
Viena es una de las capitales más pequeñas de Europa, pero lo que le falta en tamaño le sobra en esplendor imperial. Y es que durante casi siete siglos, desde 1278 a 1918, la dinastía de los Habsburgo dirigió desde aquí uno de los más ilustres imperios de la Historia.
Como ha sucedido siempre, la arquitectura ha sido uno de los instrumentos preferidos de reyes y emperadores para manifestar al mundo su poder. Y el más perdurable legado de los Habsburgo fue el barroco, un estilo que se adoptó tardíamente en Austria debido a la catastrófica guerra de los Treinta Años, en la que cristianos y protestantes enarbolaron la religión como excusa para un conflicto que tenía mucho que ver con el poder territorial y económico. Tras la Paz de Westfalia (1648), el Sacro Imperio Romano Gérmánico quedó dividido, confesional y políticamente, en casi trescientos pequeños territorios. El emperador residía en Viena y ostentaba formalmente tal título, pero su poder efectivo no se extendía más allá de los dominios tradicionales de la familia Habsburgo.
Austria, a pesar de los duros tiempos que acababa de vivir, entraba en su época dorada. Los turcos, que amenazaban con invadir el centro de Europa, fueron detenidos y obligados a firmar el Tratado de Karlowitz en 1699, en virtud del cual cedieron Hungría y la soberanía sobre Transilvania (territorios a los que en 1718 se incorporaría Temesvár, parte de Valaquia, de Bosnia y de Serbia). A principios del siglo XVIII, tras la firma del Tratado de Utrecht-Rastadt, que puso fin a la guerra de Sucesión española a favor de Felipe de Anjou, Austria recibió los Países Bajos, el Milanesado, Nápoles y Cerdeña.
En este nuevo periodo de auge y orgullo imperial, una vez superadas las consecuencias de las diferentes guerras y conjurada la grave amenaza de la expansión otomana, los príncipes quisieron reafirmar su valía mediante la construcción de palacios y jardines. Y el emperador Habsburgo, Leopoldo I, no se quedó atrás. Un siglo antes, en 1569, Maximiliano II se hallaba cazando en los bosques de los alrededores de Viena cuando encontró un riachuelo. Tras beber un sorbo de agua, dijo: “schönbrunn”, que significa, “hermoso manantial”. Le gustó tanto el lugar que construyó una cabaña de caza cerca de allí.
El pabellón resultó destruido durante el asedio turco de 1683. Leopoldo I encargó en 1696 a Johann Bernhard Fischer von Erlach el proyecto de una nueva y lujosa residencia de verano. Este arquitecto, entonces en la cúspide de su fama, era una de las figuras prominentes en el desarrollo del barroco austriaco. Tras un largo periodo de formación en Italia, Fischer regresó a Austria en 1687, justo a tiempo para la ambiciosa recuperación arquitectónica de la posguerra. Sus trabajos para príncipes y nobles le llevaron a entrar en el ámbito de la corte imperial, convirtiéndose en el tutor del hijo del emperador y futuro José I.
Así, el mismo año en que recibió un título nobiliario (agregando a su apellido el “von Erlach” final)


Leopoldo no llegó a ver su residencia de verano completada. Su sucesor, Carlos VI tenía otras preocupaciones más apremiantes, como la posible extinción de la dinastía ante la falta de un heredero varón. Carlos ofreció todo tipo de concesiones a las potencias europeas, territorios incluidos, a cambio de que aquéllas reconocieran la Pragmática Sanción, en virtud de la cual su hija María Teresa se convertiría en emperatríz. Cuando Carlos murió en Viena en 1740 tras ingerir unas setas venenosas dejó atrás un desolador panorama de deudas, ruina financiera y desastrosa moral en el ejército, que los contemporáneos interpretaron como el final de los Habsburgo.
Viendo la debilidad de la institución imperial, el resto de las potencias europeas, Prusia, Francia,

El elegido para el proyecto fue Nikolaus Pacassi, quien entre 1744 y 1749 se encargaría de introducir en el edificio el estilo rococó, añadir nuevas alas y un cuarto piso. El exterior se pintó de amarillo, el color favorito de la emperatriz que a partir de ese momento pasaría a estar asociado con la familia imperial, embelleciendo muchos de sus edificios.

Si los negociadores sospecharon que la magnificencia de Schönbrunn se reducía a la fachada, al entrar no dan crédito a lo que ven. Sólo visitan un puñado de las 1.500 habitaciones del palacio, pero la ornamentada riqueza se despliega a base de sedas persas y chinas, paneles de maderas exóticas y kilómetros de adornos rococó finamente tallados.

Los delegados se sienten impresionados e inquietos. Semejante despliegue les indica claramente que la guerra podría prolongarse de forma indefinida. Los consejeros de la reina les ofrecen la Sala Circular China para que puedan deliberar en privado, ignorantes de que sus redondeadas paredes transmiten el más leve de sus susurros hasta una puerta oculta donde el canciller de la reina escucha atentamente. La combinación de espionaje y ostentación da resultado. María Teresa consigue un tratado por el que no sólo se la reconoce como heredera legítima al trono de los Habsburgo, sino que recupera los territorios perdidos durante la guerra. Ha comenzado la época más gloriosa del Imperio, y todo ello gracias a la inteligencia y fortaleza de una mujer… y a su palacio.
Maria Teresa aún reinaría treinta y dos años más, todos ellos desde Schönbrunn. Llevó a cabo reformas administrativas, legales, políticas, económicas, financieras y monetarias, convirtiendo Austria en una monarquía absoluta con un gobierno centralizado. Su devoto marido, Francisco I, aunque emperador nominal, siempre estuvo supeditado a la autoridad de su mujer. Su papel, no obstante, fue fundamental en otros ámbitos: apoyó y financió las industrias manufactureras, las artes y las ciencias, poniendo las bases de un legado cultural que aún perdura.
María Teresa gobierna la vida de Schönbrunn y su ejército de sirvientes y trabajadores como si fuera un reino en miniatura. Y lo hace como Europa no ha visto antes. No sólo emperador y emperatriz comparten cama –algo poco usual en la realeza de entonces-, sino que en sus lujosos

El futuro de los Habsburgo parece asegurado. El matrimonio engendrará dieciséis hijos. La

Pero Schonbrünn, como tantos edificios imperiales, no sólo vio pompa, desfiles y risas. En 1765, Francisco, el querido marido de María Teresa, su principal colaborador y consejero, fallece. Y, con él, no sólo acaba la breve edad dorada del Imperio sino, hasta cierto punto, la vida de María Teresa. Hundida en una profunda depresión, su salud empeora, come en exceso y pasa la mayor parte del tiempo encerrada en sus habitaciones. Dedica todas sus energías a asegurar el porvenir de la dinastía: nombra a su hijo José corregente y casa a Maria Antonieta con su antiguo enemigo, el rey de Francia. Gran error. La caprichosa joven austriaca provoca rechazo tanto en la corte como en el pueblo franceses. Estalla la revolución y la plebe captura a los desconcertados monarcas. Lo último que ve aquella niña que jugaba despreocupadamente con su padre en los jardines de su nunca olvidado Schönbrunn, será la ensangrentada hoja de la guillotina. Pero esa tragedia es algo que ya no habría de sufrir su madre. En 1780, María Teresa contrae un resfriado y muere en el palacio de Schönbrunn.

Pasan los años y la vida se normaliza en Viena. En 1848, Francisco José sube al trono. Junto a su esposa y reina, la bella Sissi, hacen la pareja más romántica de Europa. En las fiestas que celebran en los salones de Schönbrunn cautivan con su carisma y estilo a nobles y plebeyos, monarcas y generales. Durante un tiempo, el palacio revive la época dorada de María Teresa, recobrando su papel de centro de poder. Francisco José, como en su día hizo su antepasada, rompe moldes. Trabaja solo en una oficina espartana en lugar de rodeado de consejeros y colaboradores y dedica largas jornadas, desde el alba al anochecer, a las cuestiones de Estado, recibiendo dignatarios y ministros y llevando a cabo reformas políticas y militares.
Sin embargo, en este caso, el matrimonio modelo sí era más fachada que realidad. Sissi se siente


Hoy, miles de turistas acuden a Schönbrunn para visitar uno de los palacios barrocos más

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