tan famoso. Goossens, el hombre que empezó todo aquello, tampoco llegó a ver realizado su sueño. En 1956, en la aduana del aeropuerto de Sydney, le descubrieron encima una llamativa colección de material pornográfico. La puritana Australia de los cincuenta no estaba dispuesta a consentir semejante degeneración y al final hubo de fijar su residencia en otro país. Así, paradójicamente, los dos padres de la Ópera de Sydney, el que la soñó y el que la construyó, no pudieron ver el resultado de sus desvelos.

El Teatro de la Ópera fue terminado oficialmente en 1973 con un desfase de diez años y 95 millones de dólares. Su construcción estuvo a punto de durar más tiempo que algunas catedrales medievales o que las pirámides de Egipto. Tantas cosas pasaron que, con los años, alguien escribió el libreto de una ópera titulada “La octava maravilla”, dedicada a los avatares de la obra junto a la bahía. El presupuesto se disparó, las autoridades no sabían ya de dónde sacar dinero. Convocaron una lotería especial y consiguieron que los australianos hicieran una cuestión de orgullo nacional la compra de un decimito. Llegaron incluso a organizar concursos de besos para recaudar fondos. Un escándalo para la época, sí, pero que ha resultado una inversión de primera clase.

Es curioso hasta qué punto una obra arquitectónica, por su fuerza y originalidad, por la audacia de su diseño o por su armonía estética, puede representar una ciudad. La Ópera es uno de los edificios de relaciones públicas con más éxito desde las Pirámides. Los problemas y escándalos durante su construcción no son ya más que anécdotas que forman parte de su historia y hacen que los visitantes se asombren aún más al conocerlos.

Todo el complejo tiene unas dimensiones de 183 metros de largo y alrededor de 120 metros en su punto más ancho. Se apoya en 580 pilares hundidos hasta una profundidad de 25 metros bajo el nivel del mar. Durante la visita fuimos recorriendo diversas salas de conciertos e instalaciones. El Opera Theatre, con 1.547 asientos, es el espacio principal de la compañía Opera de Australia; también es utilizado por la Compañía Australiana de Ballet. Como he dicho, precisamente aquel día estaban retirando el parquet utilizado en la temporada de ballet, que había finalizado la noche anterior, hacía tan sólo unas horas, preparando el escenario para la ópera que inauguraba la temporada lírica aquella misma noche. Elizabeth nos hizo sentar en las cómodas butacas del espectacular auditorio mientras los encargados de mantenimiento trabajaban en el escenario.

- Quiero llamarles la atención sobre un aspecto único de este edificio. Tradicionalmente, los teatros reciben al público por un vestíbulo, teniendo el escenario al frente. Ese vestíbulo envuelve el palco de butacas. A continuación está el escenario, que a los lados y en la parte posterior tiene el espacio dedicado a las bambalinas, camerinos, almacenes, etc. Normalmente, la fachada del teatro da a una avenida principal y el edificio está encajonado entre otras construcciones, por lo que la parte delantera es la única que la gente ve. La parte de atrás suele dar a una calle secundaria desde donde se realiza la carga y descarga del material necesario, entrada de actores, etc.


Pero el diseño de la Opera House es diferente. Utzon diseñó este complejo para que se ajustara a la península de Benelong. Los dos teatros principales fueron construidos uno al lado del otro para que ambos disfrutaran de vistas sobre el puerto, con los barcos que van y vienen y la iluminación nocturna dando un toque especial a las funciones de noche. Así que, en este caso, los vestíbulos de entrada, acristalados, envuelven todo el edificio y el escenario queda en el centro. De hecho, el público entra desde detrás del escenario y da la vuelta por los pasillos exteriores. Esto hace que, al contrario que en los teatros tradicionales, no puedan existir grandes alas laterales que sirvan de apoyo a tramoyistas y actores. El escenario esta construido a base de grandes plataformas que suben y bajan para facilitar el cambio de escenografía, que se prepara en los talleres subterráneos. Por otro lado, el “cielo” del escenario queda envuelto por la gran concha principal, a diferencia de los teatros tradicionales, que tiene la forma de estructura trapezoidal que sobresale de la base principal.

El asunto del sonido era otro campo espinoso que requirió de numerosos estudios y pruebas. Era necesario dotar a la sala –tanto esta como la de Conciertos, en el edificio contiguo- del grado de reverberación adecuado tanto para conciertos orquestales como para voces humanas; había que encajar los suficientes asientos en las salas como para que el aforo cubriera los gastos y, aún así, que la acústica y la visibilidad fueran óptimas. Y, además, diseñar un escenario que sirviera tanto para las representaciones operísticas como para conciertos de grandes orquestas, coro y órgano incluido.
- El sonido viaja en forma de ondas y éstas tardan un tiempo en desaparecer. Este tiempo lo conseguiremos acortar si el sonido resulta absorbido, es decir, si la energía es absorbida por materiales blandos –o el público, que para el caso es lo mismo-. Por el contrario, si esas ondas golpean materiales duros, se produce un fenómeno de reflexión, de reverberación. Demasiada “absorción” significará que el sonido no viajará lo suficientemente lejos como para que la gente al fondo de la sala disfrute de una buena audición. Demasiada “reflexión” producirá un eco: la gente escuchará el mismo sonido dos veces.


La calidad del sonido se mide por el tiempo que éste tarda en desvanecerse, lo que llamamos reverberación. Dos segundos es lo que se considera óptimo para música orquestal. En el caso de voces humanas, el nivel adecuado es 1,4 segundos. Así, el volumen de la sala debe ser lo suficientemente grande como para que el sonido viaje la distancia óptima antes de que desaparezca. Además, el sonido de la música y las voces debe distribuirse uniformemente por toda el auditorio para que así la gente sentada al fondo pueda oír bien. Y eso es algo que los ingenieros tuvieron en cuenta. No sólo las paredes y los techos están recubiertos de materiales especiales, sino que el tiempo de reverberación puede modificarse instalando estructuras especiales que cuelgan del techo. Es más, los asientos en los que ustedes se hallan sentados están hechos de una madera especial que absorbe el sonido de tal forma que cuando la sala no está llena los asientos no ocupados absorben el sonido igual que si hubiera alguien sentado. De esta forma, siempre se obtiene un sonido igual al que habría si la sala estuviese llena.

Pero no todo son cifras y datos. Han ocurrido aquí episodios muy divertidos. En una ocasión, por ejemplo, una zarigüeya - marsupial parecido a la rata-, entró en plena representación y la soprano se desmayó del susto; o cuando un tenor ruso quedó atrapado en el ascensor que lo elevaba desde el nivel inferior. Al salir, irrumpió en escena cantando en ruso. Se equivocó de ópera, porque lo que representaban era la Aida de Verdi. Y episodios de toda clase no han tenido lugar sólo en el interior de la Ópera sino también en su exterior. La guerra de Irak de 2003 no fue, desde luego, popular aquí en Australia. Dos individuos escenificaron su oposición escalando al tejado y pintando “No War” en una de las estructuras con forma de vela. Ambos fueron encontrados culpables de daños contra la propiedad pública. Limpiar el desaguisado costó nada menos que 40.000 libras esterlinas.
Explicaciones fascinantes como esta se fueron sucediendo a lo largo de la visita. Hay quien dice que la dimisión de Utzon se produjo demasiado pronto y que nunca llegó a diseñar el interior de su edificio con detalle, por lo que éste siempre resulta más decepcionante que el interior. Es cierto que el concepto que preside el modelo exterior de la Ópera no tiene su reflejo en la estructura y decoración interior, pero aún así, me pareció no sólamente un excelente y completo complejo cultural que cualquier ciudad envidiaría, sino un lugar extraordinariamente vivo y con una incesante actividad.

El Concert Hall o Sala de Conciertos, con 2.679 asientos, contiene el órgano mecánico más grande del mundo con unos 10.000 tubos. Además de esas dos grandes salas, el complejo alberga el Drama Theatre con 544 asientos; la Sala de Música, con 398 asientos y vistas al mar, el Studio Theatre, con 364 asientos –todos ellos situados bajo las salas principales de conciertos y convenientemente aislados- además de algunos salones cerrados por grandes ventanales que dan a la bahía y que se pueden alquilar para celebraciones, bodas, fiestas o conferencias. Nos detuvimos un rato en uno de ellos para tomar fotos del lugar –el único sitio donde nos dejaron hacerlo-. La localización era inmejorable. Todos los años se celebra aquí una fiesta de fin de año desde donde se pueden disfrutar los fuegos artificiales que se lanzan desde el puente, con todo Sydney iluminado.

- Por supuesto, no estamos viendo todo el recinto de la Ópera. Tenemos también aquí un estudio de grabación, una sala de exposiciones, cinco salas de ensayo, 42 camerinos, 2 restaurantes, cuatro tiendas de souvenirs, 6 bares y 6 vestíbulos, sin contar las oficinas de administración, la biblioteca y los archivos. En total hay alrededor de 800 ambientes o salas diferentes en todo el complejo. El edificio cuenta con más de 2.200 puertas y ocupa 1,8 hectáreas. El suministro de energía es el equivalente al de una ciudad de 25.000 personas y se distribuye a través de 645 km de cable.

Al atravesar el corredor que unía las dos estructuras del edificio, Elizabeth nos llamó la atención sobre los azulejos que recubrían las “conchas” que forman los elegantes tejados en forma de vela.

- ¿Cuántos azulejos dirían ustedes que se utilizaron para recubrir toda la estructura?–preguntó.










Se hicieron las más variadas apuestas pero pocos se acercaron a la cifra auténtica: 1.056.006 azulejos de un color crema que de lejos parece blanco. Construidos en Suecia, por alguna razón que no recuerdo, tienen una propiedad especial que repele la suciedad.

La visita finalizó en una agradable sala dedicada a conciertos de música de cámara, un espacio íntimo con sillas de diseño y hermosas vistas exteriores. Allí nos contó nuestra servicial guía cómo a fines de la década de los 90, el Patronato de la Casa de Ópera de Sydney había iniciado un acercamiento a Jorn Utzon con el fin de llegar a una reconciliación y asegurar su implicación en una futura remodelación del edificio. Poco después, en 1999, el Patronato lo designó como consultor del diseño para tal trabajo. En 2004, se abrió el primer espacio interior reconstruido para restablecer el diseño original de Utzon, rebautizándose como "Sala Utzon" en su honor.

- Utzon no ha venido a Australia y no creo que ya lo haga–contestó Elizabeth a una pregunta de alguien del grupo-. Es muy mayor, el viaje es largo y odia las multitudes, algo que tendría que sufrir si viniera aquí debido a la expectación que despertaría su visita. Pero conoce el edificio perfectamente y, como les digo, ha comenzado a colaborar de nuevo con nosotros.

Cuando salgo al exterior, el cielo brilla con un azul intenso y los rayos del sol se reflejan sobre las aguas de la bahía y los blancos azulejos de las velas de la Ópera. Es la luz perfecta con la que soñó Utzon cuando un día imaginó su obra. De lejos o de cerca, desde un barco o desde cualquier otro punto en tierra firme, las inconfundibles conchas de la Ópera se recomponen a sí mismas una y otra vez en diferentes y abstractos diseños.


Utzon falleció el 29 de noviembre de 2008, un año después de mi visita. Jamás llegó a ver su obra personalmente. Veinte años antes, en 1978, Utzon fue premiado en Europa con la Medalla de Oro de Arquitectura y aclamado como “el mejor arquitecto del siglo XX”.

(Continuará...)
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viernes, 24 de abril de 2009

Petra: El tesoro oculto de los nabateos (2ª parte)


La auténtica visita a Petra se inicia por el mismo camino que recorrieron las antiguas caravanas de comerciantes para llegar hasta la ciudad: el Siq, un desfiladero de 1.200 metros de largo, 100 metros de alto y que llega a estrecharse hasta sólo 5 metros. No se trata de un cañón (es decir, una garganta excavada por el agua), sino una grieta originada por fuerzas tectónicas, lo cual se puede comprobar en varios lugares donde la forma de las rocas coincide a ambos lados. Posteriormente, las aguas del Wadi Musa penetraron en la falla moldeándola.

Al comienzo del desfiladero hay un puente que forma parte de una presa moderna construida después de que el 8 de abril de 1963 un grupo de 22 franceses se ahogara al caer una lluvia torrencial. Muchos años antes, los nabateos excavaron cisternas en las cuevas para almacenar el agua de las lluvias de invierno y, para evitar riadas, desviaron las aguas del Wadi Musa con presas. Con el fin de abastecer a los 20.000 habitantes que entonces tenía Petra, los nabateos construyeron un complejo sistema de canalizaciones talladas en la roca o confeccionadas con barro cocido cuyos restos aún se pueden ver a lo largo del Siq. Era ese abastecimiento de agua lo que permitió a la ciudad resistir los asedios que sufrió a lo largo de su historia.

Siguiendo hacia el oeste, los muros de cierran aún más y en algunos trechos casi se llegan a juntar en la parte superior, impidiendo el paso de la luz y, al parecer, también del sonido. El serpenteante camino bordeado por magníficas vetas rocosas de todos los tonos ocres, naranjas y rojizos es una filigrana natural de tal armonía cromática que se diría deliberada. En cada giro, el eco de los pasos acompaña el descubrimiento de un nuevo motivo de asombro: un estrechamiento inverosímil en la garganta, una bella hornacina de piedra roja que contrasta con el verdor de un arbolillo en mitad del camino,... Nos sentíamos tan diminutos que casi parecía una irreverencia hacer ruido y acabamos susurrando las palabras de admiración por tanta belleza.

La tradición mandaba entrar y salir de Petra a caballo, aunque afortunadamente desde hace algunos años, está prohibido cabalgar más allá de la entrada del Siq. Los más ancianos o los amantes de la comodidad todavía llegan en calesa hasta el Tesoro, al final del Siq, pero la experiencia no es la misma. Los días de galopes por el desfiladero pasaron a mejor vida y las nubes de polvo levantadas por los caballos no son más que nostalgias de viajero romántico abandonadas en aras de la seguridad de los grandes grupos de turistas que acuden al lugar.

El Siq se encuentra en constante amenaza por tres razones muy diferentes. En primer lugar, son casi mil las personas que en circunstancias turísticas normales lo visitan a diario y lo recorren al menos dos veces en cada sentido. En segundo lugar, a veces se producen en invierno inundaciones, que han causado serios daños (y víctimas mortales no hace mucho tiempo, como vimos). Por último, los nabateos construyeron sofisticados sistemas hidráulicos para que, en caso de inundaciones, las aguas se desviaran a otros wadis y no afectaran al Siq y para que también sirvieran para el riego y como depósitos de reserva. Tras siglos de abandono, erosión y terremotos, paradójicamente, estos sistemas están causando serios daños en el desfiladero y en varios monumentos porque sus bases suelen estar sumergidas en las aguas subterráneas, cargadas de sales, que ascienden por capilaridad por los muros, destruyendo la arenisca. Varios gobiernos extranjeros y alguna ONG se ocupan de hacer estudios y han comenzado la urgente restauración del sistema hidráulico nabateo. El principal benefactor es el Gobierno suizo, país en el que existe un apego sentimental por Petra debido a la figura de su descubridor.




La verdadera sorpresa espera al visitante justo a la salida del embrujador Siq, donde se alza una joya rosa insertada en la roca viva de Petra, un monumento magnífico, resplandeciente e inesperado, como el agua en el desierto. Es el símbolo de Petra, el Kazneh al Faroun o Tesoro del Faraón. Bañado por un oscuro brillo rojizo, su pasmosa fachada cortada en la piedra es una visión inolvidable. Sus estatuas, nichos y columnas de estilo griego están relativamente protegidos del viento, la lluvia y las tormentas de arena por el voladizo de la roca, por lo que parecen recién esculpidos. Su estructura perfecta y sus dimensiones exageradas se nos antojan imponentes. Excavado enteramente en la roca rosácea, el Khazneh, con sus grandes columnas corintias y una decoración elaborada, se convierte en una visión inolvidable para todo viajero.

En buena medida, Petra es una ciudad ganada a la roca más que construida. Puesto que a través del estrecho pasadizo de entrada era difícil transportar piedras y materiales de construcción, sus habitantes se sirvieron de los roquedales que abundaban en el extenso recinto que se abría al final del cañón, y no edificaron su ciudad al estilo clásico, sino que la crearon esculpiendo, trabajando hábilmente con el cincel las paredes de las escarpadas colinas y haciendo aparecer fachadas incomparables, templos sepulcrales, casas, pórticos, calles y conducciones de agua.

El templo de El Kazneh presenta una clara influencia grecorromana, pero con una original disposición en dos plantas. La planta baja con un frontón triangular sobre columnas lisas y capiteles profusamente decorados, y la alta de tres cuerpos, los dos extremos rematados por frontones abarrocados y partidos como si rompieran la unidad de un inexistente frente único superior y, en el centro, como elemento principal de la fachada, un pequeño templete convexamente curvado con una cúpula circular y de complicada cornisa. Gracias a esta estructura y a la abundante ornamentación de los detalles escultóricos y a pesar de su innegable parentesco clásico, tiene un estilo propio conectado con las culturas orientales cercanas.





Al templo o tumba –parece que los historiadores no se han puesto aún de acuerdo en este punto- se le llamó el Tesoro, porque la incultura popular sostenía que en lo alto del templo se encontraba una urna en la que se guardaba el tesoro de un faraón (quizá Ramses III, dueño de minas en Petra). Tal vez por eso, o quizás fuera tan sólo para divertirse, los beduinos de esta zona se entretenían en disparar sus fusiles contra la piedra. Todavía puede verse el impacto de viejas balas en la roca. La construcción del Khazneh data del siglo I d.C. y no posee igual en el mundo, aunque se trata tan sólo del primero de los muchos secretos que esconde Petra.

Desde el Tesoro lo más sensato es dirigirse lentamente hacia el desfiladero que se abre a la derecha. Admirando las paredes de mil colores, descubriremos secretos e inscripciones antiguas, como un grabado con la imagen de la diosa egipcia Isis, prueba de la influencia de ese reino sobre los nabateos.

Caminando hacia el centro de la ciudad, justo antes del Teatro, encontramos una sorprendente cantidad de tumbas construidas en un estilo que recuerda al arte asirio. Conocida popularmente como Calle de las Fachadas, las sepulturas son similares a los cientos de tumbas que hay alrededor de Petra, pero éstas son, ciertamente, las más accesibles. Con todo, es fácil pasarlas por alto cuando se nos aparece ante la vista el espléndido Teatro, el único del mundo construido en piedra de color rosa.


Construido probablemente por los nabateos en el siglo I a.C., el teatro (con un aforo original de 3.000 espectadores) fue excavado en la roca, seccionando en ese proceso muchas cuevas y tumbas. Este lugar fue reformado y ampliada su capacidad hasta 7.000 espectadores por los romanos, poco después de su llegada en el año 106 d.C. El teatro sufrió importantes daños durante un terremoto ocurrido en el año 363 d.C. y algunas de sus partes fueron reutilizadas para construir otros edificios de Petra.


Nos dirigimos después hacia la zona de las tumbas reales, situadas en la ladera del monte Jebel al-Khubtha. Varias de ellas poseen fachadas de una gran belleza, con decoraciones a base de elaboradas tallas de columnas, frisos y volutas. Los interiores, en cambio, son sobrios y desnudos... aparentemente. Efectivamente, las cámaras sepulcrales no tienen ornamentos, pero la naturaleza se ha encargado de suplir esa carencia. Las filtraciones han hecho que la piedra de arenisca se tiña de diferentes colores (rojo, amarillo, blanco, azul) según la naturaleza de los elementos que contenía el agua (hierro, arsénico, cal, sal o cobre). La sensación visual que transmiten esos lisos muros es similar al de la seda tornasolada. Pero la magia de colores se traslada al exterior: el reflejo de los rayos de sol sobre las fachadas de los monumentos hace que éstos disfruten a lo largo del día de un variado abanico de tonalidades,colores y contrastes: rosado con veteados de tonos amarillos y malvas, anaranjados y ocres...

Los edificios privados, viviendas, tiendas y estructuras civiles han aguantado mucho peor el ataque del tiempo y el clima del desierto. Sus restos nos dicen que se trataba de construcciones mucho más sencillas que las tumbas, lo cual plantea una curiosa paradoja: ¿cómo conjugaba la sociedad nabatea el espíritu mundano, práctico y vitalista que les llevó a controlar el comercio caravanero de la región, con una preocupación tan profunda por la muerte que les llevó a invertir todo su talento y esfuerzo artístico en llenar su ciudad de magníficas tumbas? Su obsesión por la muerte y la vida tras ella, centró gran parte de sus intereses artísticos en la excavación de mausoleos en la roca arenisca, volcando sobre ellos influencias diversas de las civilizaciones con las que entraron en contacto, desde Egipto hasta Babilonia. Los historiadores creen que estos monumentos de formas híbridas eran además el reflejo de su bienestar económico. Era a través de estas obras espléndidas como este pueblo nómada hacía ostentación de su riqueza, conquistada mediante el comercio de los preciados productos chinos e indios y de las especias del reino de Saba.

Los enterramientos se llevaban a cabo en fosas o nichos excavados en las paredes. Según una tradición funeraria oriental, cerca de estas tumbas se colocaban o esculpían en la roca monumentos en forma de torre, pirámide u obelisco que simbolizaban el alma del difunto, nefesh en semítico. La selección del tipo de tumba y la mayor o menor riqueza en la decoración están ligadas a la clase social y cultura de los clientes y a sus exigencias personales, además, claro está, de la disponibilidad financiera.

Resulta imposible abarcar en una sola visita todos los monumentos funerarios de Petra: Tumba de la Seda, Tumba Corintia, Tumba Palacio, Tumba del Renacimiento, Tumba del Soldado Romano, sugerentes nombres que remiten a alguna característica específica de cada una de ellas... Nos centramos sólo en un puñado, de entre las que destaca la Tumba de Urna, accesible por unas escaleras que salvan el desnivel hasta la entrada del sepulcro. En la plataforma superior nos encontramos con un turista de edad avanzada que ha sufrido un desvanecimiento y esta siendo atendido por dos de sus compañeros de viaje. Es un recordatorio de que el sol puede ser muy peligroso aquí y que conviene tomar precauciones.

La tumba está construida sobre una terraza abierta sobre una doble capa de bóvedas, construidas probablemente hacia el año 70 d.C. para guardar los restos del rey Málicos II. La sala interior es enorme, de unos 350 metros cuadrados, y los dibujos ejecutados en la roca por la acción del agua sobre la roca constituyen un delirio maravilloso que ningún pintor habría podido reproducir. Resulta difícil imaginarse cómo se pudieron tallar con tanta precisión los lisos muros, sus agudas esquinas y las tres pequeñas cámaras de su parte superior. Una inscripción en griego en el muro trasero indica que el edificio fue utilizado como iglesia durante el siglo V, en época bizantina. Su diseño era tal que, como pudimos comprobar, el sonido salía de la cámara hacia el exterior tremendamente amplificado y podía oírse claramente desde la zona en la que en tiempos se asentaba la ciudad. Con toda seguridad, la impresión de escuchar las profundas voces de un grupo de monjes entonar himnos religiosos en la época bizantina de Petra, despertaba el temor de Dios entre los entonces ya escasos habitantes de Petra.

La ciudad propiamente dicha se extendía en el centro de la planicie rodeada de verticales cerros de arenisca y tenía el aspecto típico de población árabe de casas de una planta, con ventanas pequeñas y techo plano. En el siglo XIX, dado que lo único que quedaba en pie en un estado razonablemente bueno de conservación eran las imponentes tumbas, los arqueólogos pensaron erróneamente que Petra era una necrópolis. Hoy se estima que la ciudad llegó a tener al menos 20.000 habitantes.

Es cierto, sin embargo, que no siempre existió una ciudad en el sentido estricto de la palabra. Por los informes de Diodoro de Sicilia, un historiador del siglo I a.C., sabemos que Petra estaba habitada por un antiguo pueblo nómada que tenía prohibido sembrar trigo, plantar frutales, beber vino y construir edificios. De hecho, hasta el día de hoy no se han encontrado rastros de viviendas primitivas. Los nabateos vivían en tiendas instaladas por toda la zona y ofrecían sus humildes jaimas a los integrantes de las caravanas para que descansasen. Fue con la conquista romana cuando comenzaron a edificarse edificios públicos, viviendas, calles y templos.

Ya en tiempos de los romanos, Petra se había convertido en un sofisticado oasis para las caravanas que llegaban hasta aquí tras semanas atravesando las inhóspitas llanuras desérticas. Los viajeros contaban con casas de baños y un mercado en el que intercambiar mercancías e información e incluso un teatro para llenar su ocio con cultura. La ciudad estaba organizada al estilo romano, con su centro en la avenida del cardo máximo, una calle con una calzada pavimentada de seis metros de ancho bordeada por dos amplias aceras precedidas por dos peldaños de arenisca. Por encima de ellas se alzaban pórticos columnados en los cuales se hallaban las tiendas y las puertas de entrada a los principales edificios públicos.

La vía se iniciaba con un ninfeo o fuente pública, hoy en bastante mal estado de conservación. En la antigüedad, el recorrido del espacio profano al sagrado jugaba un papel muy importante y el acceso a los santuarios asumía frecuentemente formas monumentales. Así, el cardo máximo acababa en la puerta de Temenos, que a su vez daba acceso a un recinto sagrado, el Qasr el Bint o “palacio de la hija del faraón”, de finales del siglo I. a.de C. Este es un enorme templo nabateo de planta cuadrada dedicado a los dioses Dushara y Al-Uzza, una divinidad femenina asociada al agua que protegía al pueblo, pero que, según la misma leyenda que situaba un tesoro en el templo Khazneh, había sido construido para esconder a la hija de un rico faraón.

Es la hora del almuerzo y en Petra no hay más que dos opciones:un restaurante desproporcionadamente caro para el nivel económico del país y una cooperativa beduina que ofrece un sencillo pero variado buffet. Nos decidimos por esta última porque estamos seguros de que nuestro dinero acabará en las manos correctas y porque supone un apoyo para un pueblo que trata de abrirse camino en una cultura que no es la suya. Sus tradiciones y modo de vida se han convertido en buena medida en algo del pasado.

Los Bedu (nombre que significa "nómada") son la tribu que habitaba tradicionalmente esta región. Aunque llevan viviendo aquí varios siglos, no son en absoluto descendientes de los nabateos. Hoy su número suma varios cientos de miles de personas y en su mayoría, de grado o por la fuerza, han abandonado sus cuevas y su existencia itinerante para acabar viviendo en poblaciones estables. Ello les permite tener acceso a comodidades y adelantos tecnológicos (como la omnipresente televisión) y dedicarse a cultivar sus tierras o ejercer un oficio en lugar de vagabundear por el desierto. El turismo, por supuesto, supone una actividad fundamental para ganarse la vida y durante su visita, el turista se verá asediado por ancianas y niñas que venden abalorios y falsas piezas de cerámica nabatea. Otros han montado cafés o puestos de souvenirs o bien alquilan burros, camellos o caballos.

Aun existen auténticos beduinos y el visitante extranjero, desde la carretera, podrá verlos aquí y allá en las resecas planicies del este y el sur del país. Suelen vivir en un conjunto de tiendas negras de pelo de cabra con algún rebaño de ovejas o cabras que nunca andan muy lejos. Acampan durante unos meses en cada lugar para apacentar a sus animales y constituyen un dolor de cabeza para los gobiernos de la zona, que desean mantener a todos sus ciudadanos bajo control. Se estima que su número ronda los cuarenta o cincuenta mil individuos y por el momento rechazan los servicios sociales y educativos que el gobierno les ofrece.

Las tiendas se dividen en dos partes: el haram, para las mujeres, y otro espacio para los hombres. Esta última sección es la zona pública de la tienda, donde se sirve el té o el café a los invitados y se discuten los asuntos del día. Las familias beduinas se caracterizan por su gran unidad. Las mujeres (que no cubren sus rostros con velos y que a menudo exhiben tatuajes faciales) soportan la carga de los trabajos domésticos mientras que los hombres eran tradicionalmente los que se ocupaban del rebaño y defendían a la tribu. El establecimiento de las naciones-estado y el trazado de las correspondientes fronteras apagó las luchas entre clanes y privó al hombre de su ocupación de guerrero. El que hoy muchos sigan llevando la daga al cinto como signo de nobleza y dignidad no es más que una reliquia de tiempos pasados, un deseo de no olvidar una cultura que se desintegra rápidamente.

Otra consecuencia de esa desintegración es el progresivo abandono de ese antiguo código del desierto que obligaba a los beduinos a acoger y ayudar desinteresadamente a cualquier visitante que llegara a la puerta de sus tiendas, ofrecerle comida, bebida y alojamiento. Ese "hoy por ti mañana por mí" era una forma de supervivencia en un medio tan hostil como el desierto en el que sus habitantes nómadas podían encontrarse en dificultades en cualquier momento. Aunque es cierto que tuvimos la oportunidad de disfrutar de esa hospitalidad en otros lugares de Oriente Próximo, no fue en las cercanías de ningún centro turístico. La aparición de un turismo de masas impersonal, poco respetuoso con las costumbres locales y con dinero para gastar, ha ido erosionando un legado cultural que no parece tener razón de ser en ese nuevo mundo.



Tras el almuerzo, el sol invernal comienza a apaciguarse y aprovechamos para
iniciar la subida al Monasterio, uno de los monumentos más espectaculares de Petra. Hay burros que suben cargados con orondas alemanas y ancianas inglesas vestidas como para tomar el té de las cinco. No quisiera estar en la piel de los pobres pollinos. Jóvenes beduinos alquilan estos animales para subir al Monasterio, aunque nosotros preferimos hacer el camino a pie. El aire es puro, la atmósfera es agradable y el paisaje no tiene igual. Ascendemos entre desfiladeros y vamos sorteando los más de 800 escalones hasta llegar al Triclinium del León. Desde aquí aún queda un buen trecho hasta llegar a la cumbre. Mientras disfrutamos de un respiro contemplando el conjunto de piedras de extrañas y tortuosas formas, pasan junto a nosotros un grupo de norteamericanos seguidos de cerca por un miembro de la policía turística. Parece que no se han enterado de que Jordania es un país seguro. Quizá tengan razones para sentir miedo. Tanto como otro grupo con el que nos cruzamos, esta vez de israelíes con ostentosas placas identificativas en las que puede leerse claramente la palabra Israel, incluso uno de ellos lleva una kipá en la cabeza y una enorme estrella de David bordada en el pecho. Algunos sionistas reivindican Petra como parte de su controvertido Estado, puesto que por aquí está enterrado el profeta Aarón.

De formas parecidas al Tesoro, el Monasterio (llamado Al-Deir, en árabe) es mucho mayor (sus 50 metros de anchura y 45 de altura convierten a su fachada en la más grande de Petra) e igualmente imponente. Construido en el siglo III a.C., los historiadores piensan que fue un templo dedicado al rey nabateo Obodas I, quien alcanzó el grado de divinidad. Como otros templos y tumbas de Petra, originalmente sus fachadas estuvieron cubiertas de yeserías que simulaban mármol, causando un efecto que debía deslumbrar a los visitantes. Las cruces talladas en sus muros interiores indican por otra parte que el Monasterio fue utilizado como lugar de refugio de eremitas en los primeros tiempos de la Petra cristiana y probablemente como iglesia en época bizantina y que su nombre actual proviene precisamente de la existencia de esos símbolos cristianos.

Unos minutos de ascensión más por las rocas llevan hasta unas impresionantes vistas del pueblo de Wadi Mousa, al sureste; Wadi Araba, que se extiende desde el mar Muerto hasta Aqaba, al oeste; y la cumbre del Jebel Haroun, rematada por un pequeño templo blanco, se localiza al sur. Desde esta atalaya se comprende que la ciudad no surgió en este lugar por casualidad. Es una geografía difícil, laberíntica, a base de riscos, precipicios, estrechos desfiladeros, profundas gargantas y pequeños valles aislados. Desde aquí, con las águilas deslizándose entre las corrientes de aire cálido que ascienden desde el cortado que se abre a nuestros pies y con sólo el sonido del viento como compañía, tomamos conciencia de la inexpugnabilidad de Petra. Paradójicamente, su aislamiento fue también la razón de su prosperidad.
A medida que recorremos de vuelta el mismo camino hacia el Siq, el sol va completando su recorrido diurno y proyectando unos rayos cada vez más oblicuos hasta ocultarse por completo tras las montañas. La ciudad muda totalmente su aspecto. El color naranja brilla intensamente durante un momento antes de ir deslizándose sucesivamente hacia el carmesí, melocotón, rosado, gris y café conforme la luz decae. El Tesoro ya no parece el mismo lugar que admiramos al entrar. Los turistas han abandonado el lugar y ahora el valle parece más oculto y olvidado que nunca. El eco de las voces es más sonoro y el aire más limpio. Ojalá ese momento, ese lugar, esa precisa hora del día, pudiese prolongarse durante mucho más tiempo que el que disponemos.


Hemos quedado tan fascinados por la ciudad que no resistimos la tentación de regresar por la noche. “Petra by Night” es un espectáculo nocturno que a primera vista no parecería más que un caro montaje para los turistas horteras. Sin embargo, la experiencia resulta mucho mejor de lo esperado. Aunque el grupo de visitantes es numeroso, nos rezagamos a propósito en el Siq y durante un buen rato, disfrutamos del lugar en soledad. Han dispuesto pequeñas velas a intervalos regulares en todo el recorrido del desfiladero y ahora el mágico lugar vuelve a transformarse. Los recovecos, esculturas y retorcidas paredes parecen cobrar nueva vida a la trémula luz de las candelas.

La salida al Tesoro nos asombra, pues no han recurrido a la potente luminotecnia multicolor y los enormes altavoces estéreo que apabullan a los turistas en “espectáculos de luz y sonido” en otros puntos del planeta. Aquí, por el contrario, alguien se ha molestado en cubrir de silenciosas velas toda la explanada y escalinata que preceden al Khazneh. En cuanto al sonido, una sencilla flauta tocada por un beduino en el interior de la tumba resuena con un eco inesperado por toda la zona. Mientras nos sentábamos en el suelo y disfrutábamos del silencio y la solemnidad que el lugar desprendía, los beduinos nos sirvieron te verde y un venerable anciano nos contó algunos aspectos de la vida y las tradiciones beduinas. Lo mejor, sin embargo, era la posibilidad de disfrutar de Petra –aunque solo del Khazneh- en un ambiente totalmente distinto. La serenidad y magia que invadían el lugar eran absolutos. Pedí permiso al anciano beduino para quedarnos durante un rato una vez la masa de visitantes emprendió el regreso por Siq y así pudimos contemplar cómo la luz de la luna iba poco a poco recorriendo la fachada del magnífico edificio esculpido en la roca, revelando una fachada que ya no era anaranjada o rosácea, sino plateada.

Abandonamos la ciudad siguiendo el mismo desfiladero por el que nos adentramos en aquel sueño tallado en piedra con la vana esperanza de que el galope tendido que escuchamos a lo lejos sea el del caballo de Indiana Jones perdiéndose en el desierto. Petra había sido una sorpresa para los ojos y el espíritu, pero lo que quedará indeleblemente grabado en nuestra memoria será el estrecho desfiladero y la grieta luminosa a través de la cual se entrevé la pared rosada del gran templo del Tesoro, la encarnación pétrea de la aventura.
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miércoles, 22 de abril de 2009

PETRA: El tesoro oculto de los nabateos (1ª Parte)


Cualquier persona que atesore algo de espíritu aventurero en su interior habrá soñado alguna vez con descubrir una ciudad perdida, olvidada por el mundo y oculta por el secreto manto del tiempo, un lugar de sombras y luces, de ecos y silencios, habitado sólo por misterios a la espera de ser descifrados. Hace ya tiempo que este tipo de hallazgos son poco menos que imposibles, pero hace doscientos años, si se estaba dispuesto a perder la vida y soportar mil penalidades, uno podía alcanzar ese sueño.

Fue el caso de Johann Ludwig Burckhardt quien dio con una ciudad arrancada a la piedra que se creía perdida desde hacía siglos: Petra. ¿Cuáles fueron sus sentimientos al ver ante sí ese lugar perdido para Occidente? A juzgar por sus escritos, su júbilo y emoción se mezclaron con el miedo a que éstos encontraran un reflejo en su rostro, en sus gestos, en su voz. Y es que su misión era tanto la de explorador como la de espía. Y le iba la vida en ello.

Cuando Burckhardt atravesó el cañón que da entrada a la ciudad de Petra era el 22 de agosto de 1812. Para entonces llevaba más de tres años viviendo una vida ajena, mintiendo y temiendo ser descubierto, pues ello le costaría la vida. Había nacido en Lausana (Suiza) en 1784 y cursado estudios en las universidades de Leipzig y Gottinga. En 1806 se ofreció como explorador a Joseph Banks, a la sazón presidente de la prestigiosa Royal Society y una de las personalidades más respetadas de su época. En aquellos años la profesión de explorador no era cualquier cosa. El mundo de entonces era un lugar peligroso en cuanto se abandonaban los núcleos urbanos. Los extranjeros a menudo no eran bienvenidos, era necesario llevar consigo todo lo que uno pudiera necesitar y las enfermedades resultaban mortales con frecuencia.

Consciente de los riesgos y dispuesto a minimizarlos, Burckhardt se sometió a un riguroso entrenamiento que incluía ejercicio físico y ayunos. En Londres y Cambridge estudió árabe y medicina, conocimientos que le serían útiles en su expedición. Su intención era unirse en El Cairo a alguna de las caravanas que salían con destino a Fezzan, en el sur de Libia y desde allí alcanzar la legendaria Tombuctú, destino de otros exploradores antes que él y que habían perdido la vida en el intento. En marzo de 1809 partió para Oriente, con la intención de perfeccionar el árabe y familiarizarse con el mundo islámico antes de dirigirse a Egipto.

Sabía que un cristiano occidental no conseguiría completar la hazaña que se proponía así que creó una nueva identidad en Malta. Sabía también que no podría engañar a los árabes haciéndose pasar por uno de ellos. Necesitaba una historia que resultara verosímil y creó a Ibrahim Ibn Abadía, un comerciante indio de fe musulmana que volvía a su hogar tras haber pasado su juventud en Inglaterra. Ello justificaba su acento. Además, cuando alguien por curiosidad le pedía que se expresara en hindi, Burckhardt les hablaba en un dialecto suizo que nadie podía entender.

La travesía hasta Siria se prolongó más de lo previsto por los frecuentes cambios de destino en los barcos. Los capitanes, una vez embarcado el pasaje y cobrado el dinero, revelaban en alta mar su ruta real. Burckhardt no perdió el tiempo y anotó todo lo que vio: vías de comunicación, medios de transporte, cultivos, fábricas, artículos de comercio, defensas, armamento... En varias ocasiones estuvo a punto de ser detenido por espía, pero siempre logró escapar de la muerte gracias a sus profundos conocimientos del Islam, que le permitieron superar los exámenes a que fue sometido.

Permaneció dos años y medio en la ciudad siria de Alepo para aprender las peculiaridades dialécticas del árabe. Desde esta ciudad efectuó viajes para conocer a los beduinos del desierto, con los que a veces convivía durante meses. En estas excursiones visitó Palmira e hizo un viaje por las ciudades de la Decápolis. Fue allí donde se enteró de la existencia de una ciudad abandonada que los árabes creían obra de los encantamientos malignos de un gran mago llamado Faraón. Sólo algunas tribus de beduinos utilizaban estacionalmente las tumbas como morada y ponían un especial empeño en desalentar las visitas imprevistas. Burckhardt dedujo que aquella ciudad podría ser la que la Biblia menciona como Sela, "Petra" en latín. Según la Biblia, ése fue el lugar donde fue enterrado Aarón, el hermano de Moisés. El explorador supuso que si era capaz de encontrar esa tumba, encontraría Petra. Contrató un guía para que lo llevase hasta la sepultura de Aarón, también venerado por los musulmanes, a fin de ofrecerle un sacrificio.

El explorador suizo descendió por la margen oriental del Jordán hasta el sur del mar Muerto. Siguió al guía hasta una pared de piedra aparentemente sólida que, conforme se acercaban, mostraba una reducida y profunda hendidura por la que se internaron. Tras atravesar ese desfiladero, Burckhardt se topó con la fachada rojiza de un elaborado edificio de 30 metros de altura cincelado delicadamente en la roca. Maravillado, caminó un poco más para encontrarse en la calle principal de lo que identificó correctamente como Petra, la capital perdida de la Arabia Pétrea, un lugar no hollado por los europeos desde el siglo XII. Hubo de reprimir su emoción mientras contemplaba las elaboradas fachadas de las tumbas excavadas en la roca y los fascinantes restos de la legendaria ciudad. Si sus acompañantes hubieran sospechado que se trataba de un occidental, su vida habría corrido peligro así que, pretextando necesidades fisiológicas urgentes, se alejó de sus acompañantes beduinos y en cuclillas y cubierto por su manto, logró escribir las notas que luego le servirían para elaborar un informe a sus patrocinadores londinenses.

Burckhard no logró llegar a la tumba de Aaron. Su guía, receloso de sus intenciones, se negó a continuar viaje. Pero su misión estaba cumplida. Había descubierto una ciudad antigua erigida en un anfiteatro natural y perdida durante un milenio. La carrera de cualquier explorador hubiera quedado ya satisfecha con semejante descubrimiento. Pero Burckhardt aún tenía muchos kilómetros por recorrer. Después de visitar Petra llegó a El Cairo, desde donde realizó dos visitas a Nubia. En la segunda de ellas llegó a Suakin, en el mar Rojo, donde embarcó para Arabia. En agosto de 1814 llega a Yedda y escondido tras su identidad musulmana, participó en la peregrinación a La Meca sin despertar sospechas, anticipándose en varios años a Richard Burton en tan peligrosa hazaña (es necesario recordar que antes de Burckhardt el español Domingo Badía, más conocido como Alí Bey, espía al servicio de Godoy, había llegado hasta estas ciudades prohibidas a los infieles, hecho que Burckhardt reconocía a regañadientes).

En la primavera de 1816, para huir de la epidemia de peste que azotaba a El Cairo, viajó al Sinaí. A su regreso supo que una caravana procedente de La Meca se disponía a ir a Fezzan y Tombuctú. Creyó que había llegado al fin el momento de terminar con éxito el viaje que había empezado en Malta ocho años antes, pero sus problemas de salud empeoraron y falleció en octubre de 1817. El explorador está enterrado en El Cairo y la lápida que cubre sus restos lleva el nombre árabe que escogió para su doble vida.

Hace ya bastantes años que Steven Spielberg eligió Petra para rodar las escenas finales de su película “Indiana Jones y la Última Cruzada”. Desde entonces, la imagen de la ciudad perdida iría invariablemente unida a las correrías del aventurero del sombrero y el látigo. Empezaba en el mundo una fiebre por Petra que convertiría a la antigua ciudad de los nabateos en el emblema del país hachemí. Pero Petra, como una Atlántida petrificada y tangible, ha estado siempre allí, lleva más de dos mil quinientos años en el mismo lugar, mucho antes de Indiana Jones, antes incluso de que llegasen los beduinos que habitan en sus inmediaciones. A 250 km al sur de Ammán, la desierta e inmortal ciudad se alza indiscutida como el tesoro más valioso de Jordania.

Cualquier visita a Petra pasa, inevitablemente, por un considerable madrugón. En verano, el abrasador calor de las horas centrales del día, la escasa sombra reinante durante la visita y la total falta de agua, hace conveniente empezar el recorrido por las fascinantes ruinas a primera hora de la mañana. En invierno, el menor número de horas de sol y la pronta llegada del ocaso, recomienda no dormirse para aprovechar al máximo el juego de colores de la luz sobre la piedra. En Petra hay, oficialmente, más de 800 lugares visitables, incluidas unas 500 tumbas, pero las más interesantes son de fácil acceso.

Petra es, con mucha diferencia, el principal atractivo turístico de Jordania y en los buenos tiempos -esto es, cuando el terrorismo islámico o la inestabilidad de la región no espanta a los viajeros- recibe la visita de unas 300.000 personas al año, unas mil personas al día. Siendo una buena cifra, quizá no parezca apabullante. Esto es debido a que, legalmente y habiendo sido declarado Patrimonio de la Humanidad, el acceso está oficialmente restringido a un número determinado de visitantes diarios. Es verdad, sin embargo, que el gobierno hace a menudo la vista gorda y las muchedumbres –en número sospechosamente mayor de la cifra fijada- invaden el parque arqueológico.

Wadi Mousa (“río de Moisés”) es la población que ha surgido junto a Petra. Se trata de una masa descontrolada de hoteles, restaurantes y tiendas, que se extiende unos cinco kilómetros desde Ain Musa hasta la entrada principal de Petra. No resulta difícil imaginar que aquí todo el mundo vive del turismo y que el visitante se convierte en una codiciada presa. Y, por supuesto, los precios son considerablemente más elevados que en el resto de Jordania, incluso Ammán.

Una vez traspasada la entrada al recinto arqueológico es necesario recorrer una pista sin asfaltar de unos 800 metros hasta el inicio del desfiladero del Siq. A lo largo de este camino, ya es posible ir observando en los farallones de arenisca los primeros atisbos de la mano escultora de los nabateos en los monumentos funerarios, de inspiración claramente egipcia, tallados en la roca.

En ese camino inicial se encuentran los cubos Djinn –término que significa “genio”-, unos bloques de piedra que según algunos arqueólogos podrían ser una representación primitiva de Dushara, el dios masculino de la fertilidad, identificado con la roca, que protegía a los reyes nabateos. Según otros, esos cubos podrían estar dedicados a los espíritus guardianes del agua, ya que la mayoría de los veinticinco que hay en Petra se encuentran cerca de esta localización.

Y, por fin, llegamos al Siq, el verdadero comienzo de la ciudad. Es el momento de detenernos un momento y situar el lugar dentro de la historia para poder apreciar mejor lo que vamos a ver.

Petra está situada en el desierto del suroeste de Jordania, escondida en la cuenca del valle del Wadi Musa, en el centro de las montañas de Shara. Desde el siglo V a.C., el Wadi (que significa “río estacional”), que atravesaba la barrera rocosa, fue también un camino de las caravanas que cruzaban el desierto ya que ofrecía un trayecto seguro, a salvo de los salteadores y, lo que es más importante, proporcionaba agua.

Las excavaciones arqueológicas sacaron a la luz el poblado neolítico de Al-Beidha, al norte de Petra, fechado hacia el año 7.000 a.C, lo que la convierte, junto con Jericó, en Cisjordania, en una de las primeras comunidades agrícolas del Oriente Próximo. Entre ese período y la Edad de Hierro (a partir de 1200 a.C.), cuando los edomitas poblaron la región, no se sabe nada.

Una de las primeras menciones del lugar se halla en el Antiguo Testamento: fue en Wadi Musa donde Moisés hizo brotar agua de una piedra para dar a beber a los israelitas durante su camino a la Tierra Prometida. La tradición dice que la tumba situada en una colina visible desde Petra es la de Aarón, hermano de Moisés. A partir de entonces, los nombres de la ciudad siempre se han relacionado con su entorno natural. En la Biblia se hace referencia a ella como Sela, que significa “roca”; en el mismo yacimiento se ha descubierto una inscripción donde se la menciona como Raqmmu, posible adaptación del arameo requem que quiere decir “de muchos colores”, y los griegos la llamaron “Petra”, “piedra”, nombre que ha permanecido hasta la actualidad.

Hacia el 1.500 a. de C. se instalaron en la región los oritas, quienes fueron expulsados por los edomitas, el pueblo enemigo de los israelitas. Éstos tenían origen semita, como los israelitas, y vivían del asalto a las caravanas, rivalizando con éstos por el control del comercio y las minas de Wadi Araba. La historia de la humanidad es la historia del nomadeo y la sucesión de unos pueblos tras otros. Así, en el año 580 a. C. empezaron a llegar a Wadi Musa los nabateos, beduinos nómadas procedentes de la península arábiga que se habían visto obligados a emigrar por la presión de las tropas persas. Con el paso del tiempo, los nabateos absorbieron a los edomitas y se instalaron definitivamente en Wadi Musa hacia el siglo IV a. de C.

Los nabateos tenían, como los edomitas, origen semítico, pero a diferencia de éstos, que vivían en las colinas de Petra para saquear las caravanas, los nabateos decidieron obtener el dinero de una manera menos violenta y más efectiva: cobrar impuestos por su protección, pasando a instalarse en la cuenca central del valle. La jugada resultó extraordinariamente rentable.
La hoy conocida como Ruta del Incienso, un itinerario seguido también por los comerciantes de seda, comprendía toda una red de antiguas rutas caravaneras y ciudades como Petra que unían China, la India y el Oriente Próximo con las grandes ciudades del Mediterráneo. El incienso era un apreciado producto, profusamente utilizado en los rituales religiosos. Por supuesto, no era sino uno más de los lujosos artículos que los comerciantes transportaban a lomos de camello y que incluían también la seda, la mirra o el betún. Productos cuyo escaso peso y volúmen hacían rentable el comercio de larga distancia.

Dado que la mayor parte del territorio que habían de atravesar eran desiertos, el mayor peligro que tenían que afrontar las caravanas era quedarse sin agua. Los antiguos pozos y aldeas ofrecían a los mercaderes un lugar donde aprovisionarse de agua. Las caravanas efectuaban unas 65 paradas para surtirse de agua dependiendo de la estación del año. Los oasis eran, por tanto, un elemento absolutamente indispensable en tales expediciones.

Y aquí es donde entra Petra en la historia. Se trataba de una encrucijada en la que confluían las rutas caravaneras que unían Egipto y Siria con Arabia y Asia con el Mediterráneo. No es de extrañar que los nabateos pasaran a ejercer un considerable control sobre el comercio y a enriquecerse con ello. Las caravanas arribaban a Petra tras pasar seis meses en el desierto. Los nabateos de la ciudad les ofrecían agua, comida, protección y alojamiento a cambio de un impuesto del 25% sobre las transacciones comerciales. Y es que una caravana no realizaba la totalidad del recorrido, sino sólo segmentos de la misma. Cuando llegaba a un oasis o ciudad y se encontraba con otros mercaderes, vendía sus artículos, compraba otros nuevos y regresaba a su punto de origen. De esta manera las mercancías iban cambiando de manos, acercándose cada vez más a Occidente e incrementando su precio con los márgenes aplicados por cada comerciante en su compra más los impuestos que debían pagar a las autoridades de cada ciudad de la ruta.

A medida que su imperio comercial se iba extendiendo territorialmente, los nabateos fueron lo suficientemente inteligentes como para comprender que las guerras no podían sino dañar sus intereses. Optaban en cambio por sobornar y comprar a quienes podían suponer una amenaza. Esta política no siempre daba el resultado esperado y entonces no quedaba sino el recurso a las armas. Y en ese campo contaban con una ventaja: Petra era una fortaleza natural prácticamente inexpugnable.

Claro está, nada en este mundo está totalmente garantizado y al menos uno de los ataques que sufrió tuvo éxito. Antígono Monoftalmo era uno de los gobernantes selyúcidas de ascendencia griega que gobernaron el Oriente Próximo tras la muerte de Alejandro Magno y la descomposición de su imperio. En el año 312 a.C. atacó Petra aprovechando que los hombres se hallaban ausentes. Sus tropas asesinaron a mujeres y niños y saquearon los almacenes, repletos de plata y especias. El contraataque de los nabateos fue igualmente despiadado. Sólo cincuenta hombres de Antígono salvaron la vida. El monarca selyúcida no se dio por vencido y poco tiempo después envió a su hijo al frente de un ejército con la misión de arrasar la ciudad. Aquel hijo era Demetrio, que ganaría su apodo, Poliorcetes, por su ingenio y habilidad a la hora de asediar y tomar ciudades. Pero esta vez ni todos sus recursos sirvieron para vencer el fenomenal emplazamiento de Petra.

Petra contaba pues con prosperidad comercial, un emplazamiento privilegiado y una potencia militar suficiente como para asegurar su independencia frente a los Seléucidas de Siria y los Tolomeos de Egipto. Existieron once reyes nabateos en Petra que llegaron a controlar toda la región que hoy conocemos como Jordania. Y entonces llegó Roma, un hueso más duro de roer.

A lo largo de los siglos II y I a.de C., Roma inició una intensa política de intervención en la parte oriental del Mediterráneo, incorporando a su imperio, pacíficamente o por la fuerza, los reinos helenísticos. Pompeyo jugó un papel fundamental en este proceso. Investido con poderes extraordinarios para llevar a cabo la reorganización total de la región, renovó la administración de las provincias y creó otras nuevas, garantizando de paso un elevado grado de autonomía a las administraciones locales. Este modelo sentó las bases para un dominio de Roma más duradero, sólido y permanente. Hubo casos en los que, para asegurarse el control y la paz de estos territorios, Roma optó por dejar pervivir los Gobiernos locales. De esta manera, amplias regiones del Oriente Próximo, especialmente territorios de geografía hostil y, por tanto, difícil defensa, se constituyeron en verdaderos protectorados. Roma estableció un cordón de reinos vasallos que protegían el flanco oriental del Imperio de la amenaza de los partos. Este fue el caso de los nabateos que, además, habían prestado ayuda al imperio en varias ocasiones: ayudaron a Augusto a destruir la flota egipcia del mar Rojo durante su enfrentamiento con Marco Antonio y Cleopatra, y posteriormente estuvieron del lado de las legiones romanas en la guerra contra los judíos.

El precio de su independencia fue la pérdida de algunos territorios, pero a cambio, las buenas relaciones de los soberanos nabateos con Roma y la paz que ésta propició favorecieron enormemente el desarrollo del comercio. Éste fue seguramente el principal recurso de los nabateos, que explotaron, no sólo la posición estratégica de Petra, sino también sus conocimientos de la vida nómada y los contactos que mantenían en los puertos del sur de Arabia.

El máximo desarrollo del reino nabateo se llevó a cabo bajo el reinado de Areta IV, que fue contemporáneo del emperador Augusto y del rey de Judea Herodes; en este período se erigieron los principales monumentos en la ciudad gracias a la gran riqueza alcanzada con el comercio, sobre todo de bienes de lujo dirigidos a Roma. Entonces aparecieron jardines, estructuras monumentales de mayor envergadura, casas lujosas de estilo romano, calles elegantes....

Los nabateos cometieron el error de querer librarse de la sombra de Roma aliándose con los partos, enemigos seculares de ésta. Aquel arriesgado movimiento les salió mal y hubieron de aplacar la ira de Roma a base de onerosos tributos. Cuando la ciudad decidió dejar de pagar, los romanos lanzaron contra a ella a su "hombre" en la región, Herodes del Grande, que acabó haciéndose con el control de una parte importante del territorio nabateo y extendiendo sus dominios hasta Damasco.

Sin embargo, al final fueron los propios romanos los que tomaron Petra. Con un ejército poderoso y tenaz, experto en los sitios a plazas fortificadas, los romanos atacaron el único punto débil de la ciudad: destruyeron las conducciones de agua y la rindieron por sed. La campaña militar fue breve y al morir el último rey nabateo, Rabel II, el reino se convirtió en una provincia romana más, Arabia Pétrea. Fue en el 106 d.C., bajo el reinado del emperador Trajano.

La ocupación romana directa no interumpió el desarrollo de la ciudad. Por el contrario, las actividades comerciales prosperaron gracias a la reconstrucción ordenada por Trajano de la antigua carretera que desde Siria conducía hasta el Mar Rojo y que tomó el nombre de Vía Nueva Trajana. Además, la ciudad sufrió una transformación urbanística ya que los romanos convirtieron Petra en una ciudad a su medida. Aparecieron las termas y el teatro, las calles flanqueadas por columnas y los edificios públicos, comercios y almacenes. Petra disfrutó así de un breve esplendor. Y fue breve porque Palmira, otra ciudad mítica del desierto sirio, le robó el protagonismo como punto de encuentro caravanero. La ciudad ya nunca más recuperó la importancia que había tenido.

En el 324, Petra adoptó el cristianismo y algunas antiguas tumbas se transformaron en iglesias bizantinas. Fue sede de un obispado y aún mantuvo cierta relevancia comercial hasta mediados del siglo V mientras la decadencia de la ciudad continuaba. La ciudad se vio progresivamente más aislada por las acuciantes amenazas de los nómadas y la incertidumbre política reinante. Un terremoto devastador en 363 destruyó algunos edificios importantes que ya no fueron reconstruidos.

Tras la primera expansión musulmana en el 636, Petra se despobló definitivamente, no se sabe si a causa de un desastre natural o porque, sencillamente, la ciudad murió en la historia tras una larga agonía, sus gentes buscando mejores sitios donde ganarse la vida, tal y como siempre ha ocurrido en multitud de pequeños núcleos desfavorecidos de todo el globo. En el siglo XII los cruzados construyeron un pequeño fuerte en la colina de El Habis, que era una avanzadilla de la fortaleza de Shubak, pero el fortín no tenía importancia estratégica alguna y acabó siendo abandonado. El último forastero en muchos años en pisar la ciudad fue el sultán mameluco de Egipto, Baybars I, que pasó por ella en el año 1276. Desde entonces, Petra sólo existió para los beduinos locales, quienes habitaron en las cuevas excavadas en las rocas e intentaron mantener alejados a los extranjeros. Y así permaneció hasta la llegada de Burckhardt.

Tras el descubrimiento de la ciudad, el lugar se convirtió en destino de un puñado de viajeros románticos a la búsqueda de ruinas con encanto. Fue entonces, en 1839, cuando acudió aquí el pintor británico David Roberts con sus lápices y plumillas. Sus maravillosas ilustraciones, testimonio de una era en la que el turismo de masas era inimaginable, destilan una cautivadora mezcla de melancolía y romanticismo. Petra fue patrimonio casi exclusivo de los eruditos y arqueólogos hasta que en los años ochenta los operadores turísticos comenzaron a fijar su atención en ella. El gobierno tomó conciencia del potencial de su patrimonio y desalojó del lugar a la tribu Bedul, que había convertido las cuevas en sus hogares hacía siglos, instalándolos en una nueva población creada a propósito a cuatro kilómetros de distancia. Después, Indiana Jones y el Tratado de Paz con Israel de 1994, atrajeron al turismo de masas










(Continuará...)
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sábado, 18 de abril de 2009

Sri Lanka: Una isla de múltiples nombres


Lo primero que se ve de Sri Lanka es, obviamente, su nombre. Pero incluso esto no es un asunto fácil. La isla que actualmente se conoce como Sri Lanka ha disfrutado de toda una serie de otras identidades con sus correspondientes nombres y seudónimos. Para el Príncipe Vijaya y los padres fundadores del país fue, en su idioma sánscrito, Tambapanni, nombre de la playa de color cobrizo de la costa occidental en la que desembarcaron por primera vez. Durante el reinado del emperador romano Claudio, un capitán que trabajaba para el recaudador de impuestos Annius Plocamus experimentó en su propio navío la fuerza de los vientos monzones. Fue arrastrado fuera de su ruta y arrojado a nuestra isla quince días después. Para él y sus contemporáneos latinos, el nombre Tambapanni era demasiado complicado de pronunciar y la llamaron Taprobane. El geógrafo Ptolomeo la consignó como Taprobanam en su mapa del siglo II d.C.

Los comerciantes árabes podrían haber explicado al marinero romano que si esperaba al cambio de dirección de los monzones podría haber regresado a Arabia o, si lo deseaba, al este de África. Ellos se confiaban a esos vientos para navegar desde sus puertos de origen hasta la isla que ellos conocían bien y que llamaban Serendib (“isla de joyas”). Este nombre es una corrupción del sánscrito Sinhaladvipa. Cosmas Indicopleustes, el autor bizantino de Topografía Cristiana, dio un nuevo giro a la palabra árabe para transformarla en Sielediba. Sin embargo, el novelista británico del siglo XVIII Horace Walpole se ciñó al original en su cuento de hadas “Los Tres Príncipes de Serendib” y usó el nombre para acuñar una nueva palabra en inglés, “serendipity”, que significa “descubrimiento feliz por accidente”.

Eduardo Barbosa, un capitán portugués que llegó a la isla en 1515, trató de convencer a sus compatriotas de que llamaran al lejano territorio Tennaserim, que en algún antiguo idioma hindú significaba “Tierra de delicias”, pero los portugueses ya habían adoptado el nombre de Celao, que provenía del chino Si-lan y, gracias a los viajeros medievales como Marco Polo, evolucionó hasta Seylan. Los holandeses utilizaron su propia versión, Zeilan, que se transformaría en nuestro Ceilán.

Pero, ¿y cómo llaman los cingaleses a su propio país?. Porque, al final, eso es lo que cuenta. Bueno, pues desde hace mucho tiempo, para ellos la tierra en la que moran es Lanka, el nombre del maléfico rey que, en el poema épico hindú Ramayana, secuestró a Sita, la hermosa mujer del príncipe Rama. En 1972 se adoptó oficialmente el nombre de Sri Lanka (“Sri” significa “sagrado” o “hermoso”). El nombre se complicó en 1978 al anteponer las palabras Prajathantrika Samajavadi Janarajayi (República Democrática Socialista). Para el extranjero, el resultado acaba siendo un trabalenguas de imposible pronunciación y/o memorización.

A menudo se describe a Sri Lanka como el pendiente de la India. Y es que, efectivamente, no sólo su forma y su situación geográfica nos traen esa imagen. Culturalmente, el legado indio está presente en todos los ámbitos: el lenguaje, la comida, las religiones... Sin embargo, la isla ha conseguido despegarse lo suficiente de su hermano mayor como para desarrollar características y personalidad únicas. Sri Lanka se convirtió en un reducto budista cuando esa religión experimentó un pronunciado declive en la India hace un milenio. Asimismo, se erigió como bastión de la cultura tamil a medida que los musulmanes iban ganando terreno al otro extremo del Estrecho de Palk.

En cuestión de paraísos remotos y de islas mágicas, Europa queda lejos y suele también mirar los mapas con soberbia ceguera o con profesional indiferencia. Incluso ya con la usual y enfermiza miopía de olvidadizo desdén. Sri Lanka, el antiguo Ceilán, parece con frecuencia borroso y perdido en alguna porción de mar no identificable. En otro tiempo, sin embargo, su presencia y su leyenda estaban mucho más próximas, como si aparecieran anudadas a las mágicas ceremonias lunares llamadas poya que hicieron mítica y famosa esa tierra festiva. Debió de ser probablemente una noche de luna llena cuando, hace ahora cuatrocientos años, Don Quijote o, por mejor decirlo, el escritor manco que se asomaba a su alma, soñó con conquistar aquel fabuloso reino de Taprobana, donde abundaban como guijarros las perlas y los diamantes...
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miércoles, 15 de abril de 2009

TROYA: El sueño de Schliemann. 2ª Parte


Rozando el medio siglo de vida, Schliemann era inmensamente rico. Y, según cuenta en sus notas autobiográficas, aburrido ya de una existencia que no le proporcionaba ninguna emoción, recuperó su sueño infantil. Llegó a Francia a principios de 1866 con la intención de establecerse en París y estudiar arqueología. Dicha decisión no le impidió viajar a Moscú en marzo de aquel año y viajar por Baviera y Suiza hasta mediados de octubre. Especuló con propiedades en la capital gala e hizo todavía más dinero. Acudió a la Sorbona, donde estudió lenguas asiáticas, sánscrito y egiptología además de filosofía griega y árabe, poesía clásica y literatura contemporánea francesa.

Dejó aparcados sus estudios y marchó en viaje de negocios a Estados Unidos, donde invirtió en ferrocarriles y compró tierras en Cuba. En su diario repleto de números y referencias comerciales, Schliemann alaba el espíritu emprendedor de los norteamericanos, aunque temía que la emancipación de los esclavos reduciría la productividad en un tercio. A finales de enero de 1868, volvía a sentarse en las aulas de la Sorbona, atender a clases en el Collège de France y a reuniones de sociedades científicas.

Durante un viaje de cuatro semanas a Roma, Nápoles y Pompeya así como a otros lugares ricos en restos de imperios pasados, Schliemann sintió despertar en él con fuerza la pasión arqueológica. Viajó a la península griega y a su vuelta a París escribió un libro, "Ítaca, el Peloponeso, Troya", que, a pesar de sus errores, atrajo el interés del mundo universitario. La teoría que el alemán proponía era innovadora: pretendía buscar la Troya homérica en la colina de Hissarlik en el entonces territorio del Imperio Otomano. Se llevaba excavando allí desde 1795, pero como no se había encontrado nada, los trabajos se habían trasladado algo más lejos, hacia la aldea turca de Bunarbashi. Schliemann demostró que aquello era un callejón sin salida. Fuera lo que fuese lo que los expertos creyeran, los escritores de la antigüedad no habían situado la ciudad greco-romana de Ilium –sucesora de la Troya de Homero- en Bunarbashi, cuya topografía no coincidía en absoluto con las descripciones que aparecían en La Ilíada.

Pero el propio Schliemann no estuvo convencido de ello desde el comienzo y, de hecho, al principio creía, como todos los demás, que se debía excavar en Bunarbashi. Comenzó a cambiar su opinión tras su encuentro con el norteamericano Frank Calvert, el hijo del vicecónsul americano en los Dardanelos y un arqueólogo amateur que poseía algunas tierras en Hissarlik. Había hecho algunas excavaciones bastante prometedoras y Schliemann, aunque mencionándolo en su libro, se reservó a sí mismo la parte del león, presentándose como el solitario luchador individualista, lúcido, valiente e intuitivo, enfrentado a la reaccionaria comunidad científica. Sería más correcto decir que el alemán, habiendo estado abierto a las ideas de otros hombres, forjó su propia teoría a través de la reflexión, numerosas lecturas y una nutrida correspondencia con Calvert.

Entusiasmado en el empeño de recuperar los escenarios de la literatura clásica, millonario y famoso, fue recibido por los atenienses con alborozo. Y entonces, Schliemann decidió casarse otra vez y tener una esposa griega. Pasó buena parte del año1869 en los Estados Unidos, país del que había conseguido la nacionalidad, y se trasladó a Indianápolis para aprovechar la legislación local referente al divorcio, que se consumó finalmente en junio. Y se dispuso a buscar esposa. Diseñó para tal propósito una estrategia insólita: puso un anuncio en los periódicos, afirmando que desposaría a aquella muchacha que supiera recitar de memoria, y sin duda ni fallo ninguno, la Ilíada en griego clásico. Se presentaron un buen puñado de ellas y escogió a una chica de diecisiete años de edad llamada Sofía, después de suspender a no pocas de ellas. La joven, que entonces tenía 17 años, era la sobrina de un viejo amigo y antiguo profesor de griego. El alemán nacionalizado americano soñaba con convertirse en el Pigmalión de su esposa, imbuyéndole el conocimiento que completara su belleza.

Tras pasar la luna de miel en Paris, los Schliemann regresaron a Atenas a principios de febrero de 1870. Allí les esperaba una decepción: el permiso oficial turco habilitándoles para comenzar las excavaciones en Hissarlik no se había materializado. Así que Heinrich se dispuso a pasar una temporada en las islas Cícladas, donde completó su adiestramiento como arqueólogo e incrementó sus conocimientos sobre la cultura y la vida clásicas. Por fin, Schliemann cruzó a Turquía y comenzó sus excavaciones en la colina de Hisarlik. Cuando inspeccionó la zona, entendió que el paisaje cuadraba a la perfección con las descripciones que Homero hacía en la Ilíada sobre “la ventosa Ilión”. Movió todas sus influencias políticas, gastó dinero en comprar las tierras de Hisarlik a sus propietarios y, en el otoño de 1871, dio el primer golpe de piqueta en tierra. Al tercer día de trabajo, en las ruinas de una casa, encontró una moneda con la siguiente inscripción: “Héctor de Troya”. Schliemann casi bailó de alegría, seguro de que la legendaria ciudad estaba enterrada bajo sus pies.

En los dos años siguientes, Troya, mejor dicho, las Troyas, fueron asomando de nuevo a la luz, la primera de ellas fechada entre los años 3000 y 2500 a.C. y la última, entre el 85 a.C. y el 600 d.C. El amateur Schliemann bautizaba a capricho cuanto encontraba y no era muy escrupuloso a la hora de desdeñar aquello que no le parecía de interés, incluso destruyéndolo. Por fortuna, junto a él trabajaba un arqueólogo profesional, Wilhelm Dörpfeld, que reconstruía con mimo cuanto su jefe arrasaba e iba datando las diversas capas de tierra y de ruinas, lo cual suponía una evolución en las técnicas arqueológicas. Así, se estableció, cosa en la que hoy todo el mundo está de acuerdo, que la Troya homérica, alzada sobre Hisarlik entre los años 1250 y 1180 a.C., aproximadamente, era la Troya VII. Mientras que en las ciudades anteriores y posteriores se apreciaba que los temblores de tierra habían sido la causa de su ruina, en los recintos de la VII se encontraron numerosas puntas de flecha, lanzas y esqueletos que presentaban heridas, como una mandíbula rota por un mandoble. En las piedras de las murallas se distinguían huellas de un gran incendio. La Ilión de Homero no era un lugar imaginario.

En la primavera de 1873, hacia las siete de la mañana, Schliemann y Sofía se sentaban junto a una de las zanjas en espera de que se reanudaran los trabajos. El sol asomó sobre las ruinas y algo brilló en la trinchera. De inmediato, Schliemann concedió a los obreros jornada de descanso, engañó al representante del gobierno turco encargado de vigilar las obras y, ya a solas, ayudado por su mujer, comenzó a excavar. Así encontró el mejor hallazgo de todos: una colección fabulosa de joyas de oro, plata y bronce, en la que se contaban, entre otros objetos, casi nueve mil pendientes, además de diademas, collares y vasos de oro. Schliemann decidió llamarlo el “Tesoro de Príamo”, sin reparar, como luego se ha demostrado, que el lugar donde se encontraron aquellas riquezas pertenecía a la Troya II, datada entre el 2500 y el 2300 a.C, muchos años antes de que reinara en la ciudad Príamo, el padre de Héctor.

La manera en que Schliemann se las arregló para trasladar el hallazgo a Grecia provocó un escándalo. Para evitar los engorrosos procedimientos legales, sobornó al gobierno turco ofreciéndoles 50.000 francos a cambio de que renunciaran a su derecho de propiedad sobre el tesoro, por lo que se convirtió en el dueño de las joyas. Meses más tarde, el tesoro estaba en el Museo de Berlín y Turquía aún sigue soñando con que algún día le sea devuelto. Las exposiciones tuvieron un éxito enorme aun cuando el bombardeo publicitario que orquestó el arqueólogo hizo sospechar a otros colegas de la autenticidad de los objetos. Pero eran reales, y en Inglaterra una serie de sociedades científicas invitaron a Schliemann a reunirse con sus miembros. El alemán convenció a todo el mundo.

Entre aventura y aventura, el matrimonio tuvo dos hijos, a los que bautizaron como Agamenón y Andrómaca. Schliemann se hizo construir una casa en Atenas, con vistas a la Acrópolis, una suntuosa mansión adornada con estatuas de héroes y de dioses. El matrimonio recibía a sus huéspedes vestidos con túnicas, al modo de los tiempos clásicos. Y hablaban con ellos en griego homérico.

Schliemann siguió excavando, esta vez en el Peloponeso, y encontró el palacio de Agamenón en Micenas, junto a muchos objetos de oro y varias máscaras mortuorias, a una de las cuales, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, bautizó como “Máscara de Agamenón”. Era un hombre de suerte: donde clavaba la piqueta encontraba un tesoro o despejaba seculares dudas históricas. Excavó también en Tirinto, no lejos de Micenas, y destruyó los bellos frescos aqueos, tomándolos por bizantinos. Por fortuna, sus ayudantes lograron reconstruirlos luego. Y también quiso hincar el pico en Cnosos, pero la resistencia de las autoridades le hizo desistir. La gloria de los palacios cretenses quedó para el inglés sir Arthur Evans

Siguió recorriendo el mundo en su afán por revivir el pasado: Ítaca y Orcómenos, en Beocia, con resultados poco espectaculares; las Termópilas y Maratón, también sin demasiado éxito; América Central y Cuba y por último Egipto. Su sueño era descubrir la tumba de Alejandro Magno en Alejandría, algo que no consiguió. Agasajado e invitado por toda Europa, Schliemann estaba en la cúspide de su fama. Él mismo admitió que de las inmensas rentas que percibía cada año de sus inversiones, se gastaba anualmente la mitad en sus investigaciones arqueológicas.

A él se debe el nacimiento de la arqueología “de investigación”, si bien a estas alturas comenzaba a darse cuenta de que su método y objetivo –casar los restos arqueológicos con los textos clásicos- tenía sus límites. Nunca dejó de ser una figura polémica. Celosos y resentidos por sus hallazgos, académicos y estudiosos atacaron sus orígenes y el poco ortodoxo sendero intelectual que había seguido. Para dar publicidad a sus descubrimientos, eligió no las revistas especializadas, sino las publicaciones más populares. Y los ataques que sufría a menudo eran más personales que profesionales: se cuestionó el origen de su fortuna, se habló de compras subrepticias y falsificaciones.

Es cierto, sin embargo, que Schliemann compró a periodistas y expertos para que escribieran en su favor. Esta ansia de fama y publicidad acabaría minando su prestigio de cara al público. En 1881, Adolf Furtwängler, prestigioso conservador de los museos de Berlín, emitió su veredicto condenatorio: “Schliemann goza de una gran fama aquí. Sin embargo sigue siendo una persona medio loca, un hombre de ideas confusas que no tiene ni idea del valor de sus descubrimientos”. El arqueólogo descubridor de Troya y Micenas jamás sería admitido en la Academia de Berlin, un honor que sólo se reservaba a universitarios. Pero para su resarcimiento, en julio de 1881, con gran pompa, se le nombró ciudadano honorario de Berlín.

Schliemann murió en 1890, en Nápoles, y sus restos, según sus deseos, fueron trasladados a Atenas, donde reposan en un pretencioso panteón de aire clásico. La fortuna que amasó a lo largo de su vida no fue suficiente para él. Dos cosas más le empujaban: el ansia de reconocimiento social y la sed de saber. Su trabajo expandió la visión que hasta ese momento se tenía de la historia del hombre en el Mediterráneo oriental. Antes de él, la Edad del Bronce era prácticamente inexistente. Su descubrimiento de la civilización micénica dio inicio al estudio de la protohistoria del Egeo.

A estas alturas el lector ya se habrá percatado de que el alemán era un personaje con grandes manchas en su biografía. Biografía que, por otra parte, él se encargó de manipular y reinventar de manera tan romántica como los poemas épicos que a él le apasionaban. Su relación con su primera esposa, su tacañería, su afán de gloria, su desprecio por los derechos de los gobiernos en los que realizaba sus hallazgos, son aspectos poco amables de su vida. Y aunque sus métodos de excavación han sido muy criticados por los daños que causaron, también es cierto que intentó mejorarlos contratando a expertos en la materia. Se dio cuenta también de que captar el interés del público por el mundo antiguo podía ayudar a financiar los trabajos de excavación. Así, su Atlas de las Antigüedades Troyanas fue uno de los primeros libros en reproducir fotografías y las exposiciones que realizó orientadas al público en general animaron el turismo y acabaron protegiendo los intereses económicos de los países propietarios de los yacimientos. Y ese turismo, a su vez, promueve nuevas vocaciones y pasiones. Después de todo, fue la propia visita de Schliemann a Pompeya la que encendió la chispa de su amor por el pasado.

Asombrosamente, Troya y su tesoro, después de tres mil años, siguen siendo fuente de historias dignas de ser recordadas. Al final de la II Guerra Mundial, las joyas troyanas, que se exhibían en Berlín, desaparecieron, y durante décadas se pensó que estaban en poder de algún jerarca nazi huido a Latinoamérica…

Un día de septiembre de 1987, Grigori Kozlov, que había sido nombrado recientemente conservador del nuevo Museo de Colecciones Privadas de Moscú –una rama del Museo Pushkin- recibió una petición de un colega que implicaba fotocopias de algunos documentos. En 1987 en la Unión Soviética, esto era una tarea formidable: las fotocopiadoras no eran comunes en el país y en el Museo Pushkin no contaban con ninguna. Pero Kozlov había trabajado en el Ministerio de Cultura y tenía amigos allí, así que pensó que podía hacer uso de sus contactos para conseguir una fotocopiadora.

Cuando Kozlov alcanzó la cuarta planta, donde se hallaba el Departamento de Artes Visuales, vio columnas de papeles y libros en completo desorden. Al principio creyó que había sucedido algún accidente hasta que encontró a un antiguo colega que se dirigía hacia él con otro montón de viejos documentos bajo sus brazos. Le contó que el jefe del Departamento de Museos había decidido hacer limpieza de morralla. Ya había echado al fuego toneladas de documentos y pidió a Kozlov que le echara una mano para trasladar una pila de ellos al sótano. Kozlov accedió y acompañó a su amigo hasta una puerta que fue abierta por una mujer llevando una bata blanca, mascarilla y guantes de goma además de un largo cuchillo en su mano. La habitación estaba tenuemente iluminada por un par de bombillas desnudas y la atmósfera aparecía opacada por el polvo. Otra mujer con el mismo vestuario estaba sentada junto a una mesa llena de papeles atados con cordeles. Tras cortar éstos, arrojaban los montones a una máquina trituradora.

La mujer les indicó dónde poner los montones. Kozlov vio entonces que una hoja de papel que había en el suelo llevaba el membrete del Museo Pushkin. La cogió y empezó a leer. Su corazón se aceleró ante lo que tenía delante. Su amigo tenía prisa y le dejó leyendo. Pidió permiso a las mujeres para revisar algunos de aquellos documentos. Había encontrado una palabra marcada en rotulador rojo en aquella hoja: “Restitución”.

Aquella palabra hacía referencia a la devolución a Alemania Oriental por parte de la Unión Soviética, en 1955, de las obras maestras que habían sido secuestradas por los rusos de la Galería Dresden a finales de la Segunda Guerra Mundial. El “rescate” de la Galería Dresden había sido uno de los eventos culturales más importantes de la Unión Soviética en aquella época y su restitución diez años más tarde se convirtió en una pieza importante de la política y las relaciones entre ambos países. ¿Podía aquel documento en aquella polvorienta habitación significar que todavía había obras de arte escondidas en los almacenes de la Unión Soviética? Kozlov comenzó a cortar febrilmente las cuerdas que ataban las pilas de documentos.

Media hora después, encontraba lo que estaba buscando: las actas de las negociaciones ruso-germanas para la devolución de los cuadros y los documentos referentes a su exposición en Moscú justo antes de dicha devolución. Y allí, entre aquellas gastadas hojas, había una titulada “Lista de las Más Importantes Piezas Artísticas depositadas en el Almacén Especial del Museo Pushkin”. Y otra hoja, titulada “Objetos Únicos del Tesoro Troyano”, estaba firmada por Nora Eliasberg, conservadora jefe del Museo Pushkin y datada en marzo de 1957. Kozlov había encontrado, por pura casualidad y a punto de ser destruidas, las pruebas de que el tesoro misteriosamente desaparecido de Berlín no había sido destruido ni robado por los nazis, sino ocultado en la Unión Soviética durante más de cuarenta años. ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo había llegado hasta allí?

En 1881, Schliemann había presentado el tesoro a la nación alemana para “su posesión perpetua y custodia inalienable” y los responsables del museo prometieron que exhibirían los objetos en Berlín para siempre. Y allí permanecieron, primero en el Museo Etnográfico y después en el Museo de Prehistoria e Historia Antigua. En 1939, cuando la guerra se hizo inminente, los responsables de los museos de Berlín recibieron órdenes de poner a cubierto las obras de arte. Todos los objetos fueron empaquetados y guardados en los sótanos. Aquellos hechos de metales preciosos y los considerados irreemplazables –incluido el tesoro de Troya-, fueron repartidos en tres cajas. Se hizo una lista inventario que se cosió a cada una de las cajas y a continuación se sellaron. En enero de 1941, la mayor parte de las exposiciones de los museos, incluyendo las tres cajas, fueron trasladadas a la cámara acorazada del Banco Prusiano para salvaguardarlas de los bombardeos. Más tarde en aquel año, fueron trasladadas otra vez a una de las nuevas torres fortificadas antiaéreas que los ingenieros de Albert Speer habían diseñado para proteger la capital del Reich. Dos de esas colosales construcciones, consideradas impenetrables, fueron designadas como almacenes para los tesoros culturales de Berlín.

Desde la torre situada en el zoo, la Luftwaffe dirigía la defensa de Berlín disparando ensordecedores cañones de 128 mm. Los objetos del museo fueron guardados allí hasta 1945, fecha en la que toda la zona circundante había sido reducida a la nada. El zoo había sido destruido y la mayoría de los animales habían muerto. Un equipo de veterinarios troceó los cuerpos de los elefantes para utilizarlos como sopa y carne y se dice que los hambrientos berlineses cocinaron colas de cocodrilo y salchichas de oso.

En febrero de 1945, los directores de los museos de Berlín recibieron la orden de evacuar todas las colecciones a una zona al oeste del Elba que había sido designada como área de ocupación americana y británica en el caso de que se produjera la rendición. Los alemanes no querían que sus tesoros cayeran en manos soviéticas. Pero los responsables de aquellas piezas se resistieron a acatar la orden: no veían seguro transportarlas por autopistas o vías férreas continuamente azotadas por los bombardeos. El mismo Hitler tuvo que pronunciarse al respecto para que la directriz fuera acatada.

El mariscal Georgi Zhukov, comandante supremo del Ejército Rojo y líder del asalto a Berlín, lanzó el ataque final el 16 de abril de 1945. Para entonces, la mayor parte de los tesoros artísticos habían abandonado la ciudad de camino a diversas minas de sal. Muchos terminaron en Merkers, donde fueron encontrados por el Tercer Ejército del general Patton. Varios miles de cajas llenas de cuadros, esculturas y piezas arqueológicas, fueron descubiertas en Grasleben por el Primer Ejército americano. Pero las tres cajas que contenían el oro de Troya tuvieron un destino diferente….

El Dr.Wilhelm Unverzagt, director del Museo de Prehistoria e Historia Antigua, como leal nazi, había obedecido las órdenes de Hitler y había enviado su colección fuera de Berlín. Excepto las tres valiosas cajas troyanas. No quería que abandonaran la ciudad y cuando el Ejército Rojo atacó la torre del zoo, permaneció con ellas, durmiendo incluso sobre las mismas. El ruido de la batalla era todavía más horrible debido a los lamentos y gritos de los heridos que habían sido alojados en un hospital de campaña en una habitación cercana. Los cadáveres y los miembros amputados se apilaban en los pasillos. Civiles aterrorizados se apiñaban en espacios tan reducidos que apenas se podían mover. La ciudad estaba en llamas.

El devoto Unverzagt permaneció en la torre incluso cuando todo el mundo ya se había marchado. El primero de mayo, el día siguiente al suicidio de Hitler, se produjo su rendición a los rusos. Los soldados rojos entraron en la torre, subiendo y bajando escaleras y registrándolo todo a la búsqueda de botín. Unverzagt aguantó en su puesto hasta que apareció un oficial. Le reveló la existencia del tesoro escondido en las cajas y pidió su ayuda. El oficial apostó guardias en la puerta de la habitación y unos días más tarde el coronel Nikolai Berzarin, el militar al mando de la ciudad de Berlín, llegó para inspeccionar la torre y asegurar a Unverzagt que las cajas serían llevadas a un lugar seguro. A finales de mayo, las tres cajas con el Tesoro de Príamo fueron cargadas en un camión Studebaker y llevadas a Moscú. Unverzagt nunca las volvió a ver.

Durante cuarenta años, el secreto constituyó un desafío para estudiosos y uno de los grandes misterios de la Segunda Guerra Mundial hasta que un funcionario encontró por casualidad una hoja en el suelo de un sótano…



Y así fue transcurriendo la visita, deteniéndonos aquí y allá para escuchar nuevas explicaciones, desgraciadamente no tan detalladas como a algunos nos hubiera gustado.

- ¿Todavía se sigue excavando para encontrar nuevos restos?–preguntó una rolliza canadiense ya dando por sentada la respuesta.

- La verdad es que no mucho. En la actualidad los trabajos de excavación son residuales porque lo único que sacan a la luz son restos romanos y ya sabemos lo suficiente de esa época. Así que lo dejamos estar.

La expresión de la canadiense intentando asimilar desde su perspectiva de ciudadana de un país de trescientos años de historia que los restos de una civilización de hace 2.000 no resultaban interesantes, era merecedora de una fotografía.

El autobús que nos devolvería a Çanakkale dejó atrás una ciudad aparentemente muerta. Hace muchos siglos que los hombres la abandonaron y la olvidaron y tan solo poco menos de ciento cincuenta años desde que sus restos físicos se recuperaron para el patrimonio universal de nuestra especie. Pero en aquel largo lapso en el que Troya permaneció dormida bajo la colina de Hisarlik su nombre y el de los personajes que sellaron su destino, Aquiles, Héctor, Paris, Áyax, Andrómaca, Helena, Menelao, Odiseo, Néstor, Eneas... no sólo no se olvidaron, sino que permanecieron en el imaginario colectivo occidental inspirando a escritores, poetas, pintores y músicos.

En la historia de Troya los héroes pusieron su valor, su lanza y su leyenda, Homero su talento y poesía inmortal y Schilemann su fortuna y su excéntrico y apasionado romanticismo. Lo que queda en manos del resto de nosotros, humildes mortales, no es poco: honrar y conservar un mito que ha acompañado al hombre desde hace más de tres mil años.
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