El complejo de Karnak es una de las mayores estructuras religiosas que se hayan construido nunca. Sin embargo, sus comienzos, como los de tantos grandes lugares de culto, no fueron sino los de un pequeño templo dedicado a una divinidad, Amón. Se inició durante el Reino Medio (2050 a.C.) y, al mismo tiempo que crecía el poder del dios, lo hacía su residencia en la tierra. Todos los faraones intentaron dejar su huella en este complejo, bien con añadidos arquitectónicos, con elementos decorativos o en forma de grandes obeliscos. El templo principal de Karnak es el de Amón, pero en su interior se hallan otros edificios como el de Khonsu, muy bien conservado, el de Mut o el de Montu.
Lo primero que observamos antes de entrar en el gran complejo es la Avenida de las Esfinges en su

Karnak es más que un templo, es un espectacular complejo de santuarios, templetes, pilones y obeliscos dedicados a los dioses tebanos y a mayor gloria de los faraones. Todo aquí tiene un tamaño descomunal: el complejo mide 1,5 km por

Karnak es enorme, pero sigue conservando la misma planta y estructura que otros más templos más pequeños: están construidos a lo largo de un eje; la entrada principal toma la forma de pilones que conducen a un patio circunscrito por una columnata y a una sala hipóstila. Las paredes llevan pomposas decoraciones en bajorrelieve, representando ritos del culto, actividades del faraón y a veces escenas más domésticas. Forman parte integral del edificio.
Y, tras atravesar un patio y el segundo pilono, llegamos a la gran estrella del complejo, los seis mil

Los faraones del Imperio Antiguo eran muy ricos, pero también disfrutaban de algo totalmente desconocido para Ramsés y su familia: seguridad. En aquellos primeros años de Egipto, el relativamente joven imperio estaba libre del peligro de invasiones y había otras señales que indicaban que los dioses estaban contentos. El Nilo fluía caudaloso y su crecida anual, rica en nutrientes, hacía que las granjas obtuvieran abundantes cosechas. Y como enlaces vivos con los dioses, los antiguos faraones se llevaban todo el mérito. La bonanza les permitía idear proyectos arquitectónicos increíblemente ambiciosos, se movilizaban ejércitos de trabajadores para construir las pirámides, los edificios más grandes de la Antigüedad. Pero aunque los faraones podían aprovechar y explotar la mano de obra de todo un Imperio, eran gobernantes remotos, nunca contemplados por sus súbditos.

Al igual que las pirámides, las estructuras del templo tenían un poder sagrado, y ofrecían un camino

Una vez que se hubo colocado la primera hilera de piedras del templo, se rellenó de arena la superficie interior. Los bloques de piedra de la segunda hilera fueron izados por medio de una rampa construida desde el exterior del edificio y, posteriormente, colocados en su sitio a través del terraplén. Luego, se añadió más arena hasta alcanzar la altura de los nuevos bloques y se continuó utilizando el mismo sistema hasta terminar los muros. Entonces, los obreros extrajeron la arena que cubría todo el templo y comenzaron a construir los muros de la fachada siguiendo el mismo sistema.

Una vez concluido el techo, comenzó a retirarse, por capas, el relleno, ya que era utilizado como plataforma por los artesanos que debían esculpir y pintar las paredes de revestimiento. Simultáneamente, otros artesanos se dedicaban a esculpir los capiteles de las columnas. El pavimento, que fue lo último en concluirse, se recubrió con losas de alabastro perfectamente talladas.
Igual que las antiguas pirámides, el templo de Karnak simbolizaba la búsqueda de la perfección y el

Un significativo desarrollo en el culto al otro mundo, le daba a este edificio aún más valor. Cuando Ramsés heredó el trabajo de supervisar la decoración del interior de la Sala Hipóstila, continuaba un trabajo cósmicamente importante. El espíritu del faraón muerto ya no se alojaba en el corazón de una gran pirámide. Ahora brillaba desde todas las piedras y la pintura de las estatuas y los relieves. Los artistas hacían mucho más que decorar: estas imágenes transformaban la sala en una potente fuente de poder religioso y político. El futuro faraón comenzaba a crear su propia marca. Es en los templos donde el faraón proyecta su imagen, son los carteles donde puede publicitar su gloria y su fe en los dioses. En parte, intentaba también impresionar a los dioses, no solo al pueblo en general, así que tenía que satisfacer a dos públicos.

Los egipcios no estaban interesados en experimentar con el espacio interior, y la vasta sala era meramente un “vestíbulo”, en el sentido de antesala. Más allá yace la cámara sagrada, el santuario, en comparación oscuro y estrecho, donde la residía el dios en forma de estatua alojada dentro de un sepulcro. Porque se creía que las deidades vivían en el sanctasantorum, donde solo el faraón y el sumo sacerdote podían entrar. Eran, pues, moradas de los dioses, no lugares de culto para el pueblo. La gente común no era admitida, pero en los festivales, que eran extremadamente elaborados, imágenes de los dioses eran llevadas fuera del templo para ser adoradas por la gente. Una vez al año, durante la época de inundaciones -cuando la gente no podía trabajar en los campos- la imagen de Amón salía de Karnak, pasaba por la vía ceremonial flanqueada por esfinges hasta el Nilo y embarcaba con gran esplendor hacia Tebas, realizando diversas paradas para visitar a otros dioses. Cantantes, danzarinas y músicas acompañaban el solemne cortejo. Mientras tanto, sus fieles le acosaban a preguntas, pronunciadas siempre por boca de los sacerdotes, sabios intérpretes de sus santas respuestas, que se manifestaban mediante las oscilaciones de la barca donde era transportado.

No es casual que de entre todas las profesiones descritas en la famosa Sátira de los Oficios y donde

Este escrito de la XII dinastía, también conocido por Enseñanzas de Jeti y que se utilizaba como

La élite cultivada de los escribas representa el alma del antiguo Egipto. Se dice que una imagen vale

En cuanto a la casta sacerdotal, es casi un denominador común de todas las culturas antiguas –al menos en sus etapas más primitivas- la estrecha relación existente entre la política y la religión, hasta el punto de que la autoridad terrenal venía a simbolizar la voluntad divina. En este aspecto, resulta notorio el hecho de que en el antiguo Egipto al faraón se le considerara un auténtico dios. Pero además se daba la circunstancia de que tanto dioses como hombres estaban sujetos a un orden universal denominado maat, cuya conservación era la garantía del modelo social y político que regía la vida en las riberas del Nilo y del que tan orgulloso se sentía todo egipcio.

En los relieves del interior de los templos resulta habitual encontrar representaciones del faraón consumando las ceremonias rituales prescritas por el culto. Sin embargo, como cabe suponer, el monarca no podía estar simultáneamente en todos los lugares donde, cada día, debían renovarse los curiosos protocolos que aseguraban el curso feliz del mundo. Y así, del mismo modo que en la administración del Estado se rodeaba de importantes funcionarios nombrados directamente por él, también para los asuntos de la religión elegía personalmente a los sacerdotes, que habrían de actuar exclusivamente como representantes suyos.
La comparación entre la administración pública y el edificio religioso resulta sumamente gráfica,

El clero propiamente dicho ya era, en sí mismo, bastante numeroso. Los sacerdotes se podían casar y, por lo general, llevaban una vida no muy distinta a la de cualquier otro egipcio, si exceptuamos su destacada profesión. Exteriormente, una fina túnica blanca de lino y unas sandalias también blancas les distinguían del resto de la población. Pero lo más llamativo eran sus lustrosas calvas: la pureza que requerían para ejecutar su oficio les obligaba a depilarse cada dos días, incluyendo cejas y pestañas, “para que –según cuenta Herodoto- no pueda establecerse en los pelos ningún piojo o cualquier otro insecto”.
Tampoco podían mantener relaciones sexuales durante los periodos de culto –un mes de cada cuatro-,

Subdivididos en múltiples categorías, los títulos y funciones de los sacerdotes resultaban muy variados. Si en principio los cargos que ostentaban dependían del rey, lo cierto es que con el tiempo sus titulares tendían a convertirlos en auténticas propiedades que, como la tierra, podían ser heredadas por sus sucesores. De hecho, y especialmente a partir de la XVIII Dinastía, ejercer la profesión de sacerdote ofrecía brillantes posibilidades de ascenso.
La jerarquía, que en su escalafón incluía sacerdotes lectores, puros, padres del dios y profetas –rango

El sumo sacerdote resultaba escogido, por lo general, fuera de la jerarquía regular, y era el principal encargado de consumar el culto en representación del monarca. Para ello debía someterse antes a una escrupulosa limpieza y purificar su boca con una pequeña dosis de natrón, producto que, por cierto, se empleaba también en el proceso de momificación, así como para la limpieza doméstica en los hogares. Una vez aseado, y asegurándolo con la fórmula “Yo estoy limpio”, penetraba en lo más profundo del santuario. Aquí, lejos de la mirada de cualquier profano, desnudaba la estatua del dios al cual estaba consagrado el templo.

El dios recibía asimismo, ricos manjares, que le eran presentados en una bandeja. Mediante una serie de palabras rituales, su grosera y mundana sustancia pasaba al mundo de lo invisible para así poder alimentar a la divinidad. Resulta obvio que los manjares en modo alguno se transformaban en comida divina, por lo que las abundantes sobras eran retiradas del altar tal y como habían sido presentadas. Ninguna contradicción hacía mella, sin embargo, en la inquebrantable fe de los fieles: ni cortos ni perezosos, procedían a llevar inmediatamente esos alimentos a la mesa de aquellos altos dignatarios que, gracias a sus donativos, habían sido admitidos en el interior del templo, y pronto eran engullidos por sus poco divinos estómagos (si resulta ingenuo o difícil de creer, pensemos que, al fin y al cabo, la transubstanciación de la Eucaristía católica parte de un principio semejante). Finalmente, lo realmente sobrante se repartía entre todo el personal del templo.
Al parecer, la creciente profesionalización del sacerdocio fue la causa de que la mujer, que en épocas


El templo de Karnak constituye la máxima expresión de la búsqueda de la inmortalidad por parte de los antiguos faraones egipcios. En tanto que muestra de la arquitectura religiosa, es más representativo de la vida en el antiguo Egipto que las propias pirámides de Giza, ya que éstas, a pesar de sus impresionantes dimensiones, son meras tumbas de los últimos faraones del Imperio Antiguo. En cambio, la influencia directa del templo sobre la vida económica, social, religiosa y política del país, se extendió

Si, como Goethe sugirió, la arquitectura es música congelada, entonces Egipto ofrece algunas de las mejores sinfonías del mundo, composiciones de sobrecogedor genio. Como las grandes catedrales de Europa o los complejos religiosos mayas o jemeres, el templo de Karnak es una declaración espiritual, demostración en piedra de la existencia continuada de la afinidad del hombre con lo eterno.
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