
En el paso fronterizo de Kazungula entre Zambia y Botswana se acumulaban los vehículos, principalmente camiones cargados de grano sudafricano con destino al Congo, avejentados por las carreteras, los kilómetros, el tiempo y la falta de recambios. Estaban aparcados en el arcén, parecían llevar allí días y días y no se apreciaba el menor signo de movimiento. Los chóferes deambulaban por los alrededores o conversaban con sus colegas relajadamente, esperando un

La frontera en sí no era más que una caseta de anodina construcción y una alambrada. Traspasarla suponía cambiar de país. Una estrecha franja de apenas treinta metros de largo separaba la valla del río Chobe. El sentido común hubiera dictado que la corriente fluvial marcara la línea fronteriza, pero esto es África. Botswana había conseguido poner un pie –aunque de talla

Por fin en Botswana, un país cuya superficie de 600.370 km2 sólo alberga a dos millones de habitantes (España, con 504.000 km2 acoge a 44 millones de habitantes) y cuya población, a diferencia de lo que ocurre en muchos otros lugares del continente, es étnicamente homogénea (el 98% de sus habitantes pertenece a la tribu Tswana).
Seis kilómetros y pocos minutos después de cruzar el río Chobe llegamos al Thebe River Safaris,


Montamos las tiendas y nos dirigimos a Kasane, la principal población del área del parque,


Todos estos paisajes y, en especial, las zonas del norte, ricas en recursos hídricos, crean una maravillosa diversidad de hábitats en los que viven numerosos ejemplares de elefantes, búfalos y antílopes, especies por los que Chobe es muy conocido. También cabe destacar a los depredadores: el león y el leopardo, el guepardo, el licaón y la hiena.
Sentados en la cubierta de la barcaza podíamos contemplar cómo se abría el río Chobe ante



Este paisaje acuático es una excepción en Botswana. En este país, la palabra más importante, una palabra que encierra un significado muy profundo para sus gentes, es “pula”, lluvia. Sirve también como una forma de saludo, de expresión de buenos deseos para el futuro. Y, además, es el nombre de la moneda nacional. Pero todos estos son usos secundarios que enfatizan y rinden tributo al papel de la lluvia en esta árida porción del continente africano.

El río Chobe separa de una manera harto peculiar Botswana de Namibia. Y digo peculiar porque las fronteras naturales serían las de Angola y Zambia, pero los namibios consiguieron hacerse con un estrechísimo fragmento de tierra al norte de Botswana, de tan solo 700 m de ancho, ¿Qué interés tenía Namibia en alargar con semejante pseudópodo sus fronteras? Muy sencillo, atrapar una parte del Okavango antes de que este río (situado al oeste del Chobe), deje Angola para penetrar en Botswana. Y es que el Okavango es una fuente muy preciada de un recurso escaso. De acuerdo con las leyes internacionales, Namibia tiene todos los derechos sobre la porción de agua que discurre sobre su territorio y, en noviembre de 1997, tras una prolongada sequía en el país, el gobierno namibio propuso la construcción de un trasvase de 1.250 km desde el río Okavango hasta la capital, Windhoek. En un principio, al proyecto se le dio la calificación de “emergencia” y se fijó como fecha tope para su terminación el año siguiente, 1998. Pero la llegada de precipitaciones y el consiguiente alivio del problema hicieron que el plan se fuera retrasando.
Un descenso en el caudal del río Okavango afectaría a toda la hidrología del delta interior que forma antes de perderse en el Kalahari. Botswana, temerosa de que desaparezca todo un entorno natural, ha instado al gobierno namibio a que contemple otras posibilidades, como la desalinización o el uso de los ríos Kunene o Zambeze, pero lo cierto es que ambas opciones son financieramente inviables. El apartado medioambiental en el Okavango no es motivo menor. Los

Por la noche nos reunimos en el camping alrededor de las brasas de una pequeña hoguera sobre la que intentamos hacer lo imposible con un pedazo de carne local. Estaba dura como suela de zapato y a duras penas conseguíamos masticar y tragar los pedazos de buey, vaca, antílope o lo que demonios fuera aquello. Hubiera sido mejor traer la carne desde Zimbabwe, pero las leyes de Botswana eran muy estrictas en lo que se refería a la entrada de alimentos en el país. En la frontera, los policías nos habían hecho bajar del camión y caminar sobre unas pringosas toallas empapadas con algún producto químico exterminador de parásitos. El propio camión debió atravesar un estanque del mismo líquido, de tono oscuro y amenazador, para eliminar de las ruedas posibles pasajeros microscópicos indeseables provenientes de países vecinos y que pudieran provocar una epidemia de fiebre aftosa entre el ganado local.
Y es que la industria ganadera bovina constituye una de las fuentes de riqueza del país y existe un gran temor a la entrada de epidemias. No hace mucho tiempo, la dolencia conocida como enfermedad del pulmón o pleuroneumonía causó serias pérdidas en el sector. En 1939, la administración de Bechuanalandia erradicó la enfermedad, pero volvió a resurgir en 1995, reintroducida a través de las fronteras con Namibia. El gobierno reaccionó intentando contener la enfermedad mediante la construcción de cuatro vallas veterinarias en la esquina noroccidental del país, pero la medida no tuvo éxito y las autoridades acabaron sacrificando 320.000 cabezas de ganado para eliminar la epidemia. Un par de días después atravesaría en compañía de un neocelandés uno de esos cordones veterinarios y aprendería de su boca más sobre el particular.
Después de cenar nos acercamos al pequeño bar del camping, atestado a esas horas de fornidos y

En la vecina Zimbabwe una casilla de partida semejante, avivadas las pasiones primigenias por un político sin escrúpulos, Robert Mugabe, acabó desembocando en ataques de extremistas negros contra las granjas de los blancos (que, al fin y al cabo, eran tan nativos del país y tan africanos como los otros). El propio camping en el que nos encontrábamos estaba dirigido por sudafricanos y todas las noches recibían la visita de sus compatriotas, propietarios de las granjas cercanas, que se acercaban a tomar unas cervezas en su ruidoso estilo en compañía de otros expatriados.
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