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martes, 4 de febrero de 2014

La Casa Blanca - El poder en el Nuevo Mundo





George Washington, primer presidente de los Estados Unidos de América y el único elegido por unanimidad, consiguió evitar que sus compatriotas le dieran el título de “Su Alteza el Presidente de los Estados Unidos de América y protector de sus libertades”, como alguien propuso y como muchos habían deseado. Sin embargo, no pudo impedir que diesen su nombre a la capital del nuevo estado federal que acababa de formarse, construida en un terreno virgen, a orillas del Potomac, cedido para este fin por los estados de Maryland y de Virginia. Con modestia y elegancia, se limitó a ignorar el hecho, hablando hasta el fin de sus días de “distrito federal” o de “territorio de Columbia”.

Más sea cual fuere su nombre, se trataba de un pantano; un lugar bellísimo, pero cenagoso, frío en invierno y bochornoso en verano, con un clima tan infernal que los diplomáticos ingleses acreditados en la ciudad obtuvieron de su gobierno una especial “indemnización de colina”, es decir, el derecho a pasar una temporada en alguna localidad más o menos montañosa para recuperarse de los veranos en aquel malsano baño turco. Por otra parte, este lugar que debía convertirse en centro de la nación estaba tan apartado de las habituales vías de comunicación que la esposa de uno de los primeros presidentes, que había salido de Baltimore en dirección a la Casa Blanca –o, como entonces se llamaba, la Executive Mansion, o sea la sede del poder ejecutivo- se perdió en los bosques, donde vagó durante horas hasta que fue al fin encontrada por un caritativo y vagabundo negro.

El hecho de haber escogido semejante lugar era el resultado de un compromiso; un compromiso que se hizo necesario porque la Unión amenazaba quebrarse con el problema de la capital: el Norte la deseaba y el Sur la reclamaba. El Congreso estaba indeciso respecto a la elección que debía hacerse, pero en cambio estaba muy decidido a excluir las grandes ciudades –Boston, Nueva York, Filadelfia-, en las que los representantes del pueblo hubieran estado demasiado expuestos a las reacciones inmediatas del propio pueblo que representaba. Por último se llegó a un acuerdo dentro del marco de otro acuerdo más amplio: el de las deudas nacionales. El Sur tendría la capital; pero a cambio cargaría con una parte de las deudas del Norte, que eran mucho mayores. La elección del lugar se confió a la decisión del general Washington, ex agrimensor y primer presidente del país, quien lo halló precisamente junto a su propia vivienda, en Mount Vernon.

Las líneas fundamentales de este Versalles de la democracia fueron trazadas por un francés, Pierre
Charles L´Enfant, un parisiense de pura sangre, que luchó voluntario por la libertad americana y un genio que se anticipó a su tiempo, pero uno de los peores caracteres producidos jamás por la dulce Francia. Su plan era tan válido, pero tan nuevo y audaz que durante un siglo pareció absurdo. Diseñó un inmenso ajedrezado, más amplio que el París de entonces, cortado en diagonal por grandes avenidas de hasta 50 metros de anchura. En el centro, los dos polos del poder: el Capitolio, sede del Congreso, y el palacio del presidente, unidos ambos por una vía ceremonial de 120 metros de anchura. La residencia presidencial se levantaría no lejos del río Potomac, junto a un torrente bautizado con el nombre de Tiber por un agricultor con aires de grandeza (a su hacienda la llamó Roma) y luego rebautizado prosaicamente como Goose Creek (“cañada de la oca”) por los cazadores locales. L´Enfant la imaginó en forma de un gran rectángulo, y quizás esperaba proyectarla, pero la aspereza de su carácter le hizo perder el puesto, a pesar del apoyo de Washington, quien apreciaba su genio y que chapurreaba su nombre desfigurándolo en Longfont. Por último, para la realización de la Executive Mansion fue preciso convocar un concurso.

Lo ganó James Hoban, irlandés naturalizado americano, que había empezado su carrera profesional en el Nuevo Mundo haciendo publicar en los periódicos de Filadelfia el siguiente anuncio: “Los caballeros que deseen construir en estilo elegante deben saber que pueden contar con la persona más indicada, que realiza trabajos de ebanistería y de carpintería según el gusto y técnica modernas”. El edificio que este hombre proyectó –una elegante, digna y cómoda casa, adecuada para un próspero burgués o para un plantador acaudalado- tenía como característica principal la forma oval de los salones principales.

Sin embargo, entonces pareció desproporcionada para las necesidades del presidente de los Estados Unidos, al que ya le habían sido asignados veinte mil dólares anuales de sueldo, un ministro de Asuntos Exteriores, un ministro de Finanzas, dos ministros de Fuerzas Armadas y un Administrador General de Correos. A cambio de eso podía encargarse muy bien de “todo el gobierno, toda la administración y toda la representación de los Estados Unidos”. Y para esta misión no parecía necesaria una casa que era “lo bastante grande como para dos emperadores, un papa y un dalai lama”, como expresó Thomas Jefferson (que, por cierto, sería uno de sus inquilinos). Si el proyecto se aprobó fue porque el coste parecía razonable -400.000 dólares de aquel tiempo- y además, porque entonces no parecía justo criticar los deseos de comodidad del gran Washington.

Pero estos costes fueron ampliamente superados, incluso después de haber eliminado algunos detalles
del proyecto original: abolición de los pórticos, del previsto tercer piso y de muchos acabados ornamentales. George Washington murió en 1799, precisamente cuando se ponía el tejado a la casa. El primer ocupante fue John Adams, segundo presidente del país, quien todavía encontró la vivienda sin acabar, con paredes que debían revocarse y habitaciones aún por decorar y organizar. El salón oriental, el más grande de la casa, fue acondicionado por la first lady como lavandería, la única función que podía asumir en aquel momento, iniciando con ello la serie de anécdotas que se irían produciendo sobre la residencia presidencial. Sin embargo, incluso en estas condiciones, Adams inauguró oficialmente la residencia en 1800.

Thomas Jefferson, el tercer presidente, el mismo que había criticado con aspereza la magnitud de la construcción, fue, precisamente, el que la transformó en una verdadera y auténtica vivienda. Fue también el primero en prever una ampliación de la casa, demostrando con ello que desde el interior la óptica es siempre muy distinta que desde el exterior. Por encargo suyo, el arquitecto Benjamin H.Latrobe (por fin, un americano) proyectó los dos pórticos que ahora embellecen las fachadas norte y sur y dos ampliaciones en forma de pórticos bajos con terrazas en los lados este y oeste.

Mientras tanto, Jefferson, con sus maneras directas y sencillas, ayudado por una primera dama en funciones, la encantadora Dolley Madison, esposa del secretario de Estado, pues el presidente era viudo, iban creando la tradición y el estilo de la residencia presidencial. Jefferson fue el primer político del mundo que estrechó la mano a los visitantes en lugar de hacer la protocolaria inclinación de saludo, y el primer jefe de Estado, después del legendario rey Arturo, que hizo sentar a sus invitados a una mesa redonda, en lugar de hacerlo en una rectangular, para eludir así las diferencias de rango; y quizás ha sido también el único presidente que haya recibido a un embajador, en visita oficial, vestido con ropas de casa y en zapatillas. Pero, aparte de estas anécdotas, más o menos pintorescas, Jefferson fue dando carácter a la mansión. Dispuso el arreglo de los jardines, en los que se montó una jaula para los osos grises –regalo al presidente de los exploradores Lewis y Clark al volver de su expedición al Pacífico en los años 1804-1806-, y mandó decorar el interior de la casa con bellísimos muebles franceses. Este embellecimiento fue continuado por el sucesor de Jefferson, el marido de la incomparable Dolley: James Madison.

Fue una lástima que todo eso tuviera que desparecer bruscamente, pues la Casa Blanca –término que
hacia 1809 empezó a utilizarse junto al oficial de Executive Mansion- fue incendiada en 1814, durante la guerra anglo-americana, por un cuerpo de desembarco inglés. La incursión no tuvo efectos prácticos desde el punto de vista militar, siendo luego contrarrestada, desde el punto de vista sicológico, por el golpe que meses después infligió Andrew Jackson a dicho cuerpo expedicionario tras los muros de Nueva Orleans (con la diferencia de que este segundo episodio tuvo lugar cuando ya se había firmado la paz, aunque los combatientes no lo sabían). Pero lo cierto es que, tras el ataque, de la Casa Blanca sólo quedaban en pie las paredes exteriores (deterioradas también), habiéndose salvado únicamente de su interior el retrato de Washington, que fue trasladado a lugar seguro por la propia esposa del presidente en el momento de la invasión. Fue necesario encargar a Hoban, que volvió a la brecha después del paréntesis de Latrobe, una restauración completa –que más bien era una reedificación-, que se realizó tan rápida y sumariamente que cada año, al hacerse la limpieza de verano, se ponían al descubierto las huellas del pasado incendio.

Cuando Andrew Jackson, el vencedor de los ingleses en Nueva Orleans, fue elegido presidente y se instaló en 1829 en la residencia, miles de personas tomaron por asalto el edificio para “festejar” el acontecimiento, devastando casi por completo el salón oriental (cuya reparación costó 10.000 dólares), derribando el buffet, rompiendo vajillas y destrozando muebles: era, según un juez de la Corte Suprema que presenció los hechos, “el triunfo de Su Majestad la Plebe”. El bullicio de esta presidencia tan escandalosamente iniciada terminó con la desaparición de un enorme queso, de 635 kilos de peso, regalo de un industrial de Nueva York al presidente y que los “invitados” devoraron en el mismo salón, cortándolo con sus propios cortaplumas.

Todos esos hechos, no obstante, despertaron menos reprobación que la conducta de Martin van
Buren, sucesor de Jackson, contra el que un enfurecido diputado de Pennsylvania desató una virulenta campaña –que llenó treinta y dos páginas de un periódico- de “infamantes acusaciones”, que iban desde el uso, por parte del presidente, de cubiertos de oro –que en realidad eran de plata dorada- a la “abominable” predilección por los vinos franceses en lugar de la honesta sidra, y de la costumbre decadente de usar aguamaniles, perfumarse y dormir hasta ciertas horas, hasta la “increíble” disipación de 75 dólares para abrillantar un centro de mesa de plata dorada que había sido adquirido por el presidente Monroe para los banquetes oficiales. Y todo ello para apoyar la elección de un candidato (William H.Harrison) que moriría –por pura obstinación- apenas un mes después de su nombramiento.

Pero todas esas anécdotas deben incluirse en la pequeña y menuda historia de la gran mansión. También hubo sus tragedias. En efecto, la doble presidencia de Abraham Lincoln vio la tragedia de la guerra civil junto a la personal –pero desesperante- del presidente, que en la Casa Blanca perdió a su hijo y vio enfermar gravemente a su mujer. Todo ello mientras Lincoln debía llevar el peso de una guerra atroz, de consecuencias imprevisibles, con las dificultades que crecían en los frentes y el deseo de venganza aumentando en el interior; un amasijo de tragedias que culminaría en la tragedia final: el asesinato del propio presidente, en un palco de un teatro, cuando la guerra civil apenas había acabado. Era el primer presidente norteamericano asesinado, pero no sería el último; su suerte la seguirían Garfield, McKinley, Harding y John Fitzgerald Kennedy.

La Casa Blanca no siempre ha albergado estadistas de primera fila, como el citado Lincoln. A Jefferson, Monroe y Jackson les siguieron otros que son poco más que un simple nombre en las páginas de la historia: James Pole, bajo cuya dirección se conquistó, con una patente agresión, el Sudoeste; Millard Fillmore (cuya esposa empezó la biblioteca de la Casa Blanca, hoy inmensa, pero entonces reducida únicamente a una Biblia), y Pierce, Tyler y Taylor (fulminado por una indigestión de fruta amarga y bebidas heladas). Hubo otros, como Grant, de gran categoría en la guerra como
general, pero débil como conductor del país y que cerró su mandato con una explosión de escándalos; o como Chester Alan Arthur, que heredó la residencia como vicepresidente de Garfield y que no quiso entrar en ella hasta que aquella “barraca mal sostenida” fuese restaurada; para ello se dirigió a Louis Comfort Tiffany, que entre otras cosas cerró el atrio con una de sus fantásticas vidrieras, un “motivo de águilas y banderas, trenzadas a la manera árabe”. Han sido cuarenta y tres hasta ahora, desde John Adams –que cruzó por primera vez su umbral- a Barack Obama, los presidentes que han ocupado las históricas habitaciones. Cada uno con sus ansias, sus esperanzas, sus manías y su capacidad. Y cada uno con sus propias ideas sobre lo que la residencia debería ser.

Después de la reconstrucción de 1816-17 y la realización de los pórticos y alas que Latrobe había proyectado, se fueron sucediendo las siguientes innovaciones: la casi total renovación del decorado, efectuada por Mary Todd Lincoln (que ahogaba sus neurosis en continuos gastos), la completísima reorganización de la época de Grant (cuando la Casa Blanca imitó el estilo de los barcos del Mississipi, de moda entonces) y la restauración del presidente Arthur. Después, Theodore Roosevelt llegó al edificio como un tornado.

Mientras el presidente aprendía jiujitsu y sus hijos montaban ponis en los ascensores, los albañiles
construían la nueva ala (el ala oeste) para los despachos presidenciales, que hasta entonces habían estado dentro de las habitaciones destinadas a la familia, y se instalaban tuberías y electricidad, se rehacían los pavimentos -peligrosamente sobrecargados y endebles- y el segundo piso se arreglaba para uso estricto de la familia y para huéspedes de Estado. Así, el edificio –bautizado ya oficialmente como Casa Blanca- estaba ya dispuesto para entrar en el siglo XX. O casi dispuesto, porque en tiempos de Truman fue necesario volver a rehacerlo casi entero: un siglo y medio de continuas modificaciones y de incesantes servicios dejaron la mansión en pie por pura fuerza de la costumbre. Manteniendo tan sólo las paredes exteriores, fue reconstruido por completo, siguiendo las pautas previstas en los proyectos de Hoban y de Latrobe.

Una de las estancias más famosas de este edificio es, por supuesto, el despacho Oval, sinónimo de la
presidencia norteamericana hasta tal punto que a veces se usa para referirse a la presidencia misma. Es conocido en el mundo entero por ser el escenario de innumerables mensajes presidenciales y por aparecer en series de televisión y en películas. En la vida real, solo unos pocos tienen acceso a este despacho.

El despacho Oval es la oficina principal del presidente norteamericano y, quizá por encima de cualquier otro lugar, ejerce como centro del Gobierno de los EE UU. La habitación mide 76 metros cuadrados, se encuentra en la primera planta del ala oeste de la Casa Blanca y permite al comandante en jefe (el presidente) tener acceso directo a otros miembros importantes de su gabinete, y también a sus residentes al finalizar la jornada.

El primer despacho Oval se construyó en 1909 y fue diseñado por Nathan C.Wyeth para el entonces presidente, William Howard Taft, quien lo decoró con un llamativo color verde. En 1929 fue destruido por un incendio y el presidente Herbert Hoover supervisó las reformas en las que se instaló por primera vez un aparato de aire acondicionado.

El despacho Oval que conocemos hoy fue diseñado por Eric Gugler como parte de la mencionada construcción del ala oeste que llevó a cabo el presidente Franklin D.Roosevelt en 1934. La estancia se trasladó de su posición central en el ala a la esquina sudeste.

En ella encontramos varios estilos arquitectónicos, entre ellos el georgiano, el barroco y el neoclásico. Se puede entrar a través de cualquiera de las cuatro puertas (la puerta este da al pintoresco jardín de las Rosas).

Roosevelt trabajó con Gugler para el diseño de ciertos aspectos del despacho, entre ellos el medallón
del techo que contiene varios elementos del sello presidencial. Muchos presidentes han optado por redecorar el despacho, pero pocos han variado sus elementos más simbólicos, como el mirador en la fachada sur detrás del escritorio del Presidente (estas ventanas se instalaron durante la Guerra Fría y se dice que poseían dispositivos para dificultar las escuchas soviéticas de las conversaciones del Presidente a través de las vibraciones de sonido en los cristales). Muchos se conforman con renovar la moqueta, en la que siempre figura el sello presidencial desde los tiempos de Harry Truman.

Mientras tanto, los presidentes se iban sucediendo. Eisenhower jugó al golf en los prados del parque,
esos prados en los que cada año, en Pascua, según una tradición iniciada en 1877 por Lucy Hayes, los niños buscan alegremente decenas de huevos que se dejan en el césped. Más tarde, Jacqueline Kennedy reestructuró de arriba abajo la decoración interior, haciendo de la Casa Blanca una residencia administrada según reglas establecidas y digna de competir, en cuanto a poder evocador y dignidad ambiental, con los grandes palacios históricos europeos.

Durante la mayor parte de su historia, la Casa Blanca ha estado, sorprendentemente, abierta al público. Hasta una fecha tan reciente como la década de los noventa, durante el mandato de Bill Clinton, se mantenía una política de puertas abiertas. La amenaza de ataques ha hecho, sin embargo, que las medidass de seguridad hayan sido reforzadas.

La Casa Blanca está rodeada por una valla y todo el complejo se halla bajo la protección de la United States Park Police (la policía de parques de Estados Unidos) y el servicio secreto. En los últimos años se ha desviado el tráfico para alejarlo del edificio y se han levantado barreras policiales en las calles adyacentes. El espacio aéreo por encima de la Casa Blanca está restringido y el cielo de Pennsylvania Avenue está vigilado cuidadosamente por un avanzado sistema de misiles tierra-aire. Otros sistemas de seguridad en funcionamiento (radares y ventanas a prueba de balas, entre otros) se renuevan y actualizan regularmente.

A pesar de todas las medidas de seguridad de la Casa Blanca, o quizá precisamente a causa de ellas (a
algunos les gustan los desafíos), no han faltado intrusos a lo largo de los años. Por ejemplo, en 1974 hubo dos graves incidentes. En el primero, un soldado de Ejército robó un helicóptero y aterrizó en el césped de la Casa Blanca. Posteriormente, el día de Navidad otro hombre estrelló su coche contra la valla y corrió hacia la Casa Blanca diciendo a los negociadores que llevaba explosivos (luego se descubrió que no era cierto).

Veinte años más tarde, en 1994, una avioneta se estrelló dentro del recinto cuando pretendía hacerlo contra la Casa Blanca. Un par de meses después hubo un intento de asesinar a Bill Clinton cuando su agresor disparó 29 veces con un rifle apuntando hacia la casa desde la valla que rodea el recinto. Incluso después de reforzar la seguridad a causa de los ataques del 11 de septiembre, varias veces ha habido intrusos que han intentado escalar la valla. Ninguno de ellos ha llegado jamás al despacho Oval.

Pero más que las restauraciones y las anécdotas políticas, lo que la gente recuerda con más afectuoso
sentimentalismo es a Caroline Kennedy niña, que se hace fotografiar por los periodistas con los zapatos de su madre, o a su hermano John-John que sale del despacho de su padre, en el que se había escondido. Porque aunque el poder del inquilino de la Casa Blanca es hoy mucho mayor que el de cualquiera de los jefes de Estado del mundo occidental, y su superministerio, que en tiempos de George Washington se componía de un solo secretario, invade hoy todo un barrio de la capital, la Casa Blanca no ha dejado de ser, en casi dos siglos de vida, una casa por encima de todo, la vivienda de una familia elegida por el pueblo y en la cual ese pueblo se reconoce. Y tampoco ha dejado de recordar, con su aspecto de elegante y digna residencia burguesa, que lo que la nación americana ha dado a su presidente es una casa, con el “salón bueno” para recibir a los huéspedes, y no un palacio. Quien vive allí, aunque tenga poder sobre medio mundo, no es más que el delegado de millones de individuos que lo han colocado en aquel lugar.

En definitiva, la más completa definición es la que diera Eisenhower: “Estoy seguro –escribió- que la casa Blanca no es sólo la residencia del jefe ejecutivo: es la historia viviente de la colonización, de las luchas, de las guerras, del pasado, y, al mismo tiempo, es la encarnación de la América que crece. Me gusta pensar en ella como símbolo de la libertad y del progreso del pueblo americano”.


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domingo, 24 de noviembre de 2013

Templo de Karnak - donde se abrazan lo humano y lo eterno






El complejo de Karnak es una de las mayores estructuras religiosas que se hayan construido nunca. Sin embargo, sus comienzos, como los de tantos grandes lugares de culto, no fueron sino los de un pequeño templo dedicado a una divinidad, Amón. Se inició durante el Reino Medio (2050 a.C.) y, al mismo tiempo que crecía el poder del dios, lo hacía su residencia en la tierra. Todos los faraones intentaron dejar su huella en este complejo, bien con añadidos arquitectónicos, con elementos decorativos o en forma de grandes obeliscos. El templo principal de Karnak es el de Amón, pero en su interior se hallan otros edificios como el de Khonsu, muy bien conservado, el de Mut o el de Montu.

Lo primero que observamos antes de entrar en el gran complejo es la Avenida de las Esfinges en su extremo opuesto al tramo que comienza en Luxor. Las esfinges con cabeza de carnero conducen hasta el primer pilono, la entrada propiamente dicha. Originalmente, esta enorme estructura que daba entrada al templo medía unos 40 metros de alto. En realidad está inacabada, tal como se aprecia en la diferencia de altura que existe entre ambos lados.

Karnak es más que un templo, es un espectacular complejo de santuarios, templetes, pilones y obeliscos dedicados a los dioses tebanos y a mayor gloria de los faraones. Todo aquí tiene un tamaño descomunal: el complejo mide 1,5 km por 800 m, suficientemente grande como para albergar diez catedrales, mientras que el primer pilón de la entrada es dos veces el del templo de Luxor. Durante el reinado de Ramsés III, 80.000 personas trabajaban en o para el templo, dándonos una idea de su importancia tanto espiritual como económica. Construido, ampliado, desmantelado, restaurado, agrandado y decorado durante casi 1.500 años, Karnak fue el lugar religioso más importante de Egipto durante el periodo tebano.

Karnak es enorme, pero sigue conservando la misma planta y estructura que otros más templos más pequeños: están construidos a lo largo de un eje; la entrada principal toma la forma de pilones que conducen a un patio circunscrito por una columnata y a una sala hipóstila. Las paredes llevan pomposas decoraciones en bajorrelieve, representando ritos del culto, actividades del faraón y a veces escenas más domésticas. Forman parte integral del edificio.

Y, tras atravesar un patio y el segundo pilono, llegamos a la gran estrella del complejo, los seis mil
metros cuadrados de la Sala Hipóstila: un total de 134 columnas forman esta maravilla en piedra que representa una lujuriante masa de papiros. Las doce columnas centrales alcanzan los 23 metros de altura y la circunferencia de sus capiteles es de 15 metros. En la base hay bloques tan gruesos que se necesitan más de 7 personas cogidas de la mano para rodear una de ellas. ¿Qué hay detrás de esta maravilla de la arquitectura, tanto desde un punto de vista espiritual como tecnológico?

Los faraones del Imperio Antiguo eran muy ricos, pero también disfrutaban de algo totalmente desconocido para Ramsés y su familia: seguridad. En aquellos primeros años de Egipto, el relativamente joven imperio estaba libre del peligro de invasiones y había otras señales que indicaban que los dioses estaban contentos. El Nilo fluía caudaloso y su crecida anual, rica en nutrientes, hacía que las granjas obtuvieran abundantes cosechas. Y como enlaces vivos con los dioses, los antiguos faraones se llevaban todo el mérito. La bonanza les permitía idear proyectos arquitectónicos increíblemente ambiciosos, se movilizaban ejércitos de trabajadores para construir las pirámides, los edificios más grandes de la Antigüedad. Pero aunque los faraones podían aprovechar y explotar la mano de obra de todo un Imperio, eran gobernantes remotos, nunca contemplados por sus súbditos.

La época de Ramsés fue muy diferente. La imagen decidida y divina del faraón de la época de las pirámides había desaparecido. Aunque seguía siendo un ser sagrado, en el Imperio Nuevo estaba algo más cerca de la tierra. Y Ramsés II lo sabía muy bien. El padre de Ramsés, Seti I, le preparó para este nuevo papel de faraón más expuesto, complaciente y accesible. En la época de Ramsés los faraones tenían que trabajar mucho más duro en las relaciones públicas, tenían que aparecer regularmente ante su pueblo y organizar ceremonias para que sus súbditos vieran que existían. Ramsés, como príncipe heredero, se ocupaba también de las tareas de faraón con su padre. Las pirámides formaban parte de una época muy distante, pero los edificios seguían siendo básicos para la autoridad del faraón y el simbolismo religioso era tan importante como siempre. En el Imperio Nuevo, Giza ya no era el centro del poder faraónico, que se había trasladado 650 km al sur, hasta Karnak, en el Nilo.

Al igual que las pirámides, las estructuras del templo tenían un poder sagrado, y ofrecían un camino
visible al más allá. Pero a diferencia de las elitistas pirámides, los templos de la época eran mucho más accesibles. Una de las primeras tareas de Ramsés junto a su padre, fue expandir este lugar religioso. Juntos crearon el mayor complejo de templos jamás construido, y lo coronaron con uno de los grandes logros de la ingeniería de la antigüedad: la Sala Hipóstila. Esta estancia formaba un camino intermedio entre los bulliciosos patios exteriores y las cámaras interiores, más sagradas y escondidas dentro de esa fantasía arquitectónica. Pero como los arquitectos del Imperio Antiguo, los constructores de Seti usaron métodos aparentemente sencillos para construir la sala.

Una vez que se hubo colocado la primera hilera de piedras del templo, se rellenó de arena la superficie interior. Los bloques de piedra de la segunda hilera fueron izados por medio de una rampa construida desde el exterior del edificio y, posteriormente, colocados en su sitio a través del terraplén. Luego, se añadió más arena hasta alcanzar la altura de los nuevos bloques y se continuó utilizando el mismo sistema hasta terminar los muros. Entonces, los obreros extrajeron la arena que cubría todo el templo y comenzaron a construir los muros de la fachada siguiendo el mismo sistema.

Posteriormente, se colocaron una serie de columnas de granito bastante labradas destinadas a sostener el techo. Cada una era colocada en su lugar por medio de cuadrillas de obreros que tiraban con cuerdas desde lo alto de los muros. Otra serie de obreros se encargaban de centrar las columnas, utilizando como palancas grandes estacas de madera. Cuando estuvieron colocadas en su sitio todas las columnas, se volvió a rellenar de arena todo el templo y se procedió a izar las grandes losas del techo por una rampa construida al efecto, arrastrándolas después por el terraplén hasta situarlas correctamente.

Una vez concluido el techo, comenzó a retirarse, por capas, el relleno, ya que era utilizado como plataforma por los artesanos que debían esculpir y pintar las paredes de revestimiento. Simultáneamente, otros artesanos se dedicaban a esculpir los capiteles de las columnas. El pavimento, que fue lo último en concluirse, se recubrió con losas de alabastro perfectamente talladas.

Igual que las antiguas pirámides, el templo de Karnak simbolizaba la búsqueda de la perfección y el
orden dentro del caos universal. La Sala Hipóstila, la gran obra de Ramsés, era la encarnación fosilizada de los mitos de tradición oral. Las grandes columnas que parecían plantas de papiro gigantes, representaban el pantano primigenio que cubría la tierra durante la creación.

Un significativo desarrollo en el culto al otro mundo, le daba a este edificio aún más valor. Cuando Ramsés heredó el trabajo de supervisar la decoración del interior de la Sala Hipóstila, continuaba un trabajo cósmicamente importante. El espíritu del faraón muerto ya no se alojaba en el corazón de una gran pirámide. Ahora brillaba desde todas las piedras y la pintura de las estatuas y los relieves. Los artistas hacían mucho más que decorar: estas imágenes transformaban la sala en una potente fuente de poder religioso y político. El futuro faraón comenzaba a crear su propia marca. Es en los templos donde el faraón proyecta su imagen, son los carteles donde puede publicitar su gloria y su fe en los dioses. En parte, intentaba también impresionar a los dioses, no solo al pueblo en general, así que tenía que satisfacer a dos públicos.

En tiempos de los faraones, esta sala estaba cubierta y todavía se pueden ver algunos de los dinteles que la sustentaban. El interior quedaba sumido en una semioscuridad acentuada por los rayos de luz que entraban por las enrejadas ventanas situadas a lo largo del pasillo central. Resulta fácil imaginar las procesiones de los sacerdotes avanzando por el recinto sagrado e incluso a los faraones deteniéndose a admirar los bajorrelieves que representaban a los dioses a su imagen y semejanza. Más allá, el complejo del templo se extiende hasta donde llega la vista.

Los egipcios no estaban interesados en experimentar con el espacio interior, y la vasta sala era meramente un “vestíbulo”, en el sentido de antesala. Más allá yace la cámara sagrada, el santuario, en comparación oscuro y estrecho, donde la residía el dios en forma de estatua alojada dentro de un sepulcro. Porque se creía que las deidades vivían en el sanctasantorum, donde solo el faraón y el sumo sacerdote podían entrar. Eran, pues, moradas de los dioses, no lugares de culto para el pueblo. La gente común no era admitida, pero en los festivales, que eran extremadamente elaborados, imágenes de los dioses eran llevadas fuera del templo para ser adoradas por la gente. Una vez al año, durante la época de inundaciones -cuando la gente no podía trabajar en los campos- la imagen de Amón salía de Karnak, pasaba por la vía ceremonial flanqueada por esfinges hasta el Nilo y embarcaba con gran esplendor hacia Tebas, realizando diversas paradas para visitar a otros dioses. Cantantes, danzarinas y músicas acompañaban el solemne cortejo. Mientras tanto, sus fieles le acosaban a preguntas, pronunciadas siempre por boca de los sacerdotes, sabios intérpretes de sus santas respuestas, que se manifestaban mediante las oscilaciones de la barca donde era transportado.

Pero también eran algo más que morada de dioses. En silencio, vago por el laberinto de patios, atravieso la extensión vacía del lago sagrado y, finalmente, llego hasta un pabellón desde el que puedo ver la totalidad de esta ciudad sagrada bañada en la luz rosada del atardecer. Multitud de edificios, estancias, obeliscos, estatuas, patios, salas, santuarios, capillas, almacenes... Los grandes templos, como los monasterios medievales, eran grandes unidades autónomas que contenían talleres de artesanos y escuelas. En el siglo XII a.C. el templo de Amón en Karnak empleaba alrededor de 10.000 personas, sin contar a mucha otra gente que, de forma más o menos directa, encontraba su sustento atendiendo las necesidades de los sacerdotes, escribas y artesanos a sueldo de Amón. Había una profesión en concreto que resultaba absolutamente fundamental para el funcionamiento, no sólo del templo, sino de todo el Imperio: el escriba.

No es casual que de entre todas las profesiones descritas en la famosa Sátira de los Oficios y donde
ninguna encuentra el más mínimo beneplácito por parte del autor, se cite la del escriba como la única apetecible. Dice el texto: “Os haré amar el oficio de escriba más que a vuestra madre, os mostraré sus bellezas. Es la más grande de todas las vocaciones, no hay ningún oficio como él en el mundo. Apenas un escriba ha empezado a crecer, cuando todavía es un niño, ya se le reverencia y se le envía como mensajero; no volverá para ponerse los faldellines de trabajo. El albañil construye, siempre en el exterior, expuesto al viento (…); sus brazos se hunden en el barro, todas sus ropas están manchadas (…) No hay ningún oficio en el que no se reciban órdenes, excepto el de funcionario; en ese caso es él quien ordena. El saber escribir os será más útil que cualquier otro oficio”.

Este escrito de la XII dinastía, también conocido por Enseñanzas de Jeti y que se utilizaba como
material de trabajo en las escuelas, nos revela dos características principales del escriba: la comodidad de su trabajo y su condición de funcionario, ya fuera al servicio de la administración o de un templo. En efecto, respetado y hasta adulado por todos, ejercía una profesión relativamente descansada, ajena a la rudeza de otros oficios, y con la cual podía ascender fácilmente en el escalafón social. Pero más importante que eso, el escriba constituía la amplia base del funcionariado en el antiguo Egipto, sin cuyo concurso todo se hubiera paralizado. Entre sus múltiples funciones, debía levantar actas de los juicios, anotar las entradas y salidas de mercancías en los almacenes estatales, vigilar el cobro de impuestos y contribuciones, redactar cartas y contratos a particulares, plasmar las leyes dictadas por el faraón y sus visires…

La élite cultivada de los escribas representa el alma del antiguo Egipto. Se dice que una imagen vale
más que mil palabras, y si eso es cierto nada mejor que recurrir a la famosa estatua El Escriba Sentado que se conserva en el Museo del Louvre. No son pocos los que han querido ver en esta obra maestra de la escultura el más fiel retrato del espíritu del Egipto milenario. Sus manos no enarbolan una espada, sino que sostienen un utensilio de escritura, símbolo que nos debería conducir a la siguiente reflexión: podemos imaginar un Egipto sin soldados, pero jamás sin pirámides, jamás sin templos y, desde luego, nunca sin jeroglíficos, lo que nos remite inevitablemente al pacífico escriba.

En cuanto a la casta sacerdotal, es casi un denominador común de todas las culturas antiguas –al menos en sus etapas más primitivas- la estrecha relación existente entre la política y la religión, hasta el punto de que la autoridad terrenal venía a simbolizar la voluntad divina. En este aspecto, resulta notorio el hecho de que en el antiguo Egipto al faraón se le considerara un auténtico dios. Pero además se daba la circunstancia de que tanto dioses como hombres estaban sujetos a un orden universal denominado maat, cuya conservación era la garantía del modelo social y político que regía la vida en las riberas del Nilo y del que tan orgulloso se sentía todo egipcio.

Todas las ceremonias, procesiones y ofrendas que se realizaban en los templos tenían por objeto la conservación de la maat. Pero como el faraón, en su calidad de rey-dios, era el último garante del equilibrio cósmico, se daba la extraña paradoja de que sólo sus oraciones y sus ofrendas eran verdaderamente eficaces. Sólo él tenía, por consiguiente, autoridad para ejecutar el ceremonial de culto, y por este motivo recibió, ya desde principios del Imperio Medio, el apelativo de Señor del Ritual.

En los relieves del interior de los templos resulta habitual encontrar representaciones del faraón consumando las ceremonias rituales prescritas por el culto. Sin embargo, como cabe suponer, el monarca no podía estar simultáneamente en todos los lugares donde, cada día, debían renovarse los curiosos protocolos que aseguraban el curso feliz del mundo. Y así, del mismo modo que en la administración del Estado se rodeaba de importantes funcionarios nombrados directamente por él, también para los asuntos de la religión elegía personalmente a los sacerdotes, que habrían de actuar exclusivamente como representantes suyos.

La comparación entre la administración pública y el edificio religioso resulta sumamente gráfica,
pues igual que el enorme aparato estatal requería incontables funcionarios, también los templos formaban fuertes núcleos de poder con múltiples ramificaciones, bajo cuyos tentáculos se cobijaba una ingente multitud de servidores. Entre esta muchedumbre se contaban escribas y médicos, artesanos que trabajaban en los talleres adscritos al templo, campesinos que labraban la tierra sagrada y auxiliares de todo tipo, así como cantantes, bailarinas y tañedoras de instrumentos.

El clero propiamente dicho ya era, en sí mismo, bastante numeroso. Los sacerdotes se podían casar y, por lo general, llevaban una vida no muy distinta a la de cualquier otro egipcio, si exceptuamos su destacada profesión. Exteriormente, una fina túnica blanca de lino y unas sandalias también blancas les distinguían del resto de la población. Pero lo más llamativo eran sus lustrosas calvas: la pureza que requerían para ejecutar su oficio les obligaba a depilarse cada dos días, incluyendo cejas y pestañas, “para que –según cuenta Herodoto- no pueda establecerse en los pelos ningún piojo o cualquier otro insecto”.

Tampoco podían mantener relaciones sexuales durante los periodos de culto –un mes de cada cuatro-,
ni entrar en contacto con mujeres menstruantes. En este aspecto no se diferenciaban gran cosa de los demás, pues en el antiguo Egipto, donde al parecer no existía el tabú de las relaciones incestuosas entre hermano y hermana, sí se consideraba impura la regla de la mujeres, hasta el punto de que los trabajadores eran dispensados de acudir al tajo durante los días de menstruación de sus esposas o hijas.

Subdivididos en múltiples categorías, los títulos y funciones de los sacerdotes resultaban muy variados. Si en principio los cargos que ostentaban dependían del rey, lo cierto es que con el tiempo sus titulares tendían a convertirlos en auténticas propiedades que, como la tierra, podían ser heredadas por sus sucesores. De hecho, y especialmente a partir de la XVIII Dinastía, ejercer la profesión de sacerdote ofrecía brillantes posibilidades de ascenso.

La jerarquía, que en su escalafón incluía sacerdotes lectores, puros, padres del dios y profetas –rango
que contemplaba incluso gradaciones como segundo profeta o primer profeta-, culminaba en la figura del sumo sacerdote, designado directamente por el faraón y que ostentaba títulos tan pretenciosos como Jefe de los Secretos del Cielo o Jefe de los Sacerdotes de Todos los Dioses del Alto y Bajo Egipto, título este último que implicaba auténtico poder político, sobre todo en los tiempos de mayor auge del culto a Amón, al final del Imperio Nuevo.

El sumo sacerdote resultaba escogido, por lo general, fuera de la jerarquía regular, y era el principal encargado de consumar el culto en representación del monarca. Para ello debía someterse antes a una escrupulosa limpieza y purificar su boca con una pequeña dosis de natrón, producto que, por cierto, se empleaba también en el proceso de momificación, así como para la limpieza doméstica en los hogares. Una vez aseado, y asegurándolo con la fórmula “Yo estoy limpio”, penetraba en lo más profundo del santuario. Aquí, lejos de la mirada de cualquier profano, desnudaba la estatua del dios al cual estaba consagrado el templo.

Milagrosamente, y tras una serie de abluciones mientras recitaba devotamente “Yo te aplico ungüentos para que aten tus huesos, para que unan tu carne, para que diluyan tus supuraciones”, el dios cobraba vida. Acto seguido, el sacerdote procedía a vestirle con adornos, ofrecerle aromáticos aceites y cubrirle con un manto rojo al tiempo que recitaba “Isis lo ha tejido, Neftis lo ha hilado”. Luego, y después de esparcir arena por el suelo, efectuar varias vueltas alrededor de la barca sagrada y limpiarlo todo con sumo cuidado, cerraba el tabernáculo y lo sellaba con la siguiente fórmula: “No entre el mal en este templo”.

El dios recibía asimismo, ricos manjares, que le eran presentados en una bandeja. Mediante una serie de palabras rituales, su grosera y mundana sustancia pasaba al mundo de lo invisible para así poder alimentar a la divinidad. Resulta obvio que los manjares en modo alguno se transformaban en comida divina, por lo que las abundantes sobras eran retiradas del altar tal y como habían sido presentadas. Ninguna contradicción hacía mella, sin embargo, en la inquebrantable fe de los fieles: ni cortos ni perezosos, procedían a llevar inmediatamente esos alimentos a la mesa de aquellos altos dignatarios que, gracias a sus donativos, habían sido admitidos en el interior del templo, y pronto eran engullidos por sus poco divinos estómagos (si resulta ingenuo o difícil de creer, pensemos que, al fin y al cabo, la transubstanciación de la Eucaristía católica parte de un principio semejante). Finalmente, lo realmente sobrante se repartía entre todo el personal del templo.

Al parecer, la creciente profesionalización del sacerdocio fue la causa de que la mujer, que en épocas
anteriores al Imperio Nuevo había ocupado cargos de auténtica sacerdotisa, acabara relegada a un papel meramente representativo en los templos, destinado a proporcionar mayor boato a las ceremonias públicas. Así, sus funciones consistían en deleitar al dios con “voz agradable”, aunque en Karnak existía personal femenino entre el clero. Las concubinas de Amón procedían de las clases altas de la sociedad o eran reclutadas entre las hijas y las esposas de los sacerdotes. Se cree que era de buen tono que las altas damas de la sociedad formaran parte del harén particular de Amón. Sin embargo, tal denominación no implica, pese a las apariencias, que estas encopetadas señoras fueran educadas como cortesanas.

Focos donde hallaban expresión místicas creencias, los templos del antiguo Egipto fueron, asimismo, tabernáculos de la ciencia. La mayoría de ellos disponía de una denominada Casa de la Vida, probablemente porque era donde se enseñaba medicina a los alumnos aventajados. Pero también era allí donde debían acudir los escribas para aprender el arte de la escritura y, sobre todo, donde se estudiaba y establecía todo lo referente a la complicada teología egipcia. Ciencia y teología no son precisamente dos disciplinas que se den la mano, pero en el mundo de la antigüedad, donde todo estaba aún por descubrir, ambas constituían las dos caras de la misma moneda. Religión y ciencia seguían, dentro de los muros de los templos egipcios, caminos entrelazados. Y parece que a ninguna les fue mal de ese modo.

El templo de Karnak constituye la máxima expresión de la búsqueda de la inmortalidad por parte de los antiguos faraones egipcios. En tanto que muestra de la arquitectura religiosa, es más representativo de la vida en el antiguo Egipto que las propias pirámides de Giza, ya que éstas, a pesar de sus impresionantes dimensiones, son meras tumbas de los últimos faraones del Imperio Antiguo. En cambio, la influencia directa del templo sobre la vida económica, social, religiosa y política del país, se extendió
durante más de 1.300 años.

Si, como Goethe sugirió, la arquitectura es música congelada, entonces Egipto ofrece algunas de las mejores sinfonías del mundo, composiciones de sobrecogedor genio. Como las grandes catedrales de Europa o los complejos religiosos mayas o jemeres, el templo de Karnak es una declaración espiritual, demostración en piedra de la existencia continuada de la afinidad del hombre con lo eterno.

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martes, 16 de julio de 2013

El Palacio Real de Phnom Penh - Decorado para un monarca de película




Cuando los tailandeses conquistaron Angkor a finales del siglo XIV, la disminuida corte jemer huyó hasta una llanura aluvial lo suficientemente alejada de las fuerzas enemigas. Por supuesto, cuando se está empezando de nuevo tras haber sufrido un duro revés y en tiempos de graves crisis políticas, siempre viene bien una ayudita divina. El hallazgo de una reliquia supondría un buen empujón para la hundida moral. Y eso fue lo que sucedió. Una mujer llamada Penh encontró cuatro estatuas de Buda depositadas en las orillas del rio Mekong. Buen augurio que permitiría a la recién fundada ciudad beneficiarse de la afluencia de peregrinos deseosos de contemplar las milagrosas estatuas. Había nacido Phnom Penh (“La Colina de Pehn).

La leyenda ha seleccionado a la buena señora de Penh como ganadora del concurso a fundador de la moderna capital de Camboya. Pero la realidad fue probablemente menos religiosa y sí más pragmática. Angkor estaba mal situada para el comercio y, peor aún, sometida a la continua amenaza del reino siamés de Ayuthaya. Phnom Penh, en cambio, tenía una ubicación más céntrica dentro de los territorios jemeres y estaba perfectamente ubicada para el comercio fluvial con Laos y China a través del delta del Mekong, a la vez que el río Tonlé Sap ofrecía acceso a las aguas ricas en pesca del lago del mismo nombre.

Phnom Penh conservó su estatus de capital real durante 73 años, desde 1432 a 1505. Después, la corte estuvo cambiando de lugar durante 360 años debido a luchas intestinas entre los diferentes pretendientes. Pero la ciudad ya existía y no dejó de crecer: a mediados del siglo XVI, el comercio la había convertido en una potencia regional, atrayendo a gran cantidad de comerciantes chinos e indonesios.

Un siglo más tarde, sin embargo, las incursiones vietnamitas en territorio jemer habían privado a la
ciudad del acceso a las vías marítimas, y los comerciantes chinos conducidos al sur por la dinastía manchú empezaron a monopolizar el comercio. El reino, sin salida al mar y cada vez más aislado, se convirtió en un estado tapón entre los pujantes tailandeses y los agresivos vietnamitas. En 1772, los tailandeses redujeron Phnom Penh a cenizas. Aunque fue reconstruida, se vio continuamente perturbada por las intrigas rivales entre tailandeses y vietnamitas, hasta que los franceses se hicieron con el control de la zona en 1863. Durante todo ese periodo de incertidumbre la población de la ciudad no sobrepasó la cifra de 25.000 habitantes.

El protectorado francés en Camboya dio a Phnom Penh el trazado que presenta actualmente. La ciudad se dividió en barrios o quartiers y muchos monumentos importantes fueron edificados en esa época: el Museo Nacional, el mercado central, los edificios ministeriales… y el Palacio Real.

El impresionante Palacio se alza en el centro de la capital y cerca del río Tonle Sap, no lejos de donde
éste confluye con el Mekong. Con sus clásicos techos anaranjados con ornamentaciones doradas y unas formas verticales y estilizadas, los edificios del palacio dominan la silueta de la ciudad. Es un complejo impresionante, que recuerda a su homólogo en Bangkok. Escondido tras unos muros encalados y a la sombra de impresionantes edificios ceremoniales, el palacio es un oasis de tranquilidad con exuberantes jardines, setos cuidadosamente recortados y macizos de flores elegantemente dispuestos. Todo está tan nuevo, tan recién pintado, luce tan "real" que se diría nos hallamos en un parque temático, sensación que viene reforzada por los grupos de turistas que se distribuyen por los amplios espacios que separan los edificios. Eso sí, las autoridades obligan a los visitantes a mantener cierto decoro en el vestuario: como mínimo es necesario llevar pantalones hasta la rodilla y camisetas o blusas hasta el codo. De lo contrario, ha de alquilarse un atuendo apropiado para cubrirse según lo exigido.

Y es que, al fin y al cabo, el lugar sigue siendo la residencia oficial del monarca y no conviene que turistas occidentales en horribles pantalones cortos o desvergonzados tops sin mangas mancillen el espíritu del sitio. La mitad del complejo está cerrado al público y a los visitantes solo se les permite ver la Pagoda de Plata, el Salón del Trono y sus terrenos circundantes.

El Palacio Real nació con la recuperación de la monarquía jemer en el siglo XIX, tras un periodo de inestabilidad en el que Camboya estuvo cerca de ser absorbida por sus vecinos. La era del toma y daca entre siameses y vietnamitas llegó a su fin en 1864, cuando cañones franceses intimidaron al rey Norodom I (1860-1904) hasta que firmó un tratado que consagraba el territorio como un protectorado. Irónicamente, se trataba de un protectorado literal, es decir, un espacio protegido, porque Camboya corría el peligro de desaparecer del mapa. El control francés de Camboya se ejerció como una campaña supeditada a sus intereses en Vietnam, increíblemente parecida a la experiencia americana que se vivió un siglo después, y que inicialmente implicaba pocas interferencias directas en los temas internos de Camboya. La presencia francesa también ayudó a mantener a Norodom en el trono a pesar de las ambiciones de sus rebeldes hermanastros.

En la década de 1870, los oficiales franceses asentados en Camboya empezaron a ejercer presión para tener un mayor control sobre los asuntos internos. En 1884, Norodom se vio forzado a firmar un tratado que transformó su país en una auténtica colonia, provocando una rebelión de dos años que constituyó el único gran levantamiento en Camboya hasta la Segunda Guerra Mundial. La rebelión tan sólo finalizó cuando el rey persuadió a los sublevados para abandonar las armas a cambio del retorno al statu quo anterior.

Durante las décadas siguientes, los oficiales camboyanos de alto rango abrieron la puerta al control francés directo sobre el día a día de la administración del país, al ver en ello ciertas ventajas. Los franceses mantuvieron la corte de Norodom en un esplendor desconocido desde el apogeo de Angkor, lo que ayudó a afianzar la posición de la monarquía. 


A Norodom I le sucedió Sisowath (1904-1927), y a éste, el rey Monivong (1927-1941). A la muerte
de Monivong, el gobernador general francés de la Indochina ocupada por el agresivo Japón de la Segunda Guerra Mundial, el almirante Jean Decoux, colocó al príncipe Norodom Sihanuk, de 19 años, en el trono camboyano. Las autoridades francesas supusieron que el joven Sihanuk sería un mero títere, pero cometieron un grave error de cálculo. Se convirtió en una figura clave en el desordenado mundo de la política camboyana, un personaje de proporciones épicas, muy dado a posiciones políticas cambiantes, cuyas proezas amorosas (le apodaban "el príncipe galán") dominaron los primeros años de su vida. Más tarde se convirtió en el príncipe que dirigió a la nación en sus primeros pasos tras el fin del colonialismo francés, gobernó Camboya en sus años dorados, fue encarcelado por los jemeres rojos y, desde un exilio privilegiado, al final volvió triunfante como rey. Un camaleón político que ha demostrado ser un auténtico superviviente.

Sihanuk se consideraba el padre de la nación y se dirigía a su pueblo llamándolo "mes enfants". Durante sus frecuentes viajes por el país, multitudes vociferantes se agolpaban a ambos lados de las carreteras con la ilusión de verlo, y había quien recorría largas distancias sólo para tocar el suelo que él había pisado. Era un hombre inteligente, calculador, imprevisible, carismático, apasionado, histérico e increíblemente vanidoso. También era un animal político impredecible y un astuto negociador, como demostró en sus conversaciones con los franceses, que culminaron con la independencia total de Camboya en noviembre de 1953.

El período que siguió a la independencia estuvo marcado por la paz y prosperidad; fueron los años dorados de Camboya, una época de creatividad y optimismo. Phnom Penh aumentó de tamaño y los templos de Angkor se convirtieron en el mayor reclamo turístico del Sureste Asiático mientras Sihanuk recibía a muchos líderes influyentes de todo el mundo. No obstante, la guerra de Vietnam pronto iba a extenderse a los países vecinos.

En 1955, Sihanuk abdicó, temeroso de ser marginado del poder. El “cruzado real” se convirtió en “ciudadano Sihanouk”. Juró no volver nunca más al trono, el cual fue ocupado por su padre. Fue un golpe maestro que ofreció a Sihanuk tanto autoridad real como poder político supremo. Su partido recién creado, Sangkum Reastr Niyum (Comunidad Socialista Popular), ganó todos los escaños del parlamento en las elecciones de septiembre de 1955 y Sihanuk dirigió la política del país durante los 15 años siguientes.

Aunque temía a los comunistas vietnamitas, Sihanuk consideraba a Vietnam del Sur y Tailandia, ambos aliados de EEUU, como las mayores amenazas para la seguridad de Camboya, e incluso para su supervivencia. En un intento por esquivar estas amenazas, declaró la neutralidad de Camboya y rechazó aceptar más ayuda estadounidense, que hasta entonces había significado una parte importante del presupuesto militar del país. También nacionalizó muchas industrias, incluido el negocio arrocero. En 1965, Sihanuk, convencido de que EEUU había estado conspirando contra él y su familia, rompió relaciones diplomáticas con Washington y se alió con los norvietnamitas y China. En privado consideraba que los comunistas ganarían la guerra y permitió que el ejército norvietnamita y el Viet Cong trasladaran sus provisiones en secreto por la línea ferroviaria de Ho Chi Minh y desde el puerto camboyano de Konpong Song. Creía que, al permitir estos transportes, Camboya quedaría al margen de los estragos de la guerra. Era una apuesta arriesgada y con el tiempo se demostró nefasta para el país.

Estos movimientos y las políticas económicas socialistas emprendidas, hicieron que los elementos conservadores de la sociedad camboyana fueran apartados del poder, incluidos los jefes militares y la élite urbana. A su vez, los camboyanos de izquierdas, muchos de ellos educados en el extranjero, expresaron su desacuerdo con la política doméstica. Agravó los problemas de Sihanuk el hecho de que todas las clases sociales estuvieran hartas de la corrupción dominante en las esferas gubernamentales y en los círculos cercanos a la familia real. Según la sabiduría convencional, Sihanuk era Camboya, y su liderazgo, la clave del éxito nacional. Sin embargo, cuando el país se vio afectado por la guerra de Vietnam y aunque la mayoría de campesinos reverenciaban a su rey como una figura semidivina, empezó a ser considerado un lastre. Con la economía destrozada, su obsesivo interés en la industria cinematográfica camboyana y sus anuncios públicos declarando a Camboya “un oasis de paz”, indicaban que era un hombre que no sólo había abdicado del trono sino también de la realidad. A resultas de todo ello, en 1967 estalló una rebelión rural en la provincia de Battambang, que hizo que el monarca considerara que la mayor amenaza para su régimen venía de la izquierda. Cediendo a las presiones del Ejército, puso en marcha una dura política represiva contra la disidencia izquierdista.

En 1969, el conflicto entre el ejército y los rebeldes comunistas había empeorado, pues los vietnamitas buscaban asilo en Camboya. La posición política de Sihanuk se había deteriorado, debido en parte, ya lo hemos dicho, a su obsesión por el séptimo arte, que le restaba tiempo para su trabajo de gobernante. En marzo de 1970, mientras Sihanuk se encontraba de viaje en Francia, el general Lon Nol y el príncipe Sisowath Sirk Matak, primo de Sihanuk, le depusieron como jefe de Estado, aparentemente con el consentimiento tácito de EEUU. Sihanuk marchó a Beijing, donde estableció un régimen en el exilio en alianza con un movimiento revolucionario camboyano que el monarca había apodado “jemeres rojos”. Fue un momento clave para la historia contemporánea camboyana, pues los jemeres rojos utilizaron su asociación con Sihanuk para atraer nuevas incorporaciones a su entonces pequeña organización. Los primeros jemeres rojos afirmaban que “iban a las montañas” (un eufemismo para denominar el alistamiento en el que vivía su organización) para luchar por su rey, y no sabían nada de Mao ni del marxismo.

Se habían trazado las bases para una sangrienta etapa de guerra civil. Sihanuk fue condenado a muerte in absentia, un movimiento excesivo por parte del nuevo gobierno que impidió cualquier tipo de compromiso durante los cinco años siguientes. Lon Nol dio a las tropas comunistas vietnamitas un ultimátum para que se retiraran en una semana, lo que equivalía a una declaración virtual de guerra, pues los soldados vietnamitas se negaban a volver a su país para enfrentarse a los norteamericanos.

El resto de la historia fue una horrible tragedia de guerra, muerte, bombardeos, triunfo de los jemeres y apocalipsis.

El Salón del Trono era el pabellón en el que los consejeros, generales y funcionarios del rey
desempeñaban sus labores. Aún se utiliza con ocasión de ceremonias religiosas o reales (coronaciones, bodas) así como espacio de recepción en el que los diplomáticos presentan sus credenciales. Con forma de cruz, el Salón está coronado por tres espiras, la central de 59 metros de alto y con una cabeza de cuatro rostros de Brahma inspirada en el templo de Bayon en Angkor. Originalmente, se trató de una gran estructura de madera levantada por el rey Norodom en 1870. En 1915 fue demolido siguiendo órdenes del rey Sisowath, quien pasó a erigir uno en piedra. Muchos de los objetos que en otra época había expuestos fueron destruidos por los jemeres rojos.

Muchos de los edificios del complejo se construyeron siguiendo el estilo arquitectónico y artístico tradicional jemer, pero incorporando características europeas provenientes de la influencia francesa. Es a los galos a los que se debe el extraño edificio de hierro grisáceo que vemos en la explanada, diseñado sin tener en cuenta el clima camboyano, que fue ofrecido al rey Norodom por Napoleón III de Francia y que ofrece un extraño contraste con el resto, como si hubiera caído del cielo.

La Pagoda de Plata es el otro pabellón "estrella" del conjunto real abierto a las visitas. Se trata en realidad de un pequeño complejo situado al sur de la explanada. Su nombre proviene de su suelo, cubierto por más de 5.000 baldosas de plata con un peso de 1 kg cada una. Cerca de la entrada se puede echar un vistazo a unas cuantas de esas baldosas, ya que la mayoría están cubiertas con alfombras para protegerlas. También conocida como Wat Preah Keo (pagoda del Buda Esmeralda), la pagoda fue originalmente construida en madera en 1892 durante el reinado de Norodom -quien aparentemente se inspiró en el Wat Phra Keo de Bangkok-, y posteriormente reconstruida en 1962.

La escalera que conduce a la pagoda de Plata es de mármol italiano. En su interior, el Buda Esmeralda -que, digan lo que digan los camboyanos, está casi con seguridad hecho de cristal de bacarrá-, se sienta en un pedestal dorado en lo alto de una tarima. Enfrente hay un buda de oro de tamaño real decorado con 9.584 diamantes, el más grande de los cuales es de 25 quilates. Creado en los talleres del palacio alrededor de 1907, este buda de oro pesa unos 90 kg. Justo delante de esta figura hay una stupa en miniatura de oro y plata que contiene una reliquia de Buda traída desde Sri Lanka. A la izquierda hay un buda de bronce de 80 kg y, a la derecha, otro de plata. Más allá hay estatuillas de oro macizo que describen la vida y milagros de Buda. A lo largo de los muros de la pagoda se exponen extraordinarios ejemplos de artesanía jemer, incluidas intrincadas máscaras que se utilizaban en la danza clásica y decenas de budas de oro. Los muchos objetos preciosos regalados a los monarcas camboyanos por los diferentes jefes de estado extranjeros quedan deslucidos al lado de tan diversas y fastuosas muestras de arte jemer.

Pregunté a un cuidador cómo era posible que los jemeres rojos hubieran preservado este edificio y
casi todo su contenido, habida cuenta de su fanatismo antirreligioso y odio hacia cualquier muestra de ostentación -entre otras cosas, quemaron todo el dinero que encontraron en el Banco Central camboyano cuando conquistaron Phnom Penh-. La respuesta era obvia: lo utilizaron como escaparate para los pocos dignatarios extranjeros que visitaron Camboya en aquel entonces. Los ilusos políticos eran traídos hasta aquí y deslumbrados con el patrimonio histórico jemer al tiempo que aleccionados sobre el interés del régimen por la conservación de las riquezas culturales. Mientras tanto, a poca distancia, en la prisión de Tuol Sleng, ejecutaban diariamente a docenas de personas tras torturarlas salvajemente.

Hay otros edificios notables, como el Chan Chaya o Pabellón de la Luz Lunar, que todavía cumple su función original: servir de escenario para los espectáculos de danza clásica camboyana; o el Palacio Khemarin, la residencia del rey, separado del resto del complejo por un muro. Pero es desde la explanada, con las vistas de los bellos edificios, mezcla de lo moderno y lo antiguo, de lo secular y lo sagrado, de lo oriental y lo occidental, donde se capta mejor el espíritu de la Historia.

Para salir de uno de los pabellones se atraviesa un pasillo en cuyas paredes colgaban retratos y fotografías en blanco y negro de Sihanuk, el rey todoterreno. Varias de ellas lo mostraban en compañía de estrellas del cine locales. Su obsesión enfermiza por el cine fue uno de los motivos que acabaron provocando su derrocamiento.

Entre 1965 y 1969, Sihanuk escribió, dirigió y produjo nueve largometrajes, una cifra que dejaría corto a cualquier prolífico director de Hollywood. Sihanuk se tomó muy en serio la realización de películas, y tanto su familia como los miembros de la Administración fueron invitados a aportar su granito de arena: el ministro de Asuntos Exteriores fue el protagonista masculino de su primera película, “Apsara” (Ninfa celestial, 1965), mientras que su propia hija, la princesa Bopha Devi, interpretó a la protagonista femenina. Cuando en esa misma película se requirió una exhibición de armamento, entró en acción la fuerza aérea, al igual que la flota de helicópteros y el ejército.

Sihanuk interpretó a menudo él mismo los papeles protagonistas. Entre sus interpretaciones más destacadas están la de un espíritu del bosque y la de un general victorioso. Quizá no fue ninguna sorpresa, dada la aparente adicción del rey por el mundo del celuloide, que Camboya desafiara a Cannes con su Festival Internacional de Cine de Phnom Penh. El festival se celebró en dos ocasiones, en 1968 y 1969. En ambas, Sihanuk ganó el premio principal. Posteriormente, el monarca siguió haciendo películas, y se calcula que a lo largo de su carrera rodó alrededor de 30 largometrajes.

Tras la victoria de los jemeres rojos el 17 de abril de 1975, Sihanuk regresó a Camboya como jefe del nuevo Estado llamado Kampuchea Democrática. Dimitió en menos de un año y quedó recluido en el Palacio Real como prisionero de los propios jemeres rojos a los que había defendido; allí se quedó hasta principios de 1979 cuando, en la víspera de la invasión vietnamita, fue enviado de nuevo a Beijing. Transcurriría más de una década hasta que Sihanuk finalmente pudo regresar a Camboya.

Este peculiar monarca nunca dejó de querer serlo todo para Camboya: estadista internacional,
general, presidente, director de cine, hombre del pueblo... El 24 de septiembre de 1993, después de 38 años en la política, se estableció una vez más como rey. Su segundo período como monarca fue frustrante; reinó más que gobernó, y debió situarse por detrás de los políticos. Abdicó el 7 de octubre de 2004. Se mencionaron muchos motivos para su abdicación (su edad, una salud maltrecha), pero la mayoría de observadores indican que se trató de una decisión política calculada para asegurar el futuro de la monarquía. Mientras los políticos estaban entretenidos escogiendo un sucesor, su hijo, el rey Sihamoni subió al trono y Camboya logró superar otra crisis. Sihanuk murió en octubre de 2012, pero tiene un puesto asegurado en la historia como el último de una larga sucesión de dioses-reyes de Angkor.

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