span.fullpost {display:none;} span.fullpost {display:inline;} DE VIAJES, TESOROS Y AVENTURAS

lunes, 1 de noviembre de 2010

FUNICULAR DE TABLE MOUNTAIN: una puerta entre dos mundos


Hay pocas ciudades en el mundo con una localización tan espectacular como Ciudad del Cabo. Encajonada entre una impresionante formación montañosa y el Océano Atlántico, si se quiere disfrutar de la mejor vista de la urbe es necesario subir a la Table Mountain, el pétreo guardián de la ciudad.

El macizo de la Montaña de la Mesa, plano en su parte superior y uno de los accidentes geográficos más reconocibles del mundo, domina la Table Bay y la antigua colonia holandesa. Su punto más elevado, Maclear´s Beacon, alcanza los 1.113 m sobre el nivel del mar. Esta cumbre rectilínea mide unos 3 km de punta a punta y, en días claros, su perfil característico se divisa desde alta mar a más de 100 km de la costa.

La montaña presenta cuatro caras. El escarpado precipicio del norte y sus dos picos adyacentes se precipitan vertiginosamente hasta la ciudad. Por el lado occidental hay una serie de sierras abruptas y picos conocidos como los Doce Apóstoles. La cara del sudoeste, cubierta de bosque, se cierne sobre la pequeña y bella población costera de Hout Bay y su puerto. La vertiente oriental, por su parte, da a los barrios más antiguos de Ciudad del Cabo. La vida de los habitantes de la ciudad está en buena medida modulada por la montaña, puesto que ésta determina la distribución local de las precipitaciones: las zonas más occidentales de la península presentan un promedio de 460 mm anuales; las orientales, en cambio, unos 1.300 mm. Las cinco presas que hay en las zonas superiores son buena muestra de que la propia cumbre constituye un excelente lugar para recoger agua.

Por otro lado, Table Mountain exhibe sin pudor las señales de la erosión causada por los agentes atmosféricos; la barrera montañosa combinada con los vientos que soplan desde el sur crea una densa masa de nubes que cubre a menudo la cima y que los locales han bautizado con el nombre de Table Cloth, el mantel de la mesa.

Todo aquel que venga a Ciudad del Cabo debe realizar su peregrinaje a lo alto de Table Mountain. Existen más de 500 senderos que llevan hasta la cumbre, pero el modo más rápido y sencillo de realizar la ascensión es utilizar el Table Mountain Aerial Cableway, un teleférico que desde su inauguración en 1929 ha transportado a 20 millones de personas. En mi primera visita a Ciudad del Cabo para llegar a la base del teleférico en Tafelberg Road había tomado un pintoresco transporte urbano sólo apto para adictos a la adrenalina, uno de esos velomotores de tres ruedas con una enclenque trasera en la que, apiñados, cabían de manera inexplicable hasta ocho pasajeros en dos filas enfrentadas de a cuatro. Se pagaba por el destino, no por la duración del viaje, lo que significaba que el conductor era libre para dar más y más vueltas por la ciudad recogiendo y depositando nuevos pasajeros mientras su ágil cerebro hilaba rutas y destinos.

El alocado vehículo conducía a una velocidad de vértigo por las calles de Ciudad del Cabo, aparentemente ignorante de semáforos, señalizaciones, normas y tráfico, acometiendo con más optimismo que realismo las duras cuestas que descienden de Table Mountain, Lion´s Head y Signal Hill, los tres centinelas graníticos que dan forma a la ensenada de Table Bay. En una de aquellas cuestas, el motocarro, sencillamente, se caló y el conductor, impasible ante lo que parecía ser un suceso cotidiano, puso el motor en punto muerto y dejó que el vehículo se deslizara cuesta abajo para volver a tomar carrerilla y acometer de nuevo el obstáculo geográfico, esta vez con éxito si bien no con desenvoltura. Con los dientes apretados, rezaba para que de alguna de las calles adyacentes no surgiera un coche ignorante de que cuesta abajo se deslizaba un montón de chatarra relleno de seres humanos.

Y, en llano, el intrépido chófer era igualmente terrorífico: desconocía el significado de la palabra “carril”, circulaba a velocidades que yo jamás hubiera podido imaginar que un vehículo a tres ruedas pudiera alcanzar, tomaba las curvas como si fuera el único conductor de la ciudad, se acercaba a los coches y camiones que le precedían como si manejara un tanque y no una pulga mecánica… Por supuesto, en la parte de atrás no había cinturones de seguridad ni tampoco cierre del extremo posterior, por lo que en las cuestas arriba había que sujetarse con fuerza a alguna de las barras de la estructura para no ser engullido por la fuerza de la gravedad y salir disparado del motocarro. Fue una experiencia encantadoramente terrorífica y llena de sabor local. ¡Y mucho más barata que un taxi! (Siento no poder mostrar fotos de la vivencia, ¡estaba demasiado ocupado agarrándome con fuerza a cualquier cosa que tuviera a mano!)

En 1997, tras la instalación en el teleférico de nuevas y espaciosas cabinas circulares de cristal y un segundo tendido de cables, el viaje de cuatro minutos desde los 302 metros de altitud de Tafelberg Road hasta los 1.067 de la estación enclavada en la punta más occidental de la meseta es una espectacular experiencia que, gracias al progresivo giro de las cabinas sobre su eje, permite a los 65 pasajeros disfrutar de maravillosas vistas de todos los ángulos.

Aunque corto y cómodo, es un viaje que los débiles de corazón o los que padezcan de vértigo deberían pensarse dos veces. Por otra parte, esta fantástica obra de ingeniería no funciona los días de viento y, de hecho, en la meseta hay instaladas sirenas que avisan de la llegada repentina de fuertes rachas de viento y a cuyo sonido hay que refugiarse lo antes posible en el sólido edificio de visitantes por el peligro que suponen.

Aquellos que llegan a lo alto, bien con el funicular o bien a pie, son recompensados con vistas memorables: las calles y plazas de Ciudad del Cabo, el puerto y sus barcos, los Doce Apóstoles, Robben Island, en su día prisión de Nelson Mandela, la extensa abertura de False Bay hacia el este y la lejana cordillera de Hottentots-Holland surgiendo con tonos azul-grisáceos de la llanura costera. Más allá, siguiendo la península del Cabo, un estrecho dedo de centro montañoso que finaliza en los grandes acantilados del Cabo de Buena Esperanza.

Muy a menudo y de manera impredecible, las vistas quedan ocultas por el mencionado “mantel”, un mar de nubes vaporosas que se desploman desde la cima de la montaña hacia la bahía. Es entonces cuando la cima de Table Mountain puede adoptar un aire siniestro, casi amenazador. Se dice que esa especie de manto blanco esconde el espíritu del gigante inmortal Adamaster, derrotado tras rebelarse contra el dios griego Júpiter y desterrado a El Cabo. Otras leyendas sobre la montaña son menos clásicas y más bien producto de la imaginación local con una pizca de realidad. Por ejemplo, los capetonianos hablan de Antje Somers, un malvado “hombre del saco” que, vestido de mujer, asalta y roba a aquellos que osan aventurarse fuera de las sendas, dejándolos desnudos en las laderas barridas por el viento. El personaje de Antje probablemente está basado en alguien real y las abuelas todavía asustan con su nombre a los niños pequeños. Más alegre es Jan Hunks, un viejo pirata holandés que desafió al diablo a una prueba en la que ambos debían fumar sus pipas. El resultado fue la niebla.

La primera vez que visité este lugar, en 2002, lucía un espléndido sol y las vistas eran magníficas. En la segunda, el "mantel" blanco hizo pronto su aparición y apenas media hora después de llegar a la cima, nos encontramos sobre un enorme océano de nubes que hurtaba a la vista el formidable panorama. Caminamos un rato por los senderos abiertos en la meseta entre la vegetación de la cima, tan rica como poco llamativa en esa época del año. Las laderas que se abrían a nuestros pies y en la propia meseta son el hogar de 2.600 especies vegetales (tantas como en toda Norteamérica y casi toda Europa o Asia). La vida vegetal de El Cabo, llamada de manera genérica fynbos (que proviene de “fine bush”) son principalmente plantas de reducidas dimensiones, muy resistentes y de crecimiento lento, bien adaptadas a las sequías estivales y capaces de florecer en suelos pobres en nutrientes. En áreas equivalentes a un pequeño jardín se han llegado a encontrar 120 especies diferentes.

Al comprobar que la niebla se estaba espesando peligrosamente, optamos por tomar el funicular y descender. A diez metros por segundo, la acristalada cabina se zambullía en un inquietante limbo blanco que engullía los gruesos cables impidiendo que los asombrados pasajeros viéramos el punto final del estremecedor descenso.

El funicular de Table Mountain no es sólo una maravilla de la moderna ingeniería civil, sino una puerta entre dos mundos: de la ruidosa agitación urbana de una moderna metrópoli a un nítido entorno natural sometido al impredecible capricho de los elementos solo median mil metros y cuatro minutos.
Leer Mas...

viernes, 22 de octubre de 2010

CIUDADES SUBTERRÁNEAS DE CAPADOCIA - Fortalezas en la oscuridad


El hechizante paisaje de Capadocia, único en el mundo, es el producto de miles de años de ininterrumpidas erupciones volcánicas. El monte Erciyes, hoy extinto, sembró durante siglos una gruesa capa de ceniza por toda la región. Ésta ceniza se transformó en una roca blanda llamada toba que condicionaría de manera decisiva no sólo el relieve topográfico, sino la historia y la economía de la región. La erosión del viento y la lluvia esculpieron formas orgánicas surrealistas: conos, muros de suaves colores, columnas redondeadas coronadas por peñascos en imposibles equilibrios... que hoy atraen a turistas de todo el mundo, cuyo dinero supone uno de los principales ingresos para la población local. Además, la ceniza volcánica, junto a la abundante luz solar que recibe Capadocia, han hecho de esta zona una fértil huerta donde crecen las hortalizas, los viñedos y los frutales.

Sin embargo, nuestra visita al antiguo pueblo de Derinkuyu no tiene como meta admirar las chimeneas de las hadas que adornan la superficie, sino entrar en un mundo subterráneo, una ciudad bajo tierra que fue construida en el curso de las generaciones y que forma parte de una de las redes subterráneas artificiales más extensas del mundo. En la entrada a ese espacio secreto, un afloramiento rocoso en el que se ven huellas de otras puertas ahora bloqueadas, nos reunimos con nuestro guía Mustafá, un anciano de corta estatura, pronunciadas entradas en un cabello blanqueados por el tiempo, abundante mostacho turco y un aire de entrañable abuelo contador de historias. Nos dijo con su divertido acento inglés que había nacido en el pueblo y que desde que era un chiquillo había jugado en los corredores y cavernas de la ciudad subterránea de Derinkuyu, mucho antes de que se habilitara para el turismo y se convirtiera en una gran atracción internacional.

Traspasamos el umbral y comenzamos a descender, cada vez más abajo, recorriendo estrechos pasadizos llenos de curvas y requiebros cortados en la roca y a los que se abren multitud de habitaciones y espacios compartimentados con delgados muros. El ruido aquí abajo debió haber sido ensordecedor cuando miles de personas se concentraban en estos túneles, porque cada movimiento, cada voz, produce un sonoro eco.

Enseguida nos llama la atención algo: la temperatura aquí abajo permanece constante: entre 15 y 16 grados, perfecta para almacenar comida sin que se estropee, un aspecto este fundamental, porque debían contar permanentemente con las provisiones necesarias para sobrevivir largos periodos de tiempo. Y es que estas ciudades subterráneas no eran tanto lugares donde vivir como fortalezas en las que refugiarse.

Los humanos descubrieron estos valles en tiempos remotos, Sus suelos fértiles eran ideales para la agricultura y la rocas blandas les brindaban un fácil alojamiento: bastaba raspar la toba de los pináculos volcánicos, vaciarla y tallarla para conseguir una sólida vivienda troglodita que mantenía una temperatura constante y era fácil ampliar cuando venían más hijos o se adquirían más animales o pertenencias: bastaba sacar las herramientas y comenzar a arrancar piedra, quitando la toba que no necesitaban hasta dejar una caverna que se ajustara a sus necesidades. La roca es tan dúctil que puede trabajarse incluso con los metales más blandos, pero se endurece rápidamente en cuanto queda expuesta al aire.

Pero no todo era perfecto en estos valles. Su riqueza fue también su maldición. La situación geográfica de Capadocia, en mitad de las rutas comerciales que conectaban los grandes imperios de la Antigüedad, la ha hecho históricamente lugar de paso de todos los ejércitos invasores, ya vinieran del este o del oeste: hititas, persas, griegos, romanos, bizantinos, árabes, turcos, mongoles, bandas de merodeadores y nómadas de diferente pelaje... Quien controlaba la Capadocia no sólo era dueño de una región de considerable riqueza agrícola, sino que tenía garantizados unos sabrosos ingresos gracias a las riquezas transportadas por las caravanas que iban o venían de China, la India, Egipto, Grecia o Roma. Las batallas, escaramuzas y guerras tribales convirtieron a esta zona en un lugar peligroso para vivir. La población local era masacrada, los pueblos saqueados y las mujeres y niños secuestrados. Era preciso defenderse y desde épocas muy tempranas los capadocios lo hicieron construyendo una ciudad paralela... bajo el suelo.

La más grande de todas esas ciudades, descubierta en 1963, está aquí, en Derinkuyu, nombre que significa “pozo profundo”. Antiguamente llamada Melengübü, se ignora quiénes fueron los primitivos habitantes de la zona, pero sí se sabe que en el segundo milenio antes de nuestra era, algunas tribus indoeuropeas ocupaban la península de Anatolia; el pueblo hatti o hitita, construyó aquí un gran imperio que desapareció siglos después pulverizado por una ola de invasiones. Es a sus gentes a quienes se señala como posibles artífices de las ciudades subterráneas esparcidas por el valle. ¿Qué era lo que temían? Nadie lo sabe con seguridad, pero los testimonios de la época que han llegado hasta nosotros hablan de tiempos difíciles a causa de los misteriosos Pueblos del Mar, a quienes se les atribuye la caída de todas las civilizaciones del Mediterráneo oriental y el Próximo Oriente hacia el siglo XII a.C. Es posible que las poblaciones de esta región comenzaran excavando refugios subterráneos individuales bajo sus casas, uniéndolos progresivamente hasta construir una extensa red que se seguiría ampliando con los siglos. Sea como fuere, los hititas, que dominaron la región durante 500 años, desaparecieron sin dejar rastro hace tres milenios.

La primera mención escrita de estas peculiares construcciones es una descripción del 400 a.C. por el historiador griego Jenofonte, donde contaba que las entradas a las casas eran como pozos y que las familias vivían en ellas con sus animales, almacenando comida y bebida en grandes calderos. Sea cual sea su origen, la ciudad cambió, evolucionó y creció con el pasar de los siglos; lo que hoy podemos ver es el resultado de diferentes épocas, incluso de diferentes culturas y pueblos. Algunas partes pueden ser obra de los hititas, mientras que otras pertenecen a nuestra era, excavadas tras el año 17 d.C., cuando los romanos ocuparon la región, o del periodo de control bizantino, alrededor del 400 d.C.

Hasta el momento se han abierto a los visitantes ocho pisos (hacia abajo), lo que equivale a cuarenta metros de profundidad, si bien se ha revelado la existencia de entre 18 a 20 niveles –éstos últimos parcialmente obstruidos o reservados para la investigación arqueológica-. Las estimaciones acerca de cuánta gente podían albergar varían mucho: de 5.000 a 30.000 personas si se incluyen otras ciudades subterráneas cercanas, cifras en cualquier caso condicionadas a la situación política que reinara en la superficie.

Excavadas como madrigueras, estas ciudades subterráneas fueron diseñadas y adaptadas de forma ingeniosa a la par que práctica. He comentado antes que la temperatura se mantiene constantemente fresca y el aire libre de olores. La explicación la encontramos muy cerca: en uno de los corredores se abre una especie de ventana; me asomo dejando medio cuerpo fuera y me encuentro con un gran túnel de ventilación que hacia arriba llega hasta la superficie y por debajo desaparece en la oscuridad, perdiéndose en los pisos aún inexplorados de esta megalopólis troglodita. Pero incluso en la penumbra pude calcular que medía al menos 85 metros. No solamente era grande, sino que estaba cuidadosamente tallado, con una forma regular y limpia. Es parte de un complejo sistema de 52 canales de ventilación que introducían aire fresco y lo hacían circular por los diferentes niveles, mientras que el aire más cargado subía y era expulsado al exterior.

Seguimos descendiendo, nivel tras nivel. El ágil Mustafá señalaba con su linterna aquí y allá apuntando detalles de las estancias que indicaban su uso: “esta era la cocina, lo sabemos por el techo ennegrecido por el humo. Esto era una prensa para vino: las uvas eran pisadas aquí y el jugo se deslizaba por el caño hasta esta cuba. Aquí hay una prensa para olivas, con el depósito para aceite debajo. Esta roca plana con las pequeñas cavidades en forma de copa era para moler sal..."

Hay quien siente claustrofobia en estos corredores y salas. En los tiempos antiguos, probablemente, era una fobia que te podía costar la vida si no podías superarla y esconderte en el refugio. El lugar es un auténtico laberinto y solo seguir las flechas o los pasos de un guía evitan que los visitantes se extravíen. Algunas salas tienen hasta cinco o seis salidas a diferentes corredores y niveles. Existen también grandes cruces de caminos en los que se encuentran túneles que van en distintas direcciones así como salas de uso comunitario.

Una de ellas, nos dice Mustafá, sirvió de capilla y ciertamente así parece: un altar y un santuario tallados en un extremo, la base de una pila bautismal en el medio y antiguas cruces talladas en uno de los muros. En el siglo I de nuestra era los cristianos empezaron a utilizar los refugios subterráneos para escapar de los soldados romanos. En el año 303, Diocleciano desencadenó la última y más violenta persecución. Miles de cristianos por todo el Imperio fueron asesinados y mutilados. Y las tribulaciones de los capadocios no acabaron ahí porque los ejércitos musulmanes y las luchas entre facciones religiosas cristianas siguieron empujándolos a las profundidades.

Me siento en uno de los bancos tallados en la roca. Las congregaciones cristianas se habrían reunido aquí, quizá a finales del siglo I de nuestra era, escapando a las persecuciones romanas; o en el siglo VII, buscando refugio de los invasores musulmanes; en los siglos VIII y IX esta pequeña iglesia podría incluso haber servido de escondite a clérigos renegados que escapaban del anatema oficial de la Iglesia contra los iconos y que, como rebeldes religiosos, habrían traído sus preciosas imágenes aquí para salvarlas de la destrucción. Esta humilde caverna pudo haber estado entonces totalmente llena de efigies sagradas, con su oro brillando resplandeciente a la luz de las velas y las lámparas de aceite.

Seguimos nuestro camino por el hormiguero, atravesando pasadizos y galerías que parecen estrecharse más y más conforme descendemos. Cuando estuvo habitada, esta ciudad debió ser una comunidad muy avanzada desde el punto de vista organizativo. Si querían sobrevivir aquí todos debían trabajar juntos: para que el aire circulara, para traer y almacenar comida y agua, sacar los desperdicios… Había establos, comedores, salas para el culto, cocinas, prensas para el vino, bodegas, cisternas de agua y áreas residenciales. El agua procedía de fuentes abiertas en la roca. Las diversas zonas se unían mediante calles, las habitaciones se excavaban en la toba, e incluso muebles grandes, como las camas, también fueron tallados en ella. Los nichos eran alacenas y servían para la colocación de lámparas de aceite. ¡Que organismo más asombroso debió haber sido esta ciudad, con gente circulando por sus túneles como sangre, sus salas comunitarias, iglesia, cisternas, bodegas y cocinas funcionando como sus órganos vitales!

De vez en cuando vemos rastros de algo blanquecino en las paredes. Hombres y animales viviendo apiñados aquí abajo durante períodos indefinidos de tiempo requerían no sólo organización, sino algún tipo de protección, aunque fuera básica, contra epidemias y enfermedades. Así, la mayoría de las ciudades subterráneas tenían sus paredes pintadas con cal, sobre todo en las zonas destinadas a cocinar y almacenar alimentos. La toba volcánica que conforma el paisaje de la Capadocia, se deshace con facilidad, sus partículas flotan en el aire y lo cubren todo formando una espesa capa; así que recubrir con cal las paredes de los almacenes subterráneos, las cocinas, las bodegas e incluso las enfermerías, era una medida higiénica que ayudaba a prevenir la contaminación.

Estas ciudades no estaban habitadas de manera permanente, aunque sí se mantenían continuamente abastecidas de agua y alimentos. Porque cuando los enemigos aparecían en el horizonte, la gente abandonaba sus casas en la superficie y se escondía bajo tierra a través de túneles secretos repartidos por todo el pueblo. El enemigo lo encontraba todo desierto. Y no era fácil averiguar dónde se habían metido, puesto que aparte de las bien disimuladas entradas, el único contacto con la superficie de este mundo subterráneo eran las salidas de ventilación, tan camufladas que eran casi imposibles de encontrar.

En caso de que los invasores se dieran cuenta de que la gente se hallaba oculta bajo sus pies, era cuando empezaba la verdadera batalla. Sin embargo, y contra lo que pudiera pensarse, los atacantes llevaban las de perder, porque los escondites habían sido diseñados para resistir un ataque y todo en ellos suponía un obstáculo mortal para quien intentara penetrar a la fuerza. Los túneles son estrechos, tortuosos y empinados. El motivo principal es la ventilación, puesto que las pendientes permiten que el aire circule más rápido y mejor, distribuyéndolo por toda la ciudad. El segundo motivo es que los enemigos no podían entrar todos juntos, anulando la ventaja de la superioridad numérica. Debían hacerlo de uno a uno y agachados, por lo que tampoco podían manejar sus armas con facilidad. Aquellos que conseguían entrar en el laberinto, además de moverse en la oscuridad y no tener ni idea de la distribución del lugar, se encontraban con más sorpresas mortales: los agujeros que aún hoy pueden verse en los techos de algunos corredores servían para golpear a los intrusos con lanzas o arrojarles aceite hirviendo.

Uno de los sistemas más ingeniosos y eficaces de defensa eran las grandes piedras con las que podían bloquearse las entradas en cuestión de segundos. Al entrar en una de las grandes estancias vemos junto al umbral una piedra de una tonelada, redonda y gruesa como una rueda de molino, colocada en lo alto de una pequeña rampa que desciende hasta el propio umbral y sujeta en su lugar con pernos. Se trata del equivalente rupestre a una puerta acorazada. Quitando una simple cuña de madera, un solo hombre hacía que la rueda se deslizara rampa abajo y bloqueara la entrada. Sin embargo, al otro lado, y al carecer de un punto de apoyo, ni un ejército hubiera podido mover la piedra. Una de las tácticas defensivas que idearon los capadocios era dejar que el ejército invasor entrara hasta una sala grande para luego bloquear los accesos y salidas con las grandes piedras, dejándolos atrapados en el interior.

Las ciudades dejaron de utilizarse a partir del siglo XIV, cuando el Imperio Otomano estabilizó la región y los pueblos comenzaron a prosperar en la superficie. Los accesos a las ciudades subterráneas se sellaron o se utilizaron como bodegas y almacenes. Sólo algunos niños, como nuestro guía Mustafá, utilizaba sus corredores como campo de juegos para sus aventuras.

No fue hasta la década de 1960 cuando los vecinos empezaron a explorar en serio los túneles que había bajo sus casas. Habían oído rumores sobre la vida subterránea de sus antepasados, pero no pudieron imaginar tales dimensiones. Los arqueólogos han encontrado doscientas ciudades subterráneas, la mayoría de dos niveles. Sólo unas pocas han sido puestas al descubierto para asombro del mundo moderno. El plano definitivo de este hormiguero humano no se ha trazado todavía, pero se cree que las ciudades estaban comunicadas entre sí. En el caso de Derinkuyu, por ejemplo, un pasadizo de ¡nueve kilómetros! conduce a la ciudad subterránea de Kaimakli, muy similar en dimensiones y disposición.

Cuando salimos a la superficie, entrecerramos los ojos hasta que nos acostumbramos al brillante sol otoñal de Anatolia. Fuera todo es normal, como si la ciudad subterránea continuara siendo un arma secreta, impenetrable, inviolable. Nadie podría imaginar que más allá de la oscura entrada, bajo los pintorescos pueblos, se esconde todo un mundo secreto, una transformación titánica del paisaje y un ejemplo extraordinario de cómo el hombre puede trabajar con la naturaleza para sobrevivir.
Leer Mas...

lunes, 11 de octubre de 2010

CASTILLOS DEL DESIERTO DE JORDANIA- Vida y muerte en el desierto


El desierto jordano comienza justo en las afueras de Ammán. Es una vasta llanura, amarillenta y rala que, hacia el este, extiende su horizonte hasta Arabia Saudí e Irak. Pese a sus duras condiciones, hoy, como ayer, continúa siendo el pasillo a través del cual se intercambian los productos de Oriente y Occidente. Las antiguas caravanas de dromedarios han sido sustituidas por camiones cargados de mercaderias, pero muy especialmente cisternas llenas de petróleo. La cuarta parte de las transacciones comerciales jordanas se realizan con Irak, lo que ha puesto al país en una incómoda situación económica y política desde hace veinte años dados los problemas que han venido acosando a su vecino.

Resulta chocante que este inhóspito desierto se halle en mitad de un hervidero en el que se mezclan el petróleo, las intrigas diplomáticas de Oriente Medio, los palestinos, los intereses de las potencias extranjeras y las guerras que en el último medio siglo han venido sucediéndose casi sin interrupción en toda la región. Demasiados vecinos para un páramo vacío. Y es que, como suele suceder en los desiertos, éstos rara vez hacen honor a su nombre. Testigos de la continuidad de los esfuerzos del hombre por sobrevivir y medrar en este entorno hostil, las ruinas de un conjunto de castillos puntean este desierto. Sus funciones servían a los más variados propósitos: desde relajarse lejos de la ajetreada vida de la gran capital hasta defender las caravanas de los asaltos de los beduinos. Cada uno de ellos cuenta su propia historia y muestra un estilo arquitectónico particular.

Tras la muerte de Mahoma, en el año 632, sus seguidores, llamados musulmanes, iniciaron una guerra santa de conquista que les llevó a dominar amplios territorios, entre ellos todo el Próximo Oriente. El Islam se convirtió rápidamente en la religión mayoritaria entre la población de estas tierras que, además, adoptó el árabe como lengua. La capital del joven imperio se encontraba en la ciudad santa de Medina, en la actual Arabia Saudí.

Pero desde sus inicios, el mundo musulmán se encontró desgarrado por sangrientas rivalidades internas. La ascensión de Alí, cuarto califa (sucesor) tras el profeta Mahoma, desencadenó un cisma entre las facciones suní y chíi. El gobernador sirio, Muawiya, sucedió a Alí en el año 661, fundando la dinastía Omeya con sede en Damasco. Los omeyas levantaron magníficos monumentos urbanos, como la mezquita de Damasco, la mezquita de Omar y la Cúpula de la Roca en Jerusalén. Sin embargo, nunca perdieron el contacto con el desierto del que provenían y los castillos a cuya búsqueda salimos aquella mañana eran buena prueba de ello.

Qasr Kharana es el primero de esos castillos, a 60 kilómetros de Ammán. La palabra "castillo" en este caso puede llamar a engaño. A primera vista, este sólido edificio de dos plantas, con torretas aparentemente defensivas a sus lados y saeteras abiertas en sus muros, puede parecer que cumplía funciones militares. Sin embargo, su forma y altura no parecen ser las más indicadas para disparar flechas y algunos expertos se inclinan a pensar que servían para ventilar impidiendo el paso de demasiado polvo o excesiva luz. La disposición interior -un patio central alrededor del cual se abren sesenta estancias en dos niveles de altura, un estilo influenciado por la tradición romana y bizantina- tampoco responde a las necesidades de una guarnición.

Su función como caravasar o posada para caravanas es también dudosa, puesto que se encontraba algo alejado de las rutas comerciales habituales y no parece existir una fuente de agua en las proximidades, algo fundamental en ese tipo de instalaciones. Es más probable que se tratara de algún tipo de albergue temporal o espacio de reuniones entre los beduinos y las autoridades omeyas. Aunque su tamaño es reducido, el edificio se halla muy bien conservado y su laberíntico interior, con escaleras entrecruzadas, corredores y salas abovedadas le dan cierto aire a cuadro de Escher. Desde el tejado se domina una extraordinaria vista de los desolados alrededores, sólo rota por los postes de alta tensión y la cinta de la carretera.

No mucho más lejos se levanta el que quizá sea el castillo del desierto mejor conservado y también más inusual: Qsair Amra. Construido a principios del siglo VIII fue no solo una fortaleza y residencia para los califatos omeyas, sino el centro de una pequeña ciudad, hoy devorada por el desierto. Fue este un lugar de refugio y escape de las tensiones de la capital. En la actualidad no queda rastro visible de ello, pero los alrededores estaban tapizados de abundante vegetación gracias a un complejo sistema de regadío a partir de pozos subterráneos. Formaba parte de un plan de creación de oasis artificiales con los que iniciar una misión colonizadora en este duro desierto.

La puerta de acceso nos da paso a un mundo interior, alejado del calor y la intensa luz y al que nuestros ojos tardan un poco en acostumbrarse. El rigor y desnudez del paisaje exterior debió contrastar increíblemente con el interior de este palacio, sumamente lujoso y profusamente decorado. Estamos en una gran sala dividida en tres naves por dos arcos longitudinales que da acceso a otras dos pequeñas estancias. Los suelos fueron de fresco mármol en la sala principal, mientras que en las habitaciones menores lo eran de mosaico, un arte tomado de los bizantinos. También se han conservado los baños, otra herencia romano-bizantina (y un extraordinario lujo en mitad de un desierto), compuestos del apoditerium o vestidor, el tepidarium y el caldarium.

No tardamos en darnos cuenta, observando las paredes, de que estamos en un palacio dedicado al placer y a la satisfacción de los sentidos: los muros están profusamente decorados con murales figurativos, los frescos más antiguos que se conocen de la civilización musulmana. Y no sólo en la mera antigüedad reside su excepcionalidad, sino en los temas representados: danzas y músicos, ángeles, desnudos femeninos, artesanos trabajando, escenas alegóricas de la caza y la vida social en palacio... En los muros de la sala principal, el soberano se sienta en su trono, rodeado de pájaros y seres marinos. En los laterales aparecen representados todos los enemigos del Islam en aquel momento: Cosroes, el rey de la Persia sasánida, el negus de Abisinia y el emperador de Bizancio. Los baños están cubiertos de figuras de animales, escenas acuáticas con mujeres y niños y, en la cúpula, un magnífico zodiaco con los astros que permitían a los beduinos guiar las caravanas de noche y descansar de día en oasis y manantiales.

¿Cómo es esto posible? ¿No se han encargado de repetirnos hasta la saciedad los propios musulmanes la ofensa que supone la representación de figuras humanas o animales en el arte islámico? ¿No ha descansado éste sobre los motivos geométricos, siendo más decorativo que figurativo? Pues parece que no ha sido siempre así.

De hecho, muchos estudiosos ven en Qsair Amra la prueba de que el Islam primitivo no prohibía la figura humana en el arte, teniendo su origen esta censura en interpretaciones posteriores y más rigoristas. Sencillamente, en sus orígenes, no existía el arte islámico como tal. Carecía de tradición propia más allá de los motivos decorativos que empleaban en sus alfombras o piezas de joyería. Al entrar en contacto con civilizaciones con una intensa y desarrollada vida artística, como los griegos, los romanos o los bizantinos, absorbieron parte de sus técnicas, hábitos y simbología. De hecho, los califas omeyas contrataron a arquitectos y artistas bizantinos para muchos de sus proyectos de construcción. Los frescos de sus muros, los mosaicos de sus suelos, la forma de sus columnas o la decoración de sus estancias, demostraban el sincretismo artístico que estaba teniendo lugar.

En el año 747, un terremoto devastó gran parte de Jordania, debilitando el poderío de la dinastía Omeya, que fue finalmente apartada del poder por los abasíes en el 750. Éstos seguían una interpretación más ortodoxa y menos tolerante del Islam y, estableciendo su sede en la lejana Bagdad, se encontraron mucho más lejos, espiritual y artísticamente, de la influencia cristiana. Sus conflictos con los fatimíes de Egipto y con los bizantinos primero y los turcos selyúcidas después, desplazaron al Próximo Oriente de los principales teatros de operaciones, al menos hasta las Cruzadas.

Con la caída de los omeyas, el vínculo del pueblo árabe con el desierto comenzó a diluirse, transformándose principalmente en una civilización urbana y dejando estas áridas extensiones a los pueblos beduinos. Aquellos magníficos oasis artificiales y los castillos y palacios erigidos en ellos se abandonaron, convirtiéndose en refugio ocasional de los nómadas, que no sólo los utilizaban para cobijarse con su ganado, sino que llevaron a cabo un minucioso expolio de todo lo que quedó en su interior, desde los mármoles de los suelos hasta las maderas y azulejos. El humo de las hogueras que encendían para calentarse en las frías noches estropearon los frescos, ennegreciendo las paredes y borrando los colores. Aislados en una región impracticable para los cristianos y peligrosa incluso para los árabes debido a la ferocidad de las tribus beduinas, los castillos permanecieron en el olvido hasta que un estudiante austriaco, Alois Musil, los redescubrió, recogiendo minuciosas anotaciones y dibujos de los frescos tal y como estaban en aquel momento y que han resultado de un valor inestimable, ya que éstos han continuado deteriorándose y perdiendo nitidez.

Nuestra última parada del día fue Qasr Al-Azraq, a 100 km de Ammán y cuyas piedras cuentan historias muy diferentes de las de los otros castillos del desierto. Se trata de una estructura mucho mayor que las otras fortalezas que hemos visitado, con unos muros de ochenta metros de longitud, una torre en cada esquina, delimitando un amplio patio en cuyo centro se alza una mezquita de la época omeya. Está claro que este lugar registró actividad durante más tiempo y hasta época más reciente que los otros castillos aunque no sea mucho lo que se sabe de él, excepto que es muy antiguo.

La elección de su emplazamiento es perfectamente lógica: el cercano oasis es la única fuente de agua potable en cientos de kilómetros a la redonda, por lo que se trataba de un enclave extraordinariamente importante que debió mantener una población estable desde hace quizá tres mil años. En algunas piedras del castillo se pueden leer inscripciones en griego y latín, que datan del año 300 d.C., tiempos de dominio romano. La fortaleza fue renovada en el período bizantino y el califa omeya Walid II la utilizó como base para sus expediciones militares y sus partidas de caza. Los mamelucos lo reconstruyeron en el año 1237 utilizando piedra basáltica, lo que le da un aspecto oscuro que lo diferencia de otras construcciones similares de la región. Los turcos otomanos instalaron una guarnición en el siglo XVI.

Una de las características más peculiares de la construcción es la puerta, ejemplar muestra de la adaptación de la arquitectura al entorno. Una fortaleza necesita puertas y éstas, en otras latitudes, solían ser de madera. Sin embargo, la disponibilidad de ese material en el desierto es, como mínimo, escasa y lo único que podía utilizarse era madera de palmera, demasiado blanda y con la que resulta muy difícil construir, no digamos ya tallar estructuras resistentes. Así que los ingenieros utilizaron piedras para bloquear las entradas. Dos enormes rocas talladas de una tonelada cada una formaban los "batientes" de la puerta. Lubricando con aceite de palma los surcos por donde se deslizaban resultaba más fácil de lo que parece mover semejantes bloques.

Pero con toda la larga historia que registra el castillo, para la mayoría de los visitantes, su atractivo reside en su relación con Lawrence de Arabia. El soldado británico y el jerife Hussein ibn Alí invernaron aquí en 1917, mientras participaban en la revuelta árabe contra los turcos. Lawrence fijó su cuartel en la habitación situada sobre la entrada sur, en tanto que sus hombres utilizaron otras zonas del fuerte, cubriendo los agujeros del techo con ramas de palmera y barro para protegerse del intenso frío. Fue una dura experiencia que Lawrence (quien, aunque paradigma del aventurero romántico en Occidente, es considerado por los musulmanes como un traidor) reflejó en su obra "Los Siete Pilares de la Sabiduría". En aquellos días, pese a los siglos transcurridos, el castillo de conservaba en mejor estado que el ruinoso conjunto que hoy se extiende ante nuestros ojos, ya que la mayor parte del edificio se hundió en un terremoto en 1927.

Los castillos del desierto de Jordania no atraen tantos visitantes como otros tesoros nacionales (Petra, Wadi Rum o el Mar Muerto), pero si se mira más allá de los desgastados muros y las estancias vacías, de los montones de escombros y los baluartes hundidos, se descubren historias fascinantes que nos hablan del surgimiento de una nueva arquitectura islámica, de la vida en el desierto y de cómo sus habitantes se relacionaron unos con otros a través del comercio, la guerra y la religión.
Leer Mas...

jueves, 30 de septiembre de 2010

CEMENTERIO Y SINAGOGA VIEJA DE PRAGA: Donde duerme el Golem


A menudo se dice que Praga es una ciudad de leyendas. El perfil de su ciudad vieja; las torres de sus iglesias y campanarios; la bruma que trepa desde el río Moldava por los pilares del Puente Carlos envolviendo sus estatuas de piedra; sus callejas empedradas iluminadas por antiguos faroles de forja... estimulan la imaginación y alimentan la fantasía. Desde la oscuridad de la Edad Media, muchos de esos mitos y misterios han estado ligados a la pervivencia de una abundante comunidad judía.

La historia de los judíos en Praga aparece documentada por primera vez en el siglo IX, aunque probablemente ya estaban presentes desde antes, ligados a la actividad comercial propia de una ciudad fluvial en un cruce de caminos. Su religión y cultura los unieron frente a la hostilidad de los cristianos, concentrándose en los alrededores del núcleo urbano. En el siglo XIII, Praga obtuvo el rango de ciudad y fue entonces cuando nació el guetto (palabra, por cierto, de origen veneciano), una especie de población independiente que aislaba a los judíos de los cristianos y en el interior de la cual aquéllos disponían de una notable autonomía. Contaban con su propio ayuntamiento, escuelas, sinagogas y tribunales. Esa libertad, no obstante, era producto no tanto de la bondad y altura moral de los gobernantes, como de sus prejuicios religiosos. Y tampoco les salvó de leyes humillantes o de sangrientos estallidos de violencia, como el pogromo de 1389, en el que murieron 3.000 judíos.

En el siglo XVI, durante el reinado del tolerante Rodolfo II, el ghetto desbordó sus muros y convirtió a Praga en uno de los principales centros europeos de la cultura judía. Fue una época de prosperidad para los hebreos y algunos de sus miembros llegaron a convertirse en personas de confianza del monarca. Sin embargo, y a pesar de las mejoras urbanísticas que se llevaron a cabo, el trazado original del ghetto y la estrechez de los inmuebles impedía un avance sustancial en la calidad de vida de los 7.000 habitantes con que por entonces ya contaba la comunidad judía. La emperatriz Maria Teresa abolió la ley que confinaba a los judíos en el guetto y, por fin, en el siglo XVIII, el ilustrado José II derribó sus puertas y lo convirtió en un barrio más, bautizado Josefov en su honor. El año 1848 y las revoluciones que lo marcaron en toda Europa, verían el reconocimiento de los derechos cívicos y políticos de la comunidad judía.

Para el joven estado checoslovaco, el nazismo resultó una maldición. Hitler reivindicó el territorio de los Sudetes, de mayoría alemana. Abandonado por Francia y Gran Bretaña en la conferencia de Munich (1938), el presidente Edvard Benes tuvo que claudicar. Privado de una parte de su territorio, poco después, en marzo de 1939, el país sufría la invasión de las tropas alemanas. Los judíos se enfrentaron a un siniestro destino: o bien abandonaban Praga o morían. Irónicamente, los alemanes no destruyeron el barrio judío. Tenían otros planes para él: convertirlo en el museo del pueblo y la cultura que se habían propuesto aniquilar. Las pocas reliquias que aún se guardaban en el ghetto se conservaron, aumentando su número en decenas de miles con las que se enviaron desde otras partes de Europa, fruto del expolio de comunidades enteras enviadas a los campos de concentración: libros y manuscritos raros, ornamentos sagrados de plata, objetos litúrgicos... que hoy forman parte del Museo Judío, el más visitado del país.

Después de la guerra, la recuperación de la vida judía en la ciudad fue ya imposible. El golpe comunista tras la liberación de Praga por el Ejército Rojo, el nacimiento del Estado de Israel en 1948, la invasión soviética de 1968... todo se combinó para que los judíos checos, moravos y eslovacos que habían sobrevivido y regresado a sus destrozados hogares, se marcharan a Estados Unidos o Israel. En 1939 vivían en Praga casi 50.000 judíos. El último censo ronda los 1.500.

Hoy, Josefov es un conjunto de avenidas flanqueadas por elegantes edificios de color pastel. Tiene muy poco que ver con el laberinto de callejuelas estrechas y malolientes, patios oscuros y fachadas mugrientas del antiguo guetto. A finales del siglo XIX, esta era la zona más densamente poblada de Praga y con la asimilación de la población hebrea al resto de la sociedad, se decidió eliminar aquella área insalubre y reemplazarla por un urbanismo amplio y moderno. De este extenso plan de saneamiento sólo se respetaron por su valor histórico seis sinagogas, el Ayuntamiento y un cementerio.

Uno de esos supervivientes es la conocida como Sinagoga Vieja-Nueva, en el corazón de Praga, un símbolo viviente de la fe y resistencia judías. El origen de su curioso nombre, como tantas cosas en esta ciudad, está rodeado de misterio. Según una teoría, la explicación es una incorrecta traducción del yiddish "At-Tnay" como "Alt-Neu" en alemán (Vieja-Nueva). El significado original era "condicional", en el sentido de que sólo estaría abierta al culto hasta que el Pueblo Elegido regresara a Jerusalén y reconstruyera el Templo de Salomón. Otra explicación, más popular -y puede que más probable-, es que adquirió su extraño nombre siglos después de su construcción, cuando se edificaron otras sinagogas en los alrededores.

Este pequeño templo ha sido desde 1270 el principal lugar de culto para los judíos de Praga pero el discurrir de la Historia ha hecho que se haya convertido en algo más. Los restos de la sinagoga más antigua de Europa encontrada hasta la fecha se hallan en el antiguo puerto romano de Ostia, y están datados alrededor del primer siglo antes de Cristo. La Sinagoga de Barcelona (siglo III o IV), la de Colonia (s.VIII), la de Erfurt (s.XII), Toledo (s.XII) son todos ellos edificios de culto judío más antiguos que la Sinagoga Vieja-Nueva de Praga, pero a diferencia de aquellas, ésta continúa ejerciendo su papel de centro litúrgico para la comunidad. Salvo por el intervalo de la ocupación nazi, de 1941 a 1945, los judíos han estado acudiendo a este pequeño santuario de dos naves gemelas durante más de 700 años.

Desde un punto de vista meramente arquitectónico, resulta difícil identificarla como sinagoga. Sus techos de empinados ángulos, sus gobletes en forma de dientes de sierra y sus naves gemelas de arcos ojivales la integran plenamente dentro del gótico. Su disposición interior también fue adaptada por los arquitectos cristianos originales de los planos de monasterios y capillas propios de la época. Enseguida, sin embargo, se perciben los detalles que la convierten en una sinagoga, como la talla sobre el tímpano de entrada, un diseño de doce viñas y doce racimos de uvas representando las doce tribus de Israel. La bimah, una plataforma elevada para la lectura de los servicios religiosos, está rodeada por una reja colocada entre dos altos pilares octagonales que soportan el peso del techo abovedado. Siendo una sinagoga ortodoxa, sólo los hombres pueden rezar en la bimah. Las mujeres han de acceder a una galería que rodea la sala principal y ver y escuchar la liturgia a través de una serie de pequeñas ventanas. Sobre la bimah cuelgan los restos de una bandera carmesí con la estrella de David, la bandera de la comunidad judía praguense, que Carlos IV les permitió tener en 1357. Próximo al muro oriental se halla el tabernáculo, donde están depositados los rollos de la Torá, protegido por una cortina. La presencia de esta cortina indica que la sinagoga todavía está consagrada al culto.

Rodeada de leyendas y acunada por el tiempo, resulta milagroso que esta pequeña sinagoga haya conseguido sobrevivir a pogromos, incendios y guerras. Pero así ha sido y, con ella, han pervivido las leyendas, como esa que dice que sus piedras fueron transportadas por ángeles desde el Templo de Salomón en Jerusalén. O aquella otra según la cual, cuando se hallaba amenazada por el fuego, las palomas aletearon con fuerza para alejar las llamas. Pero la más conocida de todas afirma que en su ático duerme un misterioso ser, sumido en un letargo de cuatro siglos...

Corría el año judío 5340 (1580 en el calendario gregoriano), tiempos díficiles para los judíos de Praga. Su líder, el rabino Jehuda Löw ben Bezalel, rogaba a Dios por su protección. Una noche, en sueños, experimentó una revelación en forma de diez palabras en lengua yiddish. Al día siguiente, llamó a dos discípulos y, en secreto, fueron a la orilla del río Moldava. Con la arcilla de la ribera moldearon la figura de un enorme ser, el Golem, al que insuflaron vida ejecutando un ritual en el que utilizaron las palabras reveladas al rabino por Dios. Cuando la criatura completó su transformación en ser humano, lo vistieron y regresaron con él al ghetto.

La extraña criatura se convirtió en guardián del rabino erudito (que fue pedagogo, fundador de una escuela talmúdica, matemático, astrónomo y consejero privado de Rodolfo II) hasta que, cuando la situación política mejoró para los judíos y ante el temor a que escapara a todo control, su creador decidió destruirlo, engañándolo para que durmiera en la buhardilla de la sinagoga y deshaciendo el hechizo por la noche. Convertido otra vez en simple barro, el rabino lo encerró en aquel ático, donde aún continúa. Se dice que un agente nazi intentó entrar allí, muriendo en el intento. Aparentemente, la Gestapo nunca llegó a abrir aquella puerta durante la guerra y el edificio sobrevivió misteriosamente a la destrucción de otras sinagogas de la ciudad. Los últimos tres metros de escaleras que conducen a esa habitación se han derribado para que nadie pueda acceder... la leyenda continúa viva.

El cementerio judío de Josefov es sin duda el más importante de Europa. Aunque actualmente está rodeado de inmuebles que datan del siglo XIX, el viejo camposanto es todavía un lugar cargado de misterio y poesía. Aquí se apiñan 12.000 estelas, la más antigua del siglo XV y la más moderna del XVIII. En esa época, las más de cien mil tumbas, apiladas unas sobre otras como si se tratara de estratos geológicos (hasta doce), habían agotado el espacio disponible. Según las disposiciones judías, no se deben destruir las tumbas ni retirar las lápidas, lo que significaba que cuando un cementerio se quedaba sin espacio y resultaba imposible comprar más terreno, se echaba tierra sobre las tumbas existentes hasta crear un nuevo suelo, se retiraban las viejas lápidas y se volvían a plantar encima. Esto explica el por qué todas están tan apelotonadas.

Su extraña disposición, como dientes surgiendo de la tierra, y la elegancia de sus tallas de caracteres hebreos o reproduciendo figuras animales u objetos representativos del difunto, las tiras de papel o tela con deseos o pequeñas piedras sobre las lápidas (una antigua costumbre judía: cuando este pueblo vivía en el desierto, depositaban piedras sobre las tumbas en lugar de flores), e incluso hay quien deja un papelito con sus deseos en un agujero expresamente dispuesto para ello.

Tanto la sinagoga como el cementerio son dos visitas ineludibles en Praga. No sólo por su arquitectura gótica y relevancia histórica, sino por el espíritu que encarnan, espíritu también personificado en la figura de un judío universal: Franz Kafka, quien atendió a los servicios religiosos en este mismo templo mientras vivió en Praga. El escritor reflejó en sus obras mejor que ningún otro el sentimiento de angustia e incomunicación permanentes que produce la no pertenencia completa al mundo en el que se ha de vivir, tanto en un sentido físico como existencial. El propio Kafka fue hijo de una cultura que, aún estando abierta a las influencias más diversas, mantenía un precario equilibrio con el ambiente que le rodeaba: el mundo judío en lengua alemana que vivía inmerso en la también gran cultura bohemia y cristiana.

Leer Mas...