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viernes, 13 de abril de 2012

ANIT KABIR: El mausoleo sagrado de un héroe laico (1)


Si hay algún lugar sagrado para los turcos en Ankara es el lugar de reposo eterno del padre de la patria, el Anit Kabir. Edificado en lo alto de una colina preservada de la urbanización por extensos jardines y con accesos fuertemente custodiados, el mausoleo de Mustafá Kemal, "Atatürk" no puede por menos de sorprender. Arquitectónicamente es mediocre, el tipo de monumento funerario que le hubiera gustado a Hitler o Stalin, con ese aspecto tan austero como grandioso, de líneas rectas y sobrias, amplios espacios e intención intimidatoria. Una vía procesional jalonada por estatuas de leones, símbolo hitita del valor y la fuerza, conduce al visitante a un amplio patio embaldosado rodeado por alas porticadas. El mausoleo propiamente dicho se eleva sobre una plataforma que se salva con una larga escalinata, en lo alto de la cual soldados de las tres armas del ejército velan por la seguridad y solemnidad del lugar.

¿A quién se le prestan tales honores de héroe de la patria? ¿Un santo? ¿Un rey? Pues a ninguna de las dos cosas, sino todo lo contrario. Pero antes hemos de remontarnos algo en el tiempo.

A comienzos del siglo XX, el Imperio Otomano agonizaba. La organización militar del gobierno, el sistema de propiedad y la influencia conservadora del Islam habían provocado severos retrasos en los ámbitos social, militar, científico y económico, retrasos que no habían podido recuperarse con las reformas comenzadas y nunca culminadas por varios sultanes. A todo ello se unía el derrumbe del sistema multicultural que había permitido convivir -juntos pero sin mezclarse- a diferentes comunidades étnicas. Los nacionalismos griego, armenio, árabe, albanés, rumano o serbio, entre otros, deshicieron la unidad política.

A río revuelto, ganancia de pescadores. Eso es lo que pensaron las potencias europeas (Inglaterra, Francia, Italia, Alemania y Rusia), que esperaban con los ojos puestos en un posible reparto de las sobras. Utilizando la religión como excusa, declararon que era su obligación proteger a católicos y protestantes del caos y la anarquía, asegurándose así de interferir en los asuntos turcos. Contemplando la debacle, un grupo de turcos pertenecientes a la elite de la sociedad se agruparon en sociedades secretas cuyo objetivo era derrocar al sultán. En 1908, ese movimiento, conocido como Jóvenes Turcos ya contaba con suficiente poder como para obligar a reinstaurar la constitución.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano cometió un error fatal: aliarse con Alemania y las potencias centrales. Durante esos años, aunque el sultán aún ocupaba el trono, el imperio estaba gobernado por tres miembros de los Jóvenes Turcos bajo la forma del Comité de Unión y Progreso. Puede que por fin instauraran una autoridad fuerte en el vasto imperio, pero sus políticas violentas y genocidas empeoraron aún más la situación. Fue entonces, entre 1915 y 1923 cuando tuvieron lugar las masacres de armenios en el este.

Con la derrota de las potencias centrales en el conflicto mundial, el imperio otomano se colapsó. Estambul y zonas de Anatolia fueron ocupadas por los ejércitos europeos y el sultán se convirtió en una marioneta de los vencedores. Desde el principio de la contienda los aliados habían estado planeando el desmembramiento del imperio e incluso prometiendo trozos del mismo a diferentes pueblos y facciones con el fin de ganarse su apoyo en la guerra, desde los judíos hasta los árabes pasando por los armenios. Al final ocurrió lo que tenía que ocurrir: se encontraron con más promesas que territorios y decidieron partir Anatolia para satisfacer las ambiciones de los diferentes aliados. Se trataba de repartirse el pastel entre los cristianos, dejando a los musulmanes arrinconados en Anatolia, una región árida y sin acceso al mar.

Las cosas se presentaban mal para los turcos habida cuenta de que sus ejércitos se habían disuelto y que los aliados habían asumido el control del país. Pero entonces, una catástrofe dio la vuelta a la tortilla.

Desde su independencia en 1830, los helenos habían acariciado la idea de la Gran Grecia, un
nuevo imperio que incluyera todas las tierras que un día habían estado bajo dominio griego (en realidad, la refundación del Imperio Bizantino). Durante la Primera Guerra Mundial, los aliados habían ofrecido a Grecia la ciudad de Esmirna (hoy rebautizada como Izmir) y el 15 de mayo de 1919, los griegos desembarcaron en esa ciudad de la costa turca. Para los turcos aquello fue la gota que colmó el vaso: sus antiguos súbditos capturando una ciudad otomana y avanzando hacia el interior a gran velocidad. Incluso antes de la invasión griega, Mustafa Kemal, el oficial que había dirigido con éxito las tropas turcas en la campaña de Gallipolli, ya había decidido que un nuevo gobierno debía reemplazar al sultán y había organizado una resistencia armada. La invasión griega fue sólo el revulsivo necesario para atraer al pueblo hacia sus planteamientos.

La guerra turca de independencia se prolongó de 1920 a 1922. En septiembre de 1921 los griegos casi habían llegado a Ankara, el cuartel general nacionalista, pero los turcos consiguieron hacerles frente en campo abierto en Sakarya y mantenerlos a raya. Un año después dio inicio la contraofensiva, empujando a los griegos de vuelta a Esmirna y expulsándolos de Anatolia en septiembre de 1922.

La victoria sobre los griegos confirmó a Mustafa Kemal como héroe nacional. Tenía las riendas del país en sus manos. El sultanato y el imperio otomano fueron abolidos y se estableció una República en Anatolia y Tracia oriental. Los humillantes tratados firmados tras la Guerra Mundial fueron renegociados y por el tratado de Lausana (1923) Turquía abandonaba sus reclamaciones sobre territorios en los que no hubiera mayoría de turcos a cambio de recobrar un par de islas y Tracia oriental, en la orilla europea del estrecho del Bósforo.

Se produjo entonces una limpieza étnica organizada: los turcos de Grecia fueron expulsados de
ese país, y los griegos de Turquía fueron privados de sus propiedades y enviados a Grecia. Los libros a menudo despachan esta cuestión en cuatro líneas sin dar idea de la tragedia humana que supuso y que hoy parece haberse olvidado. Durante los meses subsiguientes a la ocupación de Esmirna por los turcos, más de 800.000 griegos regresaron a “su” país, un país del que no sabían nada, cuyo idioma difería tremendamente del suyo y sin llevar consigo más que lo que podían acarrear. Cargamento tras cargamento, llegaban apiñados en las cubiertas y las bodegas de los barcos, muchos de ellos desnudos y famélicos. Algunos llevaban aún entre sus brazos los cuerpos de criaturas muertas que no habían podido sepultar. Con ellos llegaron los gérmenes del tifus y la viruela. Destrozados por la guerra, en la ruina total, debilitados por la falta de comida y diezmados por la carencia de medicinas, eran recibidos por Grecia. En los presurosamente improvisados campos de refugiados morían como moscas. En las afueras de Atenas, del Pireo y de Salónica, una multitud informe yacía congelándose en medio del frío del invierno griego. Finalmente, el desastre humanitario fue solucionado gracias a un esfuerzo conjunto de varias naciones que acudieron en ayuda de los refugiados.

Mientras tanto, en Turquía, Mustafá Kemal, rebautizado Ataturk (“padre de los turcos"), proclamó la república en 1923 y emprendió una serie de reformas que cambiaría la historia de su país de un modo radical.

A cada lado de la gran entrada a su mausoleo hay colgados dos paneles de piedra pulida en los
que están inscritos extractos del discurso que Ataturk dio con ocasión del aniversario de la República en 1932. Las masivas puertas son de cobre, es necesario descubrirse y adoptar una actitud de profundo respeto a tenor de las severas miradas de los soldados y el ambiente reinante de solemnidad. Dentro del mausoleo continúa una austeridad de diseño que choca con la riqueza de los materiales: mármoles policromados de tonos oscuros cubren los suelos, los altos techos los soportan vigas doradas y los muros son de granito. Varias personas limpian y abrillantan continuamente los suelos. Grandes candelabros proporcionan un leve resplandor. La tumba se halla al fondo, un sepulcro de soldado, un sarcófago de mármol sin decoración alguna. Se alza sobre un pedestal tras el cual se abre un enorme ventanal que ilumina la estancia. Las dimensiones del recinto permiten a las aves entrar y salir del lugar a voluntad.

Todo el lugar irradiaba un sentimiento de reverencia abrumador. Un numeroso grupo de alumnos de instituto, todos uniformados con camisas escarlata, formaban al estilo militar al pie de la escalinata esperando su turno para rendir homenaje al fallecido líder. Por delante de ellos, una delegación diplomática de rusos escoltados por sus fornidos guardaespaldas y militares turcos, depositaban una corona de flores a los pies de la tumba, poniéndose firmes a continuación mientras sonaba el himno de la patria. A lo largo de la mañana, un número inmenso de gente desfiló por aquí. Cuando volví al lugar al día siguiente la afluencia de visitantes, todos turcos, era la misma. Abundaban los grupos de escolares acompañados por sus profesores, una especie de peregrinación institucionalizada que todo turco parecía tener que realizar, el equivalente laico a la peregrinación a la Meca. Y es que, efectivamente, todo tenía un aire religioso que no estoy seguro que el laico Atatúrk hubiera aprobado.

Los subterráneos de las alas porticadas albergaban un extenso museo en el que se guardaban los objetos personales de Atatürk, desde los inevitables uniformes y condecoraciones hasta un primitivo equipo de fitness, objetos de aseo personal, pijamas, chisteras, su biblioteca completa -muy extensa y con numerosos volúmenes en francés- e incluso su perro favorito disecado. Una vitrina iluminada mostraba una figura de cera muy bien conseguida del personaje. No muy alto, ya envejecido pero con un aspecto orgulloso y vestido con frac, casi se podía sentir el magnetismo de aquel turco poco convencional, de penetrantes ojos azules enmarcados por unas cejas que resaltaban aún más la mirada. Quizá fue su poco convencional aspecto lo que en parte podría explicar la fascinación que ejerce aún hoy sobre su pueblo.

Recorrí a continuación una serie de salas en las que básicamente se exponían grandes cuadros de calidad variable y con más interés mitificador que estético, en los que se ilustraba la lucha de Turquía por su independencia.

Grandes dioramas que mezclaban pinturas con modelos y maniquíes a escala natural
reproducían episodios gloriosos de la Primera Guerra Mundial. Allí, Ataturk aparecía en lo alto de una colina, rodeado por sus generales como Jesucristo de sus apóstoles, mientras sus soldados daban muestras de heroísmo sin límite e insólita humanidad, rescatando a soldados enemigos australianos y transportándolos sobre sus hombros para ponerlos a salvo. Las mujeres, jóvenes y ancianas, acarreaban cestas de tierra para construir parapetos... todo ello ambientado con una atronadora música patriótica punteada por cañonazos y disparos. Atatürk y sus generales, Atatürk saliendo de la Asamblea Nacional en loor de multitudes, el pueblo turco (con profusión de mujeres) entregando alegre y desinteresadamente contribuciones en especie al esfuerzo de guerra... un lienzo del gran hombre dominaba el final de un pasillo, un retrato de 4 metros de altura flanqueado por banderas. La delegación soviética recorría las salas acompañada de un intérprete. Todos aquellos rusos tenían edad suficiente como para que aquel culto a la personalidad, deformación histórica y exaltación patriótica les resultara familiar.

Pensé que por mucho que Turquía quiera ofrecer una imagen de país moderno y preparado para ingresar en el club europeo, aquella muestra de culto ciego a la personalidad tenía más en común con las tiranías del Próximo y Medio Oriente que con una aséptica democracia parlamentaria. Ese mismo despliegue publicitario se puede ver en Siria con Asad y su prole, o en el Iraq de la preguerra con el omnipresente Sadam Hussein; o en Irán y su ceñudo Jomeini. Esta alabanza del poder, del líder, tiene también conexiones con las dictaduras comunistas y, en cualquier caso, no es un signo de flexibilidad librepensadora. Es cierto que el amor a la patria une al país y le da una base común pero, al mismo tiempo, sirve de excusa para acallar cualquier crítica, cualquier revisión histórica. Ello es especialmente sangrante en el caso del genocidio armenio o, ya puestos, en la limpieza étnica de griegos tras la Primera Guerra Mundial.

(Continúa en la siguiente entrada)

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domingo, 4 de marzo de 2012

La Sagrada Familia: La expiación convertida en Arte

El siglo XIX fue un periodo turbulento para Barcelona. Por un lado la ciudad disfrutó de un renacimiento gracias, en no poca medida, al monopolio del comercio textil entre España y Cuba, un monopolio que consolidó el sector industrial y propició una bonanza económica de la que carecía el resto del territorio. Por otro, un mal entendido progreso urbanístico que pasaba por arrasar todo lo antiguo, los incendios fortuitos y los saqueos y destrucciones deliberados, acabaron con algunos edificios religiosos. Pero también fue entonces, a finales de siglo, cuando esa pérdida fue compensada con el comienzo de un nuevo templo que no sólo se convertiría en símbolo de la ciudad, sino que se haría famoso en el mundo entero: la Sagrada Familia.

Josep Maria Bocabella era un librero barcelonés, miembro de la próspera burguesía que se había beneficiado del auge económico de la ciudad. Profundamente religioso, fundó la Asociación de Devotos de San José con el fin de recaudar fondos para un ambicioso proyecto: la construcción de una iglesia dedicada a la Sagrada Familia. El templo sería expiatorio, es decir, su financiación debía provenir de limosnas y donativos.

Las primeras colectas no fueron suficientes para adquirir un terreno próximo al centro antiguo de la ciudad, por lo que se compró una parcela de lo que entonces eran las afueras, el llamado Ensanche (Eixample), una zona entonces en expansión gracias a los planes urbanísticos trazados en 1859. El terreno costó 170.000 pesetas de la época (1.021 euros) y el día de San José de 1882 se colocó la primera piedra de la nueva iglesia.

La construcción empezó por la cripta siguiendo un plano neogótico inspirado en la basílica de Loreto, en Italia, bajo la dirección del arquitecto Francesc de Paula Villar. Pero en 1883, tras una serie de desacuerdos entre Villar y sus patronos, el encargo pasa a las manos de Antonio Gaudí. La carrera de este joven arquitecto no había tenido precisamente un comienzo brillante: se había licenciado en arquitectura en 1878 con la peor nota posible, un simple "aprobado". Sin embargo, el empresario Eusebi Güell se convirtió pronto en su cliente más importante y le encargó numerosos proyectos arquitectónicos que aumentaron su reconocimiento como arquitecto. Su carrera no tardó en despegar gracias a su presentación en los ambientes políticos y religiosos más influyentes de Barcelona. A los 31 años, cuando asumió el proyecto del templo, quizá tuviera ya conciencia de que aquel encargo se iba a convertir en la cúspide de su carrera aun cuando no lo viera completado. Cuando murió, en 1926, las obras distaban mucho de estar completadas. En él volcó toda su experiencia, innovaciones, técnicas y estilos que había ideado para otros edificios, desarrollando otras nuevas exclusivamente para el templo.

Lo primero que hizo fue desechar los planos de su antecesor y optar por una solución
completamente innovadora. Así, el edificio sería una composición de elementos modernistas con formas constructivas naturalistas basadas en la espiritualidad personal del autor. Efectivamente, la arquitectura de Gaudí surgió dentro del contexto del Art Nouveau (estilo conocido como Modernismo en España), aunque su fuerte personalidad hace que su obra se aleje de las características típicas de esa corriente. En los edificios de Gaudí hay elementos que anticipan otros estilos contemporáneos, por ejemplo el expresionismo, por su utilización de los materiales. Su idea era la de una arquitectura “total”, extensa y a la vez individualista. El hecho de apartarse de la idea convencional de espacio interior y exterior, de descomponerlos y en su lugar introducir una estática nueva, ideada de forma inteligente, fue progresista; el hecho de utilizar para ello un grueso revestimiento de piedra en las construcciones de acero, no.

Porque lo que hizo Gaudí fue una interpretación personal de un estilo mucho más antiguo que el contemporáneo. La Sagrada Familia es esencialmente un edificio gótico con elementos árabes cuyos principios estructurales y simbólicos son llevados a un extremo hasta entonces inédito. Por ejemplo, el principio arquitectónico de fuerzas en equilibrio: Gaudí eliminó los contrafuertes exteriores y los sustituyó por los propios pilares interiores que, gracias a su inclinación cuidadosamente meditada, pueden absorber la carga de los arcos parabólicos. Para probar el sistema construyó una serie de maquetas del interior hechas de alambre, sacos de arena y tela y revestidas de yeso. Las colgó del revés y cuando el yeso se secó quedó perfectamente impresa la distribución correcta de las fuerzas. Ya tenía el diseño: la forma resultante del mismo fue la "catenaria", (del latín catena, "cadena"), nombre técnico de la línea que define este arco estructural.

Una de las características más sorprendentes de la arquitectura de Gaudí es su extraordinaria
capacidad de invención formal. Formas y volúmenes en apariencia caprichosos y fortuitos están extraídos de un profundo razonamiento estructural y una precisa base geométrica de proporciones ocultas basadas en el número 12 y sus divisores: en los 12 campanarios de los Apóstoles, en los poliedros regulares de los pináculos, en las doce puntas de la futura estrella del cimborrio de la Virgen María… y en todas las proporciones que rigen la geometría de este espacio aparecen los ratios 4/1, 3/1, 2/1, 3/2, 4/3. Por ejemplo, la cruz de la planta mide 90 m de largo por 60 m de cuadro (90x60=3/2). Todo perfectamente proporcionado.

La severidad de líneas propia del gótico queda suavizada por la introducción de formas inspiradas en la naturaleza. Gaudí afirmaba que “la línea recta es la línea del hombre y la curva la de Dios”. Así, aunque el templo tiene una planta de cruz latina, la forma circular es la que más llama la atención al visitante. Los pilares y las columnas se asemejan a árboles con ramas y están decorados con hojas, flores, insectos y todo tipo de formas orgánicas de piedra que soportan la bóveda, formada por una profusa red geométrica de formas que parecen estrellas. Para la construcción de los doce campanarios proyectados, uno para cada apóstol, el arquitecto se decidió por formas redondas y remates protuberantes y muy elaborados. El simbolismo religioso del color también se tuvo muy en cuenta; el Pórtico de la Esperanza, por ejemplo, resplandecería en tonos verdes, color muy vinculado a la naturaleza. El edificio, además, debía servir como cámara de resonancia de los cánticos y las plegarias, por lo que se reservó un amplio espacio a tal efecto: las tribunas tienen capacidad para acoger un total de 1.500 voces y cinco órganos se encargarían de acompañar apropiadamente los cánticos.

Todo el s
imbolismo, ya sea estructural o decorativo, responde a un profundo sentimiento de exaltación religiosa. Aunque para algunos no está clara la ortodoxia de Gaudí, ello no detuvo a la Iglesia Católica, que en el año 2000 inició el proceso para beatificarlo. Lo que sí es evidente es que su diseño expresaba deliberadamente el triunfo de la Iglesia sobre las contradicciones y los cambios del mundo moderno. El templo, que apunta al cielo, recuerda a una montaña y muchas veces se le ha comparado con Montserrat, una formación rocosa cercana a Barcelona donde hay un importante santuario religioso. La fachada este, orientada a levante, al nacimiento diario del Sol, representa la Natividad, y la fachada oeste, orientada a poniente, está dedicada a la Gloria. La parte más alta de la Sagrada Familia será un gran cupulino o cúpula que alcanzará los 170 m de altura. A su alrededor, otras 4 agujas de 130 m de altura, ninguna construida todavía, representarán a los 4 evangelistas y una quinta aguja de 140 m, situada sobre el ábside de la iglesia, a la Virgen María. El diseño vertical se completa con 4 torres que coronan cada una de las 3 fachadas. Estas doce torres, que representan a los 12 apóstoles, tienen, o tendrán, unos 100 m de altura. Por el momento, se han terminado 8.

El templo demostró ser demasiado para un solo arquitecto. Gaudí preparó los planos del
proyecto alrededor de 1890. En 1892 se empezó la construcción de la fachada de la Natividad, la única que se terminó bajo su supervisión. A partir de 1918 se dedicó en exclusiva a la Sagrada Familia, estableciendo su hogar y su estudio en el interior del edificio. No obstante, las obras siempre avanzaron con extrema lentitud. Por un lado, los medios financieros siempre fueron muy escasos. Durante la Primera Guerra Mundial, el propio Gaudí hubo de emplear buena parte de su tiempo en tratar de recaudar dinero. Por otro, el mismo Gaudí, con su personal visión y desbordante creatividad, era causa de continuos retrasos e incluso paralización de los trabajos. Con frecuencia mandaba reconstruir y modificar partes enteras del edificio hasta que le parecían perfectas y coincidían plenamente con sus ideas y concepciones.

Pero el 10 de junio de 1926, cuando contaba 74 años, falleció a resultas del atropello de un tranvía. Fue enterrado en la cripta de la iglesia. Por encima de él quedó un templo a medio terminar. Su concepción tan especial de la arquitectura y la complejidad de los diseños que dejó complicaron sobremanera la labor de sus sucesores. Había completado los planos detallados de la fachada de la Pasión y las naves, así como el programa simbólico e iconográfico de toda la iglesia. Las principales fuentes de referencia que quedaron fueron maquetas a escala 1:10 y 1:25, pero se destruyeron en 1936, cuando la Sagrada Familia fue saqueada durante la guerra civil española. Entre 1936 y 1952, se suspendieron las obras; cuando se reanudaron, bajo la dirección de diversos arquitectos (desde 1985, Jordi Bonet i Armengol y su equipo técnico), fue con la intención de seguir lo más fielmente posible los planos de Gaudí, pero incorporando nuevas tecnologías y materiales como el hormigón.

Muchas voces se han alzado en contra de la continuación de las obras de la Sagrada Familia y la
validez del proyecto se cuestiona regularmente, tanto en términos religiosos (¿qué sentido tiene una iglesia monumental en el mundo moderno?) como estéticos (¿es correcto continuar el estilo extremadamente personal de Gaudí o deberían incorporarse nuevos lenguajes artísticos?). Actualmente, las obras pasan por fases de mayor o menor actividad, pues sus patrocinadores desean respetar su espíritu original de templo expiatorio: la financiación exclusiva a través de donativos y aportaciones personales. En 1976, se completó la fachada de la Pasión con sus cuatro torres, y desde 1986 el escultor Josep M.Subirachs ha trabajado en su decoración esculpida. En 2002, se construyeron las naves, que ya están parcialmente cubiertas. Y aunque todavía no se ha establecido ninguna fecha de terminación definitiva, en 2010 fue consagrada al culto religioso por el papa Benedicto XVI.

Gaudí estimó que la construcción del templo llevaría 200 años. Cuando le preguntaban al respecto, el arquitecto respondía sonriendo: “Mi cliente no tiene prisa”. Ningún arquitecto desde la Edad Media había intentado construir un edificio religioso de tal magnitud. Gaudí comprendió que para crear una iglesia que superara los logros de los maestros góticos tenía que respetar el proceso medieval. Cuando se finalice (¿quizá en 2025?), la cúpula principal tendrá una altura de 170 m. Las doce torres "apostólicas" se levantarán 115 m... Llevará tiempo, dinero y discusiones, pero al final, la Sagrada Familia será el templo religioso más grande y alto del mundo.

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viernes, 10 de febrero de 2012

KEHLSTEIN - El inexpugnable refugio del Reich

Vistas magníficas, una hazaña pionera de la ingeniería civil, malsano morbo histórico… esas son las armas con las que cuenta un antiguo edificio nazi para haberse convertido en uno de los principales imanes turísticos de Baviera.

El Nido del Águila fue el apodo que las fuerzas de ocupación norteamericanas dieron en 1945 al chalet que Hitler había construido en la cima del monte Kehlstein, a 1.834 metros de altura en los Alpes bávaros próximos a Austria. En puridad, hay que decir que no fue Hitler quien lo construyó, sino que se trató de un regalo por su quincuagésimo cumpleaños, en 1939, por parte de Martin Bormann y otros de sus más allegados, como símbolo de la altura y fortaleza del Tercer Reich. Y aunque se presentó oficialmente a Hitler en 1939, el complejo ya había sido finalizado para entonces y, de hecho, la mayor parte de las visitas que el Führer realizó a estas dependencias tuvieron lugar a finales de 1938.

Llegar a este antiguo refugio de Hitler es ya todo un viaje en sí mismo. Sólo hay un camino posible. Se tiene que coger un autobús especial en Obersalzberg, no lejos de Berchtesgaden, porque la carretera –cerrada al tráfico ordinario- es única en el mundo: se diseñó para cubrir una diferencia de desnivel de 700 metros en tan solo 6,5 km; se atraviesan cinco túneles, sólo hay una curva y se cruza la empinada cara noroeste dos veces. Los tímpanos se bloquean y el vertiginoso cortado que se desploma cerca de las ruedas del autobús ejerce una atracción irresistible a la vista.

Bormann, además de ser el cerebro tras la idea del refugio de Kehlstein, también fue el responsable de la construcción de esta asombrosa obra de ingeniería civil. Independientemente de su filiación política, hay que reconocer que habida cuenta de los plazos de construcción, el gasto y el trabajo necesarios, fueron no solamente su influencia, sino su energía lo que hicieron completarse con éxito un proyecto de esa envergadura. Porque, como suele suceder en estos casos, los trabajos se encontraron con dificultades inesperadas nada desdeñables, como por ejemplo el hallazgo, a mitad de camino, de que el tipo de roca no garantizaba la seguridad, lo que obligó a excavar un túnel de 150 metros. Las condiciones no eran fáciles y varios operarios murieron sepultados por avalanchas o despeñados por los barrancos.

Arrancada a la roca sólida y construida en sólo trece meses entre 1937 y 1938, la espectacular Kehlsteinstrasse no ha perdido todavía su calificación de hazaña constructiva. Tanto los métodos como las técnicas empleadas en esta obra continúan aplicándose en proyectos similares en la actualidad, y el hecho de que la carretera continúe estando operativa sin que haya sido necesario apenas mantenimiento –desde los años sesenta, la vía ha soportado el paso de más de cuatro millones de toneladas- habla por sí solo del nivel de la ingeniería germana la época. Continúa siendo la carretera más elevada de Alemania.

Y a pesar de que hay gente en el autobús a la que la estrechez de la carretera y la cercanía del barranco obliga a cerrar los ojos, las estadísticas deberían tranquilizarles. La seguridad continúa siendo excelente. La carretera se cierra en invierno y antes de reabrirse en primavera, se examina y limpia cuidadosamente. Desde que se abrió a las visitas en 1952, no se ha registrado ni un solo accidente.

Desde el aparcamiento que se abre al final de la alucinante carretera, se continúa a pie por un
imponente túnel que penetra 124 metros en el macizo montañoso. El final del corredor es un lujoso ascensor con adornos de brillante bronce pulido, espejos venecianos y cuero verde que transporta a los visitantes a la cima de la montaña en tan solo 41 segundos. Su recargada ornamentación oculta la sangre de los doce obreros que murieron durante su construcción. Aunque desde dentro no se percibe, se trata en realidad de un ascensor de dos pisos: la parte superior se detiene a nivel del piso principal y la inferior en el sótano de la casa como montacargas para las cocinas.

Aunque la Kehlsteinhaus no es grande, construir esta residencia de descanso, ya lo hemos visto, supuso un gran desafío para los ochocientos hombres que la erigieron. Hubo que subir los materiales utilizando un teleférico –que tuvieron que construir previamente-, enfrentarse a las duras condiciones meteorológicas de alta montaña, atender las exigencias y las presiones de Bormann y pasar un largo periodo alejados de sus familias.

Una vez en la cima hubo que retirar varios metros de roca para asentar los cimientos. Ingenieros, técnicos de los teleféricos, albañiles, carpinteros… trabajaban día y noche para levantar la estructura de madera y cemento, con fachada de granito extraído cerca del Danubio y muros de un metro de espesor. El resultado, una fortaleza inexpugnable sin aspecto de serlo. Las salas de conferencia, los dormitorios y habitaciones de servicio y las terrazas no son en sí algo especial, pero la imaginación y el increíble paisaje que se abre a los pies del edificio son una recompensa sobrada.

El apodo del lugar está bien elegido. Sólo las águilas parecen capaces de alcanzar libremente estas
cimas. Pero en realidad los alemanes no le llaman así (simplemente Kehlstein o “Casa sobre el Kehlstein). Parece que el novelesco nombre de “Nido del Águila” lo utilizó por primera vez el embajador francés André François Poncet; los norteamericanos y los británicos lo adoptaron desde 1938. Tampoco la denominación “Casa de Té de Hitler” (equívoco formado a partir de la denominación D-Haus, abreviatura de Diplomatic Reception Haus) guarda relación alguna con su misión ni su historia. Porque lo cierto es que este Nido del Águila tiene menos historia de lo que uno podría pensar dados sus padrinos.

La lección de historia conviene llevarla aprendida, porque los guías informales que ofrecen sus servicios no lo hacen en alemán, según parece por petición no oficial del gobierno con el fin de evitar atraer más neonazis de los necesarios. Tampoco la Kehlsteinhaus cuenta nada especial sobre sus residentes o el significado que tuvo. En un intento de lavar el pasado, el dinero obtenido de los tickets de entrada a las instalaciones se destinan a una fundación caritativa y, claro está, esto parece incompatible con los nombres de los jerarcas nazis, empezando por Adolf Hitler.

Y el caso es que esta reliquia nazi no jugó realmente un papel importante. Ni siquiera puede ser considerada como uno de los cuarteles generales de Hitler. Porque, a pesar de su espectacular localización, el lujo con el que fue amueblada y las modernas instalaciones, este regalo de
cumpleaños nunca fue del total agrado del Führer. Le molestaba la ligereza del aire a esa altura, le daban miedo los rayos que descargan sobre la cima durante las imprevisibles tormentas y no se fiaba de la seguridad del ascensor. Así que sólo estuvo aquí, según nos dicen los documentos, en catorce ocasiones y la mayor parte de ellas no permaneció más de 30 minutos. Su amante Eva Braun, en cambio, sí apreciaba la tranquilidad, la belleza y el aislamiento de la casa: aquí se celebró la recepción nupcial de su hermana en junio de 1944 (ocasión de la que se conserva la filmación)

Fue una suerte que este magnífico edificio sobreviviera a la caída de sus dueños. Aunque la Kehlsteinhaus fue considerada como objetivo militar por la Royal Air Force en abril de 1945 (se pensaba que había instalaciones militares subterráneas) los bombardeos fueron inútiles . Los ingenieros alemanes habían hecho un trabajo sobresaliente: era un blanco demasiado pequeño para un bombardero y no había cimas circundantes lo suficientemente elevadas como para batir la cumbre del monte donde se asentaba el “Nido”.

Al final el lugar se tomó a pie por parte de tropas de infantería. En una época y de un conflicto del
que se tiene tantísima documentación, resulta curioso que no haya acuerdo acerca de qué unidad e incluso de qué país fue la que tomó –sin resistencia- el Nido del Águila. Diversas unidades se adjudican la acción (entre ellas una unidad acorazada francesa compuesta de voluntarios españoles), pero lo más probable es que fuera la compañía Easy de la 101 División Aerotransportada norteamericana (el “asalto” se cuenta ejemplarmente bien en un episodio de la serie televisiva “Hermanos de Sangre).

En los años inmediatamente posteriores a la guerra, el hecho de que Hitler nunca lo hubiera considerado uno de sus lugares favoritos salvó a la Kehlsteinhaus de la destrucción que sufrieron otros “santuarios” nazis, si bien las tropas aliadas saquearon buena parte de su contenido para llevárselo como souvenirs, desde los pomos de las puertas hasta piezas de vajilla o muebles, muchos de los cuales pasaron a colecciones privadas o simplemente desaparecieron sin dejar rastro.

Los militares aliados se aprovecharon del lujo del lugar (aunque solo los oficiales tenían autorizado el uso del ascensor; la tropa debía subir a pie). El gobierno bávaro no paró hasta conseguir que se le devolviera el complejo (ahora está administrado por la Asociación Turística local, que a su vez subarrienda el restaurante). La casa fue restaurada y modernizada, pero ello no ha ocultado ni modificado sustancialmente el aspecto que tuvo en los años cuarenta, así que los visitantes que se acercan hasta aquí entre mayo y octubre tienen la oportunidad de asomarse a un rinconcito del temido Tercer Reich.

Desde esta atalaya privilegiada, desde la que se divisa un magnífico paisaje de montañas y lagos,
los jerarcas nazis, rodeados de comodidades, podían alzarse sobre el caos, la violencia y la destrucción que rugían allá abajo, en el resto de Europa. Hoy, el único ruido procede del bullicio de los abundantes grupos de turistas que acuden hasta aquí atraídos tanto por el paisaje y la inusual construcción, como por el morbo de pisar el mismo suelo que uno de los personajes más infames de la historia del siglo XX. La guerra terminó, pero Kehlsteinhaus sigue allí, como una reliquia que se resiste a desaparecer para recordarnos la realidad de otra época. Sin duda, cuando llegan las primeras nieves, los antiguos enemigos americanos y británicos en su actual forma turística se despiden hasta el año próximo, sus habitaciones se cierran, el restaurante apaga sus fuegos y el silencio lo invade todo, sus muros comienzan a soñar de nuevo con los viejos tiempos…
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lunes, 26 de diciembre de 2011

Devil´s Marbles: arte natural en el desierto rojo

Lo mejor de conducir por un desierto es que cuando llegas a algo –lo que sea- que pueda considerarse una distracción, te animas de forma desproporcionada. A media tarde, a 500 km de Alice Springs, vimos una señal que anunciaba un lugar llamado Devil´s Marbles. Nos desviamos y seguimos un par de kilómetros por una carretera secundaria hasta un aparcamiento. Y allí nos topamos con algo realmente fabuloso: bloques enormes de granito liso, grandes como casas, amontonados en pilas desordenadas o desparramados por una zona inmensa (1.800 hectáreas según un rótulo). Cada uno tenía una forma característica, pero eran inmensos y algunos estaban apoyados sobre bases insignificantes. Imaginad un bloque de unos nueve metros de alto y casi esférico apoyado sobre una base poco mayor que una tapa de alcantarilla, por ejemplo. No hace falta decir que no había ni un alma. Si tuviéramos esas piedras en Europa, serían mundialmente famosas. Se organizarían viajes en autobús hasta aquí y no habría familia que no tuviera en sus álbumes fotos sonriendo estúpidamente con este fantástico panorama de fondo. En Australia no era más que un trozo del infinito desierto interior. Los conductores de los enormes camiones de cuatro remolques o de los turismos que recorrían ochocientos kilómetros por jornada tenían demasiado asfalto por delante como para entretenerse en estas cosas.

Y esa es la explicación al aparente olvido que sufre el lugar. A pesar de que las fotos de estas “canicas del diablo” aparecen en postales, libros y guías, los grupos organizados no llegan normalmente hasta aquí porque para ello es necesario recorrer grandes distancias por carretera mientras que el turista medio prefiere ajustarse al cómodo itinerario habitual: volar de Sydney a Uluru y de allí a la Gran Barrera de Coral. El Top End, por su clima tropical y su alejamiento físico del resto de Australia, es mucho menos visitado que la costa este de la isla-continente

Paseamos por allí una hora, tan abrumados por la soledad como por las piedras, subiendo a las sorprendentes formaciones rocosas y tomando fotos peculiares gracias al juego de perspectivas que ofrecían aquellas grandes canicas de granito rojo, levantadas de una manera aparentemente sobrenatural, como grandes huevos erectos sobre un cielo azul. Como muchos parajes cuyo aspecto y morfología se aparta de la monotonía del desierto circundante, reviste un carácter sagrado para los aborígenes, que creen que esas enormes bolas son los huevos de la Serpiente del Arco Iris. Los milenios han disuelto los mitos, historias y ceremonias relacionadas con el lugar, pero así y todo continúa siendo importante para la tribu Kayteye. Esto lo convierte, sin ninguna duda, en uno de los lugares religiosos más antiguos del mundo.

La versión geológica se queda muy corta respecto a la aborigen. Estos restos fragmentados y redondeados, en algunos casos partidos como si se hubiera utilizado un cincel mastodóntico, en realidad han emergido del subsuelo. Son piedras que hace 1.800 millones de años estaban enterradas y el agua ha ido desgastando la superficie hasta hacer desaparecer su paraguas arenoso. En fin, la consabida acción de los meteoros y el tiempo, una explicación mucho menos inspiradora que la de la serpiente mitológica.

En el parking sin asfaltar donde estacionamos el vehículo y a nosotros mismos, comenzamos a preparar la cena mientras el sol va descendiendo y el calor, aunque aún intenso, da un respiro. A la hora del ocaso, subimos hasta lo alto de una de las mesetas rocosas de los alrededores para disfrutar de la puesta de sol sobre la inmensa extensión de terreno que dominamos. En ese momento del día, como sucede desde hace miles y miles de años en este entorno inmutable, las sombras de las rocas se van prolongando mientras ellas mismas adquieren un intensísimo color rojizo que parece surgir de su interior.

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