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jueves, 29 de julio de 2010

Valle de los Reyes: Pinturas para la Eternidad (1)


El motor del pequeño transbordador petardeaba sordamente rompiendo el silencio que parecía emanar del río. A las cinco de la mañana, Luxor comenzaba a despertar bajo un cielo contra el que se recortaban las siluetas de los globos aerostáticos cargados de turistas que disparaban sus cámaras fotográficas sobre la orilla oeste del Nilo, la región del ocaso, a la que los egipcios llamaban Amenti. Era el dominio de Osiris, dios de los muertos, también conocido como Khentamenti, Amo del Oeste. Con excepción del de Akenatón, el faraón herético, todos los enterramientos del Egipto dinástico tuvieron lugar en la orilla oeste.

Tras la bruma del amanecer se escondían el Valle de los Reyes, el Valle de las Reinas, las Tumbas de los Nobles, el Rameseum, los Colosos de Memnon, el Templo de la reina Hatshepsut... En la orilla este, a mis espaldas, se hallan los complejos religiosos de Luxor y Karnak... El 80% de lo que queda del Egipto clásico se halla en esta región.

Un corto trayecto en un taxi local me aleja de las cultivadas orillas del río para penetrar en la montañosa y árida porción de desierto que durante siglos custodió los restos de los reyes egipcios que aguardaban la mortalidad en el interior de sus grandes sarcófagos. A esta temprana hora las multitudes de turistas que convierten el valle en un hormiguero humano no han llegado todavía y tengo la oportunidad de observar con calma el relieve del terreno bajo la suave luz de la mañana. La primera impresión es que se trata de un buen lugar para ser enterrado siempre y cuando lo que desees sea descansar tan en paz que ni siquiera tus parientes más queridos se animen a visitarte. El paisaje está dominado por la montaña de Al-Qurn (El Cuerno), cuya forma piramidal parece especialmente apropiada. A sus pies se abren dos valles, el oriental y el occidental. El primero es el que contiene la mayoría de las tumbas reales y parece tan desolado y desierto que uno se pregunta si ese sería el famoso sitio conocido una vez como Gran Lugar o Lugar de la Verdad. Es un lugar muerto para los muertos, donde nada crece en sus paredes abrasadas por el sol.

Los antiguos egipcios tenían una habilidad especial para combinar en sus construcciones el sentido práctico con la simbología que el proyecto requería. El aislamiento del Valle de los Reyes lo hacía fácil de custodiar y, además, contemplado desde Tebas, parecía ser el lugar donde cada día el sol terminaba su recorrido, simbolizando así el paso a la vida después de la muerte.

La construcción durante el Imperio Antiguo de grandes pirámides como lugares de descanso eterno para los faraones acabó resultando un proyecto insostenible. Tan sólo una combinación muy especial de circunstancias hizo posible la edad de las pirámides: un periodo de prosperidad económica y paz social, la ausencia de amenazas de invasión exterior y la figura suprema de un faraón divino, rara vez visto por el pueblo y al que se le otorgaba el papel de garante del orden cósmico y guardián del bienestar de su pueblo desde su morada en el más allá. Los egiptólogos creen hoy que un prolongado periodo de sequía pudo afectar al caudal del Nilo y provocar hambrunas y desestabilización generalizadas. Al fin y al cabo, si al faraón había que agradecer los periodos de abundancia, también debía responsabilizársele por las desgracias. Así, su figura comenzó a experimentar un profundo cambio que encontró reflejo en los enterramientos reales.

La pirámide se abandonó. Resultaba demasiado cara y, además, había sido inútil a la hora de salvaguardar los restos del faraón y el ajuar que le acompañaba. Los antiguos egipcios volvieron a una técnica que ya habían utilizado hacía mucho tiempo: la excavación de mausoleos en la roca sólida. En el caso de la antigua Tebas, varios gobernantes de la XI dinastía construyeron sus tumbas aquí en el Primer Periodo Intermedio (2181-2055 a.C.), pero no fue hasta la XVIII dinastía (1550-1295 a.c.) que el valle, vigilado por la simbólica pirámide Al-Qurn, fue definitivamente consagrado como lugar de enterramiento real.

Hasta el momento, se han excavado unas 62 tumbas en el valle -aunque no todas pertenecen a faraones- y aunque cada una de ellas es única, la mayoría siguen un diseño básico que fue evolucionando con el tiempo y que, de nuevo, aunaba la simbología con las necesidades prácticas: la planta seguía un eje norte-sur (a menudo más figurado que real, puesto que el relieve del terreno no siempre permitía tal orientación) y constaba de cuatro tramos descendentes que alternaban escaleras con rampas. Cada uno de estos segmentos representaba una etapa en el viaje a la otra vida, desembocando en una pequeña cámara con un pozo llamado “Sala de la Espera”, que a su vez llevaba a otra estancia con columnas denominada “Sala del Carro”. Desde aquí, otro pasadizo, en ángulo recto a los otros cuatro, conducía a la cámara mortuoria. Este cambio de dirección en la tumba pudo tener un significado simbólico, representando posiblemente los sinuosos canales de la otra vida.

La mayoría de las tumbas principales tienen entradas modestas, túneles que se internan en la roca, con muros tan suavemente pulidos como la mantequilla. Puede que estas tumbas no resulten un sepulcro tan espectacular como las pirámides, pero no por ello hizo falta menos destreza. Sin contar con hierro o acero, usando pedernales o herramientas de cobre, estos constructores de tumbas consiguieron mantener las proporciones exactas a veces hasta en recorridos lineales de doscientos metros.

Y la sorpresa es aún mayor cuando, tras avanzar durante varios minutos por el túnel, llegas a las cámaras mortuorias, cubiertas de maravillosas pinturas que han retenido toda su viveza, si es que esta palabra es la adecuada teniendo en cuenta que lo que representan son escenas del Libro de los Muertos, una colección 200 hechizos escritos en rollos de papiro cuya misión es ayudar al alma en su viaje al más allá.

Para nosotros, seres del siglo XXI que tratan de evitar pensar en todo lo relacionado con la muerte, no resulta fácil asimilar la obsesión egipcia por el más allá. No solamente los ritos funerarias y la arquitectura del sepulcro tenían una gran relevancia, sino que la propia decoración de la tumba jugaba un papel trascendental.

El tema central de la teología egipcia fue la preservación del cuerpo tras la muerte como forma de asegurar el paso del individuo al otro mundo. Se creía que el hombre estaba compuesto de ocho elementos: cuerpo, fuerza vital, alma, corazón, espíritu, poder, sombra y nombre, que se pueden reducir a los tres más esenciales, esto es, cuerpo, alma y espíritu. Para los muertos, la mayor parte de estos aspectos requerían de un hogar y un mantenimiento en nuestro plano de existencia para asegurar un renacimiento satisfactorio en el más allá. En resumen, los egipcios consideraban la preservación del cadáver como el medio para alcanzar un fin. Podemos establecer una analogía con la raíz de una planta: como el cadáver, la raíz puede parecer marchita, pero en las condiciones adecuadas y recibiendo los cuidados necesarios, la vida puede volver a fluir través de ella. De forma similar, desde un cuerpo muerto y momificado puede crecer un nuevo cuerpo de naturaleza espiritual.

El cuidado y protección de los muertos era una tarea bastante compleja que, demás de la momificación, incluía la creación de un mundo en el que el difunto pudiera residir: la tumba, interpretada quizá como una morada eterna para uno de los aspectos del muerto, o quizá sólo como un paso temporal pero, en cualquier caso, fundamental en el camino a la vida eterna. En ella había que almacenar comida y aquellas herramientas y utensilios necesarios en la vida mortal, la información esencial acerca de los rituales que se seguían tras la muerte y la preservación de la trayectoria histórica del difunto así como su nombre. Además, se invocaba la protección de los dioses mediante oraciones, hechizos y amuletos.

Y en este contexto hay que interpretar las pinturas murales. Seguían un código muy preciso, mostrando el mundo de una forma característica, informada e informativa, creando imágenes que jugaban un papel concreto en el paso al más allá. El dibujo y coloreado de animales y objetos de la vida cotidiana demuestran que los artistas egipcios eran muy capaces de realizar arte figurativo, pero en lo que se refiere al arte sagrado, comoquiera que éste se trataba de un medio para guiar o inspirar al fallecido en su paso al otro mundo, decidieron no seguir las directrices de la naturaleza. Querían conseguir un arte más allá de la realidad, una forma artística más espiritual.

El transcurso del tiempo, las inundaciones y el aliento de millones de visitantes, han ido apagando muchas de estas exquisitas obras, pero incluso la visita a las más deterioradas, supone una maravillosa experiencia. Dada la continua avalancha de turistas, de las sesenta tumbas del valle sólo están abiertas al mismo tiempo media docena, cuyo acceso va rotando de forma periódica para evitar una mayor degradación.(Continúa...)

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jueves, 15 de julio de 2010

Edificio de la Secesión: A cada Época su Arte, y al Arte su Libertad


A mediados del siglo XIX, el Emperador Francisco José I ordenó iniciar un ambicioso plan urbanístico en Viena cuyo objetivo era unir el centro de la capital con los suburbios. Para ello, sería necesario demolir las fortificaciones renacentistas que rodeaban la ciudad y urbanizar terrenos hasta entonces ocupados por bosques. En 1858 un concurso internacional atrajo a ochenta y cinco arquitectos de toda Europa con el desafío de rediseñar la avenida de cuatro kilómetros de largo y cincuenta y siete metros de ancho que rodeaba la urbe, la Ringstrasse, jalonándola de edificios monumentales. En 1859 el monarca dio el visto bueno a la decisión del jurado y se comenzó a construir el primero de tales edificios: la Ópera.

Cuando se inauguró oficialmente el 1 de mayo de 1865 -aunque no se completó totalmente hasta la Primera Guerra Mundial- el Ring se había transformado en un virtuoso despliegue de arte y arquitectura anclado en el espíritu nostálgico del historicismo. El Parlamento mostraba un estilo griego clásico que homenajeaba la democracia ateniense; el Ayuntamiento era gótico tardío; la Universidad, renacentista y el BurgTheater, neoclásico. Como resumen de este ecléctico y desconcertante panorama de construcciones levantadas con materiales de mediocre calidad, los museos de Historia Natural e Historia del Arte, se miran de frente, separados por una plaza presidida por la estatua de la emperatriz María Teresa, símbolo de las apolilladas tradiciones del imperio austrohúngaro.

Y es que el plan de la Ringstrasse llegó tarde. Su aspecto teatral, la ausencia de un estilo propio, la proliferación de fachadas de aspecto anticuado, ya no reflejaban los nuevos tiempos que vivían las ciudades europeas, sino el apego de la burguesía a una época gloriosa que se desvanecía rápidamente.

Europa se estaba transformando al imparable ritmo de la industrialización. Los cambios no se limitaron ni mucho menos a lo estrictamente económico. Como sede de fábricas, talleres y proveedores de los servicios que éstos requerían, las ciudades atrajeron a una población creciente que abandonaba los aperos de labranza y acudía en masa a buscar trabajo en las nuevas factorías. Sin embargo, las ciudades no estaban preparadas para darles cobijo en unas condiciones dignas. Surgieron barrios enteros con bloques de pisos estrechos, mal iluminados y ventilados, superpoblados y carentes de instalaciones básicas como cuartos de baño o agua corriente. No puede extrañar que buena parte de sus habitantes se hallaran aquejados de males como la tuberculosis o la malnutrición.

En un primer momento, la arquitectura no parecía capaz de reaccionar ante los problemas que se estaban planteando y de los cuales no sólo eran tristemente conscientes las clases más humildes. También los más acomodados vieron cómo aquellos cambios sociales y de urbanismo les afectaban de múltiples formas, por ejemplo, en el disfrute de la naturaleza y los espacios abiertos: los suburbios de la ciudad habían crecido tanto que ahora no era posible llegar paseando hasta una zona verde. Había llegado el momento de una renovación.

Diversos grupos y asociaciones por toda Europa buscaban una salida artística al rígido historicismo: el movimiento juvenil alemán Jugendstil, el Modernismo español, el Stile Liberty italiano -cuyo nombre derivaba de los grandes almacenes londinenses que introdujeron nuevos diseños textiles-, el Modern Style británico o el Art Nouveau francés y belga. En Austria, esa corriente de renovación se denominó Secesión.

La arquitectura siempre fue tema de debate público en Viena y el proyecto del bulevar del Ring estuvo en el ojo del huracán desde el principio. El fundador del nuevo pensamiento arquitectónico austriaco fue Otto Wagner, quien en su libro "La arquitectura moderna", escrito en 1895 como texto para sus alumnos, expone su nueva visión, que podría resumirse en una frase: "La necesidad es la única señora del Arte". Efectivamente, los profundos cambios urbanos y las necesidades objetivas de una nueva era exigían dejar atrás manierismos y criterios basados en la pura belleza ornamental. El arte moderno era el arte útil, práctico, funcional, lo que llevaba a la simplicidad del diseño y la utilización de materiales en los que primaba la eficacia por encima de su valor estético. De ahí derivaban sus críticas a la Ringstrasse, cuya grandiosidad vacía era el símbolo perfecto de cómo los cambios sociales habían dejado atrás, desconcertados, a los arquitectos, que habían preferido volver la vista hacia el pasado.

Dos años después, en 1897, los seguidores del nuevo lenguaje artístico de Wagner se reunieron en el movimiento conocido como Secesión, nombre que tomaron del episodio histórico en el que la plebe de Roma se reunió en el monte Aventino enfrentándose a los patricios exigiendo más derechos. De alguna forma, la actitud de los diecinueve miembros de la nueva asociación fue equivalente en el mundo artístico del siglo XIX, separándose del núcleo conservador que se solía reunir en la Asociación de la Casa de los Artistas (Künstlerhaus-Vereinigung) vienesa.

El objetivo de la Secesión -en cuyas filas se contaban Gustav Klimt, Josef Hoffman, Kolo Moser y Josef M.Olbrich - era mostrar al público las tendencias actuales de las artes plásticas y para ello necesitaban un espacio propio que reflejara su ideario antitradicionalista, un refugio para el arte de vanguardia donde éste pudiera disfrutarse en una atmósfera tranquila y contemplativa. Tal misión recayó en Josef Olbrich, un arquitecto alemán que había estudiado en Viena y absorbido el ideario de Otto Wagner mientras trabajaba en el despacho de éste.

Fruto de la aplicación de la nueva teoría arquitectónica fue el Edificio de la Secesión, una construcción modernista de modestas dimensiones, líneas elegantes e interior despejado. Aunque el diseño orientado a la finalidad se convertía en la directriz a seguir y, por tanto, el ingeniero pasaba a ocupar un papel tan importante como el del arquitecto, ello no significaba renunciar a la decoración. Los arquitectos de la secesión se dirigieron a la naturaleza y sus formas orgánicas como contraposición al rígido historicismo: zarcillos cargados de hojas, agua fluyendo por arroyos o los cabellos femeninos largos y ondulados constituían las más apreciadas fantasías decorativas.

En la austera fachada del edificio figura el lema de la Secesión: "A cada Época, su Arte, y al Arte, su Libertad”, una contundente declaración de principios. Sus formas cúbicas están vistosamente coronadas por una escultura esférica de hierro forjado, la Col Dorada, que originalmente simbolizaba la publicación del movimiento, “Ver Sacrum”. Olbrich consiguió combinar los principios utilitaristas de su maestro Otto Wagner -que se traducen en la utilización de formas sencillas- con una elegante decoración, diseñada por otros miembros del movimiento secesionista y muy alejada del sobrecargamiento y afectación tan queridos por los arquitectos contemporáneos. Las impasibles caras que adornan la fachada, con serpientes en lugar de lóbulos en las orejas, no pueden hallarse más alejadas de los gustos historicistas.

No sólo el exterior se distanciaba radicalmente de los museos al uso, habitualmente concebidos como pesados edificios influidos por el barroco. El vestíbulo de entrada simbolizaba el espacio intermedio entre el mundo profano del exterior y el sagrado entorno del arte del interior. Éste es espacioso, elegante y tranquilo, iluminado cenitalmente, un espacio abierto que propicia la contemplación de obras de arte en lugar de simplemente almacenarlas en sus paredes. Las proporciones geométricas le dan cierto aire de templo o panteón, sensación reforzada por la blancura de los muros, color de lo sagrado y lo casto. En su sótano se puede contemplar el Friso Beethoven, de Gustav Klimt, un conjunto de figuras femeninas de espesas cabelleras luchando contra un gran gorila, y que fue expuesto aquí por primera vez en 1902.



Desde el momento del inicio de las obras, el nuevo edificio levantó mucha expectación entre los vieneses, que, mayormente, expresaron su disgusto por aquel atrevido desafío a sus esquemas artísticos. Para ellos, aquella simplicidad de formas era, sencillamente, demasiado exótica. Sin embargo, el nuevo estilo no tardó en ganar valedores entre las clases más acomodadas de la sociedad, que lo adoptarían como signo de elegancia y modernidad.

El movimiento de la Secesión fue tan influyente como breve. En 1905, tras haber celebrado veintitrés exposiciones de gran significación, un grupo encabezado por Gustav Klimt se separó del núcleo principal debido a discrepancias artísticas. Fue el final de la corta edad dorada del modernismo austriaco. El propio Olbrich, que continuó desarrollando su estilo evolucionando hacia formas extrañas, atrevidas e incluso incómodas, murió en 1908 y tras la Primera Guerra Mundial, los conservadores cristianos primero y los nacionalsocialistas después, aniquilaron lo que para ellos era una desviación impura del Arte tradicional. Por si fuera poco, muchos de los artistas de la Secesión eran judíos y los que no se exiliaron tras haber visto apagada su creatividad, fueron asesinados.

Pero el Edificio de la Secesión sobrevivió, símbolo de un movimiento valiente que se enfrentó a los convencionalismos de la época sin renunciar al talento artesanal. En un tiempo en el que los museos eran grandes palacios abarrotados de cuadros y esculturas, esta obra fue pionera en la concepción de nuevos espacios de exposición, introduciendo el concepto de la superficie dividida en zonas de amplitud variable de acuerdo con las necesidades de cada evento. También fue el primer museo que situó los cuadros al mismo nivel, en lugar de llenar la pared de lienzos, desde el techo hasta el suelo. Precursor en forma, fondo y función, el Edificio de la Secesión hizo honor al lema que muestra orgulloso en su fachada.
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sábado, 3 de julio de 2010

Karakum, el desierto de arenas negras


Turkmenistán irradia un sentimiento de tristeza. Su capital, Ashgabat, luce modernos edificios de un ecléctico estilo que no desentonarían en Las Vegas, pero sus calles, patrulladas por aburridos policías cada doscientos metros, tienen la animación de una ciudad fantasma del Lejano Oeste. Se diría que el único habitante de aquella ciudad sin público era el presidente, al que se podía contemplar en fotos, anuncios, bustos y estatuas con las que la dictadura intentaba reafirmar su poder sobre un país del que nadie se acuerda y al que los organismos internacionales dejan gobernar como si fuera su cortijo particular. Saliendo de la capital, viejos bloques residenciales de hormigón de la época comunista en el centro e infraestructuras fabriles corroidas por el aire del desierto sirven de preludio a una tierra árida, de vegetación escasa y raquítica y carreteras que se pierden en el infinito sin vehículos que las recorran. Tan solo camellos solitarios o rebaños de cabras proporcionan una tímida sensación de vida al paisaje.

Nada más salir de la ciudad hemos de detenernos en un control de carretera, el primero de muchos. Se me ocurre que quizá tengan la misión de examinar los camiones cargados de droga que, en un corrompido revival de la Ruta de la Seda, salen de Afganistán con destino a Europa. Pero tal idea resulta absurda ya en la primera parada. Son policías adolescentes, de ínfima preparación y que ni siquiera hablan ruso. Apostados en desvencijados chamizos con apenas cuatro maderas para protegerlos del sol y que no perezcan de insolación, sólo cuentan con una silla, una mesa, un fajo de papeles arrugados y un bolígrafo mordisqueado. No parecen tener ni el adiestramiento ni la motivación necesarios para combatir el tráfico de drogas. Por el contrario, lo más probable es que se limiten a detener al vehículo, cobrar un soborno, dejarle continuar y volver a holgazanear en la caseta, que, por otra parte, es lo único que aquí se puede hacer. En cuanto a nosotros, la impuesta presencia de nuestro guía/espía gubernamental nos allanaba el camino, librándonos tanto de los sobornos como de dar interminables explicaciones.

Antes de darnos cuenta, la arena se había adueñado de todo el paisaje a excepción de la fina e irregular línea de la carretera. Atravesábamos el desierto de Karakum, cuyo nombre significa "Arenas Negras". Este entorno de lejanos horizontes difuminados y colores sofocados por el brillo del sol proporcionaba un indicio para entender la impresión de soledad, de aislamiento y pesadumbre que contagia Turkmenistán, un desolado territorio que parece haberse separado del resto del planeta y vivir en una dimensión alternativa. Sólo el ocasional cruce con algún jadeante y maltratado camión de mercancías y los postes eléctricos que alimentan las explotaciones de gas natural nos indicaban que, en alguna parte a lo largo de esa vacía carretera, vivían otros seres humanos.

Y a propósito de la carretera, saliendo de Ashgabat su estado era razonablemente bueno, con un asfalto parcheado y agrietado que, de todas formas, permitía circular a cierta velocidad. Pero a medida que nos internábamos en el desierto dirigiéndonos hacia la frontera norte con Uzbekistán, la faja de alquitrán comenzó a desintegrarse. Los camellos, auténticos dueños del desierto, cruzaban la carretera de vez en cuando, por lo que había que tener cierta precaución. Al menos, el calor era soportable. En pleno verano este mismo recorrido puede convertirse en un infierno, como bien aprendieron los rusos cuando su política expansionista les trajo hasta aquí…

Los rusos desembarcaron en la actual Turkmenbashi, en la costa oriental del mar Caspio en el año 1717. Su objetivo era conquistar el sanguinario kanato de Jiva, en la actual Uzbekistán, a ochocientos kilómetros al noreste. La misión fracasó estrepitosamente y el líder de la expedición, el príncipe Alexander Békovich, fue sumariamente asesinado a puñaladas en presencia del kan al que habían querido destronar. La experiencia fue tan nefasta que los rusos tardaron más de cien años en olvidarla y reanudar su intento. En 1869 levantaron un fuerte en la costa, Krasnovodsk (Aguas Rojas), como avanzadilla en un territorio salvaje y peligroso.

Los pueblos nómadas de estas inhóspitas tierras parecían vivir en una especie de caos permanente donde todos luchaban contra todos. Algunos clanes turcomanos habían solicitado ayuda a los rusos para protegerse de los desmanes del kan de Jiva. A su vez, los turcomanos -descendientes de los tártaros que llegaron aquí en los siglos X y XI y cuya lengua es un dialecto del turco-, llevaban siglos saqueando, violando y matando por toda la región, desde Persia hasta Afganistán. Atacaban las caravanas que cubrían la Ruta de la Seda o las pequeñas comunidades de los oasis. A los que no asesinaban, los vendían como esclavos en los mercados de Jiva y Bujara.

Los intentos para acabar con estas tribus siempre terminaban en fracaso. A los turcomanos les bastaba con internarse en el terrible Karakum. Sus rivalidades internas y tradicional modo de vida nómada les impidió formar un Estado propio, sucumbiendo en el siglo XVIIII a los persas. Aunque esta región no parece interesante para nadie jugó -y aún lo hace- un papel geoestratégico fundamental. En el siglo XIX se convirtió en una pieza clave dentro de lo que se dio en llamar el Gran Juego, el conjunto de intrigas y movimientos diplomáticos y militares que disputaron la India británica y un imperio ruso en expansión por el dominio de Asia Central. Los ingleses hubieron de vérselas con los afganos. La pesadilla de los rusos eran los turcomanos.

A comienzos del siglo XIX, la situación en la región era muy similar a la que algo más tarde se viviría en el Lejano Oeste norteamericano: los rusos comenzaron a establecer una red de fuertes militares por el desierto con el fin de quebrantar la resistencia de los clanes turcomanos, que por entonces sumaban un millón de individuos. Éstos respondían con ataques sorpresa e incursiones contra los colonos rusos, masacrándolos o inundando con ellos los mercados de esclavos de la región. Los rusos respondían con crueldad, exterminando a clanes enteros, mujeres y niños incluidos.

En 1880 se presentó en la región el general Mijaíl Dmitrievich Skóbelev, enviado por el zar para poner fin de una vez por todas a aquella anarquía. De aspecto temible, se había ganado su fama de cruel en las guerras contra los turcos por la liberación de Bulgaria. Su eficiencia, falta de escrúpulos y determinación, dieron resultado. -para los rusos, claro-. Desafiando las temperaturas veraniegas de 60ºC a la sombra, afrontando largas marchas por un terreno difícil que no brindaba alivio alguno, sin posibilidad de guarecerse y haciendo frente a un enemigo móvil, traicionero y buen conocedor del desierto, Skóbelev sometió oasis tras oasis. La potencia de su artillería, el uso de explosivos y la disciplina de los soldados rusos se llevó por delante a miles de turcomanos, con unas pérdidas propias relativamente escasas. La campaña no duró ni un año y, tras ella, Rusia casi había completado su conquista del Turkmenistán.

Los colonos rusos comenzaron a establecerse en la zona, introduciendo la oveja karakul, que hoy tanto abunda en los mercados locales. Un ferrocarril unió el mar Caspio con Bujara, el principal centro comercial de la región en aquella época y hoy situado en Uzbekistán. Pero el ánimo belicoso de los turcomanos no había sido completamente sofocado. Fue un clérigo islámico, Mohamed Qurban Junaid Kan, quien se encargó de avivar los rescoldos y levantar a las tribus contra los colonos y los soldados que los protegían. En 1916, con la Primera Guerra Mundial en su apogeo y demasiados frentes que atender, las tropas zaristas hubieron de retirarse. Sus sucesores, los soldados del ejército bolchevique, se vieron en los mismos apuros: después de haber conquistado todo el Cáucaso, los turcomanos les pararon los pies durante años, hasta que su líder espiritual, Junaid Kan, se retiró a Persia en 1927. Hasta que el Ejército Rojo se vio empantanado en la guerra de Afganistán en 1979, los soviéticos no volverían a tener un enemigo más feroz.

La ocupación soviética fue probablemente el período histórico más atroz que vivió la región desde la invasión de Gengis Khan. Los nuevos invasores, blandiendo una ideología totalitaria, cambiaron el alfabeto del arábigo al cirílico, cerraron las fronteras aislando al país y exterminaron a todo aquel que tuviera cierto nivel de educación. Stalin envió a la fuerza a miles de rusos, colonos y represaliados, que desplazaron a la población autóctona y pusieron en marcha en pleno desierto una economía basada en el algodón, cultivo intensivo en agua que, a la postre, secó el río Amu Darya y provocó la catástrofe ecológica del Mar de Aral. En 1991, cuando los turcomanos obtuvieron la independencia de una URSS en descomposición, se vieron empujados por su nuevo líder a un nacionalismo artificial, tan aislante del resto del mundo como lo había sido la dictadura comunista.

Basta salir de la capital para darse cuenta de que la sociedad nómada esta aún viva, por mucho que le pese al dictatorial gobierno.Turkmenistán nunca ha sido una nación homogénea. De hecho no ha sido ni nación. Con más de 120 tribus y numerosas etnias conviviendo mezcladas, hace falta un liderazgo muy fuerte para que los diferentes grupos tribales no acaben, como en otros tiempos, pulverizándose los unos a los otros. Todos los turkmenos mantienen lazos muy fuertes con sus clanes. En los lugares remotos, llegan al extremo de que los miembros de cada tribu se casan sólo entre sí, endogámicamente. No hace falta decir que, en términos políticos, la influencia de las tribus es enorme. No es fácil regir un país así. La democracia, tal y como se entiende en Europa, es un sueño inalcanzable aquí a medio plazo.

A media tarde abandonamos la carretera principal para alejarnos unos cientos de metros e instalarnos para pasar la noche en una explanada arenosa, resguardados de la vista de los escasos conductores. Por razones de seguridad, siempre que acampábamos intentábamos escondernos lo máximo posible para evitar visitas inesperadas o acosos de las autoridades. Nunca tuvimos ningún problema aun cuando nuestra presencia rara vez pasó desapercibida. Incluso en pleno desierto o en lugares aparentemente retirados, acababan apareciendo pastores o lugareños atraídos por nuestra llegada, toda una novedad para ellos.

Después de montar las tiendas de campaña, divisamos una pequeña choza circular situada al pie de una cercana elevación rocosa. Desde la sombra que proyectaba la precaria vivienda sus habitantes nos hacían señas para que nos acercásemos. Se trataba de una mujer menuda, de ojos ligeramente rasgados, tocada con un pañuelo amarillo y verde y ataviada con un tradicional vestido color granate. Se mantenía aparte, tímida, mientras un hombre maduro, amigo de la familia, nos invitaba a sentarnos en las esterillas y alfombras dispuestas a la sombra de la yurta para servirnos un te. Tanto ella como los dos vecinos -aunque esa palabra en el desierto no tenga las connotaciones de proximidad inmediata con las que nosotros la asociamos- que en ese momento se encontraban allí de visita, lucían esas inquietantes dentaduras de oro tan apreciadas por los habitantes de esta parte del mundo. Literalmente se hacen arrancar los dientes para sustituirlos por piezas de oro, procedimiento que, además de doloroso, sin duda supone un importante desembolso económico. En definitiva, no es más que un asunto de estética. Las obsesiones humanas por la apariencia no son algo exclusivo de nuestro sofisticado mundo de gimnasios y clínicas de cirugía.

Resultó que aquella agradable mujer de gesto amable era la esposa del maestro de escuela de una aldea que se hallaba a 40 kilómetros de allí, construida para albergar a las familias de los operarios de una planta extractora de gas natural. Desde nuestra perspectiva occidental es difícil hacerse una idea de lo humildemente que vivía esta gente. La yurta estaba construida a base de mimbre y fieltro unido con cuerdas. El oscuro interior, albergaba únicamente un par de colchones en los que dormía el matrimonio y algunos cacharros de cocina de fondos requemados. En cuanto al agua, la conservaban en un depósito protegido por unas láminas metálicas cubiertas de óxido, rellenado periódicamente por un camión cisterna. Algunos bidones igualmente maltratados por el clima del desierto y una pila de leña constituían el resto de las posesiones de unas personas cuyo estilo de vida no podía ser más diferente del occidental. Ni un solo electrodoméstico, ni televisión, ni teléfono móvil...

La mujer nos hizo señas para que la siguiéramos mientras ascendía la colina rocosa que se levantaba junto a la yurta. Nos hablaba en turkmeno, aun cuando nosotros no sabíamos ni palabra de esa lengua y para ella el inglés era tan desconocido como para nosotros el uigur o el kazajo, pero aún así quedó claro que lo que quería era mostrarnos el paisaje que se extendía a nuestros pies. Las arenas comenzaban a perder su color amarillo y lo iban tornando anaranjado. Nuestras nueve tiendas de color verde destacaban claramente en el entorno, e incluso con el zoom de nuestras cámaras se veían diminutas en relación al extenso panorama de monótono color ocre que nos rodeaba en todas direcciones. Veíamos también la carretera principal, por la que circulaban camiones achacosos, algunos de los cuales salían de la línea asfaltada para internarse por pistas arenosas hacia un destino desconocido, probablemente yurtas tan aisladas como la de nuestra anfitriona.

Un grupo de dromedarios caminaba parsimoniosamente junto a la carretera. Hoy siguen jugando un papel importante en la vida del nómada turkmeno, abasteciéndolo de leche, carne y lana. Además, representa el medio de transporte principal, siendo capaz de recorrer casi cuarenta kilómetros al día con una carga de entre doscientos y trescientos kilos.

En los viejos tiempos de la Ruta de la Seda, las mercancías raramente realizaban el viaje completo con los mismos comerciantes y animales de carga. Dependiendo de si debían enfrentarse a colinas, montañas, ríos o desiertos, los mercaderes –que podían ir en burro o a caballo aunque lo normal era que caminaran junto a los animales que transportaban la carga- elegían toros castrados y bueyes para que tirasen de las carretas, o caballos y camellos para que cargasen sobre sus lomos las mercancías.

Dromedarios y camellos bactrianos, capaces de viajar durante varias jornadas sin necesidad de agua, con pocos alimentos y avanzando una media de 35 km al día eran la mejor opción. Los primeros, procedentes de Arabia, eran los preferidos para la parte occidental y más calurosa de la ruta. Los segundos, de dos jorobas, lanudos y originarios de la zona norte del actual Afganistán, eran utilizados por los comerciantes para cruzar las montañas del Pamir y el desierto del Taklamakán por su capacidad para resistir temperaturas muy bajas. Los caballos fueron el otro gran medio de transporte. Desde el tercer milenio a.C., los nómadas de Asia Central habían criado caballos, cruzándolos y manipulando la raza para obtener ejemplares cada vez más grandes y más fuertes, capaces de transportar no sólo al hombre, sino también pesados fardos.

La posterior invención en China de los estribos y las guarniciones con correas en pecho y cuello para los caballos mejoró el control de estos animales, avance que se extendió hacia Occidente gracias tanto a los ejércitos invasores como a las caravanas de la Ruta de la Seda. La llegada de los estribos a Europa en el siglo VI se produjo, por ejemplo, cuando la caballería de Bizancio los adoptó tras observar la superioridad que otorgaban a los jinetes ávaros en la batalla.

Nos despedimos de nuestra anfitriona satisfechos por el contacto con la verdadera hospitalidad turkmena, tan cercana a la tradición y tan lejos de la robotizada atmósfera de artificialidad, herencia del comunismo, que habíamos respirado en Ashgabat. Y es que en el desierto, lejos de sentir soledad y desaliento, se experimenta una maravillosa sensación de libertad; allí, el retrato más próximo del líder Turkmenbashi no se encontraba a 20 metros, sino a más de 300 km.

El sol comenzaba a acercarse a la línea del horizonte cuando subimos al volquete de un gran camión, de los que se usan habitualmente en las obras, cuyo propósito era llevarnos a ver el poco habitual fenómeno que tenía lugar a unos siete kilómetros de distancia. Lo mejor para el inestable relieve del desierto hubiera sido disponer de todoterrenos, pero en estos países no siempre se consigue el medio de transporte más adecuado y aquel enorme vehículo parecía ser lo único disponible. Una pala excavadora nos iba siguiendo lentamente por las pistas como una amenazadora criatura de enormes dientes. Su intervención resultó decisiva cuando el camión, pese a sus grandes ruedas, se quedó atrapado en la arena. La excavadora embistió por detrás y a empellones -con nosotros aún a bordo del volquete- sacó a nuestra montura del apuro.

Nuestro destino era un enorme cráter, de unos 50 metros de diámetro y más de 20 de profundidad que se abre, negro como la boca de una criatura fantástica, en mitad de un arenoso valle del desierto cerca de Darwaza. Es difícil hacerse a la idea de las dimensiones del fenómeno hasta que uno se acerca al borde y se asoma para mirar las requemadas paredes. Producto de unos trabajos de prospección soviéticos hace décadas, el fondo del cráter ha estado ardiendo desde entonces (existen otros ocho cráteres similares en las cercanías, si bien éste es el único que está en llamas).

Es una enorme caldera de gas cuyo calor puede sentirse a muchos metros de distancia. Las lenguas de fuego cubren el fondo de esa puerta infernal, envuelta en cenizas y ennegrecidas rocas tras años de llamas y calor abrasador. Las inodoras vaharadas de calor que suben desde ese pozo son un poderoso recordatorio de la riqueza de Turkmenistán y cómo ésta ha colocado al país en el punto de mira de occidentales y orientales, originando un laberinto secreto de pactos, maniobras y alianzas a los que ni el público ni los medios de comunicación parecen otorgarle la debida trascendencia.

Bajo las ardientes arenas de este desértico país palpitan enormes yacimientos de crudo y, sobre todo, de gas, quizá los mayores del mundo. En un país en el que sólo el 2,5% de la tierra es cultivable y cuya población no sobrepasa los cinco millones de habitantes, este tesoro podría ser bien el motor de un cambio espectacular en la sociedad turkmena, bien el desencadenante de nuevas tensiones y desgracias. En la versión contemporánea del "Gran Juego" disputado por ingleses y rusos en el siglo XIX, Rusia, Irán, China y Occidente (representado por las grandes compañías petroleras) luchan por el petróleo y los gaseoductos.

Turkmenistán tiene el tesoro, pero no los medios para aprovecharse de él, un problema habitual en los países en vías de desarrollo. En el mar Caspio, dos refinerías de petróleo esperan la llegada del oro negro. La vieja, aún en servicio, data de la Segunda Guerra Mundial, cuando los soviéticos trasladaron aquí sus instalaciones vitales ante el avance del ejército alemán. La refinería nueva es un ejemplo de cómo el petróleo es capaz de aunar los más diversos intereses: fue construida por empresas japonesas y turcas, con asesores franceses y alemanes y supervisada por israelíes. Es una planta nueva y brillante capaz de producir diferentes derivados del petróleo, desde gasolina sin plomo hasta betún o lubricantes.

Pero de nada sirve tener un producto si no puedes venderlo. Y ese es el verdadero problema porque la única manera de hacérselo llegar a los posibles compradores desde un país que dista miles de kilómetros del mar, es construyendo caros oleoductos que deberían atravesar naciones con serios problemas, como Irán o los países del Cáucaso. Todos los proyectos, con uno u otro trazado, se iban encontrando con problemas y la solución más sencilla, venderle el petróleo y el gas a los rusos a precios políticos y con formas y periodos de pago desfavorables, era la que más recelos despertaba en el gobierno turkmeno.

El regreso al campamento resultó algo más accidentado que la ida. El camión se quedó definitivamente atascado en una trampa arenosa. La noche cayó sobre nosotros sin que toda la fuerza del motor sirviera para algo, ni siquiera con la ayuda de la pala excavadora. Las ruedas se habían quedado profundamente encajadas en la arena. Así que no hubo más remedio que emprender a pie el camino de regreso procurando no pisar la variopinta fauna local que aprovechaba estas horas de temperatura más moderada para salir a dar un paseo: lagartos con muy mal genio, escarabajos de buen tamaño y otros insectos, por mencionar únicamente los que vimos, pues un desierto no suele hacer honor a su nombre tal y como demostraban las huellas de todo tipo y tamaño que salpicaban las arenas. El más peligroso, además de las víboras y cobras -con las que tuvimos algún encuentro sin consecuencias- es una simpática araña conocida como karakurt, cuya picadura te haría expirar en cuestión de minutos. Las yurtas de los nómadas tienen en el umbral un trozo de piel o lana de oveja que ahuyenta a esas alimañas.


En el campamento nos esperaba una sabrosa cena a base de hamburguesas, pisto y zanahorias, que disfrutamos bajo un cielo estrellado y con una temperatura sorprendentemente cálida puesto que el desierto retenía buena parte del calor recibido durante el día. Como hicieran durante siglos los mercaderes de la Ruta de la Seda, tras un ajetreado día de viaje por uno de los desiertos menos conocidos y transitados del mundo, había llegado la hora de recuperar fuerzas y contar historias alrededor de una hoguera.
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sábado, 19 de junio de 2010

Templos neolíticos de Malta: Laboratorios de religión


Malta es una isla pequeña, un punto en el Mediterráneo al que pocas veces se presta atención. Sin embargo, la antigüedad de su historia es inversamente proporcional a su tamaño, porque los primeros vestigios humanos en Malta datan de hace siete mil años.

Durante los primeros mil años de historia humana en Malta, del 5.000 al 4.000 antes de Cristo, las primeras comunidades neolíticas no se diferenciaban demasiado de las que podían encontrarse en muchas otras partes del Mediterráneo: fabricaban herramientas de piedra, elaboraban piezas sencillas de cerámica, practicaban una agricultura y ganadería sencillas y vivían agrupados en pequeñas aldeas de cabañas construidas con barro y ramas. Fueron también los primeros en comenzar el proceso de deforestación de la isla.

Pero entonces, alrededor del 4.000 a.C., se produce un cambio. No se sabe si fue debido a que nuevos inmigrantes aportaron técnicas novedosas o bien se produjo algún tipo de evolución cultural, pero el caso es que se abrió una etapa de construcción que culminó en el levantamiento de numerosos templos entre el 3.600 y el 3.300 a.C. hasta culminar en el complejo de Tarxien hacia el 2.500 a.C. Los isleños se sumergieron en un mundo aislado de su Sicilia original y como si de un laboratorio de la cultura y la religión se tratara, el archipiélago maltés se convirtió en la patria de los monumentos de piedra más antiguos del mundo, de un complejo ritual fúnebre que involucraba cementerios subterráneos y un repertorio notable de formas artísticas, desde los motivos espirales abstractos, la representación de animales, el diseño y la decoración de cerámica o la reproducción de la propia figura humana.

Un autobús en la puerta monumental de La Valleta cubre el corto trayecto hasta la población de Paola. Aquí se esconden dos de los más importantes yacimientos arqueológicos de Malta. Tarxién, es uno de ellos, emplazado en un solar rodeado por un muro sin indicaciones ni avisos. Se trata de unas estructuras megalíticas descubiertas en 1914 y que están datadas en algún punto entre 3.600 y 2.500 a.C. No es fácil, a simple vista, adivinar que los bloques pétreos de hasta tres metros de altura en realidad trazan el perímetro de cuatro templos unidos entre sí por un estrecho pasillo, aunque ignoro si éste último es tan sólo un recurso turístico para poder visitar el complejo.

Es un lugar tranquilo siempre que uno tenga la fortuna de que no se halle presente algún vociferante grupo de turistas apiñándose entre los estrechos corredores del conjunto. Tuve suerte y después de deambular por entre el pequeño laberinto delimitado por los grandes bloques de piedra, algunas de ellas con restos de lo que debió ser una llamativa decoración a base de pequeños orificios o espirales, llegó la marabunta.

En cuanto detecté la llegada de amenazantes grupos de españoles, alemanes y franceses liderados por agresivos guías, salí de entre las piedras y me refugié junto a un cercano muro de piedra a la sombra de un generoso tamarisco. Traté de buscar algo en mi guía acerca de aquel lugar. Teniendo en cuenta la importancia del yacimiento, resulta lamentable que no exista la posibilidad de unirse in situ a una visita guiada que permita arrojar algo de luz sobre el lugar para los que somos profanos en las Edades Oscuras de la Historia. Tampoco entregan en la entrada ningún folleto con unas mínimas explicaciones y tan sólo unos tristes y lacónicos paneles regalan un par de pinceladas tan someras como poco clarificadoras. Para estar clasificado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, el sitio se ve algo abandonado. Y es que resulta muy difícil hacerse una idea medianamente sólida acerca del propósito, el modo de uso y la forma original de aquella primitiva construcción. Consuela algo el hecho de que ni siquiera los especialistas han conseguido dar respuesta a las preguntas que yo mismo me hacía.

Los templos megalíticos de Malta son las estructuras levantadas por el hombre más antiguas que se conservan: mil años antes de la construcción de la Gran Pirámide de Keops en Egipto, la gente de Malta ya estaba manipulando megalitos de decenas de toneladas y levantando elaborados edificios que parecen estar orientados de acuerdo con el amanecer del solsticio de invierno. Hoy día se conservan los restos de una docena de estas estructuras religiosas, algunas de ellas asombrosamente bien preservadas teniendo en cuenta su edad.

Fuera cual fuese su origen, el Pueblo de los Templos parece que fue adorador de una deidad relacionada con la fertilidad. Los arqueólogos han encontrado muchas figuras y estatuas femeninas de tamaño variable (desde 10 cm hasta 1,5 m metros) y anchas caderas que han sido interpretadas como diosas de la fertilidad. Pero el propósito exacto de estas misteriosas estructuras permanece oculto y sujeto a debate. Todos tienen ciertas características comunes: su emplazamiento en una ladera orientada al sudeste, la cercanía de cuevas, un manantial y tierras fértiles, una planta arquitectónica en forma de trébol con tres o cinco cámaras ovaladas abiertas a partir del eje central, construcción megalítica con bloques de piedra de hasta veinte toneladas de peso y agujeros y oquedades perforados en las piedras, quizá para sostener puertas de madera o cortinas. Las excavaciones realizadas en la mayoría de los templos han encontrado piedras esféricas, parecidas a balas de cañón que se ha sugerido podrían servir como rodamientos para arrastrar las enormes piedras hasta su emplazamiento. En Tarxién se pueden contemplar algunas de ellas esparcidas por el suelo.

La culminación de la cultura de los templos de Malta es Tarxién, abandonado alrededor del 2.500 a.C. y utilizado posteriormente por un pueblo perteneciente a la Edad del Bronce. Los nuevos usuarios incineraban a sus muertos y usaron el templo como cementerio. Fueron estos “nuevos inquilinos” los que sustituyeron las grandes piedras originales por bloques tallados con gran pericia y de tamaños más manejables. Las superficies al este del templo contienen una serie de grabados en bajorrelieve, imitaciones vagas y decorativas que pueden indicar vegetación o, tal vez, cuernos. Dichos motivos decorativos pueden contener un significado simbólico, pero difícil de comprender.

A un par de manzanas de distancia se halla el segundo tesoro arqueológico de Malta, uno de los lugares más interesantes y bellos de la isla, el Hipogeo. Se trata de una fantástica necrópolis subterránea descubierta durante unos trabajos de construcción en 1902. Es un ejemplo fino de lo que podríamos llamar “arquitectura inversa”, es decir, no se construye, sino que se talla laboriosamente en la piedra. El monumento incluso se embelleció con réplicas talladas de fachadas de templos y otros rasgos arquitectónicos. Con sus niveles inferiores, que alcanzan más de doce metros de profundidad, este laberinto subterráneo de pasillos, vestíbulos y cámaras, estaba esculpido sin usar instrumentos de metal.

Al igual que sucede con Tarxién, es poco lo que se sabe con certeza sobre este lugar. Se estima que fue excavado entre el 3.600 y el 3.000 a.C. Aquí tuvieron lugar también ritos y sacrificios relacionados con la fertilidad. Parece que los cultos estaban vinculados a la creencia de que las fuerzas de la vida y el crecimiento surgen de la tierra, la cuna de la abundancia. Así, los templos subterráneos tenían un contacto más estrecho con esas fuerzas emanadas de la Madre Tierra. Los ritos estaban también conectados con el ciclo de las estaciones y el renacimiento primaveral. Se han encontrado figuras votivas de “sacerdotisas durmientes” por lo que se cree que eran las mujeres las que llevaban a cabo tareas de oráculo mientras se sumían en un trance. A los arqueólogos les ha despistado el hallazgo de esqueletos, puesto que el de cementerio no pareció ser la función principal de este lugar, si bien es cierto que aquí se vinieron realizando ritos durante dos mil años por lo que cabe suponer que en algún momento sirvió de cámara mortuoria.

Los requisitos para visitar el Hipogeo son muy estrictos. Ello es debido a que el dióxido de carbono exhalado por la continua e interminable afluencia de visitantes acabó por atacar las delicadas paredes de arenisca. Estuvo cerrado al público durante bastantes años, hasta que sólo recientemente se decidió reanudar las visitas. Sin embargo, la política de grupos reducidos en recorridos guiados a horas prefijadas ha generado una considerable lista de espera monopolizada por los tour operadores, así que es necesario realizar una reserva con bastante antelación. De otro modo, será imposible entrar en el recinto.

Dos días después, tomo el ferry que en sólo 25 minutos salva la distancia entre Malta y la isla de Gozo. Ésta guarda algunas diferencias con su hermana mayor: tiene un tercio de la superficie de aquella (14 kilómetros de longitud y 7 de anchura) y menos del 10% de su población (26.000 habitantes). La agricultura y la pesca continúan siendo las principales actividades de los habitantes de Gozo; la tierra es más fértil y verde gracias a la arcilla de sus suelos; y también tiene su propio templo megalítico: Ggantija, el mayor de Malta, localizado en el noreste de la isla, en una meseta rocosa de las cercanías del adormilado pueblo de Xahra.

Los grandes bloques de piedra caliza de los dos templos que forman el complejo (cuyo nombre significa “propiedad de los gigantes”) se funden con el suelo amarillento. El conjunto se extiende a lo largo de cuarenta metros y aunque sus paredes alcanzan hoy una altura de seis metros, se cree que llegaron a medir dieciséis. No sólo es el templo neolítico más grande, se cree que también es el más antiguo, construido probablemente entre 3.600 y 3.000 a.C. Teniendo en cuenta que se trata de las estructuras verticales construidas por el hombre más antiguas del mundo, no parece despertar mucho interés: un grupo de escolares, otro de boy scouts, un par de familias maltesas y un turista alemán. Si me añado a la lista, el total de extranjeros era dos.

Aquí sí se pueden encontrar un par de carteles explicativos algo disipados por el implacable sol mediterráneo. En ellos se podía ver un plano de la planta del complejo. Su forma de trébol, modificada por la adición de pares de ábsides laterales, se relaciona a menudo con los pechos colgantes y las anchas caderas de una mujer fértil, dando argumentos a la teoría de que los templos eran centros de un culto a la fertilidad.

Los megalitos son enormes. El más grande de ellos pesa 57 toneladas y varios de ellos llegan a 45. El esfuerzo de muchos hombres necesario para manipular y trasladar estos bloques, acabó evaporándose, siendo sustituido por una leyenda protagonizada por gigantes: en un solo día, la giganta mítica Sansuna, transportó las colosales piedras sobre su cabeza desde Ta´Cenc, cerca de Sannat, en la costa sur de Gozo, mientras acunaba a su hijo en sus brazos.

Leyendas aparte, el tamaño de los templos indica que había un grupo social capaz de controlar los recursos económicos. Este grupo de elite eran los sacerdotes. Los mismos templos son un testimonio de la especialización de actividades que existía ya en tan tempranas épocas: arquitectos, albañiles, canteros y escultores. Los templos necesitaban para su construcción la inversión de muchas horas de trabajo. Pero es que luego había que mantenerlos y modificarlos por no hablar de sostener a una clase sacerdotal, aportar ofrendas sacrificiales, etc...

Se ha llegado a contemplar la posibilidad de que fuentes ajenas a las islas contribuyeran a sostener la Cultura de los Templos. Quizá, de alguna manera, estos centros ceremoniales tenían algún poder de convocatoria sobre otras áreas insulares y atraían a peregrinos que acudían aquí con sus ofrendas. Otra teoría es que la falta de recursos naturales de los isleños se suplía con el comercio. De cualquier modo, los templos fueron construidos a lo largo de un extenso período de tiempo, por lo que quizá no fueran necesarios grandes equipos de construcción constantemente ocupados en aquéllos y sin poder realizar ningún tipo de actividad agrícola. Probablemente la tarea de mantenimiento recaía en las comunidades aldeanas y era una labor que se llevaba a cabo a lo largo de generaciones.



Al día siguiente me dirijo hacia la rocosa costa sur de la isla principal, a los templos mejor conservados y con mayor poder de evocación, Hagar Qim y Mnajdra. Hagar Qim (“piedras rectas) es el primer templo que se encuentra al entrar en el complejo. La fachada ha sido obviamente reconstruida pero transmite la idea de cómo debió ser este lugar. Los templos contaban con un tejado y las piedras probablemente estaban pulidas y mostraban diversas decoraciones, así que el aspecto original era muy diferente de lo que podemos contemplar hoy.

El templo consiste en una serie de seis cámaras ovales interconectadas a lo largo de un corredor central y sin una planificación regular. Se diferencia de los otros templos malteses en que aquí no existe una planta en forma de trébol. Diversos altares con bordes sobreelevados –probablemente para impedir que la sangre de los sacrificios goteara- ocupan puestos prominentes dentro de las cámaras, cada una con su propia entrada y unidas por un corredor.

Mnajdra está a 500 metros al oeste de Hagar Qim y aunque es más interesante, está en peor estado, o quizá habría que decir en un estado más auténtico si tenemos en cuenta los miles de años que han pasado desde su construcción. Son tres templos construidos uno junto al otro, cada uno con una planta en forma de trébol y diferentes orientaciones. Datan de entre el 3.600 y el 3.000 a.C, más antiguos que los de su vecino Hagar Qim. El propósito de los templos es desconocido aunque su ingeniosa alineación estelar sugiere que se usaban para observaciones astronómicas y ceremonias que señalaban solsticios y equinoccios: en el amanecer del solsticio de invierno, un rayo de sol ilumina uno de los altares interiores y durante el amanecer del solsticio de verano, otro rayo de sol penetra a través de una ventana para terminar sobre otro de los altares del templo.

Sus gruesas paredes de piedra caliza parecen engarzarse sin costuras. Sus columnas están decoradas con enigmáticas formas espirales talladas. Las excavaciones llevadas a cabo a mediados del siglo XIX añadieron al puzzle descubrimientos de altares sacrificiales y estatuas femeninas de cuerpo entero –incluyendo la Venus de Malta- consistentes, de nuevo, con una religión que rendía culto a la fertilidad.

La construcción de templos y tumbas indica que, en comparación con periodos anteriores, las islas habían desarrollado una jerarquía social más compleja así como avances en las técnicas agrícolas. Aunque los granjeros de la Cultura de los Templos cultivaban los mismos productos que en el Neolítico, hubo un cambio en el énfasis y la distribución de los mismos. Olivos y viñas cobraron mayor importancia. Los animales domésticos eran más o menos los mismos, pero el ganado vacuno perdió relevancia, posiblemente porque las mejores tierras se utilizaban para la agricultura en vez de para pastos. Las ovejas y las cabras podían obtener su alimento de tierras menos fértiles y además proporcionaban lana y pelo para la elaboración textil. Los recursos del mar fueron aprovechados más eficientemente. En general, todas estas mejoras desembocaron en un incremento de la población.

¿Por qué decayó entonces la Cultura de los Templos? Quizá la causa fue precisamente el aumento de población más allá de la capacidad que la agricultura local tenía para sostener aquél. También parece ser que el clima atravesó una etapa más seca, lo que pudo afectar a los cultivos. La escasez de comida podría haber llevado a un colapso de las relaciones sociales. Y eso fue todo. No parece que los avances de Malta hubieran encontrado eco más allá del propio archipiélago, quizá debido a que la afluencia de extranjeros era escasa.

El abandono de los templos de Tarxien se produjo alrededor del 2.300 a. C y el lugar fue ocupado por un pueblo probablemente llegado del tacón de Italia, poseedores de una cultura propia de la Edad del Bronce. Pocos vestigios de desarrollo cultural o población extensa se han hallado de ese periodo. En torno a 1.450 a.C, Malta fue invadida por otro grupo proveniente seguramente de Sicilia. Ambos grupos se fundieron y vivieron tiempos peligrosos a juzgar por los hallazgos de aldeas fortificadas en lo alto de promontorios. Los siglos que siguieron verían la llegada a la isla de todo tipo de civilizaciones y culturas, desde fenicios hasta árabes, pero desde el punto de vista cultural y tecnológico, ya no se igualó la Edad de los Templos, cuyos vestigios son un testamento duradero al genio constructor de los antiguos habitantes de Malta.
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