La proa del barco, impulsada por los silenciosos motores diesel, rompía las aguas de un oscuro azul verdoso que ocupaban lo que hace 20.000 años fue la lengua de hielo de un enorme glaciar. Inmensos farallones de color gris componían los flancos del desfiladero marino por el que el Milford Wanderer se deslizaba bajo un cielo gris y amenazador. Era difícil tomar conciencia de la colosal escala del decorado. Solamente cuando alguno de los barcos turísticos pasaba por delante de las moles de granito se hacía evidente que estábamos cerca de los riscos marinos más elevados del mundo. Se alzan hasta 1.584 metros directamente desde el nivel del mar y sus bases se asientan a 400 metros por debajo de nosotros, en lo que un día fue asiento de un valle glaciar.
Situada a 260 kilómetros al noroeste de Dunedin, en la Isla del Sur de Nueva Zelanda, Milford Sound no es, como su nombre inglés indica, una ría, esto es, un valle fluvial invadido por agua de mar debido a las mareas o la diferencia de relieve. En realidad, la "Sonda de Milford" es un fiordo, un golfo estrecho y profundo que discurre entre montañas abruptas y que fue excavado por un glaciar, una de las mejores muestras de la fuerza erosiva del hielo en movimiento. Como la mayoría de los fiordos, la profundidad va incrementándose desde la embocadura, en el Mar de Tasmania, hasta la punta. Cuando al término de la última glaciación, hace 10.000 años, los hielos se retiraron hacia su último refugio en la Antártida, el espacio que dejaron fue invadido por el mar.
Sin embargo, en Nueva Zelanda es posible aún encontrar lugares en los que el hombre apenas ha penetrado. Y uno de ellos es la región de Fiordland, en el suroeste del país, una costa de perfil irregular, perforada por numerosos entrantes de formas caprichosas. Los maoríes, por supuesto, conocían estas tierras a las que llamaban Piopiotahi un sonoro nombre que hace inequívoca referencia a un ave, una especie de zorzal ya extinguido. Los europeos tuvieron bastantes más problemas cuando iniciaron un estudio sistemático del litoral con el fin de cartografiarlo, dificultades q

ue tuvieron su reflejo en los nombres con los que bautizaron a los fiordos: Dusk (crepúsculo), Doubtful (dudoso) o Mistake (error). El propio capitán Cook, el primer europeo en llegar a la embocadura del Milford Sound en 1770, no pudo siquiera verlo debido a las nieblas que se posan a menudo sobre la región. Tres años después regresó a este mismo lugar y, de nuevo, los dioses maoríes ocultaron su localización al marino inglés tras una espesa cortina de brumas. Acabó siendo el capitán John Grono quien bautizara al más famoso de los fiordos en recuerdo de su lugar de nacimiento, Milford Haven, en Gales
Y hasta aquí llega la escasa historia del ser humano en la Tierra de los Fiordos. El resto, es Naturaleza. Una naturaleza que medio millón de personas acude a contemplar cada

año, ya sea recorriendo el Milford Track, que pasa por ser uno de los itinerarios senderistas más bellos del mundo; o realizando un crucero más o menos largo por los fiordos a bordo de alguno de los muchos barcos que ofrecen sus servicios en el muelle que se abre en la cabecera y al que se puede acceder por carretera o avioneta desde Queenstown. El ajetreo del embarcadero desaparece en cuanto se accede a los barcos y éstos se van desperdigando por la inmensidad del fiordo, dominado en su inicio por el colosal Mitre Peak, un monolito triangular de roca de 1.695 metros de altura.
Las profundas y rutilantes aguas bordeadas por densos bosques y la belleza de los encumbrados farallones justifican su fama. Hay un factor fundamental que condiciona no sólo el paisaje, sino todo el ecosistema de la zona. Fiordland es uno de los lugares más húmedos del planeta. Llueve dos de cad

a tres días, lo que supone una precipitación anual excepcionalmente alta. La impredecibilidad y variaciones súbitas del clima neocelandés alcanzan su máxima expresión en el Milford Sound. Durante nuestra estancia allí experimentamos todo tipo de caprichos meteorológicos. A nuestra llegada, el cielo estaba encapotado pero sereno, situación que se mantuvo durante parte de la tarde mientras nuestro elegante barco nos internaba en el fiordo, haciendo una parada para que los más entusiastas se pusieran el chaleco salvavidas y se lanzaran a una exploración más cercana sobre alguno de los kayaks que llevábamos a bordo. Más tarde las nubes descendieron sobre las paredes de granito y descargaron una lluvia fina y persistente que nos obligó a buscar refugio en el comedor y seguir contemplando el paisaje a través de los ventanales y las cortinas de agua que durante un rato golpearon con fuerza el paisaje.
La noche transcurrió clara y con una temperatura agradable. El barco echó el ancla cerca de una pequeña playa arenosa. Después de la cena, abandonamos rápidamente el comedor, que se había convertido en el campo de expansión de un grupo de adolescentes australianos en un estado de embriaguez cada vez más alarmante. Subimos a la cubierta, donde el capitán, un barbudo lobo de mar en la más ortodoxa tradición marinera, charlaba con un miembro de la tripulación. Cuando mencionamos el jaleo que estaban organizando los australianos, nos replicó con una m

ueca, un leve gesto de disgusto y un comentario despectivo. En realidad, por muchos chistes que "aussies" y "kiwis" cuenten a costa de sus vecinos australes y al cortés desprecio que se profesan, encuentran los unos en los otros un grado de identificación cultural y comprensión mucho mayor que con los indonesios, los chinos o los filipinos, que al fin y al cabo también son compañeros geográficos en esta parte del planeta. Los neocelandeses se sienten más europeos, menos americanizados que sus, según ellos, poco refinados colegas australianos. Éstos, tratan a los kiwis de torpes en los negocios y provincianos. Pero en realidad, como me confirmarían repetidas veces amigos de uno y otro país, las relaciones entre ambas nacionalidades eran afectuosamente buenas.