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martes, 16 de julio de 2013

El Palacio Real de Phnom Penh - Decorado para un monarca de película




Cuando los tailandeses conquistaron Angkor a finales del siglo XIV, la disminuida corte jemer huyó hasta una llanura aluvial lo suficientemente alejada de las fuerzas enemigas. Por supuesto, cuando se está empezando de nuevo tras haber sufrido un duro revés y en tiempos de graves crisis políticas, siempre viene bien una ayudita divina. El hallazgo de una reliquia supondría un buen empujón para la hundida moral. Y eso fue lo que sucedió. Una mujer llamada Penh encontró cuatro estatuas de Buda depositadas en las orillas del rio Mekong. Buen augurio que permitiría a la recién fundada ciudad beneficiarse de la afluencia de peregrinos deseosos de contemplar las milagrosas estatuas. Había nacido Phnom Penh (“La Colina de Pehn).

La leyenda ha seleccionado a la buena señora de Penh como ganadora del concurso a fundador de la moderna capital de Camboya. Pero la realidad fue probablemente menos religiosa y sí más pragmática. Angkor estaba mal situada para el comercio y, peor aún, sometida a la continua amenaza del reino siamés de Ayuthaya. Phnom Penh, en cambio, tenía una ubicación más céntrica dentro de los territorios jemeres y estaba perfectamente ubicada para el comercio fluvial con Laos y China a través del delta del Mekong, a la vez que el río Tonlé Sap ofrecía acceso a las aguas ricas en pesca del lago del mismo nombre.

Phnom Penh conservó su estatus de capital real durante 73 años, desde 1432 a 1505. Después, la corte estuvo cambiando de lugar durante 360 años debido a luchas intestinas entre los diferentes pretendientes. Pero la ciudad ya existía y no dejó de crecer: a mediados del siglo XVI, el comercio la había convertido en una potencia regional, atrayendo a gran cantidad de comerciantes chinos e indonesios.

Un siglo más tarde, sin embargo, las incursiones vietnamitas en territorio jemer habían privado a la
ciudad del acceso a las vías marítimas, y los comerciantes chinos conducidos al sur por la dinastía manchú empezaron a monopolizar el comercio. El reino, sin salida al mar y cada vez más aislado, se convirtió en un estado tapón entre los pujantes tailandeses y los agresivos vietnamitas. En 1772, los tailandeses redujeron Phnom Penh a cenizas. Aunque fue reconstruida, se vio continuamente perturbada por las intrigas rivales entre tailandeses y vietnamitas, hasta que los franceses se hicieron con el control de la zona en 1863. Durante todo ese periodo de incertidumbre la población de la ciudad no sobrepasó la cifra de 25.000 habitantes.

El protectorado francés en Camboya dio a Phnom Penh el trazado que presenta actualmente. La ciudad se dividió en barrios o quartiers y muchos monumentos importantes fueron edificados en esa época: el Museo Nacional, el mercado central, los edificios ministeriales… y el Palacio Real.

El impresionante Palacio se alza en el centro de la capital y cerca del río Tonle Sap, no lejos de donde
éste confluye con el Mekong. Con sus clásicos techos anaranjados con ornamentaciones doradas y unas formas verticales y estilizadas, los edificios del palacio dominan la silueta de la ciudad. Es un complejo impresionante, que recuerda a su homólogo en Bangkok. Escondido tras unos muros encalados y a la sombra de impresionantes edificios ceremoniales, el palacio es un oasis de tranquilidad con exuberantes jardines, setos cuidadosamente recortados y macizos de flores elegantemente dispuestos. Todo está tan nuevo, tan recién pintado, luce tan "real" que se diría nos hallamos en un parque temático, sensación que viene reforzada por los grupos de turistas que se distribuyen por los amplios espacios que separan los edificios. Eso sí, las autoridades obligan a los visitantes a mantener cierto decoro en el vestuario: como mínimo es necesario llevar pantalones hasta la rodilla y camisetas o blusas hasta el codo. De lo contrario, ha de alquilarse un atuendo apropiado para cubrirse según lo exigido.

Y es que, al fin y al cabo, el lugar sigue siendo la residencia oficial del monarca y no conviene que turistas occidentales en horribles pantalones cortos o desvergonzados tops sin mangas mancillen el espíritu del sitio. La mitad del complejo está cerrado al público y a los visitantes solo se les permite ver la Pagoda de Plata, el Salón del Trono y sus terrenos circundantes.

El Palacio Real nació con la recuperación de la monarquía jemer en el siglo XIX, tras un periodo de inestabilidad en el que Camboya estuvo cerca de ser absorbida por sus vecinos. La era del toma y daca entre siameses y vietnamitas llegó a su fin en 1864, cuando cañones franceses intimidaron al rey Norodom I (1860-1904) hasta que firmó un tratado que consagraba el territorio como un protectorado. Irónicamente, se trataba de un protectorado literal, es decir, un espacio protegido, porque Camboya corría el peligro de desaparecer del mapa. El control francés de Camboya se ejerció como una campaña supeditada a sus intereses en Vietnam, increíblemente parecida a la experiencia americana que se vivió un siglo después, y que inicialmente implicaba pocas interferencias directas en los temas internos de Camboya. La presencia francesa también ayudó a mantener a Norodom en el trono a pesar de las ambiciones de sus rebeldes hermanastros.

En la década de 1870, los oficiales franceses asentados en Camboya empezaron a ejercer presión para tener un mayor control sobre los asuntos internos. En 1884, Norodom se vio forzado a firmar un tratado que transformó su país en una auténtica colonia, provocando una rebelión de dos años que constituyó el único gran levantamiento en Camboya hasta la Segunda Guerra Mundial. La rebelión tan sólo finalizó cuando el rey persuadió a los sublevados para abandonar las armas a cambio del retorno al statu quo anterior.

Durante las décadas siguientes, los oficiales camboyanos de alto rango abrieron la puerta al control francés directo sobre el día a día de la administración del país, al ver en ello ciertas ventajas. Los franceses mantuvieron la corte de Norodom en un esplendor desconocido desde el apogeo de Angkor, lo que ayudó a afianzar la posición de la monarquía. 


A Norodom I le sucedió Sisowath (1904-1927), y a éste, el rey Monivong (1927-1941). A la muerte
de Monivong, el gobernador general francés de la Indochina ocupada por el agresivo Japón de la Segunda Guerra Mundial, el almirante Jean Decoux, colocó al príncipe Norodom Sihanuk, de 19 años, en el trono camboyano. Las autoridades francesas supusieron que el joven Sihanuk sería un mero títere, pero cometieron un grave error de cálculo. Se convirtió en una figura clave en el desordenado mundo de la política camboyana, un personaje de proporciones épicas, muy dado a posiciones políticas cambiantes, cuyas proezas amorosas (le apodaban "el príncipe galán") dominaron los primeros años de su vida. Más tarde se convirtió en el príncipe que dirigió a la nación en sus primeros pasos tras el fin del colonialismo francés, gobernó Camboya en sus años dorados, fue encarcelado por los jemeres rojos y, desde un exilio privilegiado, al final volvió triunfante como rey. Un camaleón político que ha demostrado ser un auténtico superviviente.

Sihanuk se consideraba el padre de la nación y se dirigía a su pueblo llamándolo "mes enfants". Durante sus frecuentes viajes por el país, multitudes vociferantes se agolpaban a ambos lados de las carreteras con la ilusión de verlo, y había quien recorría largas distancias sólo para tocar el suelo que él había pisado. Era un hombre inteligente, calculador, imprevisible, carismático, apasionado, histérico e increíblemente vanidoso. También era un animal político impredecible y un astuto negociador, como demostró en sus conversaciones con los franceses, que culminaron con la independencia total de Camboya en noviembre de 1953.

El período que siguió a la independencia estuvo marcado por la paz y prosperidad; fueron los años dorados de Camboya, una época de creatividad y optimismo. Phnom Penh aumentó de tamaño y los templos de Angkor se convirtieron en el mayor reclamo turístico del Sureste Asiático mientras Sihanuk recibía a muchos líderes influyentes de todo el mundo. No obstante, la guerra de Vietnam pronto iba a extenderse a los países vecinos.

En 1955, Sihanuk abdicó, temeroso de ser marginado del poder. El “cruzado real” se convirtió en “ciudadano Sihanouk”. Juró no volver nunca más al trono, el cual fue ocupado por su padre. Fue un golpe maestro que ofreció a Sihanuk tanto autoridad real como poder político supremo. Su partido recién creado, Sangkum Reastr Niyum (Comunidad Socialista Popular), ganó todos los escaños del parlamento en las elecciones de septiembre de 1955 y Sihanuk dirigió la política del país durante los 15 años siguientes.

Aunque temía a los comunistas vietnamitas, Sihanuk consideraba a Vietnam del Sur y Tailandia, ambos aliados de EEUU, como las mayores amenazas para la seguridad de Camboya, e incluso para su supervivencia. En un intento por esquivar estas amenazas, declaró la neutralidad de Camboya y rechazó aceptar más ayuda estadounidense, que hasta entonces había significado una parte importante del presupuesto militar del país. También nacionalizó muchas industrias, incluido el negocio arrocero. En 1965, Sihanuk, convencido de que EEUU había estado conspirando contra él y su familia, rompió relaciones diplomáticas con Washington y se alió con los norvietnamitas y China. En privado consideraba que los comunistas ganarían la guerra y permitió que el ejército norvietnamita y el Viet Cong trasladaran sus provisiones en secreto por la línea ferroviaria de Ho Chi Minh y desde el puerto camboyano de Konpong Song. Creía que, al permitir estos transportes, Camboya quedaría al margen de los estragos de la guerra. Era una apuesta arriesgada y con el tiempo se demostró nefasta para el país.

Estos movimientos y las políticas económicas socialistas emprendidas, hicieron que los elementos conservadores de la sociedad camboyana fueran apartados del poder, incluidos los jefes militares y la élite urbana. A su vez, los camboyanos de izquierdas, muchos de ellos educados en el extranjero, expresaron su desacuerdo con la política doméstica. Agravó los problemas de Sihanuk el hecho de que todas las clases sociales estuvieran hartas de la corrupción dominante en las esferas gubernamentales y en los círculos cercanos a la familia real. Según la sabiduría convencional, Sihanuk era Camboya, y su liderazgo, la clave del éxito nacional. Sin embargo, cuando el país se vio afectado por la guerra de Vietnam y aunque la mayoría de campesinos reverenciaban a su rey como una figura semidivina, empezó a ser considerado un lastre. Con la economía destrozada, su obsesivo interés en la industria cinematográfica camboyana y sus anuncios públicos declarando a Camboya “un oasis de paz”, indicaban que era un hombre que no sólo había abdicado del trono sino también de la realidad. A resultas de todo ello, en 1967 estalló una rebelión rural en la provincia de Battambang, que hizo que el monarca considerara que la mayor amenaza para su régimen venía de la izquierda. Cediendo a las presiones del Ejército, puso en marcha una dura política represiva contra la disidencia izquierdista.

En 1969, el conflicto entre el ejército y los rebeldes comunistas había empeorado, pues los vietnamitas buscaban asilo en Camboya. La posición política de Sihanuk se había deteriorado, debido en parte, ya lo hemos dicho, a su obsesión por el séptimo arte, que le restaba tiempo para su trabajo de gobernante. En marzo de 1970, mientras Sihanuk se encontraba de viaje en Francia, el general Lon Nol y el príncipe Sisowath Sirk Matak, primo de Sihanuk, le depusieron como jefe de Estado, aparentemente con el consentimiento tácito de EEUU. Sihanuk marchó a Beijing, donde estableció un régimen en el exilio en alianza con un movimiento revolucionario camboyano que el monarca había apodado “jemeres rojos”. Fue un momento clave para la historia contemporánea camboyana, pues los jemeres rojos utilizaron su asociación con Sihanuk para atraer nuevas incorporaciones a su entonces pequeña organización. Los primeros jemeres rojos afirmaban que “iban a las montañas” (un eufemismo para denominar el alistamiento en el que vivía su organización) para luchar por su rey, y no sabían nada de Mao ni del marxismo.

Se habían trazado las bases para una sangrienta etapa de guerra civil. Sihanuk fue condenado a muerte in absentia, un movimiento excesivo por parte del nuevo gobierno que impidió cualquier tipo de compromiso durante los cinco años siguientes. Lon Nol dio a las tropas comunistas vietnamitas un ultimátum para que se retiraran en una semana, lo que equivalía a una declaración virtual de guerra, pues los soldados vietnamitas se negaban a volver a su país para enfrentarse a los norteamericanos.

El resto de la historia fue una horrible tragedia de guerra, muerte, bombardeos, triunfo de los jemeres y apocalipsis.

El Salón del Trono era el pabellón en el que los consejeros, generales y funcionarios del rey
desempeñaban sus labores. Aún se utiliza con ocasión de ceremonias religiosas o reales (coronaciones, bodas) así como espacio de recepción en el que los diplomáticos presentan sus credenciales. Con forma de cruz, el Salón está coronado por tres espiras, la central de 59 metros de alto y con una cabeza de cuatro rostros de Brahma inspirada en el templo de Bayon en Angkor. Originalmente, se trató de una gran estructura de madera levantada por el rey Norodom en 1870. En 1915 fue demolido siguiendo órdenes del rey Sisowath, quien pasó a erigir uno en piedra. Muchos de los objetos que en otra época había expuestos fueron destruidos por los jemeres rojos.

Muchos de los edificios del complejo se construyeron siguiendo el estilo arquitectónico y artístico tradicional jemer, pero incorporando características europeas provenientes de la influencia francesa. Es a los galos a los que se debe el extraño edificio de hierro grisáceo que vemos en la explanada, diseñado sin tener en cuenta el clima camboyano, que fue ofrecido al rey Norodom por Napoleón III de Francia y que ofrece un extraño contraste con el resto, como si hubiera caído del cielo.

La Pagoda de Plata es el otro pabellón "estrella" del conjunto real abierto a las visitas. Se trata en realidad de un pequeño complejo situado al sur de la explanada. Su nombre proviene de su suelo, cubierto por más de 5.000 baldosas de plata con un peso de 1 kg cada una. Cerca de la entrada se puede echar un vistazo a unas cuantas de esas baldosas, ya que la mayoría están cubiertas con alfombras para protegerlas. También conocida como Wat Preah Keo (pagoda del Buda Esmeralda), la pagoda fue originalmente construida en madera en 1892 durante el reinado de Norodom -quien aparentemente se inspiró en el Wat Phra Keo de Bangkok-, y posteriormente reconstruida en 1962.

La escalera que conduce a la pagoda de Plata es de mármol italiano. En su interior, el Buda Esmeralda -que, digan lo que digan los camboyanos, está casi con seguridad hecho de cristal de bacarrá-, se sienta en un pedestal dorado en lo alto de una tarima. Enfrente hay un buda de oro de tamaño real decorado con 9.584 diamantes, el más grande de los cuales es de 25 quilates. Creado en los talleres del palacio alrededor de 1907, este buda de oro pesa unos 90 kg. Justo delante de esta figura hay una stupa en miniatura de oro y plata que contiene una reliquia de Buda traída desde Sri Lanka. A la izquierda hay un buda de bronce de 80 kg y, a la derecha, otro de plata. Más allá hay estatuillas de oro macizo que describen la vida y milagros de Buda. A lo largo de los muros de la pagoda se exponen extraordinarios ejemplos de artesanía jemer, incluidas intrincadas máscaras que se utilizaban en la danza clásica y decenas de budas de oro. Los muchos objetos preciosos regalados a los monarcas camboyanos por los diferentes jefes de estado extranjeros quedan deslucidos al lado de tan diversas y fastuosas muestras de arte jemer.

Pregunté a un cuidador cómo era posible que los jemeres rojos hubieran preservado este edificio y
casi todo su contenido, habida cuenta de su fanatismo antirreligioso y odio hacia cualquier muestra de ostentación -entre otras cosas, quemaron todo el dinero que encontraron en el Banco Central camboyano cuando conquistaron Phnom Penh-. La respuesta era obvia: lo utilizaron como escaparate para los pocos dignatarios extranjeros que visitaron Camboya en aquel entonces. Los ilusos políticos eran traídos hasta aquí y deslumbrados con el patrimonio histórico jemer al tiempo que aleccionados sobre el interés del régimen por la conservación de las riquezas culturales. Mientras tanto, a poca distancia, en la prisión de Tuol Sleng, ejecutaban diariamente a docenas de personas tras torturarlas salvajemente.

Hay otros edificios notables, como el Chan Chaya o Pabellón de la Luz Lunar, que todavía cumple su función original: servir de escenario para los espectáculos de danza clásica camboyana; o el Palacio Khemarin, la residencia del rey, separado del resto del complejo por un muro. Pero es desde la explanada, con las vistas de los bellos edificios, mezcla de lo moderno y lo antiguo, de lo secular y lo sagrado, de lo oriental y lo occidental, donde se capta mejor el espíritu de la Historia.

Para salir de uno de los pabellones se atraviesa un pasillo en cuyas paredes colgaban retratos y fotografías en blanco y negro de Sihanuk, el rey todoterreno. Varias de ellas lo mostraban en compañía de estrellas del cine locales. Su obsesión enfermiza por el cine fue uno de los motivos que acabaron provocando su derrocamiento.

Entre 1965 y 1969, Sihanuk escribió, dirigió y produjo nueve largometrajes, una cifra que dejaría corto a cualquier prolífico director de Hollywood. Sihanuk se tomó muy en serio la realización de películas, y tanto su familia como los miembros de la Administración fueron invitados a aportar su granito de arena: el ministro de Asuntos Exteriores fue el protagonista masculino de su primera película, “Apsara” (Ninfa celestial, 1965), mientras que su propia hija, la princesa Bopha Devi, interpretó a la protagonista femenina. Cuando en esa misma película se requirió una exhibición de armamento, entró en acción la fuerza aérea, al igual que la flota de helicópteros y el ejército.

Sihanuk interpretó a menudo él mismo los papeles protagonistas. Entre sus interpretaciones más destacadas están la de un espíritu del bosque y la de un general victorioso. Quizá no fue ninguna sorpresa, dada la aparente adicción del rey por el mundo del celuloide, que Camboya desafiara a Cannes con su Festival Internacional de Cine de Phnom Penh. El festival se celebró en dos ocasiones, en 1968 y 1969. En ambas, Sihanuk ganó el premio principal. Posteriormente, el monarca siguió haciendo películas, y se calcula que a lo largo de su carrera rodó alrededor de 30 largometrajes.

Tras la victoria de los jemeres rojos el 17 de abril de 1975, Sihanuk regresó a Camboya como jefe del nuevo Estado llamado Kampuchea Democrática. Dimitió en menos de un año y quedó recluido en el Palacio Real como prisionero de los propios jemeres rojos a los que había defendido; allí se quedó hasta principios de 1979 cuando, en la víspera de la invasión vietnamita, fue enviado de nuevo a Beijing. Transcurriría más de una década hasta que Sihanuk finalmente pudo regresar a Camboya.

Este peculiar monarca nunca dejó de querer serlo todo para Camboya: estadista internacional,
general, presidente, director de cine, hombre del pueblo... El 24 de septiembre de 1993, después de 38 años en la política, se estableció una vez más como rey. Su segundo período como monarca fue frustrante; reinó más que gobernó, y debió situarse por detrás de los políticos. Abdicó el 7 de octubre de 2004. Se mencionaron muchos motivos para su abdicación (su edad, una salud maltrecha), pero la mayoría de observadores indican que se trató de una decisión política calculada para asegurar el futuro de la monarquía. Mientras los políticos estaban entretenidos escogiendo un sucesor, su hijo, el rey Sihamoni subió al trono y Camboya logró superar otra crisis. Sihanuk murió en octubre de 2012, pero tiene un puesto asegurado en la historia como el último de una larga sucesión de dioses-reyes de Angkor.

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lunes, 21 de enero de 2013

Angkor Wat : Belleza Eterna







La expansión de la cultura india por el Sudeste Asiático dio como resultado la construcción de alucinantes monumentos religiosos. Borobudur, en la isla de Java, fue uno. El otro, sin duda más impactante, fue Angkor Wat. A menudo considerado como la estructura religiosa más grande del mundo, este coloso de piedra es sencillamente único, una sorprendente mezcla de espiritualidad y simetría, la fusión de los principios materiales y espirituales de la cultura jemer y un ejemplo duradero de la devoción del hombre por sus dioses. Es el templo mejor conservado de toda la ciudad de Angkor, porque nunca fue abandonado a su suerte.

La adopción del hinduismo por parte de la realeza jemer de la ciudad de Angkor Thom llevó consigo la identificación de cada soberano jemer con un dios al que consideraba su protector. Estos reyes ordenaban alzar un templo en honor de esa deidad con la que se deseaba reunir después de su muerte. El templo constituye por tanto una expresión arquitectónica de tamaño gigantesco de esta tradición hinduista.


En este sentido, Angkor Wat fue probablemente construido como templo funerario para Suryavarman II (1112-1152) en honor a Visnú, el "Controlador del Mundo", la divinidad hindú con quien se identificaba a sí mismo. Más tarde, sin embargo, con el cambio de religión oficial, pasó a ser un wat o monasterio budista.

Además de sus dimensiones, hay mucho en Angkor Wat que lo hace único entre los templos que le rodean. Aunque el estilo jemer proviene de la India, está lejos de ser una mera copia del hindú y la inventiva y la imaginación de los constructores jemer, sin mencionar sus habilidades técnicas, lo convierten en un arte propio y bien diferenciado. La forma curva de las torres, de las cuales sobreviven sólo cinco de las nueve originales, puede derivarse en última instancia de Bhubaneswar, en la India, pero es bastante diferente, como también lo es su efecto total como brotes de un tallo común.

Igualmente significativo es el hecho de que el edificio esté orientado hacia el oeste, simbólicamente la dirección de la muerte, lo que en su día llevó a un gran número de eruditos a concluir que Angkor Wat debió haber sido concebido como una tumba. La idea se sustentaba por el hecho de que los magníficos bajorrelieves del templo se diseñaron para ser vistos en el sentido contrario a las agujas del reloj, una práctica que tiene sus precedentes en antiguos ritos funerarios hindúes. Visnú, sin embargo, a menudo también se asocia con el oeste, y en la actualidad se acepta que Angkor Wat sirvió principalmente como templo y mausoleo para Suryavarman II.

Los hombres religiosos de la época de Angkor se debían haber deleitado en sus múltiples capas llenas
de significado, de la misma forma que un experto en iconografía artística y arquitectónica europea podría deleitarse con las más ricas catedrales medievales. Las dimensiones espaciales de Angkor Wat son paralelas a las longitudes de las cuatro épocas del pensamiento clásico hindú. El visitante de Angkor Wat que atraviesa el paso elevado hasta la entrada principal y a través del patio hasta la torre central, que en su día contuvo una estatua de Visnú, está viajando metafóricamente de vuelta a la primera época de la creación del universo. Por todos sitios hay pistas, señales que hablan al peregrino. Yo sólo soy capaz de descifrar algunas de ellas.

Como los otros templos-montaña de Angkor, Angkor Wat también es una réplica en miniatura del universo. Primero, el visitante o peregrino atraviesa un foso de 190 m de ancho, que forma un rectángulo gigantesco de 1,5 km por 1,3 km, que hace que los fosos que rodean a los castillos europeos parezcan un juego de niños. Ese foso simboliza los océanos, y se salva por el oeste mediante un paso elevado de arenisca. Angkor Wat se construyó con bloques de arenisca transportados por vía fluvial a bordo de balsas que debían recorrer más de 50 km. La logística de tal operación es impresionante: se necesitó el trabajo de miles de personas en una época en la que no existían ni grúas ni camiones.

Atravesado el foso, llegamos a la pared rectangular exterior, que mide ¡1.025 m por 800 m!. Hay una
puerta en cada lado, pero la entrada principal, un porche de 235 m de ancho muy bien decorado con tallas y esculturas, está en el lado oeste. Hay una estatua de Visnú, de 3.25 m de altura, esculpida en un único bloque de arenisca, situada en la torre derecha. Los ocho brazos de Visnú sostienen un laberinto, una lanza, un disco, una caracola y otros objetos. Da igual que Visnú sea una deidad hindú y que su presencia aquí date de la época en la que Camboya seguía esa religión. La religiosidad natural del pueblo la ha incorporado al budismo con total naturalidad como lo demuestran los mechones de cabello que se ven a su alrededor: se trata de donaciones de gente joven próxima a contraer matrimonio y de peregrinos que dan las gracias por su buena fortuna.

Una avenida elevada de piedra, de 475 m de largo y 9,5 m de ancho y bordeada con barandillas con nagas, lleva desde la entrada principal hasta el templo central. La naga de siete cabezas, la serpiente universal, se convierte así en un simbólico puente en forma de arco iris para que el hombre alcance la morada de los dioses. Sus cabezas -una imagen recurrente en el hinduismo- representan los colores del arco iris (originalmente debió de haber estado pintada de brillantes colores). Resultan sorprendentes las similitudes entre los conceptos y los símbolos de diferentes religiones. La imaginería religiosa de las pinturas rupestres del Parque Nacional de Kakadu, en Australia, ya mostraban al arco iris asociado a la serpiente como puente entre la tierra y el cielo, una manifestación de lo sagrado; lo mismo ocurre en la teología de los incas.

El recorrido del peregrino nos conduce hasta la gran entrada cruciforme al complejo del templo propiamente dicho, que mide cerca de 200 m de largo. Todo aquí, desde el gran foso hasta las serpientes de piedra que vigilan mi camino, está diseñado para hacerle a uno sentir diminuto ante la majestad de Visnu.

El patio está dividido en cuatro por galerías maravillosamente decoradas. La planta es cuadrada, una forma inspirada por el mandala o carta divina usada como base del diseño de muchos templos hindúes. Las paredes de la galería inferior del templo están cubiertas con bajorrelieves. Los personajes de las escenas narran en una sucesión de alucinantes imágenes la cosmología hinduista, escenas del poema épico Mahabharata, episodios bélicos de la historia jemer y admoniciones sobre las torturas del infierno. A pesar de los más de ocho siglos de saqueos y erosión, las tallas, que ocupan una longitud superior a 800 metros y una superficie de 2.000 m2, han conservado su abrumadora belleza.

Empinados peldaños conducen al segundo nivel, delimitado por galerías, con torres en cada esquina. Otra empinada pendiente conduce al patio central, otra vez dividido en cuatro, con torres en las esquinas y, en el centro donde las galerías se cruzan, la torre central. El complejo del templo central está formado por tres plantas, cada una de ellas hecha de laterita, que encierran una plaza rodeada por galerías intrincadamente unidas entre sí. Dentro del plano espiritual del universo, estos patios representan los continentes rodeando la torre central.

Las esquinas de la segunda y tercera planta están jalonadas por torres, cada una rematada con simbólicos capullos de loto. A 31 m por encima del tercer nivel y 55 m por encima de la tierra está la torre central, el Monte Meru, que proporciona a todo el conjunto su sublime unidad. Las escaleras que llevan al nivel superior son muy empinadas, porque alcanzar el reino de los dioses no era una tarea fácil.

Se completa el peregrinaje al llegar a la torre central. Hemos llegado al centro de esta enorme representación del universo jemer, reflejo de una íntima relación entre la naturaleza, la arquitectura y el espíritu de tal intensidad que las construcciones contemporáneas parecen desprovistas de alma.

Los visitantes de Angkor Wat se ven sorprendidos por su impresionante grandeza y, de cerca, por el
minucioso detalle de sus fascinantes ornamentos decorativos y abundantes bajorrelieves, especialmente sus cautivadoras apsaras, las ninfas celestiales encargadas de transmitir la alegría del Paraíso a los dioses. Eran las consortes de los dioses, los héroes y los reyes y fueron creadas durante la guerra entre los dioses y los demonios -el bien y el mal, otra constante humana-. Las atractivas mujeres celestiales usaron sus encantos femeninos para distraer a los demonios, facilitando así la victoria de los dioses. Jóvenes ataviadas y enjoyadas como las apsaras eran seleccionadas por los sacerdotes para ejecutar los bailes que se llevaban a cabo como parte del complejo ritual hindú.

Las bailarinas de piedra muestran la parte superior del cuerpo desnuda y únicamente visten una larga
falda. Asimismo, lucen peinados llenos de imaginación. Solamente en Angkor Wat se han contado más de 1.500 de tales representaciones. Cada figura es una obra maestra por sí sola. Ningún relieve es igual a otro.

A mediodía y de forma excepcional, Angkor Wat se alza silencioso. El húmedo calor y la hora del almuerzo han vaciado de turistas el recinto. La ausencia de densas masas de visitantes permite disfrutar de la calma, el silencio y la espiritualidad que a menudo se les hurta a los edificios religiosos. La austeridad de las piedras ennegrecidas y las sólidas torres laterales contrastan con las femeninas curvas y las cálidas sonrisas de las apsaras que dirigen sus miradas hacia nosotros desde todos los ángulos. El último paso del peregrinaje, sin embargo, el ascenso a la torre central para llegar al sancta sanctorum, resulta imposible de realizar ya que por motivos de restauración el acceso ha sido restringido.

Todavía hay campesinos en Camboya convencidos de que Angkor fue construido por dioses. Y lo parece. Aunque hoy sólo queden ruinas –aunque grandiosas-, la idea de querer emular a la divinidad sigue siendo el rasgo más sobrecogedor de Angkor Wat. Su magnificencia es la expresión en piedra del deseo de inmortalidad del hombre, de su voluntad de trascendencia, de dominar el tiempo y el espacio.

Si Angkor no consiguió ser una ciudad eterna, porque hace siglos que ya nadie vive allí, sí logró que los rasgos de sus estatuas, la finura de sus bajorrelieves y la armonía de sus monumentos fuesen de una belleza eterna.

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martes, 20 de noviembre de 2012

Bayón: Budismo y egolatría real


En el centro de Angkor Thom, la ciudad devorada por la selva y antaño llena de vida, sobrevive lo que siempre fue el edificio más importante de la urbe, el Bayon, un espectacular templo funerario rodeado por un foso. Ahora se sabe que fue construido por Jayavarman VII, aunque durante mucho tiempo sus orígenes permanecieron en la sombra. Envuelto en la densa jungla, a los investigadores también les costó bastante tiempo darse cuenta de que se encuentra en el centro exacto de la ciudad de Angkor. Todavía hay muchos misterios asociados con el Bayon –como su función exacta o su simbolismo-, algo que parece de lo más apropiado para un monumento cuya imagen es la de un enigmático rostro sonriente.

El Bayon fue único incluso entre sus pétreos contemporáneos, porque se trataba de un monumento no sólo a un hombre, sino a una nación y su religión. Hacia 1181, cuando comenzó la construcción de la ciudad de Angkor Thom, el imperio jemer había sustituido el hinduismo por el budismo como fe oficial, por lo que las imágenes e iconografía de ambas religiones se solaparon y fusionaron en su arte. Esto nos da una clave para comprender la presencia de las cabezas que vimos en las murallas de la entrada a la ciudad. Jayavarman VII se veía a sí mismo como un buda compasivo, por lo que aquellas grandes cabezas podían interpretarse bien como las de Buda bien como las del egocéntrico monarca. De ahí se infería que el rey era un bodisatva, un ser iluminado comprometido a ayudar a los demás.

Es un lugar de pasillos estrechos, empinados tramos de escaleras y, lo mejor de todo, una colección
de 54 torres góticas decoradas con 216 enormes rostros de Avalokiteshvara, que se parecen mucho al propio rey y que ofrecen una fría sonrisa. Estas enormes cabezas observan desde todos los ángulos, emanando poder y control mezclados con pequeñas dosis de humanidad, precisamente la combinación necesaria para dominar tan enorme imperio, asegurando que la dispar y remota población cediera sumisa a su magnánima voluntad. Al caminar por aquí, una docena o más de cabezas se hacen visibles de una sola vez, a cara completa o de perfil.

A diferencia de Angkor Wat, que impresiona desde todos sus ángulos, el Bayon, en la distancia, no parece más que un cúmulo de glorificados escombros. Únicamente cuando se entra al templo y se accede al tercer nivel, la magia se hace aparente. La estructura básica del Bayon la constituyen tres sencillos niveles, que se corresponden más o menos con las tres fases de construcción. Debido a la avanzada edad del rey Jayavarman VII al inicio de las obras, éste nunca confió en que pudiera ser acabada antes de su muerte. Solo cuando se completaba una fase, se pasaba a la siguiente. Los dos primeros niveles tienen forma cuadrangular y están decorados con bajorrelieves. Desde aquí se asciende a un tercer nivel, este circular, en el que se encuentran las torres y sus rostros.

Pero puede que el Bayon, además de su poder y simbolismo espiritual, hubiera sido el custodio de un mensaje político, aunque hoy no sea posible verlo de forma clara. Porque en su origen, una estatua de Jayavarman, desaparecida hace tiempo, se alzaba sobre el resto de las cabezas coronando toda la estructura. El aspecto triunfal y mundano del Bayon se refuerza por el kilómetro de bajorrelieves con más de 11.000 figuras que decoran sus muros. En ellos se recoge con detalle la victoria de los ejércitos jemeres liderados por el propio Jayavarman sobre los invasores cham.

Las tallas, no obstante, deben su fama no sólo a la representación de batallas, sino a la información
que nos han legado sobre la vida cotidiana en la Camboya del siglo XII. Efectivamente, son los únicos que no muestran temas mitológicos sino acontecimientos cotidianos del siglo XII: desfiles militares, hindúes adorando un lingam, gente despiojándose, mujeres dando a luz, personas jugando al ajedrez, peleas de gallos, mujeres vendiendo pescado en el mercado, animales persiguiendo personas, un circo jemer con equilibristas y enanos, gente comiendo en sus casas, trabajando el campo... Es curioso comprobar cómo muchos aspectos de la vida cotidiana de los antiguos jemeres son similares a los de hoy. Las casas, los mercados, los carros tirados por bueyes, los rickshaws, los instrumentos musicales actuales... son casi idénticos a los que unos anónimos escultores tallaron en granito hace ocho siglos.

Es, sin duda, un lugar con un poder extraordinario. Antes de marcharnos me detengo junto al foso y vuelvo a mirar al Bayon, sus cabezas del dios/rey se reflejan en las tranquilas aguas del foso que lo circunda. Parece como si aquellas caras hubieran sido talladas y colocadas en el lugar exacto que proclamara que el edificio estaba vivo, que era una estructura sagrada cuyas mismísimas piedras vibraban con energía.

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jueves, 11 de octubre de 2012

Ta Prohm - La ruina perfecta




Existen lugares en el mundo, cada vez más escasos, en los que, si se tiene suerte, todavía se puede sentir el eco del romántico espíritu de las hazañas de exploración de antaño. Uno de ellos es la ciudad "perdida" de Angkor, epítome de la transitoriedad de la gloria, de la fragilidad de la civilización y el inmenso y despiadado poder de la Naturaleza.

Una de las imágenes más evocadoras e icónicas de la figura del explorador es la del occidental blanco abriéndose paso a machetazos por la densa jungla para encontrarse, inesperadamente, con los grandiosos restos de una ciudad largo tiempo olvidada dominada por una arquitectura misteriosa e intimidante. Y eso fue precisamente lo que a mediados del siglo XIX le sucedió a Charles-Emile Bouillevaux, un misionero francés que se topó con unas colosales ruinas de paredes ricamente talladas engullidas por la selva.

Unos años más tarde, otro explorador francés, el naturalista Henri Mouhot, también quedó maravillado ante ese conjunto de más de cien templos budistas e hinduistas repletos de relieves y estatuas de extravagante belleza que ofrecían a sus ojos un extenso catálogo no sólo de las creencias y mitos de sus extintos habitantes, sino de su vida cotidiana: bailarinas, reyes, elefantes, guerreros, artesanos... Pero, ¿quiénes habían sido sus constructores? ¿cuál había sido la causa de su caída? ¿Cómo era posible que los antepasados de aquellos camboyanos sumidos en la miseria hubieran sido capaces de semejante hazaña? Era un enigma, porque los documentos históricos que se habían conservado acerca de la historia de Camboya no retrocedían más allá del siglo XV.

Los arqueólogos se pusieron a trabajar de inmediato y cuanto más averiguaban más asombrados quedaban. Angkor fue una enorme ciudad que llegó a contabilizar un millón de habitantes en sus años de apogeo, una cifra veinte veces superior a la de la mayor urbe europea de aquellos tiempos. Sus restos son colosales, pero no constituyen más que el esqueleto pétreo de un cuerpo urbano mayormente edificado de madera y paja. Sólo el ladrillo o la piedra, materiales reservados a los dioses, han sobrevivido a los siglos y la selva.

La enseñanza y divulgación histórica a las que debemos nuestros conocimientos son claramente
etnocentristas. Los logros de las civilizaciones geográficamente alejadas de la nuestra son dejados de lado sin tener en cuenta que sus éxitos merecen el mismo grado de consideración. Pero, aún así, hay otros factores que contribuyen a la marginación de las culturas asiáticas. Por ejemplo, a diferencia de griegos, romanos o árabes, no existe un abundante cuerpo de documentos escritos que hayan pasado de una cultura a otra a través del tiempo y ello fue debido a la costumbre tradicional de utilizar como soporte de escritura cortezas, hojas de palmera o pieles, todas ellas fácilmente degradables. Y, no menos importante, las claves religiosas y la visión antropocéntrica de estas civilizaciones son en muchos casos tan diferentes de la occidental que el desciframiento de sus claves -a menudo llevado a cabo por eruditos occidentales- requiere un esfuerzo adicional.

El imperio jemer, responsable de la edificación de Angkor, se extendió desde el año 802 d.C. hasta 1432 d.C. y nació a partir de grupos que salieron de los reinos meridionales de China para asentarse a lo largo del curso del río Mekong. En ese periodo, el imperio con base en Angkor se constituyó en una de las grandes potencias del Sudeste Asiático. En el curso de esos seis siglos, naturalmente, hubo de todo: auges y declives, prosperidad y confusión, guerras de invasión y revoluciones religiosas, conquista de imperios vecinos y rivalidades por la sucesión, destrucción y reconstrucción... Comenzó siendo una civilización de religión y cultura hinduistas para adoptar luego el budismo y su correspondiente legado espiritual e intelectual. Su prosperidad material se basó en la construcción de un sofisticado sistema de infraestructuras hidráulicas que aseguraba el alimento incluso en la época seca.

Los sucesivos reyes construyeron sus propios templos-montaña rodeados de lagos (una alegoría del
sagrado Monte Meru del hinduismo) que, a su vez, pasaban a formar parte del sistema hídrico de la ciudad. El declive llegó precisamente por causa del agua. Se cree que el sistema hidráulico de embalses y canales que sostenía la agricultura de Angkor se estiró demasiado. Lentamente empezó a encenagarse debido a la superpoblación y la deforestación. Como sucede actualmente en muchos puntos del planeta, la supervivencia acabó directamente ligada a la relación entre población y medioambiente. El deterioro del segundo tuvo su reflejo en la primera. Por otra parte, la incesante edificación de templos llevó a continuas tensiones económicas y sociales que desembocaron en la invasión de un pueblo de Vietnam del sur, los chams, que incendiaron la ciudad y saquearon sus tesoros en 1177. Los jemeres, liderados por Jayavarman VII, tardaron cuatro años en reaccionar y expulsar a los chams fuera de Angkor y Camboya. Jayavarman se convirtió en el rey más importante de la historia jemer. Una de sus maravillosas construcciones fue el Ta Prohm.

Conviene llegar a Ta Prohm a primera hora de la mañana, antes de que las multitudes de turistas inunden el lugar arruinando su silencioso encanto. Estas pintorescas ruinas son lo más parecido que podemos encontrar en Angkor a la visión que disfrutaron aquellos primeros exploradores. Porque, al contrario que otros templos de mayor tamaño, éste no ha sufrido un proceso de conservación que incluyera la limpieza de la cubierta vegetal. Ya se deba ello a la imposibilidad material de arrancar los árboles sin dañar los edificios -tal es el grado de simbiosis a que han llegado- ya sea por una motivación puramente estética, la visita a Ta Prohm constituye una experiencia única que ningún visitante de Angkor debe dejar pasar. Es cierto también que el recinto está lejos de ser salvaje y que los conservadores se ocupan en contener un avance descontrolado de la jungla que no sólo haría impracticable su apertura al turismo sino que acabaría por engullir a la propia construcción.

Un paseo por Ta Prohm es como caminar por el interior de un esqueleto sagrado tapizado de musgo, rodeado de una capa de vegetación y protegido del sol por una cubierta de frondosos árboles de edad indefinida. Sus raíces, como si tuvieran vida propia, emergen del suelo y abrazan con fuerza los frontones, galerías y muros, como si trataran de romper y tragar los bloques de piedra. Es como presenciar la escena congelada de un enorme drama en el que la Naturaleza se enfrenta con su fecundidad y paciencia a la obra del hombre vengándose por haber sido sometida durante siglos.

Esta misteriosa fusión de elementos orgánicos y minerales debió tener un aspecto muy diferente nada
más terminar su construcción por orden de Jayavarman VII. Tan importante o más que su faceta militar y política, la religión de este rey cambió la historia de su imperio y de la actual Camboya. Durante siglos la fuente de divinidad real reposó en la deidad hindú Siva -y a veces, en Visnú-. Jayavarman VII adoptó el budismo mahayana y dedicó sus oraciones a Avalokiteshvara, el bodhisattva de la compasión, para que lo iluminara durante su reinado. El budismo -en este caso el Mahayana- cree que la manera de escapar del ciclo de reencarnaciones era hacer méritos. En cambio, el budismo Theravada, que llegó más tarde y es el predominante hoy en día, consideraba que la salvación se conseguía mediante rituales y ceremonias personales.

Es posible que, siguiendo los pasos que en Occidente dio Constantino al abrazar el cristianismo, Jayavarman decidiera convertirse a una religión que ya gozaba de un amplio apoyo popular entre sus súbditos. Los expertos barajan también la posibilidad de que hubiera sido la destrucción de la ciudad de Angkor por los invasores cham la pieza que terminara de socavar la fe en el carácter divino de la realeza jemer. Era necesaria una nueva religión que ayudara a recuperar la confianza en algo más grande que el hombre.

Y la religión budista, claro está, tuvo su reflejo en la arquitectura. Jayavarman VII se embarcó en una mareante lista de proyectos para la construcción no sólo de templos, sino de toda una nueva ciudad, Angkor Thom, rodeada de murallas y un foso que formaba parte del complejo sistema de irrigación de Angkor.

Entre los templos construidos durante su reinado esta el Ta Prohm, levantado a partir de 1186 y
conocido entonces como Rajavihara (Monasterio del Rey). Originalmente dedicado a la madre del rey, es uno de los pocos de la región de Angkor donde las inscripciones en las paredes, datadas en el siglo XII, nos dan detalles sobre los trabajadores y sacerdotes que moraban en el interior de esta ciudad religiosa. Y es que Ta Prohm era mucho más que un templo. Su población era de nada menos que 12.640 habitantes, incluyendo 13 altos sacerdotes, 2.740 funcionarios, 615 bailarinas, artesanos y granjeros que trabajaban produciendo arroz para el sustento de los sacerdotes y funcionarios. ¡Qué espectáculo debió resultar la contemplación de la pompa y el lujo de la corte jemer, con todos sus colores y formas destacando contra el tapiz verde de la jungla!.

Pero como sucede con muchas cosas hermosas, este centro de culto religioso resultó ser más frágil de lo que sus rocas y pilares harían pensar. Hace ya siglos que desaparecieron las tiendas, los palacios, las bibliotecas y los hogares de sacerdotes, burócratas y artistas. Todo ha sido reclamado por una jungla imbatible. La obra del hombre, una vez más, no superó el enfrentamiento con la Naturaleza. Todo está envuelto en una sofocante cortina de vegetación que convierte a Ta Prohm en el lugar favorito de Angkor para mucha gente.

Grandes escarabajos y lagartos han excavado sus hogares en este laberinto de torres, patios cerrados y pasillos estrechos. Por muchos de los corredores ya no es posible pasar al hallarse obstruidos por grandes bloques de piedra delicadamente tallados, desplazados por las raíces de los árboles. Los bajorrelieves de las paredes están cubiertos de una pátina de liquen, musgo y plantas trepadoras, y los arbustos brotan desde los techos de las monumentales terrazas.

Grandes bloques de hasta una tonelada yacen en el suelo vencidos por la fuerza de la gravedad; otros aún la desafían, mostrando sus intimidades arquitectónicas. Ceibas centenarias, algunas apoyadas sobre arbotantes, dominan el ambiente mientras sus hojas filtran la luz del sol y proyectan una capa grisácea sobre toda la escena. De las muchas formaciones de raíces, la más conocida es la que está en el interior del gopura (pabellón de entrada) situado más al este del recinto central, apodado “árbol cocodrilo”. Antes se podía escalar hasta las galerías más dañadas, pero ahora está prohibido para proteger el templo -y a los visitantes-.

Es difícil imaginar un lugar tan ruinoso y desordenado que a la vez posea tanta plasticidad, tantos
recovecos imposibles de disposición tan perfecta. Así es como las ruinas deberían ser: salvajes, auténticas, la fusión perfecta de brillantez artística, devoción religiosa y esa caprichosa armonía propia del mundo natural. A ello se une el sentimiento morboso que da la certeza de que lo que se ve, esta arquitectura orgánica involuntariamente casada con la humana, no va a perdurar. Como todos los seres vivientes, Ta Prohm está muriendo. La vegetación lo devora. ¡Pero qué muerte más magnífica!

Aunque, pensándolo dos veces, quizá no dejen morir a la gallina de huevos de oro. Talarán los árboles, arrancarán las raíces que estrangulan las ruinas y volverán a poner las piedras una encima de la otra. Pero tampoco en este caso Ta Prohm seguirá siendo el mismo. Desaparecerá completamente esa ilusión que ahora nos invade, imaginando que somos el Indiana Jones galo que descubrió el lugar en un estado muy similar al que ahora vemos.

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