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martes, 7 de agosto de 2012

El tren de bambú - Raíles en peligro de extinción




La red férrea de Camboya es, como la vieja red de carreteras, una de las más famosas de Asia; y no por la calidad de las infraestructuras, el lujo de sus trenes o la puntualidad en el servicio. Más bien todo lo contrario. De hecho, no existe el servicio de pasajeros como tal. Desde luego, si uno queda poseído por un espíritu aventurero especialmente masoquista quizá pueda conseguir un rincón en el vagón de un tren de mercancías. Eso sí, no debe olvidar que los trenes viajan a una velocidad media de 20 km/h, que se tardan más de doce horas en cubrir distancias de 300 km, que los puentes no siempre están en buen estado y suele haber tantos baches como en las carreteras a causa de las deformidades que el tiempo, el clima y la falta de mantenimiento han impuesto sobre las vías. Y, claro, siempre está la posibilidad, bastante frecuente, de que el tren descarrile, circunstancia más molesta que peligrosa debido a la escasa velocidad a la que los maquinistas se ven obligados a circular.

La red está en vías -nunca mejor dicho- de ser revisada de cara a su futura conexión con el Ferrocarril Transasiático, que el día de mañana conectará Singapur con China –su puesta en marcha llevará unos cuantos años y en estos lares nunca es sabio establecer las fechas con precisión-. Mientras tanto, la red ferroviaria camboyana consiste en 654 km de vías estrechas de un sentido, en algunos casos construida en la Segunda Guerra Mundial y, me atrevería a decir, sin haber disfrutado de mantenimiento desde entonces.

La guerra civil, que abarcó gran parte de las décadas de 1980 y 1990, impuso al sistema ferroviario camboyano unas características particulares. Todos los trenes se equiparon con un vagón fortificado con cubierta de estaño provisto de una enorme metralleta y numerosos orificios para armas en sus laterales. Además, los dos primeros vagones llanos del tren funcionaban como limpiadores de minas. El trayecto en el primer vagón era gratuito y en el segundo se pagaba la mitad de precio; a pesar de los riesgos, estas opciones eran extremadamente populares entre los vietnamitas –cuyo ejército, por aquel entonces, estaba al cargo del gobierno del país tras haber expulsado a los jemeres rojos.

Pero nuestro objetivo no era martirizarnos con la experiencia de un vagón de mercancías a paso de tortuga, sino montar en el conocido como “tren de bambú”, un invento local compuesto por una estructura de madera de 3 m, cubierta con listones de un bambú ligerísimo, que descansa sobre dos vagonetas que parecen barras. La trasera va conectada por correas a un motor de gasolina de 6 CV. Solo queda ponerle encima 10 o 15 personas, o hasta tres toneladas de arroz, arrancar con la manivela y circular a una velocidad de 15 km/h.

La genialidad del sistema es que ofrece una solución brillante al problema inevitable que puede darse en una línea de una sola vía: qué hacer cuando se encuentran dos trenes en sentidos opuestos. En el caso de los trenes de bambú, la respuesta es sencilla: uno de los convoyes se desmonta rápidamente y se coloca en el suelo junto a las vías para que pueda pasar el otro. La norma es que tiene que ceder la prioridad el tren con menos pasajeros, aunque las motocicletas hacen valer sus privilegios, por lo que si el viajero lleva una (o tiene una convincente moto hinchable de señuelo) recibirá trato VIP.

Uno puede preguntarse qué ocurre cuando un tren de bambú se encuentra con un tren convencional que va embalado. En primer lugar, los trenes camboyanos, como hemos dicho, no circulan a gran velocidad, sino que más bien se arrastran. En segundo lugar, los conductores de trenes de bambú saben el horario de los trenes ordinarios. Y en tercer lugar, los trenes convencionales se oyen a gran distancia cuando pitan, lo que da tiempo más que de sobra para bajarse y desmontarlo todo.

Alquilar un tren privado de bambú de O Dambong a O Sra Lav cuesta tan sólo 8 dólares y no sólo supone recorrer uno de los trayectos de ferrocarril más clásicos de todos los tiempos, sino que constituye toda una diversión. Desde O Dambong, en la orilla este, 3,7 km al sur del antiguo puente de piedra de Battambang, el tren va al sureste hacia O Sra Lav, durante media hora de chasquidos y tumbos por raíles combados y desaliñados y puentes que producen vértigo construidos por los franceses. La velocidad que alcanzan es notable (unos 40 km/h), sensación que se ve aumentada por el hecho de circular muy cerca del suelo y por vías literalmente invadidas por la selva, hasta el punto de que ya no se distinguen bajo la vegetación. En más de una ocasión hubimos de agachar la cabeza o cubrirnos la cara para protegernos de alguna rama traicionera o las hojas de una gran planta con medio cuerpo en la vía.

En el recorrido de vuelta comenzó a llover. Yo había tenido la precaución -siempre aconsejable en los trópicos- de llevar conmigo mi impermeable, y conseguí salir del trance relativamente bien; algunos de mis compañeros, sin embargo, terminaron el recorrido como si se hubieran lanzado a una piscina. Y es que no sólo no había protección alguna contra los elementos en aquella plataforma sólo tapizada por una esterilla trenzada con corteza de banano, sino que con la lluvia, las vías se volvían más resbaladizas y, dado el lamentable estado de las mismas, el riesgo de descarrilamiento aumentaba. Así que era necesario disminuir la marcha, prolongando el tiempo de viaje y, por tanto, la exposición al diluvio.

Nuestro “maquinista”, Batak, nos contó que está previsto eliminar el tren de bambú. Si al final es sustituido por un tren en condiciones, aunque no sea en absoluto lujoso, los camboyanos no echarán de menos al tren de bambú. Lo que para unos, los turistas, es exotismo y diversión, para otros, los que conviven con él, es subdesarrollo y molestias. Sin embargo, mientras llega ese momento, no está de más experimentar algo quizá único en el mundo y que a no mucho tardar no será más que una imagen en las fotos de los viajeros y un recuerdo en sus memorias.
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jueves, 5 de julio de 2012

WAT PHRA KAEO - Budismo y poder



En su larga historia no exenta de tribulaciones, catástrofes y guerras, Tailandia no ha estado sujeta nunca a un gobierno colonial, lo que constituye un motivo de orgullo nacional. Sus raíces políticas se remontan al siglo VII, al reino de Namchao, en la actual provincia china de Yunnan. Aunque el budismo había estado presente en esa región en fecha tan temprana como el 200 d.C., no fue hasta el siglo XIII que esa religión se institucionalizó, favoreciendo la unificación política y cultural del naciente imperio Tai.

Pese a su gigantesco tamaño y la febril actividad que desborda sus calles, el papel de Bangkok en la historia de la nación tailandesa es mucho más reciente. No fue hasta 1782 que el primero de los monarcas de la dinastía Chakri, Rama I, estableció en esa localidad su corte real, emprendiendo un proyecto constructor que pretendía recuperar el prestigio ya casi legendario de Ayutthaya, la antigua capital, destruida por los birmanos en 1767. Convertido en el nuevo centro político del país, no pasó mucho tiempo antes de que Bangkok pasara también a ser el corazón económico, y también religioso, de Tailandia.


Y es que budismo y monarquía son inseparables en un país en el que el 90% de sus habitantes practican esa religión. Desde los tiempos del rey Rama III ha sido costumbre que todos los monarcas sean ordenados monjes en el Wat Bournivet antes de ocupar el trono. El rey Rama IV incluso llegó a servir allí durante 27 años antes de tomar las riendas de la nación. Ello no es sino un reflejo de la importancia que la educación religiosa tiene para el pueblo: tradicionalmente, todos los varones tailandeses entran en un monasterio como parte de su proceso de madurez, durante al menos tres meses. Algunos permanecen en la comunidad religiosa el resto de sus vidas. Quizá el lugar que mejor ejemplifica esa alianza entre el poder político y el religioso es el Palacio Real y el Wat Phra Kaeo, en Bangkok, un conjunto que aúna edificios sede y símbolo de la monarquía y un monasterio sin monjes que ejerce el papel de capilla real.

El Palacio Real, emplazado en la amplia Sanam Louang (Plaza Real), está rodeado por una larga
muralla almenada de blancos muros cuya longitud es de casi dos kilómetros. Hace ya tiempo que los reyes, sus familias y sirvientes no residen aquí: aunque sigue siendo la sede oficial de la monarquía, ya hace más de cien años que el rey Rama V trasladó la corte a otro lugar más tranquilo; actualmente la familia real pasa la mayor parte del tiempo en el Palacio de Chitralada, también en Bangkok. Sin embargo, la riqueza arquitectónica del complejo lo hace ideal para albergar de vez en cuando actos oficiales que requieran un decorado suntuoso. No es que sus muros alberguen una gran carga histórica porque, al fin y al cabo, tienen poco más de doscientos años (su construcción se inició en 1782). Lo que los hace especiales es la llamativa yuxtaposición de estilos en los que la tradición oriental se mezcla con influencias occidentales clásicas.

El Chakri Maha Prasad es el edificio principal y su interior -cerrado al público- alberga la sala del trono. Su arquitectura fusiona, con resultado inesperadamente estético, los estilos tai y victoriano. La parte inferior del edificio es obra de un arquitecto británico mientras que los tejados han conservado
el aspecto siamés tradicional. Por su parte, Dusit Maha Prasad, a la derecha, fue construido en la época de la Revolución Francesa, durante el reinado de Rama I y presenta un estilo tai claramente más elegante. Fue utilizado por última vez en 1910 para la ceremonia de investidura de Rama VI. Hoy, hay poca vida aquí aparte del ajetreo turístico y la atenta vigilancia de los soldados que custodian el complejo. Sin embargo, los densos grupos de turistas de pantalones cortos, camisetas de colores chillones y cámaras fotográficas en ristre son a veces eclipsados por el brillante azafrán que tiñe las túnicas de los nutridos grupos de monjes que acuden aquí en peregrinación, a veces desde lugares muy lejanos. No es tanto el Palacio Real el motivo de su visita sino el magnífico complejo anexo, el Wat Phra Kaeo y su reliquia más preciada: el Buda Esmeralda.

Al penetrar en la primera muralla del recinto se aprecia a la izquierda la puerta que se abre sobre el
Wat Phra Kaeo, templo real cuyo prestigio lo situa por encima de los del resto del país y que históricamente ha estado muy ligado a la capital, puesto que fue uno de los primeros edificios construidos por Rama I entre 1782 y 1784 con ocasión del establecimiento en Bangkok de la capital. Su regio estatus ha alejado la vida religiosa. No hay monjes ni ceremonias periódicas y sólo se utiliza para ciertos rituales dirigidos por el rey. Es, no obstante, una verdadera ciudad religiosa con patios, pabellones, chedis y estatuas de criaturas mitológicas en un compacto y barroco complejo cuya espectacularidad ornamental tiende a distraernos de lo más importante desde el punto de vista espiritual, aquel elemento singular para cuyo cuidado fue construido el monasterio: el Buda Esmeralda. Se trata de una pequeña estatua tallada en nefrita (una variedad de jade, no la piedra preciosa de la que presume su nombre) que casi pasa desapercibida en la estancia principal. Es éste uno de los budas tailandeses más venerados porque simboliza la legitimidad de la dinastía reinante y encarna todas sus hazañas.

La figura fue descubierta en Chiang Rai, en el norte del país a comienzos del siglo XV cuando un rayo partió en dos una estupa. Para ocultar su auténtica riqueza, la estatua había sido recubierta de una capa de estuco (una práctica común en una época en la que los pillajes eran cosa corriente). Durante generaciones, se había perdido el recuerdo de lo que realmente se ocultaba bajo tan humilde cascarón, hasta que una caída accidental reveló la verdad. La sorpresa y la admiración por la estatua de jade se mezcló con la superstición popular para otorgarle unos misteriosos poderes. Como no podía ser de otra forma, los poderosos quisieron servirse de ese símbolo para sus propios fines. A mediados del siglo XVI, invasores laosianos robaron el sagrado Buda y lo trasladaron a Vientiane, amargando las relaciones entre ambas naciones. A finales del siglo XVIII, tras librar una guerra contra sus vecinos, los tailandeses recuperaron la estatua tras una batalla y nombraron rey a su líder militar, el general Taksin, que ascendió al trono como Rama I cuando, como dijimos al principio, los tailandeses fueron expulsados de Ayuthaya. El nuevo monarca no pudo menos que construir un magnífico emplazamiento para custodiar la figura que, al fin y al cabo, consideraba responsable de su entronamiento y símbolo de la bendición divina sobre su dinastía.

Es por ello que el edificio más importante de Wat Phra Kaeo es el templo que alberga esta estatua de
75 cm de altura. Se trata de una sólida sala de oración en cuyo centro se alza una plataforma de mármol rodeada por imágenes de garudas dorados (pájaros mágicos divinos), que protegen a la figura de los espíritus diabólicos. El interior de la estancia está recubierto del techo al suelo con extraordinarios frescos inspirados tanto en la vida y las enseñanzas de Buda como en la cosmogonía hinduísta. La brillante túnica que viste la figura es cambiada por el propio rey al iniciarse cada estación (redecilla de oro en invierno, lentejuelas azules en la estación de las lluvias y oro y diamantes en verano).Monjes y devotos se detienen en una pequeña capilla anexa para realizar con sentido respeto sus ofrendas de incienso, comida y pan de oro antes de entrar en el recinto y arrodillarse a los pies del Buda, el auténtico corazón espiritual de Tailandia que, desde su altar elevado en forma de carro celeste y protegido por un parasol dorado de nueve pisos, les contempla con la beatífica expresión que sólo una divinidad puede regalar.

En cuanto nos alejamos de la capilla y su ininterrumpido murmullo de oraciones susurradas, el patio principal nos golpea como un rayo con una explosión de luz y color que se diría extraida de una fantasía oriental. Allá donde posemos la vista, encontramos estupas, pabellones, campanarios, espiras y techos superpuestos de tejas de colores curvados en los extremos que deslumbran con filigrana de pan de oro y mosaicos. Demonios de cara verde y criaturas mitológicas devuelven insolentes la mirada al intruso. Es una atmósfera fantasmagórica enfatizada por el aroma de las flores y el incienso que escaoa de las capillas. Resulta fácil perderse en este laberinto místico custodiado por gigantes de colmillos ganchudos y mujeres pájaro o kinaris, criaturas extraidas de la rica mitología hinduista.

El carácter de símbolo político-religioso nacional del Wat Phra Kaeo vuelve a sustanciarse en el espectacular claustro que discurre alrededor de la capilla real. En sus muros de un kilómetro cubiertos de sofisticados frescos discurren ante los ojos del visitante las hazañas de Phra Ram, el legendario héroe adoptado del hinduísmo. Camino por el porche desde la puerta norte, contemplando fascinado la riqueza pictórica de las escenas. El poema está dividido en segmentos, cada uno de los cuales muestra un pasaje relevante en el centro, incluyendo la conclusión del mismo pintada arriba o debajo de la escena principal.

Lo que estoy viendo es la traslación pictórica del Ramakien, una magna obra de literatura que en
realidad es la versión tailandesa del conocido poema épico hindú Ramayana, en el que se narran las peripecias de Rama, séptima reencarnación del dios Vishnú -cuya figura aparece representada con la cara verde- y Sita -la hermosa dama de torso desnudo-. La joven pareja es desterrada a los bosques junto al hermano de Rama. En este entorno pastoral, el perverso rey Ravana (con muchos brazos y caras) se disfraza de ermitaño y secuestra a Sita. Rama se alia con Hanuman, el rey mono, para atacar a Ravana y rescatar a su amada. Aunque Rama tiene sangre azul y es el protagonista nominal del gran poema, Hanuman es el auténtico héroe de la aventura gracias a su lealtad, valor y astucia. Todo terminará felizmente, pero entretanto deberán enfrentarse a malvados enemigos, luchar en grandes batallas y frustrar los malvados planes que se tejen contra ellos.

La épica llegó a Tailandia gracias a los viajes misioneros de monjes indios y cingaleses. No tardó en aparecer una versión local, el Ramakien, en la que se adaptaron personajes y lugares a la idiosincrasia y cultura tai: Rama pasa a ser Phra Ram, monarca de Ayuthia (una ciudad de leyenda que más adelante daría nombre a Ayuthaya); Ravana se transforma en Tosakan, un monstruo de diez cabezas; y Hanuman pierde su divinidad para quedarse sólo con el matiz heroico. En su forma escrita, cuenta
con la inabarcable cantidad de más de 60.000 versos, 138 episodios y 300 personajes. El verdadero tema de esta larguísima sucesión de aventuras, traiciones, batallas y romances es la lucha del bien contra el mal, un conflicto eterno que ha fascinado al ser humano independientemente de su cultura y periodo histórico. Su transcripción y enseñanza en los monasterios, aún hoy auténticos conservadores y difusores de la cultura en el mundo budista, convirtieron la épica en una fuente de formación ética, de modelo de conducta. A su vez, sirvió de inspiración a pintores, escultores y actores, que incorporaron los fantásticos episodios a sus respectivas artes, tendiendo un puente cultural entre los tailandeses de todas las épocas.

Para el viajero occidental no resulta fácil en muchas ocasiones desentrañar el verdadero significado de lo que contempla cuando se trata de países lejanos geográfica y culturalmente. Si se deja llevar por la curiosidad no tardará en encontrar bajo la desconcertante capa de imágenes, formas y sonidos, pautas familiares que lo vinculan, a él y a su cultura, con esas gentes exóticas: el papel de la religión entre el pueblo, su alianza con los poderes terrenales, la fusión de las artes de tierras lejanas y la canalización de los mitos religiosos a través de las más dispares formas expresivas, tanto en la alta cultura como en el plano popular.

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lunes, 7 de mayo de 2012

Anit Kabir: el mausoleo sagrado de un héroe laico (2)


 


 Algunos cuadros mostraban a soldados griegos masacrando a civiles turcos mientras en el fondo los barbudos popes jaleaban y animaban tales comportamientos. Por supuesto, la otra cara de aquellas matanzas no se muestra porque iría contra el espíritu nacional, pero no me puedo resistir, por justicia, a contar aunque sea sólo un fragmento.




En las primeras horas de una mañana de agosto de 1922, el Ejército Nacionalista Turco, bajo el mando de Mustafá Kemal, atacó al grueso del ejército griego en Dumlu Punar, en una meseta que se extiende a 300 km al oeste de Esmirna. A la mañana siguiente, el ejército griego se había dispersado y sus restos se batían en presurosa retirada hacia Esmirna y hacia el mar. En los días subsiguientes, la retirada se convertiría en huída.

Incapaces de destruir al ejército turco, los griegos se entregaron con frenético salvajismo a la tarea de destruir las poblaciones turcas que hallaban durante su escapada. Desde Alashehr hasta Esmirna, quemaron y asesinaron. Ni una sola aldea quedó en pie. Mientras perseguían a los vencidos, entre las ruinas humeantes, las tropas turcas hallaban los cadáveres de los aldeanos.

Con la asistencia de los pocos labriegos anatolios medio enloquecidos que habían logrado sobrevivir, los turcos se vengaban en los griegos que iban encontrando a su paso. A los cadáveres de niños y mujeres turcos se sumaban los cuerpos mutilados de los integrantes del ejército griego que se habían rezagado. Pero el grueso del ejército griego había huido por mar.


Con su apetito de sangre infiel aún insatisfecho, los turcos continuaron su avance. El día 9 de septiembre ocuparon Esmirna. Durante dos semanas, los que huían de los turcos habían llegado a la ciudad para engrosar el ya elevado número de habitantes griegos y armenios. Todos pensaron que las tropas griegas defenderían la ciudad después de reorganizarse. Pero el ejército griego se había embarcado ya, había huido. Y ahora todos estaban metidos en una trampa. Comenzó entonces el holocausto.

El registro de la nacionalista Liga Armenia de Defensa del Asia Menor cayó en manos de las tropas turcas y
en la noche del día 10, una patrulla de soldados de línea recorrió los barrios armenios con el objetivo de hallar y matar a aquellas personas cuyos nombres constaban en aquel registro. Los armenios se resistieron y los turcos se entregaron a una orgía de sangre. La masacre que se produjo a continuación tuvo el sentido de una advertencia. Alentadas por sus oficiales las tropas turcas, al día siguiente se arrojaron contra los barrios no turcos de la ciudad y comenzaron a matar de manera sistemática.

Arrastrados fuera de sus casas y de sus escondites, hombres, mujeres y niños fueron degollados en las calles que, muy pronto, se vieron pavimentadas con cadáveres mutilados. Las paredes de madera de los templos, repletos de refugiados, fueron rociadas con gasolina e incendiadas. Los ocupantes que no morían quemados vivos eran recibidos por las puntas de las bayonetas cuando intentaban escapar. En muchos lugares, las casas saqueadas también eran entregadas a las llamas y los incendios comenzaron a extenderse por toda la ciudad.

En un primer momento, se hizo algún esfuerzo para controlar el fuego. Después cambió la dirección del viento, con lo que las llamas se inclinaron en dirección contraria al barrio turco y las tropas reanudaron entonces sus actividades de matanza y saqueo. Muy pronto toda la ciudad, a excepción del barrio turco y de unas pocas casas cercanas a la estación del ferrocarril, fue presa de un incendio voraz.

La masacre, entretanto, continuaba con una voracidad incontenible. Un cordón de tropas que rodeaba gran
parte de la ciudad impedía que los refugiados abandonaran el área incendiada. Las avalanchas de fugitivos aterrorizados eran recibidas con el fuego despiadado de las armas o precipitadas otra vez hacia el infierno de las llamas. Las estrechas y siniestras callejuelas estaban atascadas por los cadáveres hasta tal punto que, de haber sido las partidas de rescate capaces de soportar el hedor que iba en aumento a cada instante, no hubieran podido penetrar siquiera en ellas.

Esmirna, una ciudad llena antes de seres vivos, se había convertido en un matadero. Muchos de los
refugiados intentaron llegar hasta los barcos anclados en el puerto. Liquidados a balazos, ahogados, mutilados por feroces enemigos, los cuerpos flotaban ominosamente en las aguas teñidas de sangre. Barcos aliados permanecían anclados cerca, observando una estricta neutralidad y negándose a tomar parte en cualquier acción de rescate de los refugiados, que se lanzaban al agua en llamas para intentar escapar. Muchos botes y barcas pequeñas hicieron lo que pudieron. Al final, un americano llamado Asa Jennings fue el héroe de aquel desastre, poniéndose al frente de cierto número de barcos extranjeros y transportando a más de 60.000 personas exiliadas a Grecia.

Pero los muelles seguían hirviendo: una multitud intentaba, en el paroxismo de su frenesí, escapar de los edificios cercanos, que se alzaban envueltos en llamas a escasa distancia, amenazando con el estrago. Se ha dicho que los alaridos de aquellas gentes se podían oír desde el mar, a casi dos kilómetros de la costa.


La segunda parte del museo -y la más extensa- revestía mayor interés. Una serie de pequeñas salas abiertas
a un pasillo con aire acondicionado a temperatura de criogenización proponían un recorrido por los logros de Atatürk en su empeño por hacer de Turquía una nación moderna. Las fotos tomadas en los años veinte, treinta y cuarenta hablaban por sí solas: los barbudos funcionarios otomanos, ataviados con turbantes y largas túnicas, se transformaban en una foto tomada un año después, en modélicos burócratas de corte occidental, con traje, bombín y moldeados bigotes. Otra foto mostraba a las mujeres sentadas en pupitres de escuela aprendiendo a leer y escribir. Una un poco posterior retrataba un concurso de belleza o la participación en las Olimpiadas. De repente, el mundo oriental se transformó en occidental.

Nada pareció escapar a la atención de Atatürk hasta el punto que la actividad que desarrolló se antoja imposible para un solo ser humano. Después de declarar la República en 1923, se adoptó una constitución al año siguiente. Se abolió la poligamia y el fez, considerado un signo de atraso otomano, se prohibió (1925). Se reformaron completamente los códigos legales y se instituyó el matrimonio civil (1926). Al abolir los tribunales islámicos, la religión perdió su papel relevante en la sociedad. Las mujeres, por supuesto, fueron una parte importante del cambio: adoptaron la vestimenta occidental y se les dio educación y derechos, como los de votar y ser votadas para el Parlamento, en 1934.

En 1928, reformó el lenguaje y adoptó el alfabeto occidental abandonando la escritura otomana; cambió el
sistema numérico, las unidades de medida y el calendario. El asunto del lenguaje fue particularmente llamativo. En su búsqueda de una lengua turca pura, Atatürk lideró una campaña en los años treinta para eliminar del idioma las palabras prestadas del persa y el árabe así como las construcciones gramaticales propias del turco otomano, que se habían convertido en algo tan artificial que en el siglo XVIII, la esposa del embajador inglés, Lady Mary Wortley Montagu, lo calificó como “otra lengua”. En lugar de ese “otomano” de altos vuelos, Atatürk, sus colegas y los intelectuales afines construyeron un nuevo lenguaje a partir del turco rural, incluyendo vocablos procedentes de los dialectos del este del país. Puede que el turco perdiera profundidad y peso histórico, pero ganó en modernidad.

Constantinopla se convirtió oficialmente en Estambul y se turquificaron los nombres de muchas otras ciudades (Angora a Ankara, Esmirna a Izmir, Adrianópolis a Edirne…); levantó un nuevo sistema educativo, impulsó las artes; reformó el sector agrícola, creando cooperativas y granjas; introdujo la industrialización y mecanización, creó el sistema financiero, transformó el ejército, el sistema sanitario e impulsó el turismo y la protección de los parajes naturales e históricos. Prestó atención tanto a los grandes proyectos de obras públicas como a detalles aparentemente nimios, como fue la introducción de apellidos tras el nombre, algo a primera vista intrascendente pero de enorme relevancia a la hora de realizar censos y recaudar impuestos.

Efectivamente, en los años treinta se aprobó un decreto por el que todos los ciudadanos de Turquía debían ser contados. Todo el mundo tenía que quedarse en casa y dedicar el día a la espera del funcionario de turno. En qué ocupó la gente su tiempo quedó claro nueve meses después, cuando multitud de niños recibieron por nombre uno antes desconocido, Nufus –“censo” en turco-, una moda tan popular como efímera.

Las reformadoras autoridades se encontraron, sin embargo, con que había una cantidad exagerada de
“Ahmet hijo de Mehmet” y “Mehmet hijo de Ahmet”, los patronímicos por los que los turcos eran entonces conocidos, y que el censo no era más que un montón de papeles confusos. En 1935, antes de que se hiciera un nuevo intento, se emitió otro decreto que ordenaba a todos los ciudadanos turcos elegir un apellido. Tras dieciocho meses, aquellas familias que no hubieran cumplido el trámite recibirían uno directamente asignado por el funcionario provincial correspondiente. Muchos ciudadanos no necesitaron semejante aviso. Por ejemplo, algunos de los que llegaron de Creta en los intercambios de población eligieron Giritli –“Sr o Sra de Grecia”-. Otros adoptaron apellidos como “Destructor de Montañas”, “Ojo de Águila”, “Turco Puro” o “Corazón de León”. Los oficiales del ejército se pusieron apellidos de victorias militares; los ministros, de ríos que habían sido elegidos como fronteras nacionales. El presidente de la nación eligió para añadir a sus dos primeros nombres, Mustafa Kemal, “Padre de los Turcos” (Ataturk).

“Biz bize benzeriz”, respondía Atatürk a aquellos que clasificaban a los turcos bien como europeos bien
como asiáticos: “nos parecemos a nosotros mismos”. Mientras que la aristocracia otomana utilizaba la palabra “turco” para referirse a los campesinos, Atatürk luchó por hacer que su pueblo superase ese sentido de inferioridad respecto a los europeos o a sus imitadores entre las minorías cristianas del antiguo imperio. Convencer a los europeos de la respetabilidad de los turcos no era tarea fácil, porque la imagen de éstos entre aquéllos no podía ser más negativa. Los turcos era descritos por los medios impresos de principios del siglo XX como torturadores, asesinos, pederastas o bestias salvajes. Atatürk salpicaba generosamente sus discursos con afirmaciones como “El carácter de la Nación Turca es noble”, “La Nación Turca es trabajadora” o “El Pueblo Turco es inteligente”. Pero lo que Atatürk entendía por “turco” no está tan claro: empezó pensando que “turco” era todo aquel que viviera en la nueva república. En sus escritos, sin embargo, también hacía referencias a la “etnia turca”. Y, a pesar de su rechazo intelectual al Islam, probablemente incluía en su concepción sólo a los musulmanes. El lema republicano de Atatürk de “Feliz es quien puede decir que es turco” fue en realidad el mismo de la ciudadanía otomana: “Alabado sea Alá, soy musulmán”. En la práctica, incluso se refiere a la misma gente. Hoy, la definición de turco se ha estrechado aún más: se trata de los habitantes de Turquía que hablen turco.

Y, por supuesto, para conseguir arrancar al país del lastre y la larga decadencia del Imperio Otomano, empujó al país hacia la laicidad, apartando a los clérigos de los asuntos relevantes y quitándoles poder. Como puede imaginarse, esto no se hizo sin resistencia, pero Mustafá Kemal aguantó las presiones e hizo frente a los mullahs con firmeza. Al final salió victorioso... ¿o no?

Cuando murió, el cuerpo del venerado líder fue embalsamado. El funeral se celebró en el palacio de Dolmabaçe. La construcción de Anit Kabir empezó en 1944 y se terminó en 1953. Quince años más tarde, el ataúd se abrió ante los ministros y altos mandos militares, se lo envolvió en lino siguiendo las costumbres islámicas y se le enterró en tierra turca aquí, en Anit Kabir, mirando a La Meca. Me pregunto si el bueno de Mustafá no se estará revolviendo de ira en su magnífica tumba. Años y años de sudores y esfuerzos luchando por erradicar el Islam de la sociedad, y al final lo sepultan de acuerdo al rito musulmán.

Atatürk cambió el país y, de hecho, creó uno nuevo. Aún hoy, ocho décadas después, los rasgos más significativos de Turquía siguen emanando de su administración, para lo bueno y para lo malo. Desde el carácter laico del estado, con su vocación modernizadora y la promoción de la mujer entre sus objetivos, a la negación de los derechos de las minorías culturales, sobre todo del pueblo kurdo, el inquietante poder de un ejército que es inflexible centinela del ideal kemalista… o el resurgir de un islamismo que ningún decreto consiguió erradicar.

El Estambul de hoy, Ankara y buena parte de la Turquía urbanizada y moderna, son su creación. La parte
oriental y central del país es harina de otro costal. En los siguientes días, en una sola jornada de carretera, de Trebisonda a Erzurum, pasamos de una ciudad moderna y dinámica con vocación occidental a las remotas estepas anatolias con sus yurtas y rebaños de cabras, del mar a las montañas y luego las llanuras. Allí, las tradiciones con siglos de antigüedad seguían ocultas bajo la superficie y en muchos casos ni siquiera llegaron a desaparecer. ¿Realmente han sido erosionadas por la modernidad occidental o están bajo la superficie esperando resurgir?

No hay duda de que una parte de los turcos ha aprendido a vivir y disfrutar de los modos occidentales. Pero hay otros muchos para quien esos beneficios no han supuesto nada. Sus condiciones de vida siguen siendo humildes cuando no misérrimas, con la diferencia de que ahora saben -gracias a la televisión- que hay otros paisanos suyos que disfrutan de una vida mucho mejor ¿Hacia dónde se inclinará la balanza? El fantasma de Irán acecha desde el otro lado de la frontera que comparten. Irán era un país aparentemente moderno y orientado hacia Occidente, donde las mujeres llevaban minifalda, se maquillaban y participaban activamente en la sociedad. El rápido desarrollo económico que experimentó a raíz del boom del petróleo llevó consigo una evolución social que provocó un enorme desajuste con las tradiciones y valores de una parte importante de la población. Fueron esos campesinos emigrados a las ciudades los que, soportando la tiranía del sha pero no los beneficios del desarrollo, apoyaron la Revolución de 1979.

Irán requeriría un estudio aparte pero su caso no es fácilmente extrapolable a Turquía. Aunque por el momento una revolución popular es algo lejano, el Islam parece estar ganando más y más terreno a medida que la superpoblación estira los recursos de las ciudades, las autoridades se ven incapaces de atender al bienestar de todos sus ciudadanos y la religión va ocupando los huecos que en su día habitó la ideología política.

Mientras bajaba por la colina sorteando grupos de niños que disfrutaban del soleado día de excursión, me pregunté durante cuánto tiempo podría seguir viviendo Turquía a la sombra de un hombre muerto hace tantos años. Es poco probable que en la Turquía de hoy -en el mundo de hoy-, surja alguien con el carisma, la energía, la capacidad y las ideas tan claras como Atatürk. La Turquía moderna que se levantó de los estertores del multinacional imperio otomano tras la Primera Guerra Mundial fue el sueño de un solo hombre, un auténtico revolucionario porque cambió el sistema de valores de todo un pueblo. Supuso acertadamente que las potencias europeas habían derrotado al sultanato otomano no gracias a sus ejércitos, sino por su grado superior de civilización. Turquía debía, por tanto, occidentalizarse. No es coincidencia que ningún musulmán tenga tan alta valoración en Occidente como Atatürk.

El Kemalismo es un deseo de identificarse con el Oeste, un modo de vida que muestra desprecio por el
mundo árabe. Celebra el paganismo sobre el Islam, proporciona a los turcos un mito nacional y emocional que es completamente secular y por tanto no tiene equivalente en otras sociedades musulmanas, donde todos los mitos son religiosos. El mausoleo de Ataturk, en Anit Kabir, es una reafirmación de ello en mármol y piedra, un gigantesco templo helenístico, un monumento arquitectónicamente pagano. Mientras caminaba por allí a la vista de los soldados, pensé de nuevo que si Adolf Hitler hubiera muerto de manera natural, esta es la clase de tumba que hubiera deseado.

Firme y compasivo al tiempo y alternativamente, Kemal fue, en verdad, un Padre para los Turcos. Su
retrato adorna las paredes de todas las oficinas gubernamentales –y muchas de las viviendas particulares-. Forjó un estado independiente para las masas de campesinos analfabetos y hambrientos de Anatolia y los refugiados musulmanes provenientes de otras partes del Imperio Otomano. Por la sola fuerza de su voluntad y su carisma, venció la inercia y el conservadurismo para darle al país un nuevo alfabeto, nuevas leyes, nuevas costumbres… una nueva vida.

El propio Atatürk era prisionero a su vez de las contradicciones que trajo su política occidentalizante. Sus hijas adoptivas eran cuidadas por un eunuco negro de estilo otomano mientras que su educación corría a cargo de una institutriz suiza. Estaba realmente comprometido con la misión de dar a las mujeres un estatus de igualdad en la sociedad, pero no seguía las mismas directrices en su vida privada. Como muchos de sus compatriotas, amaba las canciones populares de su región natal, pero les obligó a aprender música de tipo occidental. Mientras sentaba las bases de un estado democrático con una economía progresista y un papel relevante en la diplomacia regional, era en la práctica un autócrata, cabeza de un partido único centralizado –aunque no brutal y asesino- que mantuvo al país económicamente aislado del resto del mundo.

La revolución de Atatürk no fue un éxito inmediato. Sus metas secularizadoras se mantienen vivas no sólo gracias a los militares, sino también por buena parte de la ciudadanía. Sin embargo, las cosas están cambiando y su legado, con un partido proislamista en el poder y un boom demográfico urbano para el que las ciudades no están preparadas, amenaza con disolverse.
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viernes, 13 de abril de 2012

ANIT KABIR: El mausoleo sagrado de un héroe laico (1)


Si hay algún lugar sagrado para los turcos en Ankara es el lugar de reposo eterno del padre de la patria, el Anit Kabir. Edificado en lo alto de una colina preservada de la urbanización por extensos jardines y con accesos fuertemente custodiados, el mausoleo de Mustafá Kemal, "Atatürk" no puede por menos de sorprender. Arquitectónicamente es mediocre, el tipo de monumento funerario que le hubiera gustado a Hitler o Stalin, con ese aspecto tan austero como grandioso, de líneas rectas y sobrias, amplios espacios e intención intimidatoria. Una vía procesional jalonada por estatuas de leones, símbolo hitita del valor y la fuerza, conduce al visitante a un amplio patio embaldosado rodeado por alas porticadas. El mausoleo propiamente dicho se eleva sobre una plataforma que se salva con una larga escalinata, en lo alto de la cual soldados de las tres armas del ejército velan por la seguridad y solemnidad del lugar.

¿A quién se le prestan tales honores de héroe de la patria? ¿Un santo? ¿Un rey? Pues a ninguna de las dos cosas, sino todo lo contrario. Pero antes hemos de remontarnos algo en el tiempo.

A comienzos del siglo XX, el Imperio Otomano agonizaba. La organización militar del gobierno, el sistema de propiedad y la influencia conservadora del Islam habían provocado severos retrasos en los ámbitos social, militar, científico y económico, retrasos que no habían podido recuperarse con las reformas comenzadas y nunca culminadas por varios sultanes. A todo ello se unía el derrumbe del sistema multicultural que había permitido convivir -juntos pero sin mezclarse- a diferentes comunidades étnicas. Los nacionalismos griego, armenio, árabe, albanés, rumano o serbio, entre otros, deshicieron la unidad política.

A río revuelto, ganancia de pescadores. Eso es lo que pensaron las potencias europeas (Inglaterra, Francia, Italia, Alemania y Rusia), que esperaban con los ojos puestos en un posible reparto de las sobras. Utilizando la religión como excusa, declararon que era su obligación proteger a católicos y protestantes del caos y la anarquía, asegurándose así de interferir en los asuntos turcos. Contemplando la debacle, un grupo de turcos pertenecientes a la elite de la sociedad se agruparon en sociedades secretas cuyo objetivo era derrocar al sultán. En 1908, ese movimiento, conocido como Jóvenes Turcos ya contaba con suficiente poder como para obligar a reinstaurar la constitución.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano cometió un error fatal: aliarse con Alemania y las potencias centrales. Durante esos años, aunque el sultán aún ocupaba el trono, el imperio estaba gobernado por tres miembros de los Jóvenes Turcos bajo la forma del Comité de Unión y Progreso. Puede que por fin instauraran una autoridad fuerte en el vasto imperio, pero sus políticas violentas y genocidas empeoraron aún más la situación. Fue entonces, entre 1915 y 1923 cuando tuvieron lugar las masacres de armenios en el este.

Con la derrota de las potencias centrales en el conflicto mundial, el imperio otomano se colapsó. Estambul y zonas de Anatolia fueron ocupadas por los ejércitos europeos y el sultán se convirtió en una marioneta de los vencedores. Desde el principio de la contienda los aliados habían estado planeando el desmembramiento del imperio e incluso prometiendo trozos del mismo a diferentes pueblos y facciones con el fin de ganarse su apoyo en la guerra, desde los judíos hasta los árabes pasando por los armenios. Al final ocurrió lo que tenía que ocurrir: se encontraron con más promesas que territorios y decidieron partir Anatolia para satisfacer las ambiciones de los diferentes aliados. Se trataba de repartirse el pastel entre los cristianos, dejando a los musulmanes arrinconados en Anatolia, una región árida y sin acceso al mar.

Las cosas se presentaban mal para los turcos habida cuenta de que sus ejércitos se habían disuelto y que los aliados habían asumido el control del país. Pero entonces, una catástrofe dio la vuelta a la tortilla.

Desde su independencia en 1830, los helenos habían acariciado la idea de la Gran Grecia, un
nuevo imperio que incluyera todas las tierras que un día habían estado bajo dominio griego (en realidad, la refundación del Imperio Bizantino). Durante la Primera Guerra Mundial, los aliados habían ofrecido a Grecia la ciudad de Esmirna (hoy rebautizada como Izmir) y el 15 de mayo de 1919, los griegos desembarcaron en esa ciudad de la costa turca. Para los turcos aquello fue la gota que colmó el vaso: sus antiguos súbditos capturando una ciudad otomana y avanzando hacia el interior a gran velocidad. Incluso antes de la invasión griega, Mustafa Kemal, el oficial que había dirigido con éxito las tropas turcas en la campaña de Gallipolli, ya había decidido que un nuevo gobierno debía reemplazar al sultán y había organizado una resistencia armada. La invasión griega fue sólo el revulsivo necesario para atraer al pueblo hacia sus planteamientos.

La guerra turca de independencia se prolongó de 1920 a 1922. En septiembre de 1921 los griegos casi habían llegado a Ankara, el cuartel general nacionalista, pero los turcos consiguieron hacerles frente en campo abierto en Sakarya y mantenerlos a raya. Un año después dio inicio la contraofensiva, empujando a los griegos de vuelta a Esmirna y expulsándolos de Anatolia en septiembre de 1922.

La victoria sobre los griegos confirmó a Mustafa Kemal como héroe nacional. Tenía las riendas del país en sus manos. El sultanato y el imperio otomano fueron abolidos y se estableció una República en Anatolia y Tracia oriental. Los humillantes tratados firmados tras la Guerra Mundial fueron renegociados y por el tratado de Lausana (1923) Turquía abandonaba sus reclamaciones sobre territorios en los que no hubiera mayoría de turcos a cambio de recobrar un par de islas y Tracia oriental, en la orilla europea del estrecho del Bósforo.

Se produjo entonces una limpieza étnica organizada: los turcos de Grecia fueron expulsados de
ese país, y los griegos de Turquía fueron privados de sus propiedades y enviados a Grecia. Los libros a menudo despachan esta cuestión en cuatro líneas sin dar idea de la tragedia humana que supuso y que hoy parece haberse olvidado. Durante los meses subsiguientes a la ocupación de Esmirna por los turcos, más de 800.000 griegos regresaron a “su” país, un país del que no sabían nada, cuyo idioma difería tremendamente del suyo y sin llevar consigo más que lo que podían acarrear. Cargamento tras cargamento, llegaban apiñados en las cubiertas y las bodegas de los barcos, muchos de ellos desnudos y famélicos. Algunos llevaban aún entre sus brazos los cuerpos de criaturas muertas que no habían podido sepultar. Con ellos llegaron los gérmenes del tifus y la viruela. Destrozados por la guerra, en la ruina total, debilitados por la falta de comida y diezmados por la carencia de medicinas, eran recibidos por Grecia. En los presurosamente improvisados campos de refugiados morían como moscas. En las afueras de Atenas, del Pireo y de Salónica, una multitud informe yacía congelándose en medio del frío del invierno griego. Finalmente, el desastre humanitario fue solucionado gracias a un esfuerzo conjunto de varias naciones que acudieron en ayuda de los refugiados.

Mientras tanto, en Turquía, Mustafá Kemal, rebautizado Ataturk (“padre de los turcos"), proclamó la república en 1923 y emprendió una serie de reformas que cambiaría la historia de su país de un modo radical.

A cada lado de la gran entrada a su mausoleo hay colgados dos paneles de piedra pulida en los
que están inscritos extractos del discurso que Ataturk dio con ocasión del aniversario de la República en 1932. Las masivas puertas son de cobre, es necesario descubrirse y adoptar una actitud de profundo respeto a tenor de las severas miradas de los soldados y el ambiente reinante de solemnidad. Dentro del mausoleo continúa una austeridad de diseño que choca con la riqueza de los materiales: mármoles policromados de tonos oscuros cubren los suelos, los altos techos los soportan vigas doradas y los muros son de granito. Varias personas limpian y abrillantan continuamente los suelos. Grandes candelabros proporcionan un leve resplandor. La tumba se halla al fondo, un sepulcro de soldado, un sarcófago de mármol sin decoración alguna. Se alza sobre un pedestal tras el cual se abre un enorme ventanal que ilumina la estancia. Las dimensiones del recinto permiten a las aves entrar y salir del lugar a voluntad.

Todo el lugar irradiaba un sentimiento de reverencia abrumador. Un numeroso grupo de alumnos de instituto, todos uniformados con camisas escarlata, formaban al estilo militar al pie de la escalinata esperando su turno para rendir homenaje al fallecido líder. Por delante de ellos, una delegación diplomática de rusos escoltados por sus fornidos guardaespaldas y militares turcos, depositaban una corona de flores a los pies de la tumba, poniéndose firmes a continuación mientras sonaba el himno de la patria. A lo largo de la mañana, un número inmenso de gente desfiló por aquí. Cuando volví al lugar al día siguiente la afluencia de visitantes, todos turcos, era la misma. Abundaban los grupos de escolares acompañados por sus profesores, una especie de peregrinación institucionalizada que todo turco parecía tener que realizar, el equivalente laico a la peregrinación a la Meca. Y es que, efectivamente, todo tenía un aire religioso que no estoy seguro que el laico Atatúrk hubiera aprobado.

Los subterráneos de las alas porticadas albergaban un extenso museo en el que se guardaban los objetos personales de Atatürk, desde los inevitables uniformes y condecoraciones hasta un primitivo equipo de fitness, objetos de aseo personal, pijamas, chisteras, su biblioteca completa -muy extensa y con numerosos volúmenes en francés- e incluso su perro favorito disecado. Una vitrina iluminada mostraba una figura de cera muy bien conseguida del personaje. No muy alto, ya envejecido pero con un aspecto orgulloso y vestido con frac, casi se podía sentir el magnetismo de aquel turco poco convencional, de penetrantes ojos azules enmarcados por unas cejas que resaltaban aún más la mirada. Quizá fue su poco convencional aspecto lo que en parte podría explicar la fascinación que ejerce aún hoy sobre su pueblo.

Recorrí a continuación una serie de salas en las que básicamente se exponían grandes cuadros de calidad variable y con más interés mitificador que estético, en los que se ilustraba la lucha de Turquía por su independencia.

Grandes dioramas que mezclaban pinturas con modelos y maniquíes a escala natural
reproducían episodios gloriosos de la Primera Guerra Mundial. Allí, Ataturk aparecía en lo alto de una colina, rodeado por sus generales como Jesucristo de sus apóstoles, mientras sus soldados daban muestras de heroísmo sin límite e insólita humanidad, rescatando a soldados enemigos australianos y transportándolos sobre sus hombros para ponerlos a salvo. Las mujeres, jóvenes y ancianas, acarreaban cestas de tierra para construir parapetos... todo ello ambientado con una atronadora música patriótica punteada por cañonazos y disparos. Atatürk y sus generales, Atatürk saliendo de la Asamblea Nacional en loor de multitudes, el pueblo turco (con profusión de mujeres) entregando alegre y desinteresadamente contribuciones en especie al esfuerzo de guerra... un lienzo del gran hombre dominaba el final de un pasillo, un retrato de 4 metros de altura flanqueado por banderas. La delegación soviética recorría las salas acompañada de un intérprete. Todos aquellos rusos tenían edad suficiente como para que aquel culto a la personalidad, deformación histórica y exaltación patriótica les resultara familiar.

Pensé que por mucho que Turquía quiera ofrecer una imagen de país moderno y preparado para ingresar en el club europeo, aquella muestra de culto ciego a la personalidad tenía más en común con las tiranías del Próximo y Medio Oriente que con una aséptica democracia parlamentaria. Ese mismo despliegue publicitario se puede ver en Siria con Asad y su prole, o en el Iraq de la preguerra con el omnipresente Sadam Hussein; o en Irán y su ceñudo Jomeini. Esta alabanza del poder, del líder, tiene también conexiones con las dictaduras comunistas y, en cualquier caso, no es un signo de flexibilidad librepensadora. Es cierto que el amor a la patria une al país y le da una base común pero, al mismo tiempo, sirve de excusa para acallar cualquier crítica, cualquier revisión histórica. Ello es especialmente sangrante en el caso del genocidio armenio o, ya puestos, en la limpieza étnica de griegos tras la Primera Guerra Mundial.

(Continúa en la siguiente entrada)

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