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viernes, 10 de febrero de 2012

KEHLSTEIN - El inexpugnable refugio del Reich

Vistas magníficas, una hazaña pionera de la ingeniería civil, malsano morbo histórico… esas son las armas con las que cuenta un antiguo edificio nazi para haberse convertido en uno de los principales imanes turísticos de Baviera.

El Nido del Águila fue el apodo que las fuerzas de ocupación norteamericanas dieron en 1945 al chalet que Hitler había construido en la cima del monte Kehlstein, a 1.834 metros de altura en los Alpes bávaros próximos a Austria. En puridad, hay que decir que no fue Hitler quien lo construyó, sino que se trató de un regalo por su quincuagésimo cumpleaños, en 1939, por parte de Martin Bormann y otros de sus más allegados, como símbolo de la altura y fortaleza del Tercer Reich. Y aunque se presentó oficialmente a Hitler en 1939, el complejo ya había sido finalizado para entonces y, de hecho, la mayor parte de las visitas que el Führer realizó a estas dependencias tuvieron lugar a finales de 1938.

Llegar a este antiguo refugio de Hitler es ya todo un viaje en sí mismo. Sólo hay un camino posible. Se tiene que coger un autobús especial en Obersalzberg, no lejos de Berchtesgaden, porque la carretera –cerrada al tráfico ordinario- es única en el mundo: se diseñó para cubrir una diferencia de desnivel de 700 metros en tan solo 6,5 km; se atraviesan cinco túneles, sólo hay una curva y se cruza la empinada cara noroeste dos veces. Los tímpanos se bloquean y el vertiginoso cortado que se desploma cerca de las ruedas del autobús ejerce una atracción irresistible a la vista.

Bormann, además de ser el cerebro tras la idea del refugio de Kehlstein, también fue el responsable de la construcción de esta asombrosa obra de ingeniería civil. Independientemente de su filiación política, hay que reconocer que habida cuenta de los plazos de construcción, el gasto y el trabajo necesarios, fueron no solamente su influencia, sino su energía lo que hicieron completarse con éxito un proyecto de esa envergadura. Porque, como suele suceder en estos casos, los trabajos se encontraron con dificultades inesperadas nada desdeñables, como por ejemplo el hallazgo, a mitad de camino, de que el tipo de roca no garantizaba la seguridad, lo que obligó a excavar un túnel de 150 metros. Las condiciones no eran fáciles y varios operarios murieron sepultados por avalanchas o despeñados por los barrancos.

Arrancada a la roca sólida y construida en sólo trece meses entre 1937 y 1938, la espectacular Kehlsteinstrasse no ha perdido todavía su calificación de hazaña constructiva. Tanto los métodos como las técnicas empleadas en esta obra continúan aplicándose en proyectos similares en la actualidad, y el hecho de que la carretera continúe estando operativa sin que haya sido necesario apenas mantenimiento –desde los años sesenta, la vía ha soportado el paso de más de cuatro millones de toneladas- habla por sí solo del nivel de la ingeniería germana la época. Continúa siendo la carretera más elevada de Alemania.

Y a pesar de que hay gente en el autobús a la que la estrechez de la carretera y la cercanía del barranco obliga a cerrar los ojos, las estadísticas deberían tranquilizarles. La seguridad continúa siendo excelente. La carretera se cierra en invierno y antes de reabrirse en primavera, se examina y limpia cuidadosamente. Desde que se abrió a las visitas en 1952, no se ha registrado ni un solo accidente.

Desde el aparcamiento que se abre al final de la alucinante carretera, se continúa a pie por un
imponente túnel que penetra 124 metros en el macizo montañoso. El final del corredor es un lujoso ascensor con adornos de brillante bronce pulido, espejos venecianos y cuero verde que transporta a los visitantes a la cima de la montaña en tan solo 41 segundos. Su recargada ornamentación oculta la sangre de los doce obreros que murieron durante su construcción. Aunque desde dentro no se percibe, se trata en realidad de un ascensor de dos pisos: la parte superior se detiene a nivel del piso principal y la inferior en el sótano de la casa como montacargas para las cocinas.

Aunque la Kehlsteinhaus no es grande, construir esta residencia de descanso, ya lo hemos visto, supuso un gran desafío para los ochocientos hombres que la erigieron. Hubo que subir los materiales utilizando un teleférico –que tuvieron que construir previamente-, enfrentarse a las duras condiciones meteorológicas de alta montaña, atender las exigencias y las presiones de Bormann y pasar un largo periodo alejados de sus familias.

Una vez en la cima hubo que retirar varios metros de roca para asentar los cimientos. Ingenieros, técnicos de los teleféricos, albañiles, carpinteros… trabajaban día y noche para levantar la estructura de madera y cemento, con fachada de granito extraído cerca del Danubio y muros de un metro de espesor. El resultado, una fortaleza inexpugnable sin aspecto de serlo. Las salas de conferencia, los dormitorios y habitaciones de servicio y las terrazas no son en sí algo especial, pero la imaginación y el increíble paisaje que se abre a los pies del edificio son una recompensa sobrada.

El apodo del lugar está bien elegido. Sólo las águilas parecen capaces de alcanzar libremente estas
cimas. Pero en realidad los alemanes no le llaman así (simplemente Kehlstein o “Casa sobre el Kehlstein). Parece que el novelesco nombre de “Nido del Águila” lo utilizó por primera vez el embajador francés André François Poncet; los norteamericanos y los británicos lo adoptaron desde 1938. Tampoco la denominación “Casa de Té de Hitler” (equívoco formado a partir de la denominación D-Haus, abreviatura de Diplomatic Reception Haus) guarda relación alguna con su misión ni su historia. Porque lo cierto es que este Nido del Águila tiene menos historia de lo que uno podría pensar dados sus padrinos.

La lección de historia conviene llevarla aprendida, porque los guías informales que ofrecen sus servicios no lo hacen en alemán, según parece por petición no oficial del gobierno con el fin de evitar atraer más neonazis de los necesarios. Tampoco la Kehlsteinhaus cuenta nada especial sobre sus residentes o el significado que tuvo. En un intento de lavar el pasado, el dinero obtenido de los tickets de entrada a las instalaciones se destinan a una fundación caritativa y, claro está, esto parece incompatible con los nombres de los jerarcas nazis, empezando por Adolf Hitler.

Y el caso es que esta reliquia nazi no jugó realmente un papel importante. Ni siquiera puede ser considerada como uno de los cuarteles generales de Hitler. Porque, a pesar de su espectacular localización, el lujo con el que fue amueblada y las modernas instalaciones, este regalo de
cumpleaños nunca fue del total agrado del Führer. Le molestaba la ligereza del aire a esa altura, le daban miedo los rayos que descargan sobre la cima durante las imprevisibles tormentas y no se fiaba de la seguridad del ascensor. Así que sólo estuvo aquí, según nos dicen los documentos, en catorce ocasiones y la mayor parte de ellas no permaneció más de 30 minutos. Su amante Eva Braun, en cambio, sí apreciaba la tranquilidad, la belleza y el aislamiento de la casa: aquí se celebró la recepción nupcial de su hermana en junio de 1944 (ocasión de la que se conserva la filmación)

Fue una suerte que este magnífico edificio sobreviviera a la caída de sus dueños. Aunque la Kehlsteinhaus fue considerada como objetivo militar por la Royal Air Force en abril de 1945 (se pensaba que había instalaciones militares subterráneas) los bombardeos fueron inútiles . Los ingenieros alemanes habían hecho un trabajo sobresaliente: era un blanco demasiado pequeño para un bombardero y no había cimas circundantes lo suficientemente elevadas como para batir la cumbre del monte donde se asentaba el “Nido”.

Al final el lugar se tomó a pie por parte de tropas de infantería. En una época y de un conflicto del
que se tiene tantísima documentación, resulta curioso que no haya acuerdo acerca de qué unidad e incluso de qué país fue la que tomó –sin resistencia- el Nido del Águila. Diversas unidades se adjudican la acción (entre ellas una unidad acorazada francesa compuesta de voluntarios españoles), pero lo más probable es que fuera la compañía Easy de la 101 División Aerotransportada norteamericana (el “asalto” se cuenta ejemplarmente bien en un episodio de la serie televisiva “Hermanos de Sangre).

En los años inmediatamente posteriores a la guerra, el hecho de que Hitler nunca lo hubiera considerado uno de sus lugares favoritos salvó a la Kehlsteinhaus de la destrucción que sufrieron otros “santuarios” nazis, si bien las tropas aliadas saquearon buena parte de su contenido para llevárselo como souvenirs, desde los pomos de las puertas hasta piezas de vajilla o muebles, muchos de los cuales pasaron a colecciones privadas o simplemente desaparecieron sin dejar rastro.

Los militares aliados se aprovecharon del lujo del lugar (aunque solo los oficiales tenían autorizado el uso del ascensor; la tropa debía subir a pie). El gobierno bávaro no paró hasta conseguir que se le devolviera el complejo (ahora está administrado por la Asociación Turística local, que a su vez subarrienda el restaurante). La casa fue restaurada y modernizada, pero ello no ha ocultado ni modificado sustancialmente el aspecto que tuvo en los años cuarenta, así que los visitantes que se acercan hasta aquí entre mayo y octubre tienen la oportunidad de asomarse a un rinconcito del temido Tercer Reich.

Desde esta atalaya privilegiada, desde la que se divisa un magnífico paisaje de montañas y lagos,
los jerarcas nazis, rodeados de comodidades, podían alzarse sobre el caos, la violencia y la destrucción que rugían allá abajo, en el resto de Europa. Hoy, el único ruido procede del bullicio de los abundantes grupos de turistas que acuden hasta aquí atraídos tanto por el paisaje y la inusual construcción, como por el morbo de pisar el mismo suelo que uno de los personajes más infames de la historia del siglo XX. La guerra terminó, pero Kehlsteinhaus sigue allí, como una reliquia que se resiste a desaparecer para recordarnos la realidad de otra época. Sin duda, cuando llegan las primeras nieves, los antiguos enemigos americanos y británicos en su actual forma turística se despiden hasta el año próximo, sus habitaciones se cierran, el restaurante apaga sus fuegos y el silencio lo invade todo, sus muros comienzan a soñar de nuevo con los viejos tiempos…
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lunes, 26 de diciembre de 2011

Devil´s Marbles: arte natural en el desierto rojo

Lo mejor de conducir por un desierto es que cuando llegas a algo –lo que sea- que pueda considerarse una distracción, te animas de forma desproporcionada. A media tarde, a 500 km de Alice Springs, vimos una señal que anunciaba un lugar llamado Devil´s Marbles. Nos desviamos y seguimos un par de kilómetros por una carretera secundaria hasta un aparcamiento. Y allí nos topamos con algo realmente fabuloso: bloques enormes de granito liso, grandes como casas, amontonados en pilas desordenadas o desparramados por una zona inmensa (1.800 hectáreas según un rótulo). Cada uno tenía una forma característica, pero eran inmensos y algunos estaban apoyados sobre bases insignificantes. Imaginad un bloque de unos nueve metros de alto y casi esférico apoyado sobre una base poco mayor que una tapa de alcantarilla, por ejemplo. No hace falta decir que no había ni un alma. Si tuviéramos esas piedras en Europa, serían mundialmente famosas. Se organizarían viajes en autobús hasta aquí y no habría familia que no tuviera en sus álbumes fotos sonriendo estúpidamente con este fantástico panorama de fondo. En Australia no era más que un trozo del infinito desierto interior. Los conductores de los enormes camiones de cuatro remolques o de los turismos que recorrían ochocientos kilómetros por jornada tenían demasiado asfalto por delante como para entretenerse en estas cosas.

Y esa es la explicación al aparente olvido que sufre el lugar. A pesar de que las fotos de estas “canicas del diablo” aparecen en postales, libros y guías, los grupos organizados no llegan normalmente hasta aquí porque para ello es necesario recorrer grandes distancias por carretera mientras que el turista medio prefiere ajustarse al cómodo itinerario habitual: volar de Sydney a Uluru y de allí a la Gran Barrera de Coral. El Top End, por su clima tropical y su alejamiento físico del resto de Australia, es mucho menos visitado que la costa este de la isla-continente

Paseamos por allí una hora, tan abrumados por la soledad como por las piedras, subiendo a las sorprendentes formaciones rocosas y tomando fotos peculiares gracias al juego de perspectivas que ofrecían aquellas grandes canicas de granito rojo, levantadas de una manera aparentemente sobrenatural, como grandes huevos erectos sobre un cielo azul. Como muchos parajes cuyo aspecto y morfología se aparta de la monotonía del desierto circundante, reviste un carácter sagrado para los aborígenes, que creen que esas enormes bolas son los huevos de la Serpiente del Arco Iris. Los milenios han disuelto los mitos, historias y ceremonias relacionadas con el lugar, pero así y todo continúa siendo importante para la tribu Kayteye. Esto lo convierte, sin ninguna duda, en uno de los lugares religiosos más antiguos del mundo.

La versión geológica se queda muy corta respecto a la aborigen. Estos restos fragmentados y redondeados, en algunos casos partidos como si se hubiera utilizado un cincel mastodóntico, en realidad han emergido del subsuelo. Son piedras que hace 1.800 millones de años estaban enterradas y el agua ha ido desgastando la superficie hasta hacer desaparecer su paraguas arenoso. En fin, la consabida acción de los meteoros y el tiempo, una explicación mucho menos inspiradora que la de la serpiente mitológica.

En el parking sin asfaltar donde estacionamos el vehículo y a nosotros mismos, comenzamos a preparar la cena mientras el sol va descendiendo y el calor, aunque aún intenso, da un respiro. A la hora del ocaso, subimos hasta lo alto de una de las mesetas rocosas de los alrededores para disfrutar de la puesta de sol sobre la inmensa extensión de terreno que dominamos. En ese momento del día, como sucede desde hace miles y miles de años en este entorno inmutable, las sombras de las rocas se van prolongando mientras ellas mismas adquieren un intensísimo color rojizo que parece surgir de su interior.

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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Basílica de la Cisterna: los sótanos de la historia


Poco ha quedado del mundo bizantino en Estambul, al menos en lo que a arquitectura se refiere. Un puñado de iglesias en su mayoría en pobre estado de conservación (con la llamativa excepción de Hagia Sofia), las famosas murallas de Constantinopla levantadas por Teodosio, el acueducto de Flavio Valente, algunos mosaicos y poco más… Ni una casa, ni un palacio… todo fue borrado o tapado por una alfombra otomana que no reconocía a Constantinopla, sus grandes emperadores, su arte o su religión como tradiciones propias.

Hay un pequeño reducto que ha conseguido llegar hasta nuestros días pasando desapercibido. Paradójicamente, es algo que ninguno de los monarcas bizantinos, obsesionados por el lujo, la pompa y la grandiosidad, pensaron que sobreviviera a los grandes templos o los impresionantes palacios construidos para durar hasta la eternidad: la hoy conocida como Basílica de la Cisterna.

El cobro de una entrada nada barata y la poca vistosidad del acceso -una simple construcción de piedra con una taquilla seguida de escaleras descendentes-, hace que no sean muchos los turistas que se aventuren en este refrescante oasis subterráneo en el que un bosque de antiguas columnas se pierden en la oscuridad, semisumergidas en una laguna que refleja la tenue iluminación hábilmente dispuesta para crear un ambiente atemporal, una especie de imagen que no hubiera desentonado en una película de fantasía.

Esta cisterna, la más grande de las sesenta construidas en Constantinopla jamás estuvo pensada para convertirse en uno de los símbolos de su gobierno imperial en la ciudad. Se terminó en pocos meses, en el año 532, empleando 336 columnas romanas procedentes de templos paganos de Anatolia, la mayoría de origen corintio y que yacían por doquier abandonadas tras los saqueos, los terremotos o la ausencia de creyentes. Ocupa un área de 10.000 metros cuadrados y tiene 8 metros de altura con una capacidad para 30 millones de litros. Su función original era evitar la vulnerabilidad que significaba para la ciudad depender durante un asedio del acueducto de Valente. Se utilizó hasta finales del siglo XIV como cisterna de agua y a mediados del siglo XIX se restauró después de ser usada como almacén de madera.

No era más que una obra de ingeniería, como hoy podría considerarse una subestación eléctrica o un colector de agua. No pretendió ser un monumento perdurable, un símbolo. Durante muchos años, ya antes de la conquista otomana de la ciudad, la cisterna fue olvidada, lo que probablemente la salvó de ser derruida para reutilizar sus materiales en nuevos trabajos de construcción. Toda la porquería y el cieno que cubría el depósito fue limpiado y hoy su exhibición puede ser considerada como un triunfo en la presentación de monumentos antiguos. Las hileras de antiguas columnas surgen de la oscuridad a medida que el visitante camina por las pasarelas de madera tendidas sobre el agua, envuelto en una penumbra poblada de ecos que hace que uno sienta que es la primera persona que descubre el lugar.

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viernes, 11 de noviembre de 2011

Ashgabat: espejismo en el desierto (4)


(Continúa de la anterior entrada)

Volvimos al hotel caminando bajo el intenso sol. A nuestra izquierda, en el sur, se vislumbraba una cadena de montañas, una alfombra fabulosamente intrincada de color té, que se extendía hacia las cumbres en pliegues delicados. Era el Kopet Dag –literalmente, “conjunto de montañas”- que alcanzaba más de tres mil metros de altitud y formaba la frontera entre Turkmenistán e Irán, entre los desiertos calinosos, llanos y monótonos de Asia Central, en el norte, y las impresionantes montañas y altiplanicies de Oriente Próximo, en el sur.

La amplia avenida de salida de la ciudad -a pocos kilómetros se encuentra la frontera con Irán- sólo soportaba el tráfico de un puñado de automóviles, Ladas soviéticos que expulsaban ruidosamente un denso humo. Aquella misma tarde vi un camión ruso cuya resistencia había llegado a su final tras años de mínimo o nulo mantenimiento, un clima duro y un uso ininterrumpido. Un grupo de obreros se esforzaba empujando el pesado cacharro ante la impávida mirada del soldado que montaba guardia cerca de uno de los edificios oficiales. Una oxidada máquina soviética, símbolo del pasado más reciente, sufriendo un colapso ante uno de los símbolos del joven país. Toda una metáfora.

En el hotel, aproveché para sentarme en la soleada terraza de mi habitación para disfrutar de la brisa que venía de las montaña. Encendí la televisión. No tardé en apagarla tras descubrir horrorizado que la programación estrella era una de las reuniones televisadas del consejo de ministros de Turkmenbashi. Niyazov las presidía con el aire de un maestro de escuela. Los ministros se ponían en pie nerviosamente cada vez que su líder les interpelaba. Si lo juzgaba oportuno, no dudaba en reprenderlos en público. Hacía poco, había expulsado a uno, gritándole amenazadoramente frente a las cámaras de la televisión: “¡Y jamás volverás a encontrar trabajo en este país!” (no pude evitar pensar lo refrescante que resultaría ver eso en nuestros canales de televisión con nuestros propios ministros). Últimamente, había decidido teñirse el pelo y hubo que sustituir de la noche a la mañana los más de 250.000 carteles que ocupaban todos los lugares estratégicos del país, incluidos carreteras, aeropuertos y ciudades. En algunos de ellos parecía un gordo y burlón Dean Martin; en otros, tenía el aspecto de un consejero delegado de mal carácter con una sonrisa desafiante. La más común, barbilla sobre su mano, con una engañosa e insincera sencillez, como un cantante de variedades. Tenía facciones italianas y algunas veces posaba con un montón de libros, como un insufrible escritor de gira promocional. Para muchos, ese hombre tenía todas las trazas de aspirar a formar parte del club del surrealismo mágico internacional, junto a Castro, Gadafi y compañía.

Era todavía pronto, así que decidí salir y darme otro paseo hasta el mercado. Descubrí otra
sección, la que daba nombre al Mercado Ruso, compuesta de pequeños puestos alineados uno junto al otro formando estrechos pasillos, donde se vendían principalmente ropa, calzado, compact-discs, material escolar y algunos libros en ruso, principalmente religiosos. Los puestos estaban atendidos por rusos y era evidente, a tenor de la ropa que vendían, que sus clientes eran exclusivamente de esa etnia. Una situación difícil la de esta gente, apartados de los turkmenos no solamente por sus costumbres y raza sino por la decisión oficial de exaltar todo lo “turkmeno” y excluir lo ruso. El resultado ha sido un éxodo de población rusa desde la promulgación de la independencia, ya que, a todo lo dicho se suma el que cada vez es más difícil encontrar trabajo sin hablar turkmeno. El delirio nacionalista llega hasta el punto de que, si un extranjero quisiera casarse con una turkmena, por ejemplo, ¡está obligado a pagar un impuesto de 30.000 euros! La política de pureza racial y aislamiento alcanza límites enfermizos.

De vuelta al hotel, volví a detenerme en la horrible estatua "taurina" de la plaza, donde una chica turkmena se me acercó para preguntarme en perfecto inglés si quería que me hiciera una foto junto al horror parido por Turkmenbashi. Le respondí amablemente que no e intenté trabar conversación con ella, pero aparte de decirme que su inglés provenía de sus estudios en Estados Unidos, se mostró reacia a iniciar cualquier charla, alejándose rápidamente con un ojo puesto en los guardias de los alrededores. La juventud en Turkmenistán no lo tiene fácil. Esta chica, para estudiar fuera, debía disfrutar de contactos dentro de la administración. Tienes que sobornar a mucha gente para conseguir entrar en la universidad, pero sólo se les permite el acceso a los turkmenos. Un ruso, uzbeco o coreano no tienen la más mínima oportunidad. El Líder paralizó la enseñanza en los niveles básicos para la mayoría de la gente. Una vez un político extranjero le preguntó sobre esto y respondió: “La gente sin educación es más fácil de gobernar”.

El gobierno, paranoico hasta el final y heredero de algunas de las peores costumbres del régimen soviético, enviaba a sus jóvenes con becas a Estados Unidos para que cursaran allí sus estudios. Su vuelta estaba asegurada por cuanto las familias pasaban a ser rehenes no oficiales. A su vuelta, el gobierno los empleaba como funcionarios de diferente cualificación y entre sus tareas se encontraba el leer todos los emails que entraban y salían de los servidores del país y escuchar y leer conversaciones y correspondencia.

Turkmenbashi demostraba a cada momento con su estilo de gobierno que se acercaba más a las maneras de la mafia que a las de una democracia, con extorsiones, policía secreta, torturas, prohibición de la libertad de expresión… y así hasta hacer enrojecer a algunos dictadores que a su lado no son más que aprendices. Tan sólo sus familiares y los más allegados gozan aquí de privilegios, como su hijo, a quien regaló el lujoso hotel en el que estábamos alojados y que acabó apostando y perdiendo en el casino. El presidente, herido en su orgullo, lo recompró en un ataque de ira con sólo sabe él qué dinero. La población, amedrentada por tal concentración de poder, tan sólo podía continuar subsistiendo, obviando todo cuanto sucedía a su alrededor.

Aquella noche, antes de regresar al hotel, me quedé atónito ante otro de los horrores urbanos de aquel chiflado: en un parque, iluminado tenuemente, sobre una plataforma se alzaba lo que parecía ser una gran losa de unos 20 metros cuadrados en cuya parte frontal, en grandes letras, se leía Rukhnama, bajo un busto de perfil de nuestro ya viejo conocido Turkmenbashi. Pues bien, se trataba de una especie de monumento-libro que se abría en los días señalados y en cuyo interior se ocultaba una gran pantalla desde la que el líder arengaba y arrojaba sus plúmbeos discursos contra la multitud.

El Rukhnama es un pesado libro sobre historia personal, extrañas tradiciones turkmenas, genealogías, cultura nacional, sugerencias culinarias, propaganda soviética, fanfarronerías megalomaníacas, promesas enloquecidas y sus propias poesías, una de ellas comenzando como “”Oh, mi loca alma…”. El libro contiene más signos de exclamación que un anuncio de “¡hágase millonario en diez días!”, con el cual tiene mucho en común. Parece que lo consideraba como una especie de Corán, una guía personal para los turkmenos que, como diría Mark Twain, no era más que “cloroformo impreso”, un tostón insoportable.

En esta exposición confusa y ecléctica, Niyazov retrocedía 5.000 años (o eso decía) y afirmaba:
“La historia turkmena puede ser rastreada hasta el Diluvio Universal”. Después de ese episodio, cuando las aguas se retiraron, el antepasado de los turkmenos, Oguz Khan, apareció. Los hijos y nietos de Oguz dieron lugar a los 24 clanes que existen en Turkmenistán. La figura de Oguz es una de las claves del Rukhnama: Niyazov nos explica cómo los turkmenos llamaron a la Vía Láctea, el Arco de Oguz, al río Amu Darya, el río Oguz; y a la constelación del carro u Osa Mayor, las estrellas de Oguz….

El subtítulo del Rukhnama (entonces llamado el Sagrado Rukhnama) podría ser “La Segunda Venida”, aunque su auténtico subtítulo es “Reflexiones sobre los valores espirituales de los Turkmenos”. Niyazov enfatiza que él es una especie de reencarnación de Oguz Khan, poderoso y sabio, y para probarlo ha bautizado ciudades y montañas, ríos y calles, con su nombre. Ha ordenado que el turkmeno sea escrito en caracteres latinos y afirmado que, como ha dedicado su vida a hacer de Turkmenistán una gran nación, debería ser su presidente por el resto de su vida.

Más tarde en el Rukhnama, se pone sentimental sobre su madre y las madres en general, lo que acaba convirtiéndose en un programa para venerar la maternidad. “La madre es un ser sagrado… Uno puede comprender el valor de lo sagrado sólo después de haberlo perdido” (él era huérfano). Después pasa a explicar que el padre proporciona soporte material, pero que la madre da amor.

¡Sonríe!” era una orden de Turkmenbashi. Destacaba que los turkmenos debían sonreír. Escribió: “Como dice un antiguo dicho: “Nunca habrá arrugas en un rostro que sonríe”. Y después: “A menudo recuerdo a mi madre. Su sonrisa aún aparece ante mis ojos. La sonrisa es visible para mi incluso en la oscuridad de la noche, incluso aunque tenga mis ojos cerrados”. Una sonrisa es poderosa: “Una sonrisa puede hacer que un enemigo se convierta en un amigo. Cuando la muerte te mira a la cara, sonríele y puede que te deje libre”. Incluso la naturaleza sonreía: “La primavera es la sonrisa de la Tierra”. Incluso puede ser un lenguaje: “Sonreíros… Hablaos con sonrisas”.

Páginas y páginas de esto, la mayoría autolaudatorias. A su sonrisa debía Niyazov mucho de su
éxito como líder nacional. “Esa sonrisa que heredé de mi madre es mi tesoro”. Esto era por lo que, quizá, la mayoría de los retratos de Niyazov por todos sitios en Turkmenistán lo mostraban sonriendo, aunque nunca parecía menos honesto y feliz que cuando lo hacía. Su sonrisa –y esto es igualmente cierto para todos los líderes políticos- era su más siniestra característica.

A la orden de Niyazov, su libro era estudiado en todas las escuelas de Turkmenistán. Se exigía un profundo conocimiento del mismo para entrar en la universidad y para progresar en el funcionariado. Aquellos oficiales de inmigración que atemorizaban a los recién llegados al país en el aeropuerto difícilmente comprendían los entresijos de lo que hacían, pero probablemente podrían haber citado: “Una sonrisa puede hacer que un enemigo se convierta en amigo”. También es cierto que nadie sonreía en el aeropuerto.

Una significativa omisión de todas las ediciones del libro (del que se imprimieron más de un millón de copias en más de treinta lenguas, incluyendo zulú y japonés) es cualquier mención al intento de asesinato que sufrió en 2002. En aquel año, en lo que pudo haber sido un golpe de Estado fallido, casi murió cuando le dispararon en su comitiva motorizada a través de la ciudad. Esto resultó en una ola de represión, los responsables y sus colaboradores fueron arrestados, ejecutados o encarcelados. Familias enteras fueron a parar a las cárceles y nunca se volvió a saber de ellos. Los rumores decían que habían sido sus propios ministros los que habían planificado el magnicidio y el plan hubiera sido secuestrarlo, tomarlo como rehén y deponerlo en lugar de matarlo.

¿Cómo es posible que no haya un movimiento de oposición, una resistencia que llame la atención del mundo sobre su causa? En primer lugar, claro, está el miedo. Un caso típico del que informaron fuentes extranjeras, fue el de Ogulsapar Muradova, 58 años, madre de dos hijas y reportera de Radio Free Europe. Fue arrestada, juzgada sin abogado en una sesión secreta y condenada a seis años de cárcel. En septiembre de 2006, un mes después de ser encerrada en Ashgabat, Muradova fue encontrada muerta en su celda (“herida en la cabeza”, dijeron los informes oficiales) y su cadáver devuelto a sus hijas.

Pero hay más que el simple temor. El disidente que se centra en valores universales como los derechos humanos requiere una sociedad urbana, y los turcomanos eran un pueblo nómada, tribal. Aún vestían ropas tradicionales y ni siquiera conocían los nombres de las calles; tal vez porque conocer los nombres de las calles requiere un razonamiento abstracto e impersonal que no se basa en los hábitos. Las personas que sabían distinguir una calle de otra eran por lo general empleados de hotel rusos, taxistas armenios, comerciantes azeríes… o sea, extranjeros urbanizados.

A Turkmenistán le acechaba la desintegración. No era ni siquiera una “nación fósil”, como la cercana Georgia. Con cuatro quintas partes de su territorio invadidas por el desierto, la población del país está compuesta exclusivamente por clanes de invasores nómadas: los tekke en el centro (a los que pertenecían Turkmenbashi y sus ministros), los ersri en el sureste y los yomuts en el norte y el oeste. Pero vale más el actual estancamiento que el caos.

Y, ciertamente, a pesar de la aparente fiebre inmobiliaria, había estancamiento. El canal de Karakum se estaba obstruyendo por acumulación de sedimentos, lo que ponía en peligro el abastecimiento de agua del país. Se había reducido la educación obligatoria. Se habían cerrado todos los hospitales fuera de Ashgabat, reemplazando a miles de profesionales de la salud por conscriptos del ejército y había ordenado a los médicos del país jurarle lealtad a él en lugar de realizar el juramento hipocrático. No se gastaba dinero en infraestructuras; a pesar del espectacular despliegue en edificios hipermodernos, muchas casas y carreteras se hallaban en estado ruinoso. Si uno abría un pequeño negocio, al momento acudía un enjambre de recaudadores de impuestos que exigían sobornos a cambio de autorizaciones. No se veían multitudes, tráfico ni vida callejera. Pero, en cambio, había casinos y nightclubs nuevos, llenos de extranjeros que trabajaban en la industria petrolera y de mujeres rusas. Estas últimas probablemente pretendían salir del país a través del matrimonio.

A pocos kilómetros se hallaba Irán, un país con una fuerte tradición monárquica. Los ayatolás constituían una autocracia organizada, evolucionada e impresionante comparada con la de Turkmenistán. En Irán la democracia –en su imperfecta forma- fue posible porque la sociedad iraní era ya una sociedad refinada y avanzada. En cambio, los turcomanos nunca conocieron una forma de gobierno. Era la tierra de la anarquía.

Históricamente, las monarquías han demostrado ser una forma relativamente estable y benigna de tiranía en regiones donde no había clase media para proveer de personal a las instituciones democráticas. Por eso en Asia Central, donde aún no existen clases medias, los kanes medievales como Turkmenbashi volvieron tras el colapso del comunismo. El fundamentalismo islámico de Teherán horroriza a los turcomanos y, por este motivo, aquí la influencia de Irán es limitada.

El Turkmenistán de Niyazov merecía otros nombres. Quizá Absurdistán; o Chifladistán, un enorme manicomio dirigido por su interno más desequilibrado. Su capital, una mezcla de Las Vegas y Pyongyang, era un ejemplo de lo que ocurre cuando el poder político, el dinero, el nacionalismo, el vacío tradicional y la enfermedad mental se combinan en una sola paranoia.


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